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Vladik Meier era un varón ambicioso. En su familia había tierras, con parcelas, y animales. Se decía que el apellido vino de la nada, que su padre fue un bueno para nada que recibió apenas una fracción del apoyo de parte de su suegra. La abuela de Vladik, por otro lado, era una mujer adinerada. Decían en Zwischen Wäldern, que heredó un título noble desde muy pequeña. La madre de Vladik en realidad si llevaba sangre fina corriendo por sus venas.
Vladik entonces sólo fue un varón con suerte, que supo cómo jugar sus cartas para tener una posición con lo que tenía a su favor. El terreno que tenían sus padres, al morir en un accidente, lo duplicó a punta de vender todas las pertenencias de ambos, compró vacas, toros, y gallinas, y compró mano de obra barata para hacerse de más dinero.
A los ojos de otros, este hombre de grandes aspiraciones podía ser casi un modelo a seguir. Él comenzó a trabajar para la casa Meier durante la expansión. Albert, un mocoso de quince años (apenas dos años más grande que él), llevaba un poco más de tiempo trabajando en la hacienda. Ambos recogían la siembra de los bueyes, y empacaban el producto que el señor Vladik vendería por la mañana.
A veces le quedaba tiempo para ayudar a las ancianas que se encargaban de la leche, una de ellas, les llegó a mostrar cómo ordeñaban. “¿Vas a perder el tiempo con eso?” Albert le decía, él se sentaba en el suelo de madera, Zanya, la anciana, a veces le daba de probar un poco, luego de hervir el producto, lo vertía en los recipientes metálicos de siempre, dejando una taza para él. “Para mi aprendiz”. Una sonrisa triunfal se le dibujaba en la cara, porque él tenía leche, mientras que el malhumorado de su compañero no.
Otras veces el peso de las papas y las hortalizas era tal que quienes terminaban pidiendo ayuda eran ellos. Bruno, el cocinero de la casa, cargaba como nadie los costales que ellos no podían. - ¿Tarde otra vez?
-Eran demasiados colirrábanos – Se quejaba Albert, con los brazos doloridos de tanto cargar. Se frotaba uno, y abría y cerraba la otra mano con una maldición. – Crecieron a lo bruto.
-Que el señor Vladik no te escuche – El adulto les decía. Antes de mirarlo a él - ¿Cómo sigue tu espalda, niño?
Cuando le hacían esas preguntas, sentía la cara roja. – Bien – Atinaba a decir. Aunque sabía que entre él y Albert, era siempre a quien terminaban reprendiendo. El señor Vladik era muy exigente. Si esa mercancía no estaba a tiempo, o si había un error en el empacado, la historia siempre era la misma.
El adulto contaba los sacos, revisaba los nudos. A veces a él se le caían, o un nudo estaba muy suelto. El ceño del dueño se fruncía a un nivel aterrador. – A mi oficina - Y los golpes en represalia no hacían esperar.
-¿Crees que Bruno nos ayude mañana? – La cara le picaba un poco, jugaba con la manzana que el cocinero le dio, a lanzarla y alcanzarla, antes de darle otra mordida. – Siempre que nos ayuda nos da comida deliciosa.
- ¿Seguro que estás bien? – Albert lo miraba inquisitivo. A los quince años, era una cabeza más grande. Él pasó de largo.
- ¿Vas a seguir con eso? ¿Tú también?
-Te pegó durante horas – Otra vez la cara roja, y el saber que no podía negarlo porque todos escucharon sus gritos de dolor y sus ruegos. Y no podía confirmar, porque era admitir que sabía que sí lo escucharon. Aún en la mañana, el nieto de Zanya, Aizen, lo arremedaba mientras subía quesos a la carreta: “¡Por favor, señor, por favor!” Con una voz agudizada, y patética. Albert lo defendió persiguiendo a ese otro chico luego de que el señor Vladik los dejara solos. Cuando él los vio acercarse, Albert estaba tranquilo, y Aizen llevaba la ropa llena de tierra. Esa noche, al entrar al granero donde dormían, Albert sacudía la cabeza– Iré por el botiquín si aún te duele.
