Capítulo 1
Me gustó, pero me asustó
Hay personas que llegan a nuestra vida sin que las estemos buscando.
Algunas se quedan durante años. Otras apenas permanecen unos días, pero dejan una historia que, por más tiempo que pase, resulta imposible olvidar.
Andreina fue una de esas personas.
La conocí en una página de internet donde era posible conversar con gente de diferentes ciudades del país e incluso de otros lugares. Al principio no fue nada especial. Simplemente comenzamos a hablar.
Ella era de una ciudad de la costa, muy lejos de la mía.
Casi todos los días terminábamos conversando. Andreina era agradable, curiosa y tenía una manera muy particular de interesarse por mi vida. Siempre quería saber qué hacía, cómo estaba, qué me gustaba, cómo era mi ciudad y hasta detalles de mi día a día.
Yo también disfrutaba aquellas conversaciones.
En aquella época estaba atravesando un momento complicado en mi relación sentimental. Las discusiones se habían vuelto constantes. Éramos muy diferentes y, aunque existía cariño y también intimidad entre nosotros, parecía que cualquier cosa podía convertirse en una pelea.
No podía conversar tranquilamente con mi pareja sin que surgieran celos o algún motivo para discutir.
Yo tampoco me considero perfecto. Sé que tengo mis defectos y que seguramente también cometí errores. Pero con el tiempo la relación se había vuelto agotadora para los dos.
Y entonces estaba Andreina.
Curiosamente, jamás le hablaba de mis problemas de pareja.
Cuando llegaba a casa, simplemente conversábamos de cualquier otra cosa: música, comida, nuestras ciudades, historias divertidas, anécdotas y cualquier tontería que nos hiciera reír.
Ella se convirtió, sin que ninguno de los dos lo planeara, en una especie de refugio para mis conversaciones.
Muchas veces me decía:
—Algún día quiero conocer tu ciudad.
Yo le respondía:
—Pues cuando quieras, ven. Te la enseño.
Lo decíamos como una posibilidad lejana, porque la distancia hacía que pareciera difícil que realmente sucediera.
Hasta que un día sucedió.
Después de otra discusión enorme con mi pareja, los dos llegamos a la conclusión de que lo mejor era terminar.
Y, para ser sincero, sentí una enorme sensación de libertad.
Volví a tener más tiempo para jugar fútbol, compartir con mi familia, dedicarme a mis estudios y simplemente estar tranquilo.
Con el tiempo entendí que quizás ninguno de los dos era una mala persona. Éramos jóvenes, teníamos inseguridades y caracteres completamente diferentes. A veces dos personas pueden quererse y, aun así, no conseguir vivir juntas en paz.
Había sido mejor terminar.
Mientras tanto, yo seguía hablando con Andreina.
Y entonces llegaron las fiestas de mi ciudad.
Un día me escribió algo que no esperaba.
—Ahora sí voy a ir.
—¿A dónde? —pregunté.
—A conocer tu ciudad.
Pensé que nuevamente estábamos hablando de aquella vieja idea que tantas veces habíamos mencionado.
Le dije que se animara.
No imaginaba que ella ya había tomado la decisión.
Unos días después me llamó.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy trabajando.
Hubo un pequeño silencio.
Entonces soltó:
—Adivina dónde estoy.
—¿Dónde?
—Ya estoy llegando a tu ciudad.
Me quedé completamente sorprendido.
Había viajado desde tan lejos solamente para conocerme y conocer mi ciudad.
Quedamos en encontrarnos en el terminal cuando yo saliera del trabajo.
Cuando llegué, la vi sentada esperando.
Nos reconocimos inmediatamente y nos dimos un fuerte abrazo.
Lo primero que pensé fue que era bastante diferente a como la había imaginado durante todos aquellos meses de conversaciones.
Era un poco más alta que yo, de contextura delgada y con una figura muy llamativa. Pero hubo un detalle de su apariencia que me sorprendió especialmente: era una mujer muy voluptuosa de busto, mucho más de lo que yo había imaginado al conocerla solamente por fotografías y conversaciones.
Intenté disimular mi sorpresa para no hacerla sentir incómoda, aunque debo admitir que me costó.
Yo siempre había tenido una fuerte atracción por las mujeres y, precisamente por eso, aquella primera impresión me dejó un poco desconcertado.
Pero más allá de su físico, lo extraño era la sensación de estar finalmente frente a alguien con quien había compartido tantas conversaciones.
Durante meses habíamos sido solamente dos personas detrás de una pantalla.
Ahora estábamos allí, caminando juntos por mi ciudad.
Fuimos a comer, conversamos y después caminamos por un parque. Ella llevaba solamente una mochila con algunas cosas porque pensaba quedarse dos días.
Como necesitaba un lugar donde hospedarse, fuimos a un hotel.
Mientras hacía la reservación, preguntó cuánto costaba la habitación.
Le dieron el precio.
Entonces preguntó:
—¿Y para dos personas?
Aquella pregunta hizo que mi cerebro comenzara a trabajar demasiado rápido.
Ella pagó la habitación como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Yo intentaba hacerme el desentendido.
Subimos.
Una vez en el cuarto, Andreina me dijo que quería darse un baño y descansar un poco antes de continuar conociendo la ciudad.
—Quédate tranquilo —me dijo—. Solo quiero bañarme y descansar.
Yo me senté a mirar televisión.
En realidad estaba convencido de que no iba a pasar absolutamente nada.
¿Por qué tendría que pasar?
Nunca habíamos hablado de sexo. Nunca habíamos insinuado una relación.
Éramos amigos.
Eso era todo.
Ella tardó bastante en salir de la ducha.
Yo terminé quedándome dormido frente al televisor.
Cuando desperté, la vi parada frente a mí.
Tenía el cabello completamente mojado y estaba cubierta únicamente con una toalla.
Por un instante me quedé sin saber qué decir.
—¿Quieres que salga para que puedas vestirte? —pregunté, intentando actuar con naturalidad.
Ella sonrió.
—Tranquilo, amigo. No te voy a hacer nada.
Los dos nos reímos.
Yo traté de volver la mirada hacia el televisor, pero la situación se había vuelto extrañamente incómoda.
Hasta ese momento, Andreina había sido simplemente mi amiga. Nunca habíamos hablado de sexo, nunca habíamos insinuado nada y jamás imaginé que aquella tarde pudiera terminar de otra manera.
Entonces ocurrió algo que me tomó completamente por sorpresa.
Andreina dejó caer la toalla.
Me quedé paralizado.
Era la primera vez que la veía completamente desnuda y la impresión fue enorme. Su figura era todavía más voluptuosa de lo que había imaginado cuando la conocí en persona, y su busto, que ya me había llamado la atención desde que nos encontramos en el terminal, me pareció todavía más impresionante.
Intenté apartar la mirada por pudor.
Ella se dio cuenta y comenzó a reír.
—¿Por qué no miras?
—Me da pena —respondí.
—¿Acaso eres gay?
—¡Claro que no!
Su sonrisa se hizo todavía más grande.
—Entonces, ¿por qué te escondes?
Yo no sabía dónde meterme.
Ella, en cambio, parecía completamente tranquila. Era como si supiera perfectamente el efecto que estaba provocando en mí y estuviera disfrutando de mi nerviosismo.
En ese instante comprendí que aquella mujer que había conocido durante meses como una amiga podía convertirse en algo completamente diferente.
La tensión entre los dos había cambiado.
Ya no era solamente una conversación entre amigos.
Había una mirada diferente.
Una curiosidad diferente.
Y, aunque ninguno de los dos había dicho todavía lo que estaba pensando, ambos sabíamos que algo acababa de cambiar.
Lo que sucedió después fue inesperado.
Nos dejamos llevar por aquella atracción que había aparecido de repente entre los dos.
Andreina tenía una seguridad y una intensidad que me sorprendieron muchísimo. Parecía saber exactamente lo que quería y no tenía miedo de demostrarlo.
