Capítulo 1
Hoy contaré mi verdad.
Puede que no sea la verdad de los demás. Puede que algunos recuerdos estén distorsionados por el tiempo, por mis emociones o por la forma en que decidí vivirlos. Pero esta es mi verdad. La que sentí. La que atravesé. La que me marcó.
El señor Martin me atendió aquel martes. Él fue mi psicólogo durante unos cuatro años.
Como siempre, mi madre me acompañaba, pero ella se quedó en la sala de espera.
Abrió la puerta de su consulta para recibirme. Me levanté y caminé hacia él. Martin me recibió con una sonrisa formal.
—Adelante —me dio la bienvenida mientras yo entraba y él cerraba la puerta—. ¿Cómo has estado, Daisy? Hace un tiempo que no nos vemos.
Tomé asiento enfrente de él y solté un breve suspiro.
¿Cómo estuve?
Ni siquiera yo lo sabía. Ni lo que pensaba, ni lo que quería. No sabía nada.
Probablemente ni siquiera quería estar allí.
Pero ahí me encontraba. Frente a una persona que sabía la mayoría de cosas sobre mí, pero de la que yo desconocía por completo su vida. Y lo peor era que se suponía que tenía que desahogarme con él, hablarle y contarle mis problemas y preocupaciones.
Sabía que él solamente hacía su trabajo, pero… ¿por qué yo debía estar ahí?
Ya sabía que tiempo atrás había intentado rendirme.
Quizás una vez.
Bueno, o dos.
Vale, igual tres.
Pero, ¿por qué debía medicarme? ¿Acaso era culpable por haber intentado dejar de ser un estorbo? ¿Es que esas pastillas hacen magia y automáticamente hacen que desaparezcan mis ataques de ansiedad y pánico?
Me parecía injusto.
Y seguía igual de mal que siempre, a pesar de tener a alguien nuevo en mi vida ahora y de conocer a nuevas personas.
Aunque me limité a asentir con la cabeza y esbozar una pequeña sonrisa tímida.
—Bien, he estado mejor estos meses —respondí, intentando convencerle a él al mismo tiempo que intentaba convencerme a mí misma.
Martin apuntó algo en su libreta y luego volvió a mirarme.
—La señora Abrahams me ha dicho que ya no tomas Sertralina ni Diazepam, ¿es correcto?
Suspiré mientras jugueteaba con mis manos bajo la mesa.
Las pastillas… Es cierto, llevaba tres meses sin tomarlas. Aún recuerdo el dolor de barriga que me causaba tomar la Sertralina con agua y el estómago vacío.
—Sí, desde hace tres meses —contesté.
Él volvió a tomar notas y, de nuevo, levantó la mirada hacia mí.
—¿Cómo estás, Daisy? —preguntó con esa voz tan calmada que me transmitía confianza.
No supe del todo qué decir.
¿Por qué debería estar mal si llevaba tres meses sin medicación y no había tenido ningún ataque? ¿Por qué debería siquiera sentirme como me sentía?
Sentía que no tenía derecho a sentirme tan vacía después de todo.
—Todo bien últimamente. Estoy saliendo con un chico… se llama Steve y tiene diecinueve.
El psicólogo, atento, me dejó hablar.
—Y… ahora voy a empezar un curso nuevo en un instituto de por aquí.
Mis manos estaban sudorosas. Yo estaba nerviosa, como si supiera a la perfección que estaba mintiendo. Y, de algún modo, pensaba que él también lo sabía.
Hubo un silencio incómodo durante una fracción de segundo.
—¿Crees que estás lo suficientemente bien como para darte el alta?
El alta.
Eso era lo que yo quería.
Si él me daba el alta, significaba que estaba bien. Curada. Mentalmente sana.
O, al menos, eso era lo que necesitaba creer.
—Yo creo que sí —respondí, aún sabiendo que mentía.
Y así fue como me dieron el alta del psicólogo.
Luego tuve una conversación similar con la señora Abrahams, la psiquiatra, que también me dio el alta.
No me ayudó para nada mentir. Bueno, solo para no tener que volver de nuevo a ese lugar.
Pero seguí igual todo el tiempo.
Con el mismo vacío en el pecho cuando algo no salía como esperaba.
Pero, por otra parte, valió la pena, porque vi a mi madre sonreír.
Mi querida madre, Joan. La misma persona que madrugaba diariamente para sacarme adelante y para que pudiera tener un buen futuro. La que siempre estaba conmigo a pesar de las peleas, discusiones y malentendidos que pudiéramos tener.
No recuerdo una sola vez que yo haya estado mal y ella no me hubiera cuidado, hablado conmigo o, simplemente, estado ahí para decirme:
—Daisy, todo irá bien.
Valió la pena porque vi la ilusión en sus ojos.
Vi sus ojos brillar de emoción porque su hija, la cual había pasado un infierno en todos los aspectos, ahora estaba… ¿bien?
Sé que está mal mentir. Y quizás en un tema tan delicado como este estaba aún peor.
Pero volvería a hacerlo con tal de ver esa sonrisa de mi madre de nuevo.
Salimos del edificio y me abrazó.
Un abrazo lleno de amor, orgullo y, sobre todo, comprensión.
Por una parte me sentí culpable. Por otra, me sentí saciada, liberada… hasta sentí algo de paz.
Pero el vacío no se fue.
Nunca se fue.








