SONRIE
Risa incómoda. Así conocí a Jane. Parece mentira que un gesto tan simple pueda crear una relación tan compleja. Se levanta de la tercera silla empezando por la derecha de la fila delantera a la mía, se sienta a mi lado y empezamos a hablar durante un largo tiempo, hasta que nos vemos brevemente interrumpidos por el director general de la Astrogenesis-69, que, haciendo su rotundo y clásico saludo militar, me da la bienvenida a la misión más importante de la humanidad sin tener que pasar por una sola entrevista, para mi alivio y el de mi vergüenza bloqueante. Jane me mira, y yo a ella y… Alden chasquea sus jóvenes dedos frente a mi rostro. Vaya, visto está que de nuevo he caído en un bloqueo mental. Pienso: ¿Tanto se me nota cuando imagino mi vida perfecta?
He imaginado esta escena de mil formas distintas en unas décimas de segundo. Bien, de hecho, una relación compleja no ha sido. Nos conocemos desde hace apenas dos minutos, pero estoy convencido de que sí lo será. De hecho, relación tampoco. Le he sonreído a unos tres metros de distancia y creo que me ha visto y me ha devuelto la sonrisa. He sido bastante estúpido cuando he fijado la vista, avergonzado, a la puerta con el dorado rótulo escrito “Despacho directivo”, sin que nadie saliera de ella. No había muchas cosas que mirar en aquella sala. Todo era blanco: las sillas, el pulido suelo, las paredes, el marco de la puerta… La puerta no. Es negra, creo que para darle importancia o algún derivado. Sé su nombre por la placa brillante que porta en su chaqueta elegante verde militar. No estamos solos, ya que Alden se encuentra a mi lado. Alden es el típico amigo que me mira fijamente cuando sabe que me incomoda. Sí, parece extraño, pero lo estaba haciendo, directamente, sin rodeos. Sabía lo de Jane seguro. Ella se retoca su pelo castaño brillante como si de un concurso de incomodidad se tratara. Para mí claro, ya rojo como el mismo sol.
Para mi fortuna, se abre por fin la puerta (esta vez de verdad) del director general, del que en vez de salir él, sale uno de sus principales ejecutivos: James Mullet. Un hombre de negocios multimillonario que se casa por quinta vez en febrero. Este no nos presta atención. Obviamente, su tiempo vale más oro del que podríamos pagar para que nos mirase. Aun así, tensiona el ambiente con su paso firme de tacón (llevaba zapatos de suela de cuero) hasta tal punto en que a Alden le da un inoportuno ataque de carrasposa tos seca. De aquellos que parecen que no tendrán fin. Sin embargo, milagrosamente, este se corta de forma abrupta con una llamada poco enérgica proveniente del despacho. La puerta se había quedado abierta y Jane se había fijado inconscientemente en el interior de la sala, retrocediendo repentinamente tras sus erróneos pasos, supongo tras ver que el “jefe” había descubierto su espionaje momentáneo.
Liam Peterson. Ese es mi nombre. Tiene muchas variaciones y formalizaciones. En este caso me había nombrado por el carnet de identidad, pero soy cómodamente llamado Li (como me llama Alden) e incómodamente William (en la cena de Navidad). Un tranquilizador sentido en el hombro, indicando el apoyo de mi mejor amigo. Tres inspiraciones profundas. Cuatro espiraciones cortas y un torpe alzamiento de la silla con que no me caigo yo, sino parte de mi ser. Voy dejando huellas fangosas alteradamente exageradas por el blanco y ya no pulido suelo, hasta la misma entrada del futuro de mi vida. Cierro la puerta firmemente y esta resuena demasiado entre aquellas nítidas paredes durante varios segundos. Mi intención no era dar un portazo, pero la ventana abierta del lugar con intención de refrescar el ambiente veraniego tenía otros planes para mi primera impresión.








