Capitulo 1 — El Príncipe de Aurelia
Había una vez, más allá de las montañas donde las nubes parecían tocar las copas de los árboles, un reino llamado Aurelia.
Era un lugar que parecía haber sido creado por la propia magia.
Los ríos descendían desde las montañas formando cascadas cristalinas. Los bosques estaban llenos de flores que brillaban suavemente durante la noche, y pequeñas criaturas mágicas habitaban entre los árboles. Los campos se extendían hasta donde alcanzaba la vista, cubiertos de flores doradas que se movían con el viento como si fueran un océano.
En el centro de aquel reino se encontraba un enorme castillo de piedra blanca.
Sus torres podían verse desde kilómetros de distancia y, cuando el sol nacía, los cristales dorados de sus ventanas reflejaban la luz sobre todo el valle.
Aquel castillo era el hogar de los soberanos de Aurelia.
El rey Leónidas y la reina Elena.
Y también era el hogar de su único hijo.
El príncipe Elian.
⸻
Aquella mañana, el sol apenas comenzaba a aparecer sobre las montañas cuando Elian abrió los ojos.
Durante unos segundos permaneció acostado, mirando el techo de su habitación.
No quería levantarse.
No porque estuviera cansado.
Sino porque había vuelto a tener el mismo sueño.
Elian se sentó lentamente sobre la cama y miró hacia la enorme ventana.
A través del cristal podía observar los jardines del castillo cubiertos por una ligera neblina.
—Otra vez… —murmuró.
Había soñado con alguien.
No podía recordar su rostro.
Nunca podía.
Pero siempre sentía lo mismo.
Una mano tomando la suya.
Una voz diciéndole que no tenía que tener miedo.
Y una sensación cálida en el pecho que permanecía incluso después de despertar.
Elian suspiró.
—¿Quién eres?
No esperaba una respuesta.
Naturalmente, no la recibió.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
Desde allí podía ver una pequeña parte de Aurelia despertando.
Los campesinos comenzaban a salir de sus casas.
Los vendedores preparaban sus puestos.
Los niños corrían por las calles.
Y, a lo lejos, podía escuchar el sonido de las campanas del templo.
Elian sonrió.
Amaba su reino.
Amaba a su pueblo.
Pero algunas veces sentía que su vida ya estaba escrita antes de que él pudiera decidir qué quería hacer con ella.
Ser príncipe significaba aprender a comportarse.
Aprender a gobernar.
Aprender a luchar.
Aprender las leyes.
Aprender historia.
Aprender diplomacia.
Y, algún día…
casarse.
Elian hizo una pequeña mueca.
Aquella era precisamente la parte que menos le gustaba.
Había recibido propuestas de varios reinos.
Príncipes y nobles de tierras lejanas habían enviado regalos, cartas y retratos.
Pero ninguno había conseguido hacer que su corazón latiera de aquella manera que había sentido en sus sueños.
Elian no quería casarse solamente porque debía hacerlo.
Quería enamorarse.
Quería mirar a alguien y sentir que había encontrado su hogar.
Quería que alguien pudiera verlo sin corona.
Sin título.
Sin obligaciones.
Simplemente como Elian.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Majestad?
Elian sonrió.
—Todavía no soy rey, Thomas.
La puerta se abrió y apareció su asistente personal.
—Lo sé, alteza. Pero si no se levanta ahora, su padre enviará a tres personas más para sacarlo de la cama.
Elian soltó una carcajada.
—Entonces será mejor que me vista.
⸻
Una hora después, Elian caminaba por uno de los largos corredores del castillo.
Vestía un traje azul oscuro con detalles dorados. Sobre su pecho llevaba el pequeño emblema de Aurelia: un sol rodeado por una corona de estrellas.
Cuando llegó al gran salón, encontró a sus padres sentados frente a una enorme mesa.
El rey Leónidas estaba leyendo varios documentos.
La reina Elena bebía tranquilamente una taza de té.
—Buenos días, hijo —dijo ella.
Elian se acercó y besó la mejilla de su madre.
—Buenos días, mamá.
Después miró a su padre.
—Buenos días, padre.
Leónidas levantó la mirada.
—Llegas tarde.
Elian sonrió.
