Capítulo 1
— …Blanca Miller!
Su nombre salió por los altavoces del lugar, tuvo un breve cortocircuito mental. Alzó apenas el rostro y desde lejos divisó al soldado. Venía hacia ella a paso decidido y con un imponente fusil entre las manos.
«Oh Dios…»
Había llamado la atención por algo. Repasó rápido qué podría ser, pero no encontró nada. Podría ser algo pequeño y podría ser mortal. Desde los 11 años se lo grabaron en su mente.—Andando—ordenó el militar. El frío metal del fusil enterrado en sus costillas, bajó sus reacciones al mínimo.
—¿¡Acaso no me oíste!? ¡Muévete AHORA!!
Aun con los gritos sobre su oreja, dejó la pieza de diamantes sobre su soporte casi sin respirar. Debía tasar los valores y registrarlas, aunque sobre todo: cuidar las piedras con su propia vida.
Caminó escoltada por los pasillos de la División de Valores, como si se disculpara por ocupar espacio. Los susurros de los otros trabajadores, casi los podía sentir. Pero nadie iba a intervenir por ella. Ella tampoco lo haría.
El soldado la llevó hasta una puerta metálica al final del pasillo. Acercó una tarjeta colgada de su arnés. La abrió.
—Entra ahí—volvió a ordenar.
La habitación del otro lado era como una caja negra, no podía ver nada. Algo en su cabeza sonó como una alarma. Entrar ahí era un salto al vacío. El soldado actuó sobre sus pensamientos y le dio un empujón hacia adentro. Cerró la puerta.
—¡No! ¡Espere!—gritó golpeando con el puño—. ¡Por favor, abra! No me…
Las luces se encendieron y su mente se preparó para lo peor. Fue girando la cabeza hacia atrás como un engranaje. Atrapando el frío, el silencio y la humedad.
Las imágenes, proyectadas en cada una de las 6 paredes del lugar fue lo único que encontró. Sus pupilas chocando con una, con otra, absorbiendo ese terror que ya llevaba marcado en el cuerpo. Ciudadanos colgados. Bocas ocupadas con fusiles. Cuerpos rotos. La habían intimidado así antes pero ahora era diferente, pues el escenario de cada imágen era ese mismo lugar donde estaba.
—“Dentro del círculo rojo del suelo. De espalda a la puerta”
Una voz femenina, con ese tono monocorde y sin vida, le aplastó los tímpanos. Busco su procedencia pero no distinguió nada. Ni un parlante, ni una persona, ni una cámara. O peor: nadie visible. «De acuerdo, solo sigue la orden.»
Avanzó midiendo cada paso. Toco el borde del círculo rojo con el pie y se detuvo. Eso podía explotar; aceptó esa posibilidad con la respiración contenida. Reunió el valor y dió el pequeño salto que necesitaba para poder acomodarse en el centro. Seguía viva. Por ahora.
Los minutos se le hicieron horas hasta que la puerta a su espalda se abrió. De reojo captó la silueta de un hombre, mucho más silenciosa que un soldado. Parecía disonante con ese lugar. Un impulso la empujó a mirar, pero se lo tragó al instante. Se obligó a fijar la vista en el suelo.
«Cálmate. Todo va a estar bien. No va a pas…»
Desde atrás, el hombre vendó sus ojos con sutileza lúgubre. Tanteó la máscara con los dedos. Era suave pero eso no quitaba el peligro
—Pido permiso p-para hablar…— balbuceó—. Me diría, p-por favor ¿Qué hago aquí?
Un largo silencio. Más pasos. Y en vez de una respuesta, el hombre le agarró el overol gris que vestía de uniforme y de un tirón, bajó el largo cierre que atravesaba su pecho.
— ¡No! ¿Qué hace?
—Quieta…
Blanca apretó el overol contra su cuerpo, como si quisiera meterse dentro. Pero el golpe en sus manos le avisó.
—Por favor, no…
—Silencio.
Fue apagando la fuerza como una vela, hasta finalmente, soltar la prenda. No se iba a arriesgar. No quería una imagen suya adornando la pared.
El hombre la desvistió como a una muñeca. Le bajó la prenda por los hombros, la deslizó por sus caderas hasta quitársela por los pies. No estaba desnuda, pero sentía la carne expuesta. Una camiseta de tirantes y los pantalones cortos ajustados, no cubrían la poca dignidad que le quedaba.
Los dedos del desconocido, le recogieron luego la camiseta por la espalda. Enterró el pulgar entre sus omoplatos como buscando algo. Cuando lo encontró, pegó frías ventosas que casi le succionan el aire de los pulmones.
—No te muevas—dijo al terminar—. Te voy a inyectar.
Y el repentino pinchazo en su cuello, vino junto a la voz femenina en el altavoz. El líquido caliente le taponó los oídos.
—“Ciudadano 34E5623, Responda en voz alta y clara: ¿Cuánto tiempo fuiste adiestrada?”
Batalló por razonar, y responder.
—C-cinco años.
—“Y ¿Cómo fue su experiencia ahí?”
—Buena…—mintió.
—“Argumente”.
La parte vieja de su mente se encendió, como si alguien tirara de un hilo enterrado en su médula.
