Capitulo I: Mi lindo viaje a casa.
Creo que esa fue la primera palabra que pensé cuando
desperté aquella mañana.
Londres.
La repetí tantas veces dentro de mi cabeza que terminó pareciéndome extraña, como si fuera el nombre de un lugar que había inventado en mis sueños y que, por alguna razón, ahora podía visitar.
Llevábamos varias horas viajando cuando finalmente pude verla.
Al principio fueron solamente algunas casas que aparecían detrás de la neblina. Después comenzaron a multiplicarse. Calles enteras, edificios de piedra, pequeñas tiendas, carruajes que avanzaban unos junto a otros y personas que caminaban apresuradamente, protegidas bajo sus paraguas.
Yo no podía dejar de mirar por la ventanilla.
Todo me parecía maravilloso.
Incluso el cielo gris.
—Mamá, ¿siempre está así el cielo en Londres?
Margaret levantó la mirada del libro que llevaba entre las manos.
—No siempre.
—¿Entonces cuándo sale el sol?
Ella sonrió.
—Cuando decide hacerlo.
Me reí.
—Creo que me gustaría vivir aquí.
Mamá volvió a mirar por la ventana.
No dijo nada durante unos segundos.
—Espero que te guste nuestra nueva casa —respondió finalmente.
Nuestra nueva casa.
Aquellas palabras me hicieron sentir una emoción difícil de explicar.
Habíamos dejado atrás muchas cosas para llegar hasta allí, pero yo no quería pensar demasiado en lo que habíamos dejado. Prefería imaginar todo lo que estaba por venir.
Una nueva ciudad.
Una nueva casa.
Una nueva familia.
Y, quizá, una nueva Angeline.
Cuando el carruaje comenzó a disminuir la velocidad, me incliné tanto hacia la ventanilla que mamá tuvo que pedirme que tuviera cuidado.
Entonces aparecieron las rejas.
Eran altas, negras y estaban cubiertas de pequeñas figuras de hierro. Detrás de ellas se extendía un jardín enorme.
Y al fondo estaba la casa.
Me quedé sin palabras.
Era mucho más grande de lo que había imaginado.
La fachada de piedra tenía grandes ventanales y columnas claras en la entrada. Había enredaderas creciendo por algunas paredes y árboles antiguos que parecían haber estado allí durante generaciones.
—¿Esa es? —pregunté.
—Sí.
—¿Toda?
Mamá soltó una pequeña carcajada.
—Toda.
No pude evitar sonreír.
Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada, fui la primera en querer bajar.
Tomé la mano de Margaret y miré hacia arriba.
Por un instante pensé que aquella casa parecía un pequeño castillo.
No uno de esos castillos de los cuentos que tienen torres y dragones, sino uno mucho más tranquilo. Un lugar lleno de habitaciones cerradas, escaleras, retratos antiguos y secretos que probablemente tardaría años en conocer.
Y eso me emocionaba.
—Bienvenida —dijo mamá.
No supe si se refería a la casa o a Londres.
Quizá a ambas.
Entramos.
Lo primero que me sorprendió fue el silencio.
Desde fuera, la casa parecía imponente. Por dentro, en cambio, todo estaba cuidadosamente dispuesto. El suelo brillaba tanto que podía ver el reflejo de las lámparas. Había un enorme reloj junto a una escalera y varios retratos de personas que no conocía.
Me acerqué a uno.
—¿Quién es?
—Alguien de la familia.
—¿Cuál?
Mamá miró el retrato.
—Eso tendrás que descubrirlo.
Me quedé pensando en aquella respuesta.
Después continuamos caminando.
La casa tenía demasiados rincones.
Había una pequeña biblioteca junto al vestíbulo, una sala de música que casi nunca parecía utilizarse y un comedor tan grande que me pregunté cuántas personas tendrían que sentarse allí para que pareciera lleno.
También había un corredor largo que terminaba en una ventana redonda.
Ese fue uno de mis lugares favoritos.
La luz entraba de una manera preciosa durante la tarde y dibujaba un círculo sobre el suelo.
Más adelante descubrí un pequeño invernadero.
Estaba escondido detrás de una puerta de cristal, apartado del resto de la casa.
Dentro había plantas de diferentes tamaños, algunas flores y macetas antiguas.
Me gustó inmediatamente.
Pensé que aquel sería mi rincón.
Un lugar donde nadie tendría que decirme qué hacer.
Un lugar donde podría sentarme a leer cuando quisiera estar sola.
Todavía no sabía que terminaría pasando mucho tiempo allí.