—Llegué exactamente cuando debía llegar.
La reina Elena escondió una sonrisa detrás de su taza.
El rey intentó mantener una expresión seria.
No pudo.
—Algún día serás rey.
—Lo sé.
—Y un rey no puede llegar tarde.
—Entonces cuando sea rey cambiaré la hora del desayuno.
Elena soltó una pequeña carcajada.
Incluso Leónidas terminó sonriendo.
Aquel era el secreto de su familia.
Aunque Aurelia veía a Leónidas como un rey fuerte y respetado, dentro de aquellas paredes seguía siendo simplemente el padre de Elian.
—Ven —dijo Elena—. Siéntate.
Elian tomó asiento.
Durante algunos minutos hablaron de asuntos cotidianos. Los cultivos estaban prosperando. Las caravanas comerciales habían llegado sin problemas. Las fronteras permanecían tranquilas.
Todo parecía perfecto.
Demasiado perfecto.
Hasta que Leónidas dejó lentamente uno de los documentos sobre la mesa.
—Hay algo más.
Elian levantó la mirada.
—¿Qué sucede?
El rey intercambió una mirada con Elena.
—Nuestros exploradores encontraron huellas cerca de la frontera norte.
—¿De animales?
Leónidas negó con la cabeza.
—De soldados.
Elian dejó de sonreír.
—¿De qué reino?
Hubo un silencio.
—Nocthar.
El nombre pareció cambiar la temperatura de la habitación.
Elian conocía las historias.
Todos las conocían.
Nocthar, el reino situado más allá de las montañas negras.
El reino gobernado por Malakar.
Un rey del que se contaban historias terribles.
Un hombre que había intentado conquistar territorios vecinos durante años.
—¿Están seguros? —preguntó Elian.
—Completamente —respondió su padre.
Elena tomó la mano de su hijo.
—Pero no debes tener miedo.
Elian intentó sonreír.
—No tengo miedo.
Su madre lo miró fijamente.
—Eres pésimo mintiendo.
Elian bajó la mirada.
—Un poco.
Leónidas se levantó.
—Aurelia está protegida por nuestra magia. Malakar no puede atravesar nuestras fronteras fácilmente.
—¿Y si lo intenta?
El rey guardó silencio durante un instante.
—Entonces estaremos preparados.
Elian observó a su padre.
Por primera vez en mucho tiempo, pudo ver algo diferente en sus ojos.
No era miedo.
Era preocupación.
⸻
Esa noche, Elian salió al balcón de su habitación.
El castillo estaba en silencio.
La luna iluminaba los jardines y miles de pequeñas luces mágicas flotaban entre los árboles.
Elian apoyó los brazos sobre la baranda.
Pensó en lo que su padre había dicho.
Pensó en Malakar.
Pensó en su extraño sueño.
Y entonces escuchó algo.
Una melodía.
Muy suave.
Venía del bosque.
Elian levantó la cabeza.
Entre los árboles apareció una pequeña luz dorada.
Después otra.
Y otra.
Las luces comenzaron a subir hacia el cielo.
Elian sonrió.
Por un momento olvidó la guerra, las responsabilidades y la corona.
Solo observó.
Una de las luces se acercó hasta quedar justo frente a él.
Parecía una pequeña estrella.
Elian extendió la mano.
La luz descansó sobre su palma.
Y entonces escuchó una voz.
No provenía de ninguna parte.
Pero tampoco parecía estar dentro de su cabeza.
Era apenas un susurro.
—El amor llegará cuando dejes de buscarlo.
Elian abrió los ojos.
La pequeña luz desapareció.
—¿Qué…?
Miró hacia el bosque.
No había nadie.
Solo la noche.
Solo la luna.
Y un extraño presentimiento que no podía explicar.
Elian regresó lentamente a su habitación.
Sin saber que, en algún lugar muy lejos de Aurelia, otro hombre acababa de levantar la mirada hacia el mismo cielo.
Un hombre llamado Dante.
Y sin saber que el destino ya había comenzado a mover sus piezas.
Porque el príncipe todavía no lo sabía…
pero el hombre que cambiaría su vida ya estaba acercándose.
Y cuando sus caminos finalmente se cruzaran, ninguno de los dos volvería a ser el mismo.


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