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IYI

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Summary

‎¿Qué harías si descubrieras que tu vida siempre estuvo ligada a un destino que nunca elegiste? ‎ ‎Algunas personas nacen para encontrarse. Otras, para cambiarse la vida. Y algunas están destinadas a cargar con consecuencias que comenzaron mucho antes de que ellas existieran. ‎ ‎En IYI, los secretos del pasado comienzan a abrirse paso entre quienes creían conocer su propia historia. Lo que parece coincidencia empieza a revelar un propósito, y los vínculos entre sus protagonistas esconden mucho más de lo que cualquiera podría imaginar. ‎ ‎A medida que la verdad se acerca, tendrán que descubrir quiénes son realmente, qué los une y hasta dónde están dispuestos a llegar para proteger aquello que aman. ‎ ‎Porque cuando el destino decide intervenir, escapar de él puede ser mucho más peligroso que enfrentarlo. ‎ ‎Y esta vez, el destino ya ha comenzado a moverse. ‎

Genre
Fantasy
Author
Neiser
Status
6 mins ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 Nieve

El bosque estaba demasiado silencioso aquel día.

‎No era el silencio habitual de las mañanas frías, ni el que acompaña a la nieve cuando cae suavemente sobre las ramas. Era otro tipo de silencio, uno que no encajaba con nada.

‎Mich lo sintió antes que yo. Se detuvo frente al sendero de los fresnos rojos y agitó las orejas con inquietud.

‎—Tranquilo —murmuré, sin estar seguro de cuál de los dos intentaba calmar.

‎El aire olía distinto. Era más pesado, como si el bosque estuviera recordando algo que deseaba olvidar. Podía sentir el peligro en el ambiente, como si unos ojos invisibles me observaran desde la espesura.

‎Tiré de las riendas y giré a Mich en dirección contraria. Esperé unos segundos. Al no percibir ningún movimiento, volví a darle paso.

‎La granja había quedado varios kilómetros atrás, oculta entre árboles y tierra húmeda. Mi mundo entero terminaba en aquella línea de fresnos que mi padre jamás nos permitía cruzar.

‎Siempre había pensado que esos árboles marcaban algo más que el límite de nuestras tierras.

‎Quizá ya era hora de descubrir qué había al otro lado.

‎Mi padre seguramente se enfadaría... pero no tenía por qué enterarse.

‎Aunque insistiera en que todo era por nuestra seguridad, me costaba creerle. En todas mis cabalgatas por el bosque jamás había visto a nadie cruzar desde el otro lado. Sin embargo, siempre había algo extraño: el suelo permanecía limpio. No había hojas caídas, ramas secas ni restos del paso del tiempo.

Eso no era normal.

Sacudí la cabeza y aparté aquella idea.

—Será otro día.

Di un suave toque con los talones y Mich retomó el camino.

Intenté ignorar la sensación de que alguien me observaba.

Entonces la vi.

A lo lejos, junto a una huella casi borrada por la nieve, se alzaba una silueta.

Era una mujer.

No parecía mucho mayor que yo.

Apresuré el paso de Mich para alcanzarla.

Estaba agachada, tanteando el barro helado con la punta de los dedos. Su ropa de invierno resultaba demasiado ligera para aquel clima. Solo la chaqueta que cubría la mitad superior de su cuerpo parecía ofrecerle algo de abrigo.

—¿Se perdió, señorita?

Se quedó completamente inmóvil.

No giró de inmediato, como si no me hubiera oído llegar. Después volvió la cabeza con lentitud y me recibió con una sonrisa apenas dibujada.

—Hola. ¿De verdad cree que tengo cara de perdida... joven?

Pronunció la última palabra con un énfasis extraño, como si le molestara más que la llamara «señorita» que cualquier otra cosa.

Sonreí con cierta incomodidad.

—Ahora no. Pero creo que no sabe en qué terrenos se encuentra.

Se quitó la capucha.

Las delicadas facciones de su rostro quedaron al descubierto. Su cabello castaño claro brilló bajo la luz gris del invierno y unos ojos dorados se clavaron en los míos antes de entrecerrarse con curiosidad.

Era hermosa.