Él se lo tenía que quitar de encima, sonriendo, alzando la manzana que comía – No vas a ir por nada, estoy bien. – Lo calmó. Albert lo llamó con pena. Su nombre era dicho con lástima, insistió. – El señor Vladik tenía sus razones, yo hice mal.
-Eres un cabezota – Albert secundó, palmeó su espalda con cuidado. – Pero fue demasiado duro contigo.
-Si las papas se hubieran golpeado, no pensarías lo mismo, el señor Vladik no hubiera ganado nuestras pagas – Lo contradijo. – Tienes que ser disciplinado para llegar a la cima.
Era lo que el señor Vladik decía siempre. Albert hacía muecas cuando él lo citaba, sin embargo, él lo creía profundamente. La hacienda era cada vez más bonita, y las personas que empezaban a trabajar ahí eran cada vez más. Eran nuevos amigos, con vidas muy interesantes. Las carretas eran increíbles, y los animales hermosos. Todo era de la mejor calidad. – Antes de llegar aquí, comía basura – Sólo Albert lo sabía, sólo a él se lo decía porque era el único argumento con el que lo dejaba en paz cuando admiraba las pertenencias del señor Vladik.
Y porque tal vez era el único que lo entendía. Albert suspiraba, y se comía su propia manzana al tumbarse en la paja. – Sigues comiendo basura. – Él le lanzó el corazón de su manzana, riendo por la queja de su compañero. Entonces lo llamaba enojado. Su nombre era un graznido hastiado en la voz de Albert, cuando eran jóvenes las risas sacaban todo su mal humor.
“Ser disciplinado para llegar a la cima”. Lo seguía pensando a veces, un par de años después, el señor Vladik tenía una pequeña fortuna en ascenso, y su abuela estaba decidiendo a quien favorecer. “Se lo daré a quien lo merezca más”. Él no sabía leer, aunque la nueva sirvienta de la casa ya le había ofrecido dar clases. Ella les contó un poco de eso mientras cenaban, Bruno le preguntó cómo sabía todo eso. “Lo escuché mientras le servía el té” Decía la nueva sirvienta. Él sólo podía pensar que era muy bonita, con el cabello rubio, y voz suave, como su nombre y su sonrisa: “Clarice”. Ella sabía que el señor Vladik tenía un número importante de primos y tíos que buscaban el favor de su abuela.
Esto lo confirmó del propio señor, que charlaba del tema con un mercader. Él organizaba los sacos que bajaba de la carreta. El señor se cruzaba de brazos, frotando dubitativo la barbilla al murmurar: -Hace cuatro años cometí un desliz. Creí que tendría una ventaja sobre Irina y los demás, pero…
El mercader con el que hablaba se reía - ¿Vas a buscar a esa sirvienta que despediste hace años? ¡Ya ni siquiera debe estar aquí! ¿Y casarte con ella?
El señor Vladik hizo un gesto de asco, el mismo que hacía cuando veía a cualquiera de sus empleados. – Ya la busqué — Decía —Sólo necesitaba al niño. Tener al primogénito me daría puntos sobre los demás. – Y se sentó sobre uno de los costales que Albert y él depositaron. – Al parecer lo perdió. Sé que no dirá nada. Pero ahora no tengo con qué superar a nadie. Irina va a casarse pronto, no puedo permitirle ganar.
-¿Y si ese bebé no murió? – El amigo del señor insistió. - ¿Cuántos años debería tener a día de hoy?
El señor Vladik no podía estar más enojado. — ¿Cómo voy a acordarme de eso? Quizá tres, o cuatro años.
Albert lo empujó por lo mal que estaba haciendo su trabajo. Y mientras él se disculpaba, el señor Vladik balbuceaba: - ¿Y qué me recomiendas hacer?
El mercader sonreía socarrón, sus ojos se volvían unas medias lunas, era todo lo que alcanzaba a ver y oír, cuando el hombre abrazó los hombros de su jefe, susurrándole la respuesta sin borrar su sonrisa.
Con el paso de los días, él lo entendió. A la haciendo Meier, llegó el señor Vladik con un bulto tembloroso. Se trataba de un chiquillo diminuto, con ropa harapienta y el pelo enmarañado. El dueño lanzó al niño a Bertha, el ama de llaves. – Que lo bañen, y le pongan la ropa que ordené. – Detrás de él, Aizen se bajó del carruaje con una bolsa de ropa cara en los brazos.
El niño no hablaba, decían por ahí que tenía un problema de lenguaje. Otros decían que era hijo de algún prisionero extranjero. Aizen dijo que llevó al señor Vladik a un orfanato asqueroso, que el niño estaba pálido porque lo tenían encerrado en un cuartucho inmundo. No pudo evitar sentir empatía cuando Bertha les contó que le entregó un plato de sopa —Se lo tragó casi completo de un sorbo — Decía impresionada. Él lo veía desde afuera. El niño vestía las ropas que le dieron, aunque llevaba un ojo inflamado, y tenía marcas de una cuerda en las manos y cuello. Cuando el señor Vladik sacaba el látigo frente a él, rompía a llorar.
-Le diremos al mundo que es mudo – Farfulló el señor Vladik para sí mismo, todos en la casa sabían que era una orden para todos. Contrató institutrices, y un médico personal para ese niño. Una vez que se curaron sus heridas, supo que lo llevó a presentar a su abuela. Y que en toda la aldea fue reconocido como el gran y buen hombre, que incansable buscó a su hijo varón, a pesar de no haber podido salvar a su madre.
Decían por ahí que la abuela de Vladik, la Margravina von Krause, estaba muy conmovida, que paseaba de un lado a otro con su nieto discapacitado.
-En el orfanato dijeron que tiene alrededor de siete u ocho años – Aizen les contó una vez. – Pero se ve más pequeño, y era el único que más o menos se parecía al señor Vladik.
-Qué suerte – Decía Bertha. Albert gruñó, mientras Aizen se reía y lo acusaba de envidioso.
Lo cierto era que, en sus tiempos libres de las clases y las consultas, el pequeño niño se asomaba fuera de la mansión. Él lo llegó a ver tratando de tocar a los caballos, o jugando con las mariposas a perseguirlas. En una ocasión, pudo escuchar que canturreaba una de las cancioncillas que la institutriz le enseñó.
-¿Te gustaría tocarlos? – El niño seguía fascinado la nueva adquisición del señor Vladik: un grupo de corderos blancos. Él fue cauteloso, con quince años, le sacaba varias cabezas al pequeño desnutrido y enclenque niño que salió corriendo despavorido ni bien lo escuchó. Poco después, el señor Vladik le prohibió al menor salir de la casa, y hablar con los demás.
Cuando el título fue heredado al señor Vladik la hacienda cambió exponencialmente. Se convirtió en una pequeña villa, llena de parcelas. Empleados fueron reemplazados por otros, y más fueron llegando. El señor Vladik comenzó frecuentar a la hija del banquero Feldman. A él casi se le va el aliento cuando lo supo.
-¿Esa no era tu “primer amor”? – Albert se reía cuando se lo contó, la cabaña donde ahora dormían distaba mucho de aquel granero ordinario. Él lo empujó, juguetón. – La “mujer más preciosa que haya pisado la tierra nunca”. – Y ahogaba un suspiro falso.
Él lo empujó – Vete al infierno – Decía entre risas.
El tema era ese. Mirna Feldman era la hija única del banquero para el que solía trabajar su padre, cuando aún estaba con ellos. Su madre y él se vestían lo mejor posible para ir a los eventos en los que estuviera esa familia. Para él eran los recuerdos más brillantes de su infancia. De la primera parte de ella.
La gente enfundada en ropa bonita, y a esa niña muchos años mayor, con vestidos hermosos, y una sonrisa tranquila. Siempre luciendo como una muñeca de las que su madre decía que jugaba cuando era niña.
