LA CASA DE PAULA
Inés vio la casa por primera vez al salir de una curva estrecha, entre eucaliptos y castaños que ocultaban casi por completo la propiedad desde la carretera. Redujo la velocidad y terminó deteniendo el coche junto a un muro de piedra cubierto de musgo. Durante unos segundos se quedó inmóvil, con las manos sobre el volante, observando la construcción al fondo. Era mucho más grande de lo que había imaginado cuando el notario le habló de ella. Una casa de piedra oscura, con tejado de pizarra, dos plantas, varias chimeneas y una galería acristalada orientada hacia un jardín que parecía continuar hasta perderse entre los árboles. Aquello no era una casa de campo. Era casi una pequeña finca señorial, aislada, silenciosa y demasiado grande para una sola persona.
Había conducido desde Madrid repitiéndose que el viaje tenía un propósito muy concreto. Revisaría el estado de la propiedad, decidiría qué reparaciones eran necesarias, separaría los objetos personales de Paula y llamaría después a una inmobiliaria de la zona. No pretendía convertir aquella herencia inesperada en una nueva vida. Tenía veintidós años, un trabajo que debía retomar, amigos en Madrid y suficientes cosas que ordenar dentro de sí misma como para añadir una finca gallega a sus problemas. Sin embargo, al mirar la casa sintió algo que no esperaba. No exactamente curiosidad. Era la impresión de haber llegado a un lugar que pertenecía a una parte de Paula que nunca había conocido, como si su tía hubiera dejado allí una biografía paralela que nadie se había molestado en contarle.
La muerte de Paula seguía resultándole irreal. Doce años antes, cuando tenía sesenta y cuatro, se había instalado en Italia y desde entonces había organizado su vida entre viajes, largas temporadas fuera de España y visitas cada vez más breves. Murió a los setenta y seis en un accidente de avión. La noticia había llegado con la brutalidad de esas llamadas que dividen la vida en un antes y un después. Paula no tenía hijos y había hecho de Inés el centro afectivo de una parte importante de su existencia. No era una relación de tía y sobrina convencional. Habían sido confidentes, cómplices y, en algunos momentos, casi dos amigas separadas por más de medio siglo. Por eso el testamento no sorprendió a nadie: Inés era la heredera universal. Lo que sí la sorprendió fue descubrir cuántas cosas de Paula desconocía.
Aquel golpe había llegado cuando todavía no se había recuperado de otro bastante más pequeño, aunque mucho más íntimo. Hacía apenas unas semanas que su novio la había dejado. Había sido el único hombre con el que había mantenido una relación y también el único con el que había tenido una vida sexual. Habían empezado muy jóvenes y durante años Inés había confundido la familiaridad con la certeza de que aquello duraría siempre. La ruptura le había dolido más de lo que estaba dispuesta a reconocer delante de nadie. Había llorado, había revisado conversaciones antiguas y había pasado varias noches preguntándose qué había hecho mal. Pero, junto al dolor, empezaba a aparecer otra sensación que le producía incluso cierta culpa: por primera vez desde la adolescencia no pertenecía a una pareja. Delante de ella había un mundo desconocido.
Su experiencia sexual, pensó mientras volvía a poner el coche en marcha, era mucho menor de lo que cualquiera habría supuesto al verla. No porque su relación hubiera sido mala, sino porque nunca había existido un antes ni un después con el que compararla. Había aprendido el deseo dentro de una sola relación, con un solo cuerpo, con unas costumbres que terminaron pareciéndole tan naturales como desayunar siempre en la misma taza. Ahora empezaba a preguntarse, todavía con prudencia, cuánto de lo que creía saber sobre sí misma era simplemente lo que había aprendido al lado de su antiguo novio. La separación había dejado un hueco afectivo evidente, pero también había abierto una puerta. No sabía si quería cruzarla. De momento se limitaba a reconocer que estaba allí.
