Capítulo 1
Violeta
El inicio del fin
Si esto fuera un mito, no tendría cicatrices que ocultar ni un nombre que temer.
Durante siglos, la humanidad prefirió negar la existencia de los espíritus protectores. Decir que nunca existieron era más cómodo que aceptar que caminaron entre nosotros… y que aún lo hacen. Algunos lo saben. Muy pocos entienden las consecuencias. Yo las vivo.
Los espíritus tenían apariencia humana, pero nunca lograban pasar del todo desapercibidos. Orejas imposibles de esconder, colas que desafiaban la lógica, miradas demasiado antiguas para un solo cuerpo. Eran guardianes de fuerzas que mantenían el equilibrio del mundo. Entre todos ellos, uno se repetía como advertencia y leyenda: el zorro de nueve colas, custodio del futuro.
Los espíritus podían hacer cosas que los humanos jamás lograrían. Pero también podían amar.
Y eso lo cambió todo.
Cuando un espíritu se unía a un humano, nacían niños distintos. No monstruos. No milagros. Algo peor para el mundo: los herederos. Portadores de un poder que aparecía demasiado pronto, cuando aún no sabían controlar sus emociones, su cuerpo… o su rabia.
A ese poder se lo llamó atributo.
Algunos podían manipular los elementos. Otros alteraban la fuerza, la vitalidad o la gravedad. El problema no era el poder, sino el momento en que despertaba. Un niño asustado con un atributo era una catástrofe en ciernes.
Así nació la tradición.
Encerrar a los herederos no se consideraba crueldad, sino prevención. Mantenerlos alejados del resto del mundo evitaría tragedias. Evitaría muertes. Evitaría guerras. Los herederos del zodiaco, por ser los más poderosos, eran aislados con mayor severidad. No por odio, sino por miedo… y por conveniencia.
Pero el encierro no nos hizo invisibles.
En el siglo XV surgieron los Guerreros Rojos. No querían destruirnos: querían lo que llevábamos dentro. Aprendieron a extraer los atributos, a arrancarlos de sus portadores y reutilizarlos como armas. Cada heredero capturado se convertía en munición contra los demás.
Ahí comenzó la verdadera cacería.
Los Caballeros Azules aparecieron como respuesta. No para ocultarnos, sino para impedir que nuestros poderes fueran robados y usados en nuestra contra. Fundaron refugios, internados ocultos donde aprenderíamos a controlar lo que éramos antes de que alguien lo arrancara de nuestro cuerpo.
No nos entrenaban para la guerra.
Nos entrenaban para no desaparecer.
Ahora estoy en la sede de Suiza, escondida entre montañas que nunca dejan de helarse. El frío aquí es constante, preciso, como una advertencia silenciosa. Mi familia llegó desde Francia. Mi abuelo, portador del atributo de la luz, huyó tras una guerra que convirtió el mundo en cenizas. Eligió el frío porque no traiciona. Mata o protege, pero nunca finge.
Mis padres descubrieron pronto que yo no era una niña común. En mí despertó un atributo zodiacal. Y con él, todas las reglas. Fui apartada del mundo por una razón simple: era peligrosa antes de saberlo.
Mi infancia no fue una tragedia. Fue un entrenamiento involuntario. Aprendí a observar antes de hablar, a medir a las personas por cómo callaban, no por lo que decían. El aislamiento no me volvió frágil; me volvió rápida.
Las cartas de aquel chico fueron mi primer contacto real con el mundo. Nunca vi su rostro, pero aprendí de sus palabras. Cuando desapareció, no me rompí. Aprendí algo más importante: nadie se queda para siempre.
Cuando llegué con los Caballeros Azules, no tardé en adaptarme. Observé, imité, ajusté. Socializar fue sencillo. Confiar no era el problema. Elegir a quién sí lo era.
Mi nombre es Katia Violeta Van-Austrea de Soeil.
Tengo quince años.
Y porto el atributo de Leo.
Un atributo que aparece una vez cada cien años.
Existen doce herederos del zodiaco repartidos por el mundo. Nadie sabe quiénes son. Nadie sabe dónde están. Pero todos saben que, si caen, el equilibrio caerá con ellos.
Y luego está la herencia que nadie quiere nombrar en voz alta: el atributo ancestral del zorro de nueve colas. El único cuya extracción podría acabar con todo.
Algunos creen que es sólo un mito.
Yo sé que no.
Y todo empezó aquella mañana en que conocí a dos chicos que no deberían haber estado allí.
Desde el instante en que conocí a Leo.








