La sonrisa
Si alguien le hubiera preguntado a Ela qué fue lo primero que le gustó de Valentín, probablemente habría respondido que su sonrisa.
Su hermosa y coqueta sonrisa.
Aunque, si era completamente sincera, había algo más.
Su cara de mamón.
No había otra manera de describirla.
Valentín tenía esa expresión de quien parecía estar ligeramente molesto con el mundo entero. Como si todo le diera un poco igual. Como si hubiera nacido sabiendo que era guapo y eso le hubiera quitado cualquier necesidad de esforzarse por caerle bien a los demás.
Y, por alguna razón, a Ela eso le encantaba.
Quizá porque cuando sonreía, aquella expresión desaparecía por completo.
Y entonces parecía otra persona.
Ela tenía catorce años cuando comenzó a fijarse en él.
Vivían en el mismo vecindario desde hacía tiempo, así que Valentín no era precisamente un desconocido. Era el amigo de su hermano, uno de esos muchachos que aparecían de vez en cuando en su casa, se quedaban horas hablando en la calle y después desaparecían como si nada.
Ella lo había visto cientos de veces.
Pero hay una edad en la que empiezas a mirar de otra manera a las personas que siempre estuvieron ahí.
Y eso fue exactamente lo que le pasó.
Una tarde lo vio sonreír.
Nada especial.
Estaba con unos amigos, hablando de quién sabe qué cosa, mientras Ela estaba cerca con su hermano.
Valentín dijo algo.
Los demás comenzaron a reírse.
Y él sonrió.
Ela se quedó mirándolo unos segundos.
Quizá fueron cinco.
Quizá diez.
Lo suficiente para que su hermano se diera cuenta.
—¿Qué tanto ves?
Ela apartó la mirada inmediatamente.
—Nada.
—Estás viendo a Valentín.
—No.
—Sí.
—Que no.
Su hermano comenzó a reírse.
—Te gusta.
Ela sintió que la cara se le calentaba.
—¡Cállate!
Le dio un golpe en el brazo y salió de ahí antes de que pudiera seguir molestándola.
Pero ya era demasiado tarde.
La idea había quedado instalada en su cabeza.
Me gusta Valentín.
Y una vez que lo admitió para sí misma, empezó a notarlo en todas partes.
El coche estacionado afuera.
Su voz cuando hablaba con su hermano.
La manera en que jugaba fútbol con sus amigos.
La sonrisa.
Siempre la sonrisa.
Ela no sabía mucho sobre el amor.
En realidad, no sabía casi nada.
Tenía catorce años y creía que enamorarse era sentir mariposas en el estómago y pensar demasiado en alguien.
Y ella estaba empezando a pensar demasiado en él.
No pasó mucho tiempo antes de que Ela encontrara su perfil de Facebook.
En aquella época, Facebook parecía ser el lugar donde todo podía comenzar.
Fotos.
Comentarios.
Estados.
Conversaciones que podían durar hasta la madrugada.
Ela miró el perfil de Valentín más veces de las que admitiría.
Revisó sus fotografías.
Leyó algunos comentarios.
Intentó descubrir qué cosas le gustaban.
Después cerró Facebook.
Lo abrió nuevamente.
Volvió a mirar su perfil.
Y entonces pensó:
¿Por qué no le escribo?
La pregunta parecía sencilla.
La respuesta, en cambio, le daba miedo.
Porque escribirle significaba aceptar que le gustaba.
Y si él no respondía...
Bueno.
Eso sería horrible.
Aun así, un día durante las vacaciones decidió hacerlo.
Estaba acostada en su cama, con el teléfono entre las manos, pensando qué decir.
No quería parecer desesperada.
Tampoco quería que fuera demasiado obvio.
Después de varios minutos escribió lo primero que se le ocurrió.
¿Qué haces?
Lo leyó.
Lo volvió a leer.
Y antes de arrepentirse, lo envió.
Dejó el teléfono sobre la cama.
Se levantó.
Fue a la cocina.
Regresó.
Volvió a tomar el teléfono.
Nada.
Lo dejó otra vez.
Intentó distraerse.
No pudo.
Finalmente apareció una notificación.
Valentín había respondido.
Ela abrió la conversación inmediatamente.
Estoy reposando.
Ella sonrió.
Me contestó.
Escribió:
¿Por?
La respuesta no tardó demasiado.
Me lastimé la rodilla jugando fútbol.
Ela se imaginó que aquello podía convertirse en una conversación.
Podía preguntarle cómo había pasado.
Si le dolía.
Cuánto tiempo tendría que reposar.
Tal vez incluso podía bromear con él.
Así que siguió escribiendo.
Pero las respuestas de Valentín eran...
Cortas.
Muy cortas.
Ella preguntaba algo.
Él respondía.
Ella intentaba sacar otro tema.
Él volvía a responder con pocas palabras.
Ela miraba la pantalla esperando encontrar algo más.
Una pregunta de vuelta.
Un interés.
Una señal.
Cualquier cosa.
Pero no había nada.
Y poco a poco aquella emoción que había sentido al ver la notificación comenzó a desaparecer.
Al principio pensó:
Bueno, quizá está cansado.
Después:
Quizá no sabe de qué hablar.
Luego:
Quizá no le interesa hablar conmigo.
Y finalmente:
Ah, no.
Ese último pensamiento llegó acompañado de una pequeña decepción.
No porque estuviera enamorada.
Ni siquiera sabía si podía llamar amor a lo que sentía.
Pero sí le había gustado imaginar que aquella conversación podía convertirse en algo.
Y no se estaba convirtiendo en nada.
Ela dejó de insistir.
No mandó otro mensaje para intentar salvar la conversación.
No buscó una excusa.
Simplemente dejó que terminara.
Y, curiosamente, fue ahí cuando empezó a perder el interés.
Los días siguientes fueron extraños.
Cada vez que veía a Valentín por la calle, Ela lo reconocía inmediatamente.
Pero ya no sentía la misma emoción.
Seguía pareciéndole guapo.
Seguía teniendo una sonrisa preciosa.
Seguía teniendo esa insoportable cara de mamón que tanto le había llamado la atención.
Pero algo había cambiado.
Quizá necesitaba que alguien le correspondiera un poco.
Quizá había descubierto que no quería sentirse como una niña intentando llamar la atención de alguien mayor.
O quizá, simplemente, tenía catorce años y sus sentimientos podían aparecer con la misma facilidad con la que desaparecían.
Así que decidió dejarlo ahí.
No hubo una despedida.
No hubo un último mensaje.
No hubo una conversación dramática.
Solo dejó de escribirle.
Y Valentín tampoco volvió a buscarla.
Durante un tiempo, Ela pensó que eso era todo.
Una pequeña historia que nunca llegó a comenzar.
Una conversación de Facebook durante vacaciones.
Una rodilla lastimada.
Un muchacho guapo que le había gustado durante unas semanas.
Nada más.
Los años comenzaron a pasar.
Ela entró a la preparatoria.
Hizo nuevas amistades.
Cambió de gustos.
Cambió su manera de vestir.
Aprendió cosas nuevas.
Conoció personas que jamás había imaginado conocer.
Y, poco a poco, aquella versión de ella que había pasado tanto tiempo pensando en Valentín quedó atrás.
A veces todavía lo veía.
Seguía viviendo cerca.
Seguía siendo amigo de su hermano.
Pero ahora podía cruzarse con él sin sentir que necesitaba esconder la mirada.
Era simplemente Valentín.
El vecino.
El amigo de su hermano.
El muchacho que alguna vez le había gustado.
Nada más.
O eso pensaba.
Porque la vida tiene una manera extraña de guardar ciertas historias.
No las destruye.
No las termina.
Solo las deja en pausa.
Esperando.
Y mientras Ela crecía creyendo que aquel pequeño enamoramiento había quedado definitivamente en el pasado, Valentín seguía formando parte de su vida sin que ninguno de los dos supiera todavía por qué.
Ella aún no sabía que volverían a hablar.
No sabía que conocería a una versión completamente diferente de él.
No sabía que algún día las conversaciones dejarían de sentirse tan forzadas.
Ni que habría noches en las que mirar el teléfono esperando un mensaje de Valentín volvería a formar parte de su rutina.
Mucho menos podía imaginar que aquel muchacho que una vez le respondió con monosílabos terminaría siendo alguien capaz de hacerle cuestionarse absolutamente todo lo que creía saber sobre el amor.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida en el momento equivocado.
Y otras...
simplemente llegan demasiado pronto.








