Mano de hierro
26/10/2348 Natalia García, En ruta al Bunker Diomede.
—Lo que falta para activar el transmisor… —dije finalmente, procurando que mi voz no delatara lo que aquello significaba para mí— es el Miridium.
Ragnok frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué es eso?
Tomé aire antes de responder.
—Es un mineral extremadamente raro, utilizado como catalizador en procesos de energía de alto nivel. Sin él, el transmisor no funcionará.
Hice una pausa. Sabía cuál sería la siguiente pregunta.
—Y solo hay un lugar donde existe… —continué—. Al menos, donde pueden obtener suficiente.
Podía sentir las miradas de los tres sobre mí. Ragnok esperaba una respuesta; Alexei parecía intentar adelantarse a ella. Bajé la mirada hacia la mesa. No tenía sentido prolongarlo. Alcancé a abrir la boca, pero Alexei habló antes.
—Volstek.
Levanté los ojos hacia él al escuchar su voz grave. Asentí lentamente.
—Sí. Volstek.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no era la incertidumbre de unos minutos atrás. Todos sabíamos lo que significaba aquel nombre.
Ragnok permaneció inmóvil. Alexei apartó la mirada por un instante antes de volver a observarme. Enzio seguía al fondo de la habitación, en silencio.
—Estamos jodidos —dijo Alexei.
No pude evitar pensar que tenía razón.
Entonces la puerta se abrió y los cuatro dirigimos la mirada hacia ella.
Yui entró, pero no llevaba su habitual expresión serena. Cerró la puerta y permaneció un instante junto a ella, como si necesitara ordenar lo que iba a decir.
Ragnok fue el primero en hablar.
—¿Qué ocurre?
Yui lo miró.
—Capitán, el personal médico no puede hacer nada por Nathan.
Sentí que la tensión de la habitación cambiaba de inmediato. Ragnok se incorporó ligeramente.
—¿Qué pasó?
—Su estado está empeorando. Sigue inconsciente y los médicos dicen que está entrando en una fase más profunda. No consiguen estabilizarlo.
—¿Cuánto tiempo puede aguantar?
Yui negó lentamente.
—No lo saben.
La respuesta fue suficiente. Ragnok guardó silencio mientras yo miraba a Yui. Intentaba mantenerse firme, pero no hacía falta conocerla demasiado para notar que estaba asustada.
Miré sus manos. Temblaban.
Me levanté de la silla.
Ragnok me miró.
—¿Qué ocurre?
—Si me permite salir de la sala, puedo ver qué puedo hacer por Nathan.
Yui levantó la mirada hacia mí.
—¿Tú?
—Ya lo he tratado antes.
No necesité explicar cuándo. Miré a Yui y encontré en ella un leve movimiento de cabeza.
—No puedo prometer que pueda despertarlo —continué, volviendo la mirada hacia Ragnok—, pero quizá pueda mantenerlo estable hasta que lleguemos al búnker de Diomede.
Ragnok permaneció unos segundos en silencio. Miró a Yui y después a mí.
—¿Crees que puedes hacerlo?
No estaba segura. Pero tampoco podía quedarme sentada esperando.
—Creo que vale la pena intentarlo.
—Vamos.
Asentí.
Salí de la sala y subí las escaleras hacia el segundo nivel del avión, donde estaba la bahía médica.
Al acercarme, vi a dos miembros del personal médico trabajando alrededor de una camilla.
Entonces lo vi.
Nathan estaba inconsciente.
Di un par de pasos hacia él, pero uno de los médicos se interpuso.
—Señora, no puede estar aquí.
Intenté pasar a su lado.
—Tiene que salir —insistió el otro, acercándose para detenerme—. Esta zona está restringida.
—Necesito verlo.
—No está autorizada para entrar.
Antes de que pudiera responder, escuché la voz de Ragnok detrás de nosotros.
—Yo me hago responsable.
Los dos médicos se volvieron hacia él. Ragnok entró en la bahía médica y los observó con seriedad.
—Tiene mi autorización. Déjenla trabajar.
Los médicos dudaron.
—Pero, capitán...
—¿Me han entendido?
El primero asintió y se apartó.
No esperé más y me acerqué a la camilla. Nathan estaba mucho peor de lo que había imaginado. Respiraba de forma irregular y tenía el rostro pálido, pero fue su brazo lo que me hizo detenerme.
La infección había avanzado.
Había pus alrededor de la herida y la piel presentaba una coloración oscura. La toqué con cuidado.
Estaba fría.
Gangrena.
La reconocí de inmediato.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
Los dos médicos se acercaron nuevamente.
—Empezó a empeorar hace poco —respondió uno—. Hemos intentado controlar la infección, pero no está respondiendo como esperábamos.
Volví a examinar el brazo. La inflamación y el tejido muerto se extendían demasiado rápido.
—¿Qué le han administrado?
El médico comenzó a enumerar los medicamentos y las dosis. Escuché en silencio mientras continuaba examinando la herida.
Ya había visto algo parecido antes.
Esperar no era una opción.
Levanté la mirada hacia Ragnok.
—Debemos amputar el brazo.
La decisión tenía que tomarla él.
El capitán cerró los ojos durante unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, miró primero a Nathan y después a mí.
—Haga lo que tenga que hacer para mantenerlo con vida.
Asentí.
Uno de los médicos intercambió una mirada con su compañero.
—Capitán, no tenemos el equipo necesario para una amputación.
—¿Qué necesitan?
—Las máquinas de cirugía. El sistema de intervención robótica. Sin ellas no podemos garantizar una operación de este tipo.
Miré la bandeja de instrumental.
Una cortadora láser, gasas, morfina, sedantes y algunas herramientas básicas.
No era mucho.
Pero tendría que bastar.
Recordé las veces que había tenido que intervenir en condiciones similares durante la guerra de bandas en Columbia. Si esperábamos hasta llegar a una máquina de cirugía, quizá ya no habría paciente al que operar.
—Puedo hacerlo con esto.
Uno de los médicos negó con la cabeza.
—Eso no es suficiente.
—Sí lo es —respondí—. Necesito que me ayuden.
Los dos se quedaron en silencio.
Me volví hacia Ragnok.
—Necesito que salga de la bahía.
El capitán me observó durante unos segundos. Después asintió.
—Hagan todo lo que ella les diga.
Uno de los médicos pareció querer protestar.
—Capitán...
—Todo.
Los dos asintieron.
Ragnok salió de la bahía y la puerta se cerró detrás de él.
Miré nuevamente a Nathan.
—Preparen la camilla y los medicamentos. Quiero las gasas listas y controlen sus signos vitales durante todo el procedimiento.
Los dos comenzaron a moverse.
Tomé la cortadora láser. Era más ligera de lo que esperaba, pero también era evidente que no había sido diseñada para aquello.
Era lo que teníamos.
—Adminístrale el sedante.
El médico me miró.
—Pero está inconsciente.
—Puede despertar.
No necesitaba explicar qué significaría eso.
El médico preparó la dosis y se la administró. Esperé mientras vigilaba el monitor.
La frecuencia cardíaca se mantenía alrededor de noventa. La presión seguía baja, pero estable.
—¿Cuánto tiempo lleva inconsciente?
—No estamos seguros. Al menos varias horas.
Varias horas inconsciente. Una infección avanzando. Y todavía faltaban horas para llegar a Diomede.
No teníamos mucho margen.
Mientras limpiaba el brazo con una gasa empapada en alcohol, noté la piel fría y sin respuesta.
Aquel brazo ya no podía salvarse.
—¿Cuánto falta para Diomede? —pregunté.
Uno de los médicos miró el panel.
—Cinco horas y cuarenta minutos.
Cerré los ojos un instante.
Demasiado tiempo.
—Bien.
Me aparté para organizar lo que teníamos: la cortadora láser, las agujas de cauterización, la bioespuma, los selladores, las gasas y los medicamentos.
No había mucho más.
Volví a acercarme a Nathan.
—Signos.
—Frecuencia noventa y cuatro. Presión ochenta y ocho sobre cincuenta y seis. Saturación noventa y tres.
Asentí.
—Empezamos.
Tomé la cortadora. El zumbido llenó la pequeña bahía mientras comenzaba a trabajar sobre el brazo, siguiendo la zona de tejido muerto y limpiando el área a medida que avanzaba.
Una sacudida recorrió el avión.
Mi mano se desplazó unos milímetros.
—No podemos trabajar así.
Uno de los médicos se sujetó de la camilla mientras el otro aseguraba el instrumental. Esperamos hasta que la turbulencia pasó.
Volví a trabajar.
Los motores llenaban la habitación. Después de varios minutos dejé de pensar en el tiempo. Solo estábamos nosotros tres, Nathan y aquel brazo.
—Frecuencia ochenta y uno.
Levanté la mirada.
—¿Está descendiendo?
—Sí.
Esperé unos segundos.
—¿Sigue bajando?
—No. Se mantiene.
Volví al brazo.
El cansancio empezó a aparecer en mis manos. De vez en cuando tenía que detenerme para limpiar la zona y controlar el sangrado. Detrás de una puerta, Yui seguía esperando.
No podía pensar en eso ahora.
—¿Cuánto tiempo llevamos?
Uno de los médicos miró el reloj.
—Treinta y siete minutos.
Respiré profundamente.
—Bien. Continuemos.
La piel estaba prácticamente negra en la zona más comprometida. Volví a trabajar y el monitor emitió un pitido.
—Frecuencia setenta.
—¿Presión?
—Setenta y nueve sobre cuarenta y ocho.
Me detuve.
—Esperamos.
Pasaron casi dos minutos.
—Setenta y dos.
Esperé.
—Setenta y cinco.
Asentí.
—Podemos continuar.
Tomé nuevamente la herramienta.
A medida que el brazo se separaba, el sangrado aumentó. Las alarmas del monitor comenzaron a sonar.
—Frecuencia sesenta y cuatro.
No levanté la mirada.
—Sigue.
—Sesenta.
—Sigue.
—Está bajando.
—Lo sé.
Continué.
—Cincuenta y seis.
Sentí cómo se me tensaban los hombros.
—Un poco más.
—Cincuenta.
—Está entrando en inestabilidad.
—Lo sé.
Quedaba poco.
Hice el último tramo.
El brazo quedó separado.
No hubo ningún sonido especial ni un momento heroico. Solo el peso muerto del miembro y el silencio de los tres en la habitación.
—Bioespuma.
El médico tomó el cartucho.
—La tengo.
—Aplícala.
La espuma cubrió rápidamente el extremo de la herida, pero el sangrado continuó.
—Agujas láser.
Tomé una y comencé a sellar las zonas que todavía sangraban mientras el otro médico retiraba la sangre y mantenía despejada el área.
—Frecuencia cuarenta y ocho.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Cuarenta y ocho.
—Presión.
—Sesenta y ocho sobre treinta y nueve.
Sentí un vacío en el estómago.
—Preparen reanimación.
—Ya está lista.
Continué unos segundos más.
—Cuarenta y uno.
El monitor comenzó a emitir una alarma continua.
—Natalia...
—¡Ahora!
Dejé las agujas y los médicos ocuparon inmediatamente sus posiciones mientras yo me apartaba para mirar el monitor. Nathan no respondía.
—Vamos...
Un segundo. Dos. Tres.
El tono continuaba.
—No tenemos ritmo.
Cerré los puños.
—Otra vez.
Los médicos continuaron hasta que apareció un pequeño pico en el monitor.
—Espera...
Otro.
—Tenemos ritmo.
Miré la pantalla mientras la frecuencia subía a veintiocho, treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y siete y cincuenta y tres. La alarma cambió.
—Continúen.
Volví al brazo. La bioespuma había reducido el sangrado. Tomé nuevamente las agujas láser y aseguré el extremo de la amputación. Mis hombros, las manos y la espalda empezaban a doler, pero todavía quedaban unos minutos de trabajo antes de poder colocar el sellador dérmico.
Lo extendí sobre la superficie y esperé mientras comenzaba a endurecerse.
Revisé la zona y volví a mirar el monitor.
Frecuencia cincuenta y ocho. Presión setenta y cuatro sobre cuarenta y tres.
Débil, pero estable.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
El médico miró el reloj.
—Una hora y nueve minutos.
Me quedé mirando a Nathan.
Una hora.
Eso era lo que había tardado en quitarle un brazo y mantenerlo con vida.
Todavía faltaban casi cinco horas para llegar a Diomede.
Me quité lentamente los guantes y miré hacia la puerta. Yui seguía esperando al otro lado.
No sabía qué iba a decirle.
Habíamos eliminado el tejido infectado y conseguido que Nathan sobreviviera a la operación.
Pero después de aquella hora, ya no me atrevía a asumir que eso fuera suficiente.








