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Lo Que No Estaba En La Fotografía

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Summary

A veces imaginas a la persona que quieres conocer. Y luego aparece alguien que te enseña que nunca imaginaste todo lo que faltaba. Una historia de Adrián y Susana.

Genre
Romance
Author
Susy
Status
11h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

1.- El Canddato.

Había días en los que Susana sentía que su vida podía resumirse en una lista interminable de cosas pendientes.

Estudiar.

Resolver.

Ayudar.

Cumplir.

Llegar a tiempo.

Contestar mensajes.

Recordar cosas que nadie más parecía recordar.

Y, por supuesto, volver a empezar al día siguiente.

A veces tenía la sensación de que, si se detenía demasiado tiempo, todo lo que llevaba detrás comenzaría a alcanzarla.

Aquella tarde, por ejemplo, había salido de casa con la intención de resolver una cosa que, en teoría, no debería haberle tomado demasiado tiempo.

En teoría.

La realidad era que llevaba toda la mañana corriendo de un lado a otro, respondiendo mensajes mientras hacía otras cosas y tratando de recordar tres pendientes diferentes al mismo tiempo. Cuando por fin consiguió salir, sintió ese pequeño alivio que aparecía cada vez que podía tachar algo de su lista.

Aunque todavía quedaban demasiadas cosas.

Caminaba con el celular en una mano y una bolsa colgada del hombro. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera, algunos mechones escapándose alrededor de su rostro, y vestía exactamente como se vestía cuando no esperaba encontrarse con nadie importante.

Porque no esperaba encontrarse con nadie.

Mucho menos con alguien que pudiera convertirse en algo importante.

No se había detenido frente al espejo para pensar qué ponerse. No había elegido su ropa pensando en verse bonita. Tampoco había dedicado más tiempo del necesario a arreglarse.

Simplemente había salido.

Quería terminar lo que tenía que hacer y regresar a casa.

Nada más.

Quizá por eso lo primero que notó de él fue algo tan sencillo como su estatura.

Era difícil no hacerlo.

Estaba unos metros adelante, entre varias personas, y sobresalía ligeramente por encima de ellas. Después Susana reparó en su cabello claro, iluminado por la luz de la tarde.

Y entonces levantó la mirada un poco más.

Los ojos.

Ese fue el problema.

Susana disminuyó el paso durante apenas un segundo.

Solo uno.

Lo suficiente para mirarlo.

Y después bajó la mirada rápidamente, como si alguien pudiera descubrirla.

No.

Definitivamente no.

Siguió caminando.

Dos pasos.

Tres.

Volvió a mirar.

Bueno...

Quizá sí.

Era atractivo.

Bastante.

Y lo peor era que no parecía estar haciendo absolutamente nada para serlo.

No estaba intentando llamar la atención. No tenía esa actitud de quien sabe perfectamente que las personas lo están mirando. Hablaba con alguien a su lado con una expresión relajada, gesticulando de vez en cuando mientras escuchaba.

Parecía completamente ajeno al pequeño problema que acababa de causar.

Susana apretó los labios para contener una sonrisa.

Perfecto.

Justo lo que le faltaba.

Una distracción.

Continuó caminando, intentando convencerse de que aquello no significaba nada.

Porque no significaba nada.

Era un desconocido.

Uno atractivo, sí.

Pero desconocido al fin y al cabo.

Y ella tenía cosas que hacer.

Muchas.

De hecho, estaba pensando precisamente en una de ellas cuando escuchó una voz detrás de ella.

—Perdón.

Susana se giró.

Y se encontró con él.

De cerca era todavía más difícil ignorarlo.

—¿Sí?

Él señaló el lugar que estaba junto a ella.

—¿Sabes si esto está ocupado?

Susana miró el asiento.

Después lo miró a él.

Luego otra vez el asiento.

Tardó un segundo más de lo necesario en responder.

—No... está libre.

—Gracias.

Sonrió.

Y se sentó.