—Pude salir de mi ignorancia —dijo, sin pensar.
—Aprendí la historia de Los Líderes. De mi patria.
—Estoy agradecida por eso.
—Los líderes son justos.
—El Gobierno, generoso.
—Me enseñaron a cumplir los protocolos… como un ciudadano modelo.
Ni siquiera sentía la lengua al hablar. Era como recitar una oración que había repetido miles de veces: llorando, arrastrándose, dormida, despierta. No podía equivocarse. Un tartamudeo, un silencio… y volvería al Campo. O peor.
Mientras la voz femenina continuaba con el interrogatorio, intentó mostrarse serena, pero era imposible. Estaba al borde de un colapso mental. Era ese hombre. Que de un momento a otro rozaba alguna parte de su cuerpo con toda calma. Como si quisiera hacerle saber que él mandaba, cuando ella lo tenía clarísimo. Quiso mantenerse inalterable; así se lo habían enseñado. Pero falló completamente. Un temblor, un jadeo, un estremecimiento involuntario. No le dolía. Él no la estaba abusando. Pero no lograba disimular ese contacto.
«Estúpida».
Las otras mujeres del Campo de Adiestramiento eran mucho más avanzadas. Como unas porcelanas en un campo de guerra. Exactamente lo que Ellos querían.
La voz fantasma guardó silencio y el hombre se detuvo al frente suyo. No podía verlo pero los demás sentidos estaban haciendo perfecto su trabajo.
—Tranquila—. Su voz serena, otra vez, la sobresaltó—. Puedes responder sin restricción. ¿Qué estás sintiendo?
Blanca se humedeció los labios con la lengua. No tenía saliva.
—¿C-calor?…—Trago aire—. Me asfixia ¿Qué me pasa?
Silencio luego. El hombre se tomó algunos minutos, y luego, alcanzó su mano.
—Aprieta esto y sostenlo hasta que no lo resistas.
Envolvió los dedos apenas. Era una esfera, estaba congelada. Al inicio fue simple, pero después, cientos de agujas pinchando sus huesos. Gimió sin sonido.
—Ya… no puedo más…—murmuró. El impulso de tirar la esfera al suelo ocupó todo su cerebro.
—¿No vas a dejarlo caer?
Nego rápido con la cabeza.
— Si es de valor, podría romperse.
El hombre asintió satisfecho: eso le sería útil.
Tenía la mano dormida, pero logró sentir la crema que él vertió después de quitar la esfera. Fue esparciéndola suavemente, casi recogió su corazón del suelo. Dolía, como algo placentero. Era una caricia inofensiva. Él podría destrozarla, lo sabía bien, pero el daño era una miserable costumbre. Lo excepcional era esto: la humanidad.
— ¿Cómo te sientes ahora?—murmuró él.
Blanca infló los pulmones de aire, y expulsó con ruido.
—Bien…—declaró. Y no mentía. Alzó la cabeza con intención de mirarlo a la cara, pero la oscuridad seguía ahí. Realmente se lamentó no poder verlo.—¿Qué… es… todo esto, señor?
—Una prueba—reveló él casi a la vez—. Ahora, abre la boca.
—¿Q-q-que?
—¿Quieres que te la abra yo?
El momento dulce había muerto.
Cuando obedeció, el hombre le metió los dedos hasta casi la garganta. Dejó unas cápsulas ahí, y le cerró la mandíbula. Le ofendió que él pensara que iba a tirarlas.
—Bebe.
El líquido amargo chorreó mitad por su cuello y mitad por el esófago. Maldijo no poder beber más. Un segundo después, el hombre fue quitando las ventosas de su espalda. Ordenó su camiseta, y finalmente, desató la venda con cuidado. Apenas pudo abrir los ojos. Estaba todo nublado. ¿Había humo?
Unos pasos alejándose, la alertaron. Se volteó para ver quien era, pero él salió tan rápido que encontró solo la puerta cerrada.
Cuando el hombre salió de la habitación, cuatro pares de ojos lo recibieron. Luego de estudiar a la mujer, un silencio protocolar y expectante pesaba en el aire. Todos necesitaban oír su respuesta, pero guardó silencio.
Volvió a observar a la mujer a través de los vidrios que para ella eran espejos. La estudió desde todos los ángulos. Seguía quieta en el círculo donde la había dejado, comprimiendose a sí misma con los brazos. Casi quiso ir a consolarla. Esta vez, de verdad.
—¿Quieres ver los gráficos?
Smith, a su lado, interrumpió sus pensamientos. Y como si los pudiera oír, la mujer dentro dio un vistazo en su dirección. Cruzaron una imaginativa mirada y la inocente congoja que vio en sus ojos, selló su destino para siempre.
—Ella es.
—¿Estás seguro? ¿No quieres ver los gráficos? No podemos equivocarnos.
Negó con la cabeza. Ni siquiera tenía que observar las reacciones químicas de la mujer para saberlo con certeza. La había sentido. Era todo lo que necesitaba.
—Estoy seguro. Mírala.
Smith hizo caso y la observó con atención.
—Está bien—sonrió—. Solo no la dañes más de lo necesario