Yo terminé completamente agotado.
Pero también estaba sorprendido.
Porque aquella chica con la que durante meses había hablado como un amigo acababa de convertirse en una experiencia que jamás había imaginado.
Después salimos a comer nuevamente.
Ella me pidió que me quedara a dormir.
Yo tenía que trabajar temprano al día siguiente, así que le dije que no podía.
—Mañana, apenas salga del trabajo, vengo a verte —le prometí.
Aquella noche, sin embargo, mi teléfono no dejó de sonar.
Mensajes.
Llamadas.
Andreina quería que regresara.
Yo también tenía ganas.
Pero sabía que si me quedaba hasta tarde no iba a rendir al día siguiente.
Así que resistí.
Al día siguiente, apenas terminé mi trabajo, fui a verla.
Cuando entré al hotel, estaba acostada mirando televisión, completamente aburrida.
Me vio y sonrió.
—Ven. No hay tiempo que perder.
Y nuevamente terminamos dejándonos llevar por aquella química que parecía imposible de detener.
Después salimos a caminar.
Incluso terminé faltando a la universidad para poder acompañarla y aprovechar el poco tiempo que nos quedaba.
Pero el reloj avanzaba.
Su viaje de regreso se acercaba.
Cuando faltaba poco para que saliera su autobús, regresamos al hotel por sus cosas.
Pensé que simplemente nos despediríamos.
Pero Andreina tenía otros planes.
Todavía nos quedaba un poco de tiempo.
Nos miramos.
Nos abrazamos.
Y volvimos a compartir un último momento de intimidad antes de separarnos.
Cuando finalmente faltaban apenas unos minutos, ella entró a bañarse.
Yo esperaba afuera.
Entonces escuché su voz:
—¡Ven!
La miré sorprendido.
—¿Qué?
—¡La última!
No podía creerlo.
Entre risas y nervios, terminamos compartiendo aquel último momento antes de salir corriendo hacia el terminal.
Ella se cambió rápidamente, tomamos un taxi y llegamos prácticamente con el tiempo justo.
El autobús estaba a punto de partir.
Nos despedimos con un fuerte abrazo.
—Voy a volver —me dijo.
—Y yo algún día iré a tu ciudad.
—Prométemelo.
Se lo prometí.
La vi subir al autobús y desaparecer poco a poco.
Mientras regresaba, no podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido.
Durante meses había conocido a Andreina solamente como una amiga.
Una mujer con la que podía conversar durante horas.
Y en apenas unos días se había convertido en una de las experiencias más inesperadas de mi vida.
Pensé algo que todavía recuerdo:
“Esta chica me va a dejar en los huesos si vuelve.”
No lo decía literalmente.
Era simplemente mi manera de reconocer que su energía y su intensidad habían sido demasiado para mí.
Me había gustado.
Muchísimo.
Pero también me había asustado.
Después de aquello, la vida continuó.
Con el tiempo volví con mi pareja y dejé de comunicarme definitivamente con Andreina.
No hubo una gran pelea ni una despedida dramática.
Simplemente nuestras vidas tomaron caminos diferentes.
Pasó bastante tiempo.
Un día me enteré de que Andreina se había casado.
No volví a saber prácticamente nada de ella.
No sé qué habrá sido de su vida, si alguna vez volvió a pensar en aquellos días o si para ella simplemente quedaron como una aventura más.
Yo, en cambio, todavía recuerdo aquella historia.
Porque algunas personas llegan a nuestra vida sin avisar.
Algunas solamente vienen para quedarse.
Otras vienen, sacuden todo durante unos días y después desaparecen.
Andreina fue una de esas personas.
Una amiga que conocí por internet.
Una mujer que viajó desde muy lejos para conocerme.
Y una historia que probablemente nunca volveré a vivir.
Por eso, cuando recuerdo aquellos días, solamente puedo decir:
Me gustó… pero me asustó.
FIN