Después conocí a mi nueva familia.
El primero fue Augusto Caldwell.
Mi nuevo padre.
Era un hombre serio y elegante, de una presencia que llenaba cualquier habitación aunque no dijera una palabra. Cuando se acercó a nosotros, me quedé un poco quieta.
No porque me diera miedo.
Simplemente no sabía cómo debía comportarme.
—Angeline —dijo.
—Señor Caldwell.
Mamá me miró.
—Puedes llamarlo Augusto.
Me pareció extraño.
Tardé unos segundos en responder.
—Augusto.
Él asintió.
—Espero que te sientas cómoda aquí.
—Estoy muy feliz de estar aquí.
Lo dije sinceramente.
Augusto me observó durante un instante y después se apartó para dejarnos pasar.
Entonces aparecieron mis nuevos hermanos.
Brigitte Caldwell fue la primera.
Era elegante, tranquila y tenía una forma de observar que me hizo pensar que se fijaba en absolutamente todo.
—Así que tú eres Angeline.
—Sí.
—Soy Brigitte.
Sonreí.
—Me alegra conocerte.
Ella respondió con una pequeña sonrisa.
Después apareció Frederick Caldwell.
A diferencia de Brigitte, él parecía mucho más despreocupado.
—¿Te gustan los jardines? —me preguntó casi inmediatamente.
—Mucho.
—Entonces tienes que ver el de atrás. Es enorme.
—Ya lo vi un poco.
—No, no viste la parte más bonita.
Aquello me hizo sonreír.
Quizá no sería tan difícil adaptarme.
Quizá tendría alguien con quien recorrer la casa.
Quizá Brigitte terminaría enseñándome sus lugares favoritos.
Quizá Frederick me mostraría aquellos rincones que todavía no conocía.
Esa tarde recorrí el jardín con ellos.
Había rosas por todas partes.
Rosas blancas, rojas y amarillas, cuidadosamente plantadas y separadas unas de otras.
Todo parecía perfectamente ordenado.
Pero entonces las vi.
Margaritas.
Un pequeño grupo crecía junto a una pared de piedra, lejos de las flores más cuidadas.
Me acerqué.
—¿Por qué están aquí?
Frederick se encogió de hombros.
—Supongo que crecieron solas.
Me arrodillé frente a ellas.
Eran pequeñas.
Sencillas.
No tenían nada extraordinario.
Y, sin embargo, me gustaban más que muchas de las flores del jardín.
Quizá porque nadie parecía preocuparse demasiado por ellas.
No necesitaban que alguien las acomodara.
No necesitaban un lugar especial.
Simplemente estaban allí.
—Son bonitas —dije.
Brigitte las observó.
—Son margaritas.
—Lo sé.
—No son muy importantes.
Miré las flores otra vez.
No entendí por qué aquella frase me hizo sentir algo extraño.
—No creo que tengan que ser importantes para ser bonitas.
Brigitte no respondió.
Yo tampoco.
Seguimos caminando.
Esa noche, desde la ventana de mi habitación, volví a mirar el jardín.
La casa estaba completamente silenciosa.
Podía distinguir algunas luces encendidas en las habitaciones y el reflejo de la luna sobre los cristales del invernadero.
Pensé en todo lo que había ocurrido aquel día.
Londres.
La casa.
Augusto.
Brigitte.
Frederick.
Mamá.
Todo era nuevo.
Y yo estaba feliz.
Tan feliz que me costaba imaginar que algún día pudiera sentirme de otra manera.
Apoyé la frente contra el cristal.
Las margaritas seguían allí.
Pequeñas.
Quietas.
Creciendo en un lugar que nadie parecía haber preparado para ellas.
Me quedé mirándolas durante un largo rato.
Entonces pensé algo que, en aquel momento, me pareció completamente insignificante:
Quizá algunas cosas simplemente nacen donde pueden.
No sabía cuánto tiempo permanecerían aquellas margaritas en el jardín.
No sabía cuánto tiempo permanecería yo en aquella casa.
Y tampoco sabía que, algún día, recordaría aquella primera noche en Londres y comprendería que había confundido una casa enorme con un hogar.
Pero esa noche todavía no sabía nada de eso.
Solo sabía que estaba en Londres.
Que mamá estaba conmigo.
Que tenía una habitación nueva.
Una familia nueva.
Un jardín lleno de flores.
Y un pequeño grupo de margaritas creciendo en un rincón.
Para mí, eso era suficiente.
Por aquel entonces todavía creía que los comienzos siempre eran felices.
Y quizá por eso no tuve miedo de empezar.


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