Él en realidad, nunca tuvo muchos juguetes. Menos luego de la muerte de su madre, o la huida de su padre. Zwischen Wäldern muy pocas veces tuvo la suerte de presenciar una visita de la hija del señor Feldman. Pero cuando sucedía, era un evento histórico, que él almacenaba en su memoria. Eran esas las oportunidades en las que podía ver ese cabello rojo intenso de nuevo, a esos ojos azules vibrantes y decir cosas como “son tal cual los recuerdo” o “No ha cambiado en nada”. Sus compañeros lo veían escépticos, y eso le gustaba aún más, eran esos momentos en los que podía presumir que una rata de la calle como él tuvo alguna vez el privilegio de asistir a un evento Feldman. Que no todo el tiempo vivió embarrado de mugre, o azotado por tirar papas sin querer, o robando de la basura algo de comida.
Una vez tuvo también una madre, y su madre tuvo muñecas que se parecían a Mirna Feldman.
-Ahora estarás más insoportable – Se quejó Albert luego de cenar. Estirando los brazos por encima de su cabeza. – Ya tienes otra razón para admirar empedernidamente al señor Meier.
Él fingió una risita. – Tú eres el más insoportable de los dos – Resolvía, sólo que ese pensamiento le apretó el pecho, y le obligó a mirarse las manos, sin atreverse a encarar a su compañero. Qué vida más maravillosa la que tenía el señor Vladik. Se encontró pensando.
Ambos fueron huérfanos, pero la vida nunca dejó de sonreírle a su jefe, y su jefe nunca permitió que nada le jugara en contra. El señor Vladik tuvo en su haber un emporio que cimentó desde los 20 años; a los 28 años tenía el título de su abuela, estaba por desposar a la soltera más hermosa del territorio. Él en sus 18 años seguía en la misma posición en la que estuvo cuando lo emplearon a los 13. Lo único que cambió era que vivía en una cabaña, con una cama de verdad y no un montón de paja. Cuando durmió en esa cama la primera noche, estaba tan emocionado que Albert lo molestó por ello junto a Aizen por varios días.
La boda fue increíble, y a lo grande. La villa Meier recibió a todo Zwischen Wäldern. Los nuevos sirvientes: los que tenía el señor Vladik, junto a los que envió el señor Feldman, repartieron comida por montón. En cada rincón se escuchaba música contratada por ambas familias. Incluso el “primogénito” del señor Vladik, Ludwig, bailó enfundado en ropa cara junto a su padre y a su nueva madrastra.
Y Mirna… Su cabello rojo caía en caireles, ella portaba un vestido de volantes precioso, que en marcaban su silueta fina. A quien fuera que la viera, les regalaba una sonrisa de alegría, que iluminaba aún más sus ojos azules.
Hubiera hecho cualquier cosa por estar en esa fiesta. Lo poco que presenció, lo hizo asomándose por la arboleda. Ocasionalmente, la gente de la aldea quería un paseo con los caballos. Por ser una celebración, Aizen y él tenían el trabajo de prestarlos o de ofrecer ellos mismos los paseos.
-Mi abuela hubiera amado estar aquí – Aizen susurró cuando el cielo se tiñó de colores, gracias a los fuegos artificiales. Zanya había muerto hacía unos meses. Él balbuceó un “Sí…” con la boca seca.
Qué vida más maravillosa. La posición de sus sueños, con la mujer de sus sueños.
Mirna Feldman seguía siendo la luz del lugar, ahora de la mansión Meier. Él a veces la veía a lo lejos. El señor Vladik era recibido entre besos por ella, no fue más que cuestión de tiempo para que ambos concibieran un pequeño varón con el mismo pelo rojo brillante. Las nanas e institutrices no tenían más que elogios cuando hablaban con Bertha sobre el menor. Ludwig de vez en cuando lo cuidaba, aunque prefería seguir de un lado a otro al señor Vladik.
Tres años después del matrimonio, la feliz pareja engendró un doncel, y cuatro años después, esperaban a un tercer hijo. Se rumoraba que sería una niña. En la mansión se decía también que por ser discapacitado, Ludwig Meier no sería el heredero, sino que lo sería Amir, el hijo varón del matrimonio.
Él a veces veía a ese muchacho, Ludwig, recibiendo algún jalón, o golpe de parte de sus hermanos. - ¡Creo que dijo algo! ¡Se quejó! – Dijo una vez Ilyas, el segundo hijo del matrimonio.