Tan hermosa como las historias describían a los elfos, las hadas y los faes.

Aunque era imposible saberlo.

Su cabello cubría por completo las orejas, así que no podía comprobar si terminaban en aquellas características puntas que, según los cuentos, los delataban.

—¿Qué hace una señorita por estos lugares?

—Genial...

Suspiró con evidente fastidio.

Definitivamente no le gustaba que la llamara «señorita».

—¿Qué cree usted que hago?

—¿Busca algo que perdió?

—Sí.

—Puedo ayudarla. Después la acompañaré hasta su casa. Y, si de verdad perdió su caballo, prometo ayudarla a encontrarlo.

Me observó en silencio.

Un silencio incómodo.

Respiró profundamente, como quien percibe el aroma de una comida después de varios días sin probar bocado.

—¿Habla en serio?

Pero no me estaba mirando a mí.

Sus ojos permanecían fijos sobre Mich.

Preferí ignorarlo.

—Muy en serio.

Entonces volvió a mirar rápidamente a ambos lados, como si algo hubiera cruzado el bosque detrás de mí.

—Es muy amable, pero no estoy perdida. Solo buscaba un pendiente que se me cayó. Ya sabe... mi «caballo» hizo un movimiento brusco y lo perdí.

Era evidente que no sabía nada de caballos, pero decidí no señalarlo. También era evidente que deseaba terminar aquella conversación cuanto antes.

Y, sinceramente, yo empezaba a pensar lo mismo.

—Además, dejé mi caballo detrás de esa loma.

Señaló la cima de una pequeña elevación.

—Entonces la acompañaré hasta allí. Será más seguro.

Por primera vez levantó ambas cejas.

—No creo que a Padre le agrade la idea... pero gracias. Es muy amable.

—Será un placer.

Ella me observó unos segundos antes de sonreír con una expresión imposible de descifrar.

—¿Y qué piensa hacer? ¿Montarme delante de usted en ese enorme semental para cabalgar por los caminos más difíciles hasta que el roce nos excite y terminemos teniendo sexo?

Me quedé completamente callado.

Analicé su expresión durante unos segundos.

Luego respondí con total calma.

—Veo que ha tenido una muy mala experiencia.

Su sonrisa desapareció.

—Disculpe si le di una mala impresión. Solo intentaba ayudarla a salir del bosque.

—No hace falta.

Asentí despacio.

—No hace falta... —repetí para mí.

Ella volvió a mirar a Mich.

Después dirigió la vista hacia ambos lados del bosque.

Parecía escuchar algo que yo era incapaz de percibir.

—Me estoy tardando.

Retrocedió un paso.

—Espero no volver a verte.

Seguí la dirección de su mirada por un instante.

Cuando volví a verla...

Había desaparecido.

Me quedé inmóvil.

Ni una huella nueva.

Ni una rama moviéndose.

Nada.

—Quizá sí era un hada...

Miré a Mich.

—Recuérdame que no vuelva a ofrecer mi ayuda a cualquier desconocida que aparezca en este bosque.

Mich resopló con tranquilidad, como si aquello hubiera sido la cosa más normal del mundo.

—Vamos. Seguro mamá ya tiene algo caliente para comer.

Llegando al punto Norte, el lugar de los alces majestuosos,

Mich se detuvo a observar el arroyo que se extendía rodeando todas las tierras de mi padre, pero siempre junto a los fresnos rojos. En cada invierno siempre logró mantener su temperatura, nunca congelado, nunca escarchado, ni en los fríos extremos. Me pregunté si bañarme un rato con el helada agua quite por completo todo lo que abruma mi mente, pero, por otro lado, mejor hoy no.

Atrás podía sentir miradas clavadas como cuchillas en mi espalda. Pero no había nada que temer, después de todo, si quisieran hacer algo, ya lo habrían hecho.

Mich se detuvo mientras evaluaba el panorama por si acaso algún venado se cruzaba o algún conejo, pero hoy no parecía que los animales hayan salido de sus cuevas y madrigueras.