Entró en la finca por una verja de hierro que alguien había dejado abierta y avanzó despacio por el camino de grava. A un lado se extendía una zona de árboles frutales; al otro, un prado descendía hacia un pequeño bosque. Vio una construcción secundaria, un antiguo cobertizo rehabilitado y, bastante más lejos, el tejado de otra casa pequeña. Aparcó delante de la escalinata principal y apagó el motor. El silencio fue inmediato. Solo se oían los pájaros y el sonido leve del viento entre las hojas. Cuando abrió la puerta del coche percibió el olor de la tierra húmeda y tuvo la extraña sensación de que todo el lugar llevaba tiempo esperando su llegada.
No llegó a sacar la maleta. La puerta principal se abrió antes y apareció un hombre que bajó dos escalones y se quedó observándola. Inés supo enseguida que debía de ser Alex, el hombre del que el notario le había hablado como responsable del cuidado de la propiedad. Lo que no esperaba era su aspecto. Había imaginado a alguien bastante mayor, quizá encorvado por los años y vestido como un guarda rural. Alex tenía el pelo oscuro muy entreverado de canas, una barba corta que acentuaba la línea de la mandíbula y un rostro marcado por el sol. Era alto, de hombros anchos y cuerpo fuerte, todavía atlético, con esa musculatura que parecía proceder de una vida activa más que de un gimnasio. Había en él un aire a George Clooney, pensó Inés, aunque menos sofisticado y bastante más natural. La camisa remangada y aquella seguridad tranquila terminaban de darle un atractivo maduro que ella percibió antes incluso de que él pronunciara su nombre.
Alex tardó unos segundos en hablar. Inés era muy guapa. Llevaba el cabello largo y rubio, cayéndole en ondas alrededor del rostro. Tenía algunas pecas, labios llenos y unos ojos azul grisáceos que destacaban incluso con la luz apagada de aquella tarde. Pero lo que había detenido a Alex no era solo su belleza. El parecido con Paula resultaba mucho más evidente de lo que Inés creía: compartían la forma ligeramente alargada de los ojos, la línea de los pómulos, ciertos rasgos de la nariz y una curva muy parecida en los labios. Sobre todo era la expresión. Cuando Inés miraba de frente, con aquella atención serena que parecía aislar durante unos segundos todo lo demás, Alex reconocía una mirada que había conocido muy bien.
—¿Inés?
Ella asintió. Alex se acercó, le estrechó la mano y volvió a observarla durante un instante antes de hablar. —Te pareces mucho a Paula.
Inés sonrió. Había escuchado el comentario otras veces desde el funeral, aunque nunca con aquella intensidad.
—Eso me lo han dicho alguna vez.
Alex negó ligeramente con la cabeza, como si quisiera precisar algo que para él era importante.
—No es solo el parecido. Son los ojos. La mirada.
Lo dijo de una forma tan sencilla que el comentario adquirió un peso extraño. Inés notó que se le calentaban ligeramente las mejillas. Para Alex, aquellos ojos habían abierto de golpe una puerta hacia recuerdos muy felices de Paula; para Inés, la manera en que él la miraba empezaba a resultar tan desconcertante como agradable.
Alex tomó la maleta antes de que ella pudiera protestar y entraron. El vestíbulo era amplio, con suelo de piedra clara, una escalera de madera y un reloj antiguo que parecía amplificar cada segundo. Todo estaba limpio, ventilado y ordenado. No había sensación de abandono. Inés sabía que Alex seguía ocupándose de la finca, pero no había imaginado un cuidado tan minucioso después de la muerte de su propietaria. Mientras avanzaban por la planta baja, él fue señalando las estancias y explicando pequeños detalles prácticos: la calefacción, una ventana que cerraba mal, una humedad ya reparada en la biblioteca, las llaves del cobertizo. Hablaba poco, de manera precisa, y esa economía de palabras le gustó a Inés. Le pareció un hombre acostumbrado a hacer las cosas sin necesidad de contarlas.