-No seas estúpido - Negaba Amir, lanzando piedras a su presunto “hermano mayor”. Una tras otra, una tras otra. Lo iban persiguiendo, el joven cabizbajo caminaba más rápido. – Papá dice que es todo lo que hace, nunca dice nada. – El niño levantó una piedra más grande. —¡Oye, cabezota!
Él intercedió jalando el brazo de ese chico. - ¡Señor Ludwick! – El mencionado se sobresaltó por el arranque. Él comenzó a hablar con prisa. – ¡Que bueno que lo encontré! Estaba, estaba… buscando a su padre, es que uno de sus carruajes tiene una rueda malograda… va a ser una mala noticia, ya lo sé pero… - Al notar que tenían un testigo, los dos niños salieron corriendo, dejando caer la roca al suelo, está era tan pesada que levantó la tierra por el impacto. Ludwig se quedó boquiabierto al comprender la situación. Estando solos, él palmeó la espalda del muchacho - ¿Está usted bien? Iban a golpearlo con eso, disculpe que lo haya asustado, es que no me pareció justo.
El niño enclenque se había convertido en un joven apuesto, aunque tímido. La gente de fuera creía que tendría unos quince años, contando la diferencia real, tendría unos 18 o 19 años. El ámbar de sus ojos, que presuntamente se asimilaba un poco al de su padre lo miró un segundo, antes de regresar al suelo -Gracias – Él se sobresaltó al escuchar aquella voz queda. Por un momento, creyó que el mismo Ludwig Meier se sorprendería por tener la facultad de hablar y formar siquiera una sola palabra congruente. Ese no fue el caso. La mirada baja del adolescente apenas se fijó en él. – No le diga a padre de esto. Por favor.
-C-como usted quiera – A él, por el contrario, le costó formular su respuesta.
-El señor Vladik le prohibió decir una palabra en frente de alguien – Le contó Clarice en alguna ocasión no mucho después. – Son muy pocos los sirvientes que lo han escuchado hablar.
Saberlo le oprimió el pecho, aunque sólo fue una confirmación. Podía recordar a ese niño cuando lo trajeron a la hacienda Meier, a la cancioncita baja que le llegó a oír una vez, o al grito asustado que soltó cuando le encontró con los corderos hacía años.
Ludwig Meier podía hablar. Y seguía a su supuesto padre, día y noche. Ayudándolo con la administración de la villa. El señor Vladik tenía muchos admiradores, era verdad, pero nadie que lo siguiera tanto como su primogénito. Decían que los ojos se le iluminaban cuando su padre llegaba. Y que el mayor duraba horas explicándole procedimientos, aunque el joven discapacitado quizá no los entendiera. Aunque la villa nunca fuera a pertenecerle.
Él lo encontraba triste.
El señor Vladik frente a Zwischen Wäldern, trataba a todos sus hijos por igual, pero dentro de la villa era notoria su preferencia por sus hijos de sangre. Y por la que venía en camino.
Entonces, todo se fue por la borda.
Decían por ahí que un sirviente de la villa corrió el rumor de que el hijo mayor de Vladik Meier podía hablar. Y que esta información cayó a oídos de Irina, la nieta mayor de Marianne Krause. El escándalo comenzó a crecer a niveles inimaginables.
-¡¿Quiénes fueron?! – Todos en el salón se arrodillaban ante el látigo del señor Vladik. La peor parte de la paliza se la llevó Ludwick, después fue Clarice. La joven mucama lloraba disculpas asegurando que nunca haría tal cosa, con la espalda ensangrentada. A Bertha ya la habían golpeado y sacado a patadas de la villa en la mañana. - ¡Dicen que dieron con su médico! ¡Con sus profesores! – Ludwick tosía sangre, al ser pateado por su supuesto padre. - ¡¿Quién fue el cochero que me llevó hasta ese orfanato?! ¡Lo mataré con mis propias manos! – Todos guardaron silencio, que se ahogaba bajo los llantos amortiguados de aquellos que ya habían sido lapidados. “Aizen”, el nombre lo tenía en la punta de la lengua, y lo quería buscar con la mirada. ¿Por qué vendería Aizen esa información? Era un buen hombre, un buen empleado de la casa Meier. El látigo asestó el suelo con un silbido cruel, recordándole que no había tiempo para cuestionar. El señor Vladik lucía enloquecido, pegándole a sus empleados con la bota al caminar - ¿Creen que no puedo reconocer a los animales que llevan más tiempo en esta casa? ¿Creen que nadie me dirá quién fue ese imbécil con tal de no salir perjudicado? – Un pisotón sobre un doncel le arrancó a este un sollozo. El látigo le pegó al sirviente justo en seguida. - ¡Díganmelo!
Los golpeó a todos, por lo menos una vez. Había olvidado la agonía que dejaba ese artilugio maldito, y la forma en la que ese hombre podía asimilar la forma de un monstruo con tanta facilidad. Junto al paso de las horas, de los gritos o el sufrimiento, la paciencia al hombre se le agotó. El señor Vladik se reía, su cara contenía un lamento, o una carcajada, el cabello oscuro le caía en la cara, la ropa la traía desalineada por el ajetreo que hizo al azotarlos a todos. Se dejó caer en una de las sillas del salón junto a los cuerpos exhaustos y tiritantes de sus empleados. – Lárguense todos a sus casas. No quiero ver a nadie aquí el día de hoy.
El camino a su cabaña fue en silencio. La última vez que el señor Vladik golpeó a Albert, este debería tener unos quince años. Se había echado la culpa por algo que en realidad hizo él, para evitar otra paliza. Ni siquiera en aquella ocasión, con muchos otros magullones más, Albert estuvo tan callado. Perdido así como estaba en sus pensamientos.
Estaban cenando los restos de la comida, cuando a la mesa de madera, Albert declaró – Voy a decirle al señor que fui yo.
- ¿Qué? - Su amigo agitó la cabeza, estaba más que convencido. Eso a él lo hizo entrar en pánico. - ¡Pero fue Aizen! ¡Va a matarte si dices esa mentira!
- ¡Matará a Aizen si no lo hago! – Albert se quejó. - ¿Quién más se pondrá en su lugar? Nadie, ¿a dónde se supone que va a ir? No le queda nada, Zanya era toda su familia, él le dio su vida a esta mierda de villa.
-Sí, pues, debió pensar en ello antes de vender esa información.
Albert lo miró como si no lo reconociera, o como si fuera más estúpido de lo que creía. Él mismo dudó por un momento lo que acababa de decir, cruzado así de brazos, mientras Albert se ponía de pie.
-Es imposible que aún tengas esa jodida admiración tuya – Decía, retrocediendo. - ¡Te está cegando! ¡Ese hombre no te trajo aquí con buenos deseos, esperando darte una buena vida! ¡Esos fuimos nosotros! ¡Tu familia es esta, no las malditas cosas que ese hombre despreciable nos presta cada día!
-¡Aizen no es mi familia! – Renegó aun más fuerte. – Esa eres tú – La voz se le quebró al decirlo, las lágrimas bajaron antes de que pudiera controlarlas. – Tú eres mi familia, eres… eres mi mejor amigo, eres lo más cercano a un hermano que tengo. No puedes ir con el señor Vladik y esperar que permita que te lastimé así. Te matará a golpes, o te echará.
—Pues que me eche, ¿qué tengo que perder? — Albert argumentó, pero no tenía idea de lo que decía. —Ya una vez viví en las calles. Tú también — No, no era lo mismo. Su espalda se erizó de sólo pensarlo. Albert pudo robar y hacerse de amigos que le ayudaron en las calles cuando sus familiares murieron. Él no tuvo tanta suerte. Albert tomó sus hombros, él se apartó.
—No sabes de lo que estás hablando — Negó.
—Huyamos antes de que se entere — Albert le pidió — Le diré a Aizen, podemos llevarnos algunas cosas de aquí, un par de sacos de hortalizas, y un caballo…
—¿Robarle al señor Vladik? — El aliento se le escapó al decirlo. Así como el pánico — No voy a hacer eso.
Su nombre era un susurro distorsionado. Dicho con incredulidad de parte del hermano que tenía en frente. Él estaba llorando. —¿Quieres largarte con Aizen? Hazlo tú, yo… yo no voy a ir a ninguna parte.
Albert perdió la paciencia, maldiciendo una y otra vez — ¡¿Cuándo dejarás de ser un idiota?! — Lo dejó hablando solo, dando trompicones hasta llegar a la puerta, Albert le gritaba desde adentro — ¡¿Crees que no soy capaz de irme sin ti?!
Azotó la puerta, escuchó los gritos del otro perderse a la distancia
Y estaba llorando, con la cara roja.
-¿Huirás? – Preguntó a pesar de que Albert no lo podía oir. La espalda le dolía, era un recuerdo terriblemente familiar. Se talló los ojos. ¿Por qué? ¿Por qué se quería ir así como si nada?
Caminó sin rumbo por horas, tal vez para calmarse, o apaciguar la ansiedad de llegar a una cabaña en la que no viviría nadie más que él.
La villa estaba sola, ni un alma se atrevía a salir de sus hogares.
La mansión solitaria. Ni un solo sirviente estaba cerca. Por al menos, un radio importante de metros. Las luces también, estaban inusualmente apagadas. Todo en calma. Un llanto en el interior de la mansión le hizo sentir el estómago aún más pesado. Era el llanto del Ilyas. Seguido del de Mirna.
-¿S-señor Vladik? – Su voz llamó al entrar a la casa por la puerta principal. Pero dentro todo estaba a oscuras.
-¡No! – La señora Mirna lloriqueó, su voz sonaba extraña, como amortiguada por algo. Los niños lloraban aterrorizados. No los podía ver. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Por qué todo estaba apagado? Caminó nervioso, siguiendo los berridos, su mano tomó uno de los atizadores de la chimenea.
Tal vez debería buscar a alguien. Eso no estaba bien, era demasiado extraño. Se giró sobre sus pasos, cuando lo escuchó.
-Por favor, no lo lastimes. No le hagas nada, por favor – La señora Mirna lloraba con fuerza, seguida por sus dos niños. Tan llena de desesperación y súplica que regresó.
La vio arrodillada en el suelo, donde se apretaba el vientre abultado. A su alrededor los niños la abrazaban. Y frente a ellos, una silueta alargada sostenía del cuello al señor.
Le presionaba en esa zona una espada. El hombre vestía de negro, a todas luces, era un doncel. Un mercenario. El señor Vladik ahogó un quejido estrangulado cuando la cuchilla le cortó la piel. - ¡No! – Lloraba la señora Mirna.
Entonces desde el suelo, Ludwig se levantó. El salón se llenó de gritos, porque el hijo mayor consiguió separar por un segundo la cuchilla de su padre. La señora y los niños gritaban, el señor Vladik se llevaba las manos a la herida de la que no paraba de borbotear sangre.
-¡No! – El que decía eso ahora era Ludwig, mirando a su padre, luego al intruso con el que forcejeaba. Él traía el atizador, lo apretó entre sus manos antes de correr en su auxilio.
-¡Déjalos en paz! – El doncel ahogó un quejido cuando lo golpeó con el atizador en la espalda. La capucha que llevaba en la cara se le resbaló, e, impaciente, cambió el ángulo de su arma, para asestarla en el cuello del joven Ludwig.
El muchacho atinó a sisear un lamento. El señor Vladik tosió algo, él no lo escuchó porque su vista se llenó de la sangre de ese chico ya de por si herido. Sólo fue un segundo, antes de que el mercenario sacara la espada, y la enterrara ahora en su garganta.
Sólo fue un segundo. Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. El atizador cayó en el suelo pesado, seguido de sus piernas. El dolor era tan absoluto que el grito que trató de dar salió inundado en sangre, que le llenaba la boca, el pecho y los pulmones.
La señora Mirna lloraba a gritos.
-Déjalos ir a ellos – Creyó escuchar al señor Vladik decir, una súplica muy cortada, y muy vaga. – ¿Te envió Irina? ¿Qué es lo que buscas a…? – Lo último que vio antes de perder la consciencia fue a la cabeza de ese hombre siendo cercenada por el doncel, de un solo movimiento de su cuchilla, y de su pie con el que hizo presión.
El asesino parecía casi aburrido, indolente. Él debió haberse ido cuando Albert se lo ofreció.