El aura de Mich se sentía relajada. Pero tan pronto cambió, ahora estaba arisco, no quería seguir de frente, y lo siguiente me heló la sangre: una cabeza de serpiente empezó a levantarse del arroyo, sin ruido, silenciosa, solo el agua cayendo de su cabeza se escuchaba.

Era enorme; solo la cabeza era más grande que Mich y yo. Su mirada era penetrante, como si te atrapara y te sujetara para que no te muevas y corras. Respiré lo más profundo que pude, tranquilizando mis nervios, recuperando mi cuerpo que no me obedecía. Me relajé. Quizá no era algo que ocurriera en el presente, solo que no podría ser algo del pasado porque Mich no ve el pasado como yo... ¡Joder! Así que esto sí está pasando aquí y ahora. Me aferré a las riendas con fuerza.

Mich dio media vuelta por instinto. A unos 50 metros antes de llegar a los árboles del bosque, el hada estaba de pie inmóvil, tan perpleja como yo.

—¡Dame tu mano! —le grité, pero ella parecía no escucharme. Sus ojos estaban fijos en la serpiente. Mientras pasaba cerca de ella, me agaché para tomarla del brazo y la subí a lomos de Mich, en mi espalda. —¡Agáchate y sujétate! —le grité, y nos adentramos a los árboles.

Mich corrió esquivando cada árbol, de manera que, si no me sujetaba con más fuerza, me caería. Podía sentir las ramas bajas de los árboles rozando mi espalda. Observé atrás y vi que la serpiente nos seguía a unos cuantos metros detrás de nosotros. El miedo quería apoderarse de mis huesos y paralizarme. El corazón me latía fuerte, como si quisiera saltar de mi pecho y salir corriendo. Miré a la mujer detrás de mí y ella me observaba, pero, a diferencia de mí, ella no estaba asustada, solo me analizaba. Como si le sorprendiera mi reacción y no lo que la serpiente quería hacer.

—¡Dije que no te quería volver a ver! —gritó.

—¡También dijiste que tenías caballo!

—¿No sabes qué significa lo que dije, niño?

—No creo poder entenderte, si no quieres verme, ¡cierra los ojos si deseas!

—«Idiota» —susurró.

La serpiente esquivaba los árboles con más destreza que nosotros. A este ritmo nos terminaría alcanzando. No podía seguir al norte; tenía que correr en círculos o salir del lado este a las otras tierras, no a la granja, claro que no. Para mi sorpresa, la chica se puso en pie en la parte trasera de Mich y gritó:

—¡Corre y no te detengas!

—¡Estás loca, mujer!

Me miró incrédula.

—¡No te detengas! —volvió a gritar, pero otra vez no me lo decía a mí. Mi amigo duplicó su velocidad, que yo tuve que agacharme aún más. Ella solo saltó, perdiéndose entre las ramas llenas de hojas de un árbol que pasamos. Al siguiente segundo, cayó sobre la cabeza de la serpiente con una espada en mano. La serpiente se detuvo para sacudir la cabeza, pero ella no cayó. Al momento que se la iba a clavar, la serpiente la sintió y la golpeó con su cola, enviándola a volar hacia delante.

Ella chocó contra un árbol, el cual se remeció con fuerza, haciendo que hojas de las ramas débiles cayeran al piso.

—Rayos... ¡Qué terca! —le grité. Halé de las riendas a Mich, haciéndolo detener, y para mí bien, él obedeció.

Tenía que hacer algo, no podía huir dejándola sola con la serpiente.

—¡¡Vengan ideas, dónde se meten!!! Ninguna llegó.

Observé mi entorno, estábamos muy lejos de que alguien pudiera escucharnos y tampoco quería guiar esta cosa a casa de mis padres. Debería huir, me gritaba mi instinto de supervivencia, «pero este es mi territorio y no corro de mi territorio», cité para mí mismo mi frase favorita del protagonista del libro que casi terminaba de leer.

—Quizá no vuelva a leerlo.

La mirada de la serpiente estaba fija en la mujer que estaba en el piso sin moverse. Saqué mi arco y tomé una flecha de acero y apunté a su cabeza. No tenía tiempo de concentrarme, solo respiré hondo, apunté y disparé. La flecha voló en dirección a su cabeza, impactó, pero para mi sorpresa, el acero no perforó, ningún rasguño; la punta se quebró y la flecha cayó al piso.

¡Y ahora qué rayos iba a hacer! La chica se incorporaba cogiéndose la cabeza.

Mientras la serpiente observaba la flecha que caía al piso y la olía, la chica se quitó el abrigo, dejando ver una figura femenina muy delicada, pero fuerte. La blusa negra no le cubría nada más que sus pechos hasta más arriba del ombligo. Su rostro ya lucía molesto cuando tiró el abrigo a un lado, como si no lo necesitara.

La serpiente se fijó en mí y Mich resopló. Solo tenía una flecha más, cuya punta era de madera de fresno rojo, y de nuevo todo pareció paralizarse, incluso el viento dejó de soplar. Lo que haría era una estupidez, pero quizá nos dé una oportunidad de escapar. La chica, que se había puesto de rodillas, levantó una pierna, dejando la otra de rodillas. Me dedicó una mirada al notar que tenía la atención de la serpiente y yo me preguntaba:

—¿Por qué rayos no escapaba? —Ella recogió la espada y de la misma sacó dos. Creí haber visto mal, respiré profundo y apunté a su ojo izquierdo. Mich estaba inquieto, alzaba sus patas delanteras, invitándome a huir, y era algo que no haría, no aún.

Disparé la flecha, la cual voló más rápido aún que la anterior, atravesando el ojo y saliendo por su cabeza, quedando salida la flecha por la mitad. La mujer con las espadas dio un salto imposible a su cabeza, enterrando las espadas en el centro. La serpiente gritó desgarradamente y luego cayó al piso, haciendo un silbido aterrador. Ella saltó de encima de la serpiente y esta volvió a levantar la cabeza y ponerse erguida.

¿No murió? Tenía atravesado el cráneo en puntos diferentes y aún se movía.

El hada saltó de la cabeza de ella, sacando dos cuchillas algo grandes de ambos muslos de sus piernas y esperó.

Pero la serpiente observó al cielo como si viera algo. Mich, de la misma manera, observaba al cielo y logré escuchar un aleteo que hizo remecer los árboles desde arriba y cayó encima de ella un águila. Las garras del águila eran más grandes que las espadas con que la chica atravesó la cabeza de la serpiente. El águila tenía sus dos patas en la cabeza de la serpiente. Me impactó su velocidad, no la había escuchado volar y, con el tamaño que tenía, la habría escuchado. Diez personas podrían sentarse en ella y no representarían peso para ella.

El águila observó a la chica como si fuera una vieja amiga, podría jurar que movió la cabeza en señal de una orden. Luego me miró con esos ojos que parecía que podrían verme el alma. Y salió volando al cielo con la serpiente entre sus garras, dos aleteos y se perdió entre las nubes.

Caray...

Me intenté acercar a la mujer con las espadas, que miraba al águila con una sonrisa en su rostro y luego su mirada volvió a ponerse en mí. Y Mich se paró interponiéndose en mi camino.

—Eres valiente, lo reconozco.

—¿Quién eres? —pregunté y guardé silencio esperando una respuesta. Ella volvió a unir las espadas y las colocó en su cintura.

—No necesitas saberlo, no pretendo ser tu amiga. —El águila voló muy cerca de las copas de los árboles, que me hizo agachar por el estruendo, y bastó ese segundo para volver a verla y que no esté.

—Quién habrá sido esa chica —le pregunté a mi amigo. Me acerqué a Mich y lo abracé por el cuello. Había sobrevivido a algo inexplicable.

—Lo hiciste bien, amigo, me has salvado la vida. —Mich afirmó su cabeza en mi espalda, su corazón latía como tambor, igual que el mío.

—Eres el mejor semental del mundo —le dije sonriendo—. Gracias.

Subí a lomos de Mich y nos detuvimos a ver el lugar donde la escena del águila se repetía a mis ojos, tan vivido como si estuviera pasando de nuevo.

El clima se ponía más frío y mis padres pronto se preguntarían dónde estoy. Le di señales a mi amigo y empezamos a caminar.

—Vamos a casa, amigo.

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