Diez minutos de silencio
La voz que invitaba a enamorarse de Guanajuato era la de Inés. El nombre que apareció debajo fue el de su primo.
Darío Salcedo. Concepto y creación.
Inés dejó de masticar. Había reconocido hasta la respiración que cortó a las tres de la mañana, justo antes de la palabra «volver».
—Falta mi nombre.
Darío bajó el volumen del celular. En la mesa quedaban dos vasos de café y una concha que nadie había tocado.
—Todavía puedo cambiar el texto de la publicación.
—Entonces cámbialo.
Su tío Rafael giró la pantalla hacia sí.
—Espérate. El cliente contrató a la empresa. No podemos poner a todo el mundo.
—Pusieron a uno.
Darío desprendió una tira del vaso. Rafael acomodó la concha en su bolsa, con cuidado de no romperla.
—Tu primo consiguió la cuenta. Tú hiciste el audio. Es trabajo de la casa, Inés.
Ella miró su mochila bajo la silla. La computadora era suya; los audífonos también. Había comprado las almohadillas nuevas con el último pago de otro encargo.
—Pues pon eso: audio, Inés Salcedo.
—Lo vemos al rato —dijo Rafael—. Antes hay que corregir la versión corta.
Inés cerró su computadora. No borró nada. Los archivos que había entregado seguían en la carpeta compartida.
—Hoy no voy a corregir otra versión.
Darío levantó la vista, sorprendido de verdad.
—¿Por una línea?
Ella se puso la mochila. La correa le apretó el hombro donde llevaba una semana cargando el equipo.
—Sí.
Afuera, el sol de mayo le dio de frente. Bajó hasta una esquina antes de sacar el celular. Era lunes 12. Le quedaban cuatrocientos veinte pesos, y la decisión más cara del día ni siquiera había incluido un taxi.
Tenía un mensaje de Lucía, la dueña de La Vuelta. Se conocían de las veces que Inés había trabajado en una mesa del fondo, cuidando que un café le durara dos horas.
«¿Tú haces esos audios o los hace tu primo? Necesito uno para mañana».
Inés empezó a escribir «Es complicado». Lo borró.
«Yo hago el audio. ¿Qué necesitas?»
Lucía quería cuarenta y cinco segundos para un video que había grabado ella misma dentro de la cafetería. Horario, dirección y voces de quienes atendían. Nada de una canción famosa: su sobrino ya había intentado esa opción.
Inés le propuso grabar en el local al día siguiente, editar y entregar antes de las cinco de la tarde. Mil ochocientos pesos, una ronda de correcciones. Novecientos de anticipo después de aprobar una muestra breve esa noche; el resto, al aceptar el archivo final. Lucía respondió con una llamada.
—No necesito que parezca comercial de aeropuerto.
—Entonces no leas como si estuvieras buscando una puerta de embarque.
Lucía soltó una risa seca.
—Mándame cómo sonaría. Pero con mi voz mañana, ¿eh?
—La muestra va con la mía, sólo para probar el ritmo.
—Y el precio no cambia si me trabo.
—Si te trabas, repetimos.
Quedaron en verse a las ocho y media. Inés escribió las condiciones en el chat. Antes de enviarlas añadió: «En la publicación: grabación y edición de audio, Inés Salcedo».
Lucía contestó: «De acuerdo. Primero quiero oírlo».
La subida a casa de su abuela le dejó la espalda mojada. Elvira abrió antes del segundo golpe.
—¿Comiste?
—Una parte de una concha.
—Eso no es una comida. Deja la mochila.
Le sirvió frijoles y dos tortillas. Inés comió de pie hasta que su abuela señaló la silla con el cucharón.
—El cuarto está listo. Seis semanas, como dijimos. Luego necesito saber qué vas a hacer.
—Sí, abue.
—Y ese contacto junto a la cama no sirve. Usa el de la cómoda.
