Capítulo 1: Mi primera estrella - Dios
La sala quedó en un silencio tan largo que no era agradable y tampoco entraba en el marco del respeto. Era de esos que aparecen cuando nadie sabe exactamente qué hacer después de escuchar algo que no se puede deshacerse.
La sentencia ya había sido dictada y clara, irrevocable.
Yahvé permaneció sentado durante unos segundos más, con ambas manos descansando sobre los brazos del trono. No necesitaba levantar la voz y tampoco mirar a ninguno de los presentes para saber que todos esperaban algo de él. Una reacción o una última palabra, quizás una demostración de poder que terminara de recordarles por qué era Dios. Y el no les daría ninguna de ellas, simplemente, sus dedos se movieron apenas sobre el dorado.
—Eso es todo.
Nada más escruto, simplemente se levantó.
No hubo satisfacción en su rostro, mucho menos orgullo. ¿Qué clase de padre podría sentirse orgulloso después de condenar a uno de sus propios hijos?
Avanzó lejos del trono con aquella tranquilidad suya que tantas veces podía confundirse con su indiferencia. Paso tras paso y sin mirar atrás, sin siquiera detenerse ante murmullos, respiraciones contenidas o miradas que seguramente intentaban descifrar qué demonios estaba pasando por su cabeza.
Nada, absolutamente nada podía verse desde afuera, pero por dentro… Mierda... Cada paso pesaba más que el anterior.
Lucifer.
Era su primera estrella y no quería pensar en él, pero como cuando mas niegas algo, mas viene a tu mente y por supuesto, pensó en él.
En aquellos primeros días donde absolutamente todo parecía más sencillo y mas aun cuando unas alas pequeñas todavía se agitaban con emoción ante cualquier cosa que Yahvé pudiera enseñarle. Cuando Lucifer corría detrás de él haciendo preguntas sin descanso, tocándolo todo, queriendo saber cómo funcionaba cada estrella, cada criatura, cada pequeño fragmento de aquella creación que todavía estaban aprendiendo a llamar universo.
Recordó sus risas, las preguntas y todas veces que había tenido que quitarle cosas de las manos porque su curiosidad era mucho más rápida que su sentido del peligro.
Y entonces fue cuando una sonrisa quiso aparecer, pero no llegó a hacerlo. Porque inmediatamente después recordó la manzana y la insufrible caída.
Y aquellos ojos dorados mirándolo desde el otro lado de una decisión que ninguno de los dos podría deshacer.
Continuó caminando.
El corredor hacia su taller estaba prácticamente vacío, algo que agradeció. No quería hablar con nadie y mucho menos escuchar explicaciones, justificaciones o aquella interminable cantidad de palabras bonitas que los ángeles utilizaban cuando no sabían cómo acercarse a su creador.
"¿Estaba bien?" Qué pregunta tan estúpida, cuando era claro que no estaba bien: Había desterrado a su hijo. Otra vez había tenido que expulsar de su creación algo que amaba.
Y quizá eso era precisamente lo que más dolía, porque no era la primera vez.
Recordaba demasiado bien el momento en que la maldad había sido arrojada hacia las profundidades, cuando el Abismo se convirtió en prisión y él mismo tuvo que aceptar que algunas cosas no podían permanecer cerca de aquello que intentaba proteger.
Había dolido entonces, pero aquello era diferente. Lucifer no era una criatura extraña y no era una amenaza nacida lejos de sus manos.
Era su niño. Su primera estrella.
La puerta del taller se abrió ante él y Yahvé entró. Solo entonces sus hombros descendieron ligeramente.
— Ah…
Eso estaba mejor. Allí nadie esperaba que fuera Dios.
No había tronos. No había ángeles esperando órdenes. No había un consejo observando cada movimiento suyo como si hasta la forma en que respiraba tuviera algún significado oculto.
Solo madera. Herramientas. Planos. Cosas incompletas. Cosas que todavía podían arreglarse.
Extendió una mano y una pequeña esfera de luz apareció sobre la mesa, iluminando suavemente el lugar. Era absurdo necesitar una lámpara cuando él mismo podía llenar aquella habitación de luz con apenas pensarlo, pero siempre había encontrado algo agradable en aquellas pequeñas costumbres.
Quizás porque lo hacían sentir menos… Bueno, menos él.
Sus dedos recorrieron la mesa, queria sentir la madera, alguna veta imperfecta o una pequeña grieta que llevaba semanas prometiéndose reparar. Si lo encontraba perfecto, entonces el podía arreglarlo.
Tomó algunas herramientas y comenzó a ordenarlas. Una a una de una manera casi obsesiva, con cada cosa en su sitio. Porque las herramientas obedecían y la madera tenía reglas.
Si cortabas aquí, ocurría aquello.
Si pulías demasiado, dañabas la superficie.
Si cometías un error, muchas veces podías corregirlo.
Qué maravilla.
Ojalá los hijos vinieran con instrucciones. Y ante esa reflexion, Yahvé soltó aire lentamente por la nariz.
Sus manos se detuvieron, no iba a pensar en eso.
Buscó algo más que hacer y terminó encontrándose con unos planos viejos. Los apartó primero, pero uno se deslizó sobre la mesa hasta quedar frente a él.
Lo reconoció inmediatamente, era un mapa antiguo. De cuando las estrellas todavía no tenían nombres y sus dedos quedaron inmóviles sobre el papel.
Lucifer había ayudado con algunas y por supuesto que lo había hecho. El pequeño mocoso había insistido tanto que Yahvé terminó permitiéndole escoger dónde colocar unas cuantas.
Recordaba perfectamente su emoción.
—Aquí.
Su dedo había señalado un espacio cualquiera.
—¿Por qué ahí?
—Porque sí.
Y Yahvé había aceptado, solo porque sí. Qué argumento tan poderoso viniendo de un padre, pero una risa diminuta escapó de sus labios, una que murió casi inmediatamente.
La mano que sostenía el papel tembló y eso fue suficiente. Yahvé cerró los ojos. No estaba arrepentido de la sentencia y eso era quizás lo peor.
Sabía por qué lo había hecho.
Sabía cuáles eran las consecuencias de permitir aquella desobediencia. Sabía lo que significaba para la creación, para los humanos, para todo aquello que todavía dependía de cierto orden para no desmoronarse.
Había tomado una decisión y ahora deberia viviría con ella, pero saber que algo era necesario no hacía que doliera menos.
Lucifer había elegido y él también lo habia echo: Padre e hijo. Cada uno a un lado diferente de una decisión irreversible.
—Idiota…
La palabra escapó en un susurro y no había verdadera rabia en ella, solo el cansancio de todo aquello que tenia sobre sus hombros y una tristeza vieja que comenzaba a instalarse lentamente entre sus costillas.
Dejó el plano sobre la mesa con cuidado, no quería destruirlo. No quería destruir nada en verdad, ya había perdido suficiente por un día.
Se sentó finalmente frente al banco de trabajo y apoyó los antebrazos sobre la madera, durante algunos segundos simplemente observó sus propias manos.
Las mismas manos que habían creado estrellas.
Las mismas que habían levantado montañas.
Las mismas que alguna vez sostuvieron a Lucifer cuando apenas era un niño.
Y las mismas que acababan de condenarlo.
Qué ironía. Crear era tan sencillo y lo difícil siempre había sido conservarlo.
Tomó la pluma, aun había trabajo pendiente. Siempre lo había.
Mundos que todavía necesitaban ajustes, estrellas que debían encontrar su lugar, criaturas que aún no conocían el primer latido de sus corazones. La creación no podía detenerse porque Dios estuviera triste.
Aunque por unos segundos… Solo unos pocos segundos… Deseó que pudiera hacerlo.
La punta de la pluma tocó el papel y una línea, despues respiró y continuo hasta que lentamente el ruido de la sala quedó atrás.
El juicio.
Las voces.
La sentencia.
Todo comenzó a perderse entre el sonido suave de la pluma raspando el papel. No había venganza dentro de él y tampoco odio, ahora solo una herida.
Una bastante profunda.
Yahvé conocía perfectamente la diferencia entre ambas cosas. Podía estar herido sin convertirse en un Dios cruel y podía sentirse traicionado sin dejar de amar.
Quizás esa era la parte más miserable de ser padre. Que una sentencia podía expulsar a Lucifer del Cielo… Pero no podía arrancarlo de su corazón.
Sus dedos volvieron a detenerse.
Por un momento contempló aquellas estrellas dibujadas sobre el papel y una de ellas permanecía ligeramente apartada del resto, era brillante, hermosa, pero estaba sola, y entonces Yahvé pasó el pulgar sobre ella.
—Cuídate, mi estrella.
Nadie respondió, por supuesto que nadie respondió. El taller volvió a quedar en silencio y esta vez Yahvé permitió que así fuera.
Después continuó trabajando.
Porque todavía quedaban cosas que proteger. Cosas que reparar. Cosas que amar.
Incluso cuando una de sus luces más hermosas acababa de caer del cielo.








