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Atado A ti

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Summary

En la Universidad Blackwood State, el hielo no es lo único que quema. Como capitán de The Blackwood Phantoms, Maddox Kensington domina cada pulgada de la pista con una agresividad helada y una autoridad implacable. A sus veintidós años, controla cada aspecto de su vida, excepto el caos académico que amenaza con dejarlo fuera del torneo nacional si no consigue ayuda inmediata. Emeric Winter tiene dieciocho años, una lente a través de la cual observa el mundo y un contrato recién firmado como fotógrafo becario del departamento de deportes. Su primera asignación lo lleva directo al santuario más restringido del equipo: los vestidores. Detrás de la vaporosa humedad de las duchas y el olor a cuero y adrenalina, Emeric cruza la línea que separa lo profesional de lo prohibido, vulnerando la privacidad del capitán en su espacio más vulnerable. Obligados a compartir el aislamiento de las tutorías nocturnas y la cercanía sofocante del vestidor, la disciplina de Maddox se desmorona frente a la presencia de Emeric. Entre miradas cargadas a través del obturador, roces accidentales que exigen posesión y la tensión acumulada de dos mundos opuestos, ambos descubrirán que cuando la fijación supera a la razón, la tentación se vuelve una devoción salvaje.

Genre
Romance
Author
LIGYLAROD
Status
7h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Emeric

Cuando naces en una familia de dos, las cosas nunca siguen el curso sencillo ni perfecto que muestran las películas. Nací y crecí en Brooklyn, Nueva York, en un pequeño apartamento donde los ruidos de las avenidas y las sirenas lejanas servían como música de fondo diaria. Durante dieciocho años, mi mundo se redujo a una estructura simple pero indestructible: éramos solo mi madre y yo. Sin una figura paterna, sin una familia extendida a la cual recurrir cuando los tiempos se volvían difíciles, aprendimos a ser un equipo autosuficiente. Ella era mi columna vertebral, la fuerza tranquila que mantenía todo en su lugar mientras yo me concentraba en mis estudios y en mi pasión por la fotografía.

Sin embargo, la vida tiene una forma brutal de desmantelar tus certezas en cuestión de segundos. Hace apenas seis meses, esa estructura se desmoronó por completo. Oficialmente, ahora soy solo yo. Estoy solo en el sentido más estricto de la palabra. No hay nadie esperándome al final del día con la cena lista ni nadie que me pregunte cómo estuvo la jornada. Mi vida actual se resume a un ciclo agotador y milimétricamente calculado: el café donde trabajo de camarero entre semana, las aulas de la facultad y las tutorías particulares que imparto a estudiantes que apenas pueden con la carga académica.

Hago absolutamente todo lo que está a mi alcance para ganar cada dólar posible. Pago mis gastos, compro mis propios insumos y sostengo el techo sobre mi cabeza en un pequeño y estrecho apartamento en Queens. A pesar de tener solo dieciocho años, me valgo por mí mismo sin ayuda de nadie. La necesidad me obligó a madurar a marchas forzadas, convirtiéndome en un adulto funcional antes de tiempo. Mi madre trabajó incansablemente toda su vida, acumulando turnos dobles y noches en blanco, solo para asegurarse de que a mí jamás me faltara lo básico y para darme la oportunidad de ingresar a una institución prestigiosa como la Universidad Blackwood State.

Todo en mi vida era considerablemente más llevadero siempre que ella estuviera a mi lado. Cuando tenía a mi madre conmigo, no debía preocuparme por si el dinero alcanzaba para hacer la compra de la semana, ni por la fecha de vencimiento de los servicios básicos, ni por mantener la ropa impecable. Ella se encargaba amorosamente de todos los detalles del hogar, protegiéndome de las garras de la realidad. Luego de perderla tras una batalla rápida y devastadora contra una enfermedad implacable, mi mundo se fue por completo al traste.

Desde ese momento, siento que hablo y me muevo desde un limbo emocional constante. Camino en piloto automático, realizando cada tarea con una precisión casi robótica mientras intento no hundirme en el vacío que dejó su ausencia. En esta etapa de mi vida, la única presencia constante y real que conservo es Leah, mi mejor amiga Leah es estudiante de moda y diseño, un torbellino impetuoso de creatividad, colores llamativos y energía festiva. Ella representa mi único pase de regreso a la realidad cuando me encierro demasiado en mí mismo y me olvido de vivir. Es la única persona a la que le permito cruzarse en mi camino cuando caigo en ese trance sombrío, la única que logra sacarme de casa aunque solo sea para obligarme a tