Rowan
Mi madre tenía un talento especial para convertir un desayuno perfectamente normal en una intervención familiar. Aquella mañana había tardado exactamente un minuto en recordarme que no debía comer tanto, cuatro en mencionar mi futuro, seis en sacar a relucir el tema de los compañeros y ocho en insinuar que, con veinticuatro años, quizá debería empezar a preocuparme por algo más que mi próxima patrulla. Yo había llegado a la conclusión de que, si seguía desayunando con ellos, para el café probablemente estarían organizando mi boda. Lo peor era que mi madre no necesitaba levantar la voz para conseguir que quisiera lanzarme por una ventana. Le bastaba con utilizar aquel tono tranquilo y razonable que empleaba cuando estaba convencida de tener toda la razón, que era prácticamente siempre. Yo la quería. Muchísimo. Pero también estaba bastante segura de que, si algún día descubríamos que el infierno existía, mi madre encontraría la manera de organizar allí una reunión familiar para hablar conmigo sobre mis decisiones vitales.
—No estoy diciendo que tengas que aceptar a cualquiera —había dicho mientras untaba mantequilla en una tostada con una serenidad que me resultaba casi ofensiva—. Solo creo que deberías estar más abierta a conocer gente.
Había levantado la mirada lentamente.
—Conocer gente no es el problema.
Mi hermano había cometido el error de reírse.
—Ayer rechazaste a Daniel.
—Porque Daniel lleva tres años creyendo que tener abdominales es una personalidad.
Mi hermano había tosido para esconder la carcajada y mi madre había dejado el cuchillo sobre la mesa.
—Rowan.
Esa sola palabra había conseguido que supiera que la conversación había terminado, aunque aparentemente nadie más se había dado cuenta.
No tenía nada contra Daniel. Bueno, quizá sí tenía algunas cosas contra Daniel. Era arrogante, hablaba demasiado alto y llevaba meses intentando convencerme de que nuestras lobas encajarían perfectamente porque, según él, «la genética de nuestros hijos sería espectacular». Yo había considerado varias respuestas posibles y finalmente había elegido la más educada: le había dicho que prefería lanzarme desnuda a un río helado. Mi madre no había encontrado aquello especialmente divertido. Tampoco había ayudado que, cuando me preguntó si no podía darle una oportunidad, yo le recordara que una oportunidad era lo que se daba a alguien que había hecho algo para merecerla, no un premio de consolación para el hombre más pesado de Silver Creek.
Por eso estaba allí, caminando sola por el bosque con las manos metidas en los bolsillos de mi chaqueta y las botas hundiéndose ligeramente en el barro de la noche anterior. Necesitaba aire. O silencio. O, siendo completamente sincera, unos cuantos kilómetros de distancia entre mi familia y yo antes de que alguien volviera a pronunciar las palabras compañero predestinado. Había cumplido veinticuatro años hacía poco y, aparentemente, aquello me había convertido en un proyecto comunitario. Todos parecían tener una solución para mi vida sentimental. Mi madre creía que necesitaba abrirme al amor. Mi tía pensaba que estaba siendo demasiado exigente. Mi hermano opinaba que simplemente tenía mal gusto. Y yo pensaba que quizá todos podían dedicarse a vivir sus propias vidas durante cinco minutos. No era que rechazara la idea de enamorarme. Simplemente no estaba dispuesta a escoger a un hombre porque una tradición antigua, una conversación familiar o una loba nerviosa decidieran que ya tocaba.
El bosque de Silver Creek era el único lugar donde nadie parecía tener una opinión sobre lo que yo debía hacer. Allí no importaba si había rechazado a Daniel, si no tenía compañero, si mi madre estaba preocupada o si el consejo de la manada consideraba que ya era hora de que empezara a asumir más responsabilidades. Los árboles no hacían preguntas. El río no me miraba con compasión. Y mi loba, aunque podía ser bastante pesada, al menos tenía la decencia de criticarme directamente en lugar de hacerlo durante una comida familiar.
—Sigues enfadada —dijo.
Sonreí mientras apartaba una rama baja.
—Buenos días para ti también.
—Llevas veinte minutos pensando en la conversación.
—No.
—Has pensado en Daniel tres veces.
—Eso no cuenta. Dos de esas veces estaba pensando en cómo librarme de él.
—Y en tu madre cuatro.
—Eso sí que cuenta como motivo de enfado.
Mi loba soltó algo parecido a un resoplido divertido dentro de mi cabeza. Era una presencia constante desde que había aprendido a reconocerla siendo niña, una segunda voz que podía ser mucho más molesta que cualquier conciencia y, para mi desgracia, bastante más honesta. Ella no tenía paciencia para las medias verdades, odiaba que fingiera que algo no me afectaba y tenía la costumbre de detectar mis emociones antes de que yo misma quisiera reconocerlas. No éramos idénticas. Yo podía convencerme de que una decisión era razonable durante horas; ella podía detectar en tres segundos que estaba mintiéndome. Yo podía aceptar una situación incómoda por educación; ella podía recordarme durante días que había sido una idiota por no haber dicho lo que pensaba. Habíamos aprendido a convivir desde pequeñas y, aunque jamás se lo admitiría, probablemente era la persona —o criatura— que mejor me conocía.
Aquella mañana, sin embargo, estaba distinta. Llevaba varios días así. Más callada de lo habitual, más pendiente de lo que ocurría alrededor y con una tendencia bastante irritante a quedarse escuchando cuando yo no oía absolutamente nada. Durante las últimas patrullas había levantado la cabeza repetidamente, siguiendo olores que yo no conseguía distinguir, y la noche anterior había permanecido despierta durante horas mientras yo intentaba dormir. No parecía enferma ni preocupada por nada concreto. Simplemente estaba esperando. Era una sensación difícil de explicar porque no procedía exactamente de mí, pero tampoco podía separarla de mí. Cuando tu loba vive dentro de tu cabeza, las fronteras entre sus emociones y las tuyas son demasiado difusas como para fingir que existe una separación limpia. Yo le había preguntado varias veces qué ocurría y siempre había recibido la misma respuesta.
No lo sé.
Aquello era lo que más me inquietaba.
Porque mi loba podía ser muchas cosas, pero no solía quedarse sin respuestas.
El sendero ascendía suavemente hasta una pequeña elevación desde la que se podía ver prácticamente todo el valle. Me detuve allí y apoyé los antebrazos sobre la vieja barandilla de madera. Desde aquella altura, Silver Creek parecía mucho más pequeño de lo que realmente era. Las casas estaban repartidas entre los árboles, algunas tan escondidas que solo podían distinguirse por las columnas de humo que salían de sus chimeneas durante el invierno. Más abajo se encontraba el edificio del consejo, una construcción antigua de piedra gris donde los adultos podían pasarse horas discutiendo sobre cosas que yo consideraba mucho más sencillas de lo necesario. Cerca estaba el campo de entrenamiento, y desde allí llegaba de vez en cuando el sonido apagado de algún golpe contra los sacos de arena. Más al oeste comenzaba la zona de caza y, detrás de las montañas, estaban los territorios de las otras manadas.
Yo había nacido allí. Había aprendido a correr entre aquellos árboles antes de saber leer, había tenido mi primera transformación junto al río y había pasado incontables noches corriendo con Mara hasta que nuestras madres salían a buscarnos furiosas. Había conocido la pérdida allí, también. Había visto desaparecer personas que quería y había aprendido demasiado pronto que pertenecer a una manada significaba aceptar que la vida podía cambiar de un día para otro. Quizá por eso, aunque discutiera con medio Silver Creek y tuviera una relación bastante complicada con algunas de sus tradiciones, nunca había imaginado vivir en otro sitio. Aquel valle estaba en mis huesos. Reconocía sus senderos incluso bajo la nieve, sabía dónde el río se hacía demasiado profundo después de las lluvias y podía distinguir el olor de Silver Creek incluso con los ojos cerrados. Era mi casa, con todas sus cosas buenas y todas aquellas costumbres que me daban ganas de arrancarme el pelo.
Mi cuerpo tampoco había sido nunca un problema para mí, aunque parecía que a los demás les preocupaba bastante más que a mí. Era consciente de mis curvas, igual que era consciente de mis piernas fuertes, de mis caderas anchas y de la melena cobriza que mi madre decía que era imposible de domesticar. No tenía ninguna intención de disculparme por ninguna de esas cosas. Había pasado demasiados años corriendo, cazando y entrenando como para creer que mi cuerpo necesitaba parecerse al de otra loba para ser fuerte. Mis curvas no me hacían menos rápida, menos resistente ni menos peligrosa. Ocupaba el espacio que ocupaba y nunca había entendido por qué algunas personas consideraban que una mujer debía intentar desaparecer para resultar atractiva. Si alguien esperaba que yo me avergonzara de mi cuerpo, iba a necesitar bastante más imaginación que eso.
Quizá ese era precisamente el problema que tenía mi familia conmigo.
No soportaban la idea de que no necesitara que nadie decidiera por mí.
En Silver Creek la jerarquía estaba bastante clara. El alfa dirigía, los betas ayudaban a mantener el orden y organizaban las patrullas, y el resto ocupábamos nuestro lugar según nuestras capacidades. No era una dictadura y, al menos en teoría, cualquier miembro podía acudir al consejo si consideraba que una decisión era injusta. Pero había una diferencia entre que algo estuviera escrito en las normas y que la gente realmente se atreviera a desafiar las costumbres. Las tradiciones relacionadas con los compañeros eran especialmente intocables. Podías elegir con quién salir, podías enamorarte de quien quisieras e incluso podías rechazar una relación si no funcionaba. Pero si tu loba reconocía a su compañero predestinado, todo cambiaba. Los ancianos hablaban de aquel vínculo como de algo sagrado, una conexión capaz de unir a dos lobos de una forma que ningún otro vínculo conseguía igualar. Había historias sobre parejas que habían sentido el reconocimiento desde el primer instante, otras que habían luchado contra él durante meses y algunas que habían rechazado el vínculo por completo, aunque los ancianos siempre hablaban de estas últimas con la misma expresión sombría que reservaban para las decisiones que consideraban antinaturales.
Yo nunca había entendido por qué debía ser tan complicado.
Hasta que mi loba empezó a comportarse de aquella manera.
—No tienes por qué tener miedo —dijo.
—No tengo miedo.
—Todavía.
—¿Qué se supone que significa eso?
No respondió.
Miré hacia las montañas.
El viento había cambiado.
Al principio apenas lo noté. Una ráfaga fría pasó entre los árboles y agitó mi cabello, llevándose con ella el olor familiar de la lluvia y de la tierra mojada. Cerré los ojos y respiré profundamente. Había aprendido a distinguir cientos de olores desde que era pequeña: ciervos, zorros, jabalíes, diferentes miembros de la manada, incluso las plantas que podían resultar venenosas para los humanos pero que apenas afectaban a los lobos. Aquello era diferente. Había algo en el aire que no reconocía y que, sin embargo, hizo que mi loba levantara la cabeza de inmediato.
—¿Qué es eso?
No contestó.
Volví a respirar.
Esta vez lo percibí con claridad.
Era un olor masculino, profundo y extraño, con algo parecido al humo de madera húmeda y una nota salvaje que no conseguía identificar. No pertenecía a nadie de Silver Creek. La corriente llegaba desde el norte, desde las montañas que marcaban la frontera con Blackwood.
Mi loba fue la primera en ponerle nombre.
—Blackwood.
El nombre cambió la forma en que miré el paisaje.
Blackwood estaba al norte, detrás de las montañas, y era la manada más poderosa de toda la región. No necesariamente la más numerosa, aunque nadie sabía exactamente cuántos miembros tenía, sino la que poseía más territorio, más recursos y, sobre todo, más influencia. Las otras comunidades podían discutir entre ellas, competir por zonas de caza o tener pequeñas disputas fronterizas, pero cuando Blackwood entraba en una conversación, el tono cambiaba. Incluso los adultos que jamás parecían ponerse de acuerdo coincidían en una cosa: era mejor no provocarles.
Yo había crecido escuchando historias sobre ellos. Algunas eran seguramente exageraciones. Otras, probablemente no. Durante mi infancia, mi padre me había explicado que las fronteras existían para ser respetadas y que los lobos de Blackwood eran especialmente estrictos con las suyas. Años después descubrí que aquella advertencia tenía un motivo. Había habido enfrentamientos entre Silver Creek y Blackwood mucho antes de que yo naciera, principalmente por territorios de caza y por una serie de desapariciones que nunca llegaron a aclararse. Oficialmente, ambas manadas mantenían una tregua desde hacía años. Los alfas se habían reunido, habían firmado acuerdos y habían decidido que el pasado debía quedarse donde pertenecía. Pero una firma no borra una cicatriz, y las familias que habían perdido a alguien durante aquellos años no parecían tener demasiada prisa por olvidar.
Mi padre era una de ellas.
Nunca hablaba de Blackwood. Ni siquiera cuando alguien mencionaba el norte. Cuando yo tenía diez años y le pregunté por qué nunca podíamos ir más allá de cierto punto del bosque, me respondió que no todas las fronteras estaban hechas de piedra. Pensé que era una de esas frases misteriosas que utilizaban los adultos cuando no querían explicarte algo. Años después entendí que se refería a otra cosa. Una patrulla de Silver Creek había encontrado a tres lobos de Blackwood dentro de nuestro territorio y aquello había terminado en una pelea. Mi padre había formado parte de aquella patrulla. Volvió con una cicatriz en el costado que todavía podía verse cuando se quitaba la camisa.
Cuando le pregunté quién se la había hecho, respondió que había sido un accidente.
Nunca le creí.
El olor volvió a llegar con el viento.
Más cerca.
Esta vez no tuve que buscarlo. Estaba dentro del bosque.
Un miembro de Blackwood había cruzado la frontera.
La decisión sensata era regresar y avisar a una patrulla. La decisión que tomé fue quedarme donde estaba, porque había una diferencia entre ser imprudente y dejar que alguien entrara en tu territorio sin saber por qué. Además, si había una sola cosa que mi madre había conseguido enseñarme después de veinticuatro años, era que correr hacia casa sin saber qué estaba ocurriendo solo conseguía que el problema te siguiera hasta la puerta.
Una rama se partió entre los árboles.
El sonido llegó desde el norte, precisamente de donde procedía aquel olor. Esperé, escuchando. El bosque recuperó lentamente sus ruidos habituales, pero algo había cambiado. No podía verlo, aunque sabía que alguien estaba ahí. Mi mano rozó el cuchillo que llevaba sujeto al cinturón mientras observaba los árboles.
Entonces llegaron los pasos.
Lentos.
Sin intentar ocultarse.
Avanzaban entre la maleza con una tranquilidad deliberada, acercándose por el bosque como si quien caminaba supiera perfectamente dónde estaba y no tuviera ningún interés en disimularlo. Miré hacia el sendero y después hacia la línea de árboles. Una sombra cruzó entre dos troncos y desapareció antes de que pudiera distinguir nada. Unos segundos después ocurrió lo mismo más adelante.
No venía directamente hacia mí.
Estaba tomando el camino más corto.
Mi loba seguía callada.
Aquello sí era extraño.
—¿Alguna idea? —pregunté.
Nada.
—Perfecto.
Los pasos volvieron a sonar.
Una mano apareció sobre el tronco de un roble.
Después un hombro cubierto de negro.
Y finalmente él salió de entre los árboles.
Era alto, de hombros anchos y cabello oscuro, vestido con ropa negra que hacía que su figura destacara contra el verde húmedo del bosque. No llevaba ningún símbolo visible de rango, pero no necesitaba ninguno. Había algo en su postura, en la manera en que sostenía la cabeza y en la absoluta falta de prisa de sus movimientos que dejaba claro que estaba acostumbrado a ocupar espacio y a que los demás se apartaran. Cuando levantó la mirada y sus ojos ámbar encontraron los míos, lo reconocí.
Kane Blackwood.
El alfa.
Había crecido escuchando ese nombre en conversaciones que los adultos bajaban de volumen cuando nosotros entrábamos en una habitación. Mi padre apenas lo había mencionado unas pocas veces, pero nunca había necesitado explicar demasiado. Kane dirigía la manada que se extendía al norte de las montañas, la misma cuyos límites habíamos aprendido a respetar desde niños. Era uno de esos nombres que adquirían una especie de peso propio cuando se repetían durante suficiente tiempo.
Nunca lo había visto de cerca.
Ahora estaba a pocos metros de mí.
Mi loba se movió dentro de mí, pero no fue una reacción de huida ni una advertencia. Fue algo más profundo, una especie de reconocimiento que me resultó imposible comprender. La conocía desde niña y sabía distinguir perfectamente sus estados de ánimo. Aquello no era curiosidad. Tampoco era cautela. Era como si una parte de ella hubiera identificado algo que mi mente todavía no podía nombrar.
Kane se detuvo.
Yo no aparté la mirada.
Él tampoco.
Durante unos segundos no hubo nada entre nosotros salvo el bosque, el olor de Blackwood y aquella extraña certeza que mi loba se negaba a explicar.
—Estás en Silver Creek —dije finalmente.
Kane sostuvo mi mirada.
—Lo sé.
Su voz era grave y tranquila, sin una sola nota de disculpa.
—Entonces sabes que has cruzado una frontera.
—También lo sé.
No parecía dispuesto a justificarlo.
Aquello me irritó lo suficiente para devolverme parte de mi habitual seguridad.
—¿Y aun así has venido?
Una sombra de algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.
—Sí.
Solo eso.
Ni excusas ni amenazas. Solo una respuesta que dejaba claro que la frontera no había sido un accidente.
Lo observé con atención. Había algo desconcertante en aquel hombre. No necesitaba levantar la voz ni exhibir los colmillos para parecer peligroso. Tampoco intentaba impresionarme. Simplemente estaba allí, completamente seguro de sí mismo, como si el hecho de encontrarse delante de una mujer que pertenecía a otra manada no alterara en absoluto sus planes.
—¿Qué quieres?
Esta vez tardó en responder. Sus ojos recorrieron mi rostro y se detuvieron un instante antes de volver a encontrar los míos. No era una mirada descarada. Era demasiado precisa para eso. Parecía estar buscando una confirmación, como si hubiera llegado hasta allí con una idea y necesitara comprobar que la persona que tenía delante encajaba con ella.
Entonces dio un paso hacia mí.
Mi loba se acercó a la superficie de mi conciencia con una certeza que no había sentido nunca.
Él.
No.
El pensamiento apareció de inmediato, firme y casi desesperado.
No él.
Cualquier cosa menos él.
Porque yo conocía las historias. Sabía lo que significaba que una loba reconociera a un hombre de aquella manera. Sabía lo que los ancianos decían sobre los compañeros predestinados y sabía, sobre todo, que si aquel hombre era quien mi loba creía que era, acababa de convertirme en el peor problema diplomático de Silver Creek.
Kane seguía mirándome.
Por primera vez, su expresión cambió.
No parecía sorprendido.
Parecía haber encontrado lo que llevaba tiempo buscando.
—Así que eres tú —dijo.
No pregunté qué significaba.
Todavía no.
Porque en ese momento comprendí algo que me inquietó mucho más que la posibilidad de que Kane Blackwood fuera mi compañero.
Él ya sabía quién era yo.
Y, por la forma en que me estaba mirando, llevaba mucho tiempo buscándome.