La casa revelaba a Paula de una manera que las fotografías nunca habían conseguido. Había libros por todas partes, cerámicas italianas, muebles antiguos mezclados con piezas modernas y cuadros que Inés reconoció de otros domicilios de su tía. En la galería acristalada había una mesa redonda junto a los ventanales y una butaca orientada hacia el jardín. Alex comentó que Paula desayunaba allí cuando llovía y que incluso en invierno insistía en dejar una ventana entreabierta porque le gustaba escuchar los árboles. Más tarde, en la biblioteca, explicó que se enfadaba si alguien movía un libro de sitio. Eran detalles pequeños, pero los conocía con una precisión demasiado íntima para ser simples instrucciones de trabajo. Inés empezó a preguntarse cuánto tiempo había pasado aquel hombre al lado de su tía.
La respuesta surgió poco después. Inés comentó que el notario no le había explicado desde cuándo cuidaba Alex la propiedad y él respondió que conocía aquella casa y a Paula desde hacía cuarenta y dos años. La cifra la obligó a detenerse. Alex explicó, sin dar más detalles, que la había conocido cuando tenía veinte. Inés hizo una cuenta mental rápida y le preguntó si eso significaba que ahora tenía sesenta y dos. Él confirmó la edad con una sonrisa casi divertida, como si estuviera acostumbrado a que la gente recalculara los años después de mirarlo. A Inés le sorprendió más de lo que quiso mostrar. Sesenta y dos. No se los habría echado. Tal vez cincuenta y tantos, pensó. Cincuenta y cinco si hubiera tenido que apostar antes de conocer la cifra.
La edad introdujo de pronto una distancia concreta, casi matemática. Cuarenta años los separaban. Inés tenía veintidós y Alex sesenta y dos. Puesta así, la diferencia le pareció enorme, dos generaciones completas, y durante unos segundos intentó aferrarse a ella como a un freno. Él había conocido a Paula antes de que Inés naciera. Formaba parte de una época de su tía que ella ni siquiera había vivido. Además, acababa de salir de una relación larga y todavía estaba desordenada por dentro. Todo aquello debería haber bastado para colocar a Alex en una categoría completamente distinta a la de los hombres capaces de interesarle. No ocurrió.
Mientras él seguía hablando, Inés volvió a mirarlo. Primero fueron los ojos, después la boca y, casi sin darse cuenta, los hombros bajo la camisa. Cuando Alex se inclinó para abrir una contraventana atascada, la tela se tensó sobre su espalda y ella se descubrió observándolo con una atención que ya no podía atribuir únicamente a la curiosidad. Apartó la vista, molesta consigo misma. Unos minutos más tarde volvió a hacerlo. Se fijó en sus manos, grandes y fuertes, en los antebrazos descubiertos por las mangas remangadas, en la voz grave y tranquila y en la forma segura de moverse por la casa. Cuanto más intentaba no mirarlo, más detalles encontraba.
La conclusión terminó imponiéndose con una claridad que la incomodó: Alex le atraía muchísimo. La diferencia de edad no había borrado la primera impresión; simplemente la había vuelto más difícil de aceptar. Inés sabía que sentir atracción no significaba querer hacer nada con ella y mucho menos imaginar una relación. Acababa de conocerlo. Pero tampoco tenía sentido seguir mintiéndose. Su ruptura podía haberla hecho más sensible a una mirada o a un cumplido, pero no inventaba el cuerpo de Alex, ni su voz, ni la reacción que le producía tenerlo cerca. Se prometió, al menos, no dejar que se notara. La promesa duró bastante menos de lo que habría querido.
Subieron a la planta superior. Allí el silencio era distinto, más denso, como si las habitaciones hubieran quedado detenidas en el momento en que Paula se marchó por última vez. Alex había preparado para Inés un dormitorio amplio que daba al jardín, con sábanas limpias y unas flores recién cortadas sobre una mesa. Ella agradeció el detalle y recorrió después el pasillo. Había otros tres dormitorios, dos baños y una puerta cerrada al fondo. No necesitó preguntar de quién era. Lo supo por la manera en que Alex redujo el paso al acercarse. Era la habitación de Paula. Inés puso la mano sobre el pomo y notó que él se quedaba varios metros atrás.