Arriba, Inés movió una caja de estambres para apoyar la computadora. La ventana daba al balcón; al otro lado de un metro de aire había otro barandal y una puerta azul. Podía distinguir la pintura saltada de la manija.
Probó grabar con el celular sostenido sobre una toalla doblada.
—A veces sólo necesitas dar la vuelta y...
El taladro se comió la última palabra.
Esperó. Empezó otra vez. La siguiente perforación le atravesó la frase entera. Se puso los audífonos: debajo del ruido apenas quedaba voz. No había una voz limpia que rescatar de ahí.
Salió al balcón.
—¡Oye!
El taladro siguió. Un hombre se asomó por la puerta azul, vio su boca moverse y soltó el gatillo.
—¿Qué pasó?
Tenía lentes protectores y una marca blanca de polvo en la ceja.
—Necesito grabar diez minutos.
—Yo necesito terminar de fijar esto.
Detrás de él se veía una repisa y, en el piso, una caja abierta de herramientas. Inés cerró los dedos alrededor del barandal caliente.
—Llevo media hora intentando decir dos frases.
—Llevo media hora encontrando dónde poner dos tornillos.
Él miró hacia adentro, sin reírse. Ella estuvo a punto de retirarse. Podía ofrecerle dinero para que parara, pero tenía cuatrocientos veinte pesos, no un presupuesto para comprar la calle.
—¿A qué hora puedes hacer otra cosa que no suene?
El hombre revisó su reloj.
—A las seis. Diez minutos. Después sigo.
Faltaban catorce.
—A las seis, entonces.
—Mateo —dijo él, señalándose con el pulgar.
—Inés.
Volvió al cuarto y cortó el texto. Quitó dos adjetivos y una invitación que no decía nada. Dejó una entrada de doce segundos, lo suficiente para que Lucía oyera el tono antes de dar datos concretos. Ensayó sin grabar; en la tercera vuelta dejó de sonar como la mujer del video de su primo.
A las seis el taladro calló.
Inés pulsó grabar. En la primera toma rozó la toalla con el dedo. En la segunda pasó una moto abajo. La tercera quedó limpia. Hizo otra, más despacio, y eligió ésa. Recortó el silencio del principio, escuchó completa la muestra y se la envió a Lucía, identificada como prueba de ritmo, no como versión final.
A las seis y diez volvieron las perforaciones. Inés no salió a reclamar.
Lucía respondió a las seis y diecisiete.
«Así sí. Que parezca que le hablo a alguien que acaba de entrar».
Luego pidió los datos para transferir. Inés los mandó y abrió su aplicación bancaria cuando recibió el aviso. La transferencia de novecientos pesos aparecía abonada. El saldo disponible había pasado de cuatrocientos veinte a mil trescientos veinte.
Apoyó el celular boca arriba. Volvió a tomarlo.
«Anticipo recibido. Mañana a las 8:30 grabo en el local. Entrega final antes de las 17:00».
La respuesta llegó enseguida: «Te abro yo».
Abajo, Elvira cerraba una alacena. Inés bajó dos escalones y gritó:
—¡Tengo un trabajo!
—¡Pues ahora sí cena sentada!
Se rio. Le dolió un poco la garganta.
Antes de bajar quiso agradecer los diez minutos. Mateo estaba en el balcón, sacudiendo una franela sobre un bote, sin echar polvo a la calle. Inés levantó la mano. Él sonrió apenas y alzó un dedo: estaba recibiendo una llamada.
—Sí, don Rafael Salcedo. Mañana voy.
Inés dejó la mano a medio camino.
Mateo entró para hablar. No había mencionado la empresa ni a ella. Podía ser cualquier encargo; su tío conocía a media ciudad. Aun así, Inés apartó la computadora de la ventana.
En la pantalla seguía abierto su primer anticipo.
No iba a devolverlo por una sospecha. Pero antes de pedir otro favor al hombre de enfrente, le preguntaría qué trabajo hacía para Rafael.