Eso fue todo.

Nada especial.

Ninguna música de fondo.

Ningún momento de película en el que el mundo se detuviera.

Solo un hombre que necesitaba un lugar donde sentarse y una mujer que, por alguna razón, acababa de ponerse demasiado consciente de sí misma.

Susana volvió a mirar su celular.

O, al menos, fingió hacerlo.

Porque durante los siguientes minutos leyó dos veces el mismo mensaje sin recordar absolutamente nada de lo que decía.

Concéntrate.

Bloqueó la pantalla.

La volvió a desbloquear.

Volvió a leer el mensaje.

Nada.

A su lado, él permanecía tranquilo.

Susana respiró despacio y decidió dejar de comportarse como si acabara de descubrir que existían los hombres.

No era para tanto.

Después de todo, solo estaba sentado a su lado.

Unos minutos más tarde, algo ocurrió cerca de ellos.

Una situación cualquiera, de esas que normalmente no tendrían importancia y que probablemente al día siguiente nadie recordaría.

Él hizo un comentario en voz baja.

Susana intentó contener la risa.

No pudo.

Se le escapó una pequeña carcajada.

Él giró inmediatamente hacia ella.

—¿Qué?

Susana negó con la cabeza.

—Nada.

Él sonrió.

—No, no. Te reíste.

—Porque tienes razón.

—Entonces no es nada.

Ella lo miró.

Y esta vez no apartó los ojos inmediatamente.

Tenía una sonrisa tranquila.

No de esas que parecen ensayadas frente a un espejo ni de las que se utilizan para quedar bien con alguien.

Era una sonrisa que simplemente aparecía.

Como si sonreír le resultara fácil.

Susana terminó sonriendo también.

—¿Siempre eres así?

Él levantó ligeramente las cejas.

—¿Así cómo?

—Como si tuvieras una respuesta para todo.

Él soltó una risa.

—No.

Hizo una pequeña pausa.

—Solo finjo bastante bien.

Susana volvió a reír.

—Ah, bueno. Entonces me engañaste.

—Funcionó, ¿no?

—Un poco.

—Entonces fue una buena actuación.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Ella negó con la cabeza, divertida.

Y fue extraño.

Porque apenas llevaban unos minutos hablando y, sin darse cuenta, la tensión que había sentido al principio desapareció.

No tenía que pensar demasiado qué decir.

No tenía que revisar mentalmente cada respuesta antes de pronunciarla.

No tenía que preguntarse si estaba hablando demasiado.

Simplemente hablaban.

Como si hubieran encontrado una conversación que ninguno de los dos tuviera prisa por terminar.

—¿Vienes seguido por aquí? —preguntó él.

Susana se encogió de hombros.

—De vez en cuando.

—Yo tampoco suelo venir tanto.

—Entonces estamos igual.

—Supongo que sí.

Hubo un breve silencio.

Pero no fue incómodo.

Susana estaba acostumbrada a esos silencios que exigían hacer algo para llenarlos. Decir cualquier cosa. Revisar el celular. Hacer una pregunta aunque no existiera una pregunta real.

Con él no ocurrió.

Permanecieron en silencio unos segundos y simplemente observaron lo que sucedía alrededor.

Hasta que él volvió a hablar.

—¿Estudias?

Susana giró hacia él.

—Sí.

—¿Qué estudias?

Ella respondió.

Él hizo otra pregunta.

Después otra.

Nada extraordinario.

No eran preguntas profundas ni conversaciones destinadas a cambiarles la vida.

Pero había algo en la manera en que las hacía.

Cuando Susana hablaba, él la miraba.

Cuando ella terminaba una frase, no inmediatamente buscaba su teléfono ni miraba hacia otro lado.

Escuchaba.

De verdad.

Y eso, aunque pareciera una cosa pequeña, comenzó a llamar su atención.

Porque hacía mucho tiempo que Susana no recordaba lo que se sentía cuando alguien parecía genuinamente interesado en conocerla.

No en lo que podía hacer por esa persona.

No en si podía resolverle algo.

No en si estaba disponible.

En ella.

En sus respuestas.

En sus gustos.

En las pequeñas cosas que normalmente nadie preguntaba.

—¿Y tú? —preguntó ella después de un rato—. ¿Qué haces?

Él respondió.

Susana escuchó.

Esta vez fue ella quien comenzó a hacer preguntas.

Y descubrió que detrás de aquella sonrisa tranquila había muchas cosas que todavía no conocía.

Probablemente demasiadas.

Pero tampoco tenía prisa.

Había algo curioso en conocer a alguien sin saber qué lugar iba a ocupar en tu vida.

Quizá ninguno.

Quizá solo serían dos personas que habían coincidido una tarde y después continuarían con sus respectivas vidas.

Quizá dentro de una semana ni siquiera recordarían exactamente de qué habían hablado.

Susana no lo sabía.

Y, sorprendentemente, no le molestaba.

—Por cierto —dijo él después de unos minutos.

La miró directamente.

—Soy Adrián.

Susana sonrió.

Así que finalmente tenía un nombre.

—Susana.

—Mucho gusto, Susana.

Él extendió la mano.

Ella dudó apenas un instante antes de tomarla.

Fue un contacto breve.

Normal.

Completamente inocente.

Pero por alguna razón, Susana fue demasiado consciente de él.

De la calidez de su mano.

Del instante en que sus dedos se encontraron.

De la manera en que ambos sonrieron después.

Cuando se separaron, ella volvió a mirar hacia otro lado.

Compórtate.

Intentó concentrarse nuevamente en lo que había ido a hacer.

Y durante el resto de la tarde lo consiguió.

Más o menos.

Porque cada cierto tiempo, sin querer, su mente regresaba a aquella conversación.

A la forma en que él había sonreído.

A sus preguntas.

A esa extraña facilidad con la que habían comenzado a hablar.

No sabía su historia.

No sabía qué cosas le preocupaban.

No sabía qué sueños tenía ni qué había hecho antes de cruzarse con ella.

No sabía si volverían a encontrarse.

No sabía siquiera si aquella coincidencia significaba algo.

Y, sin embargo, mientras caminaba de regreso a casa, Susana se descubrió sonriendo sola.

No era una sonrisa enorme.

Ni siquiera era consciente de que lo estaba haciendo hasta que pasó frente a un escaparate y vio su propio reflejo.

Se detuvo.

Se observó durante un segundo.

—¿Qué te pasa? —murmuró para sí misma.

No obtuvo respuesta.

Solo negó con la cabeza y continuó caminando.

Porque, en realidad, no había ocurrido nada.

No hubo promesas.

No hubo frases perfectas.

No hubo una historia de amor instantánea.

No hubo siquiera un motivo concreto para pensar que aquel encuentro tendría importancia algún día.

Solo un hombre que había preguntado si el lugar estaba ocupado.

Una conversación que había durado más de lo esperado.

Una sonrisa que había aparecido demasiadas veces.

Y una mujer que, después de mucho tiempo, había sentido algo que casi había olvidado.

La sensación de que alguien realmente tenía ganas de conocerla.

Sin pedirle nada a cambio.

Sin exigirle que fuera diferente.

Sin hacerla sentir que tenía que esforzarse para merecer un poco de atención.

Simplemente escucharla.

Y quizá eso era lo peligroso.

Porque algunas historias no comienzan con un acontecimiento extraordinario.

A veces comienzan con algo tan insignificante que nadie pensaría en guardarlo.

Un asiento libre.

Una pregunta cualquiera.

Una tarde común.

Una fotografía que todavía no existía.

Y una persona que, sin saberlo, acababa de convertirse en el candidato perfecto para cambiar una vida que hasta ese momento parecía perfectamente encaminada.

Aunque Susana todavía no lo sabía.

Todavía no.

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