El dormitorio estaba intacto. La cama hecha, el escritorio junto a la ventana, un sillón de terciopelo verde y un armario grande de madera oscura ocupaban el espacio principal. Sobre una cómoda seguían varios frascos de perfume, un cepillo de plata, dos fotografías y un joyero que Inés recordaba de su infancia. Allí la ausencia de Paula dejó de ser una noticia y se convirtió en algo físico. Durante unos segundos no pudo avanzar. El olor del perfume todavía parecía suspendido en la habitación. Inés sintió una presión en el pecho y tuvo que respirar despacio. Había ido con la intención práctica de ordenar, seleccionar y vender, pero de repente la idea de abrir cajones y decidir el destino de aquellos objetos le pareció casi una invasión.
Alex no entró. Inés se dio cuenta al volverse y le preguntó si prefería quedarse fuera. Él respondió que no hacía falta que pasara. Aquella respuesta despertó otra vez su curiosidad. Un hombre que conocía a Paula desde hacía cuarenta y dos años, que sabía dónde desayunaba, cómo colocaba los libros y qué ventana necesitaba abierta incluso en invierno, parecía sentirse incapaz de cruzar el umbral de su dormitorio después de su muerte. Inés estuvo a punto de preguntarle por qué, pero se contuvo. Acababa de llegar y no quería convertir el primer encuentro en un interrogatorio. Cerró la puerta con suavidad y decidió que al día siguiente empezaría a revisar las cosas de su tía.
Cuando explicó que pensaba ordenar la casa, hacer las reparaciones imprescindibles y poner después la propiedad a la venta, Alex no discutió. Sin embargo, su expresión cambió. Fue apenas un endurecimiento de la mandíbula y una mirada hacia el jardín, pero Inés lo vio. Él conocía aquella finca mejor que ella y, probablemente, la consideraba parte de su vida. Inés comprendió que vender podía significar para Alex mucho más que perder un trabajo. Se preguntó si tendría algún acuerdo con Paula que el testamento no recogiera o si existía alguna razón por la que debiera conservarlo como cuidador mientras se resolvía la venta. Decidió hablar de ello con calma más adelante. No quería empezar tomando decisiones que pudieran perjudicar a alguien que había permanecido allí durante décadas.
Alex le enseñó después la parte trasera de la propiedad. Desde la galería se descendía por unas escaleras hacia un jardín que necesitaba poda, pero que conservaba una belleza casi salvaje. Había camelias, hortensias, magnolios y un sendero de piedra que conducía a una pequeña piscina cubierta. Más lejos se encontraba la casa donde vivía Alex. Inés comprendió entonces que no era un empleado que aparecía unas horas al día. Vivía dentro de la finca, aunque separado de la casa principal. Saber que dormiría a pocos minutos a pie le produjo una reacción inmediata. Esta vez ni siquiera intentó convencerse de que no significaba nada. Le inquietó, pero también le gustó más de lo que quería reconocer.
Pensó otra vez en su antigua relación. Era posible que la soledad y la falta reciente de afecto la hubieran dejado más receptiva, pero ya no le servía aquella explicación para negarlo todo. Una cosa era necesitar sentirse mirada y otra muy distinta fijarse una y otra vez en el mismo hombre. Alex le atraía por sí mismo. Por su aspecto, por la calma con la que hablaba, por la seguridad que transmitía y por esa mezcla de madurez y fuerza que Inés no había encontrado nunca en alguien de su entorno. La edad seguía pareciéndole desproporcionada. La atracción, sin embargo, no parecía interesada en las matemáticas.
Durante una conversación breve en la cocina, mientras Alex le explicaba dónde estaba todo, Inés volvió a fijarse en sus manos. Ya no fingió ante sí misma que era casualidad. Lo que sí empezó a notar fue que la observación no iba en una sola dirección. Alex mantenía las distancias y no hizo ningún comentario impropio, pero algunas veces prolongaba la mirada un instante más de lo necesario. Inés lo sorprendió mirándola cuando creyó que ella estaba pendiente de la despensa y vio cómo desviaba los ojos con una naturalidad demasiado rápida. En otro momento, al apartarse ella el cabello de la cara, Alex se quedó quieto durante una fracción de segundo. Eran detalles mínimos, fáciles de negar, pero suficientes para que Inés empezara a sospechar que él tampoco era completamente indiferente.
Para Alex tampoco era sencillo. Inés era una mujer muy joven y extraordinariamente guapa, algo que habría bastado para llamar su atención sin ninguna historia detrás. Pero el parecido con Paula añadía una emoción inesperada. Determinados gestos, la forma de sonreír y, sobre todo, aquellos ojos azul grisáceos le devolvían recuerdos muy felices que creía guardados en un lugar mucho más lejano. No confundía a una con la otra. Sabía perfectamente que Inés era Inés. Precisamente por eso le perturbaba descubrir que el recuerdo de Paula podía convivir con una atracción nueva y distinta. Antes de marcharse se detuvo junto a la puerta y volvió a mirarla. Inés percibió algo contenido en aquella mirada y sintió un pequeño vuelco al comprobar que no parecía haberlo imaginado.
Cerró la puerta y la casa quedó en silencio. Subió su equipaje, se duchó y dejó la ropa en el armario sin molestarse en ordenarla demasiado. Luego recorrió sola varias habitaciones. Sin Alex, todo parecía más grande y más extraño. En una pared del pasillo encontró fotografías familiares. Paula aparecía en distintas edades, siempre elegante, siempre mirando a la cámara con aquella expresión segura que Inés conocía bien. Había imágenes de Italia, de Madrid, de viajes por Asia y América. Ninguna de Alex. Eso le llamó la atención. Si se conocían desde hacía cuarenta y dos años y él había estado ligado a la finca durante tanto tiempo, resultaba extraño que no apareciera ni siquiera de forma accidental en una fotografía.
La ausencia no demostraba nada, pero despertó una pregunta. ¿Qué había sido exactamente Alex para Paula? El notario había utilizado la palabra cuidador. Alex había dicho que la conocía desde los veinte años. Entre ambas descripciones había demasiado espacio. Inés recordó su reacción ante la idea de vender, su negativa a entrar en el dormitorio y la forma en que había dicho que Paula no hablaba de todo. Tal vez habían sido amigos. Tal vez Alex había trabajado para ella desde muy joven y, con los años, la relación se había vuelto casi familiar. Era lo más lógico. Sin embargo, cuanto más intentaba encontrar una explicación sencilla, más consciente era de que algo no encajaba.
Entró de nuevo en la habitación de Paula al caer la tarde. Esta vez lo hizo sola. Abrió las cortinas y la luz gris del exterior se extendió sobre la cama. Se acercó a la cómoda y tocó el joyero sin abrirlo. Después tomó una de las fotografías. Paula tendría unos cuarenta años. Estaba en aquel mismo jardín, delante de una magnolia que ahora era enorme. Sonreía de una manera distinta a las fotografías familiares, menos compuesta, como si la persona que sostenía la cámara hubiera conseguido hacerla olvidar que estaba posando. Inés giró la fotografía. En la parte posterior solo había una fecha escrita a mano. Cuarenta años atrás.
No había nombre. Tampoco ninguna dedicatoria. Inés dejó la fotografía en su sitio, pero la fecha permaneció en su cabeza. Paula habría tenido treinta y seis años. Alex, veintidós. Exactamente la edad que tenía Inés ahora. La coincidencia le llamó la atención y, al mirarse en el espejo de la cómoda, recordó las palabras de Alex. Por primera vez se detuvo a estudiar de verdad el parecido. Paula había tenido el rostro algo más anguloso, pero compartían los mismos ojos azul grisáceos, una forma muy parecida de los pómulos, la línea de la nariz y cierta curva de los labios cuando sonreían. Aun así, lo más llamativo no estaba en ningún rasgo aislado. Era la mirada. Inés entendió de repente por qué Alex se había quedado observándola al verla por primera vez.
La idea de Alex volvió de manera inevitable. Ya no intentó expulsarla. Lo que le preocupaba no era descubrir que le parecía atractivo, sino comprobar que aquella sensación había aumentado a medida que pasaban las horas. Lo había mirado demasiadas veces como para seguir llamándolo curiosidad. Recordó su cara, la barba salpicada de canas, los hombros, las manos y aquella voz que parecía no necesitar elevarse nunca. Después recordó los sesenta y dos años. La cifra seguía impresionándola, pero ya no conseguía anular nada. Podía considerar absurda la posibilidad de que ocurriera algo entre ellos y, al mismo tiempo, admitir que deseaba volver a verlo al día siguiente.
Su antiguo novio apareció de nuevo en sus pensamientos, aunque esta vez Inés no lo utilizó como explicación para todo. Durante las últimas semanas de aquella relación había sentido que pasaba inadvertida. Un vestido nuevo, un cambio de pelo, una caricia inesperada; nada parecía provocar una respuesta. Alex, en cambio, había necesitado pocos segundos para encontrar algo en ella y decirlo en voz alta. Eso había tocado una herida reciente, sin duda, pero no bastaba para explicar lo demás. No explicaba por qué se había fijado en su espalda, por qué recordaba sus manos ni por qué le había gustado descubrir que él también la observaba. Por incómodo que resultara admitirlo, la atracción no era una prolongación de su ruptura. Era Alex.
Bajó a la cocina, preparó algo de comer y abrió una botella de agua. Mientras cenaba sola en la mesa grande, escribió varios mensajes a sus amigos para avisar de que había llegado. No mencionó a Alex. Le pareció demasiado pronto incluso para convertirlo en una confidencia. Después consultó en el teléfono algunas inmobiliarias de la zona y guardó dos números. Vender seguía siendo el plan. Sin embargo, cuando levantó la vista hacia los ventanales oscuros pensó que al día siguiente volvería a verlo. La anticipación ya no fue pequeña ni imperceptible. Sonrió sin querer y enseguida se reprendió por hacerlo, aunque la sonrisa tardó unos segundos en desaparecer.
Antes de acostarse decidió revisar el escritorio de Paula solo para buscar documentación sobre la finca. No abrió cajones personales. Encontró recibos, facturas, planos y una carpeta con contratos antiguos. Entre ellos había varios documentos relacionados con el mantenimiento de la propiedad, pero ninguno aclaraba la posición exacta de Alex. Su nombre aparecía en recibos recientes, siempre asociado a trabajos de conservación, reparaciones o gastos. Nada más. Sin embargo, Inés tuvo la sensación de que estaba leyendo una versión administrativa de una relación mucho más larga. Cuarenta y dos años no cabían en unas facturas.
Se acostó poco después de medianoche, pero tardó en dormirse. Escuchó el viento contra las ventanas, los ruidos de la madera y algún sonido lejano procedente del jardín. Pensó en Paula, en la fotografía tomada cuarenta años atrás y en todo lo que tendría que revisar durante los próximos días. Pensó también en Alex. Intentó repetir mentalmente la cifra, sesenta y dos, como si cuarenta años de diferencia pudieran funcionar por sí solos como una frontera. No funcionó. Seguía pareciéndole demasiado mayor para ella y, al mismo tiempo, seguía atrayéndola muchísimo. Esa contradicción era precisamente lo que la mantenía despierta. Antes de cerrar los ojos terminó admitiendo algo todavía más sencillo: tenía ganas de que llegara la mañana para volver a verlo.
No sabía todavía que la edad de Alex dejaría de ser el principal argumento con el que intentaría contenerse. Dedujo que Paula había conocido a aquel mismo hombre cuando él tenía veinte años y ella treinta y cuatro, pero no sabía nada de lo ocurrido durante las décadas siguientes. Inés había llegado a Galicia para ordenar una herencia y vender una propiedad. La primera noche, sin embargo, terminó pensando en dos cosas que no figuraban en ningún testamento: la vida que Paula había ocultado entre aquellas paredes y la razón por la que Alex la miraba como si en sus ojos hubiese regresado algo que creía perdido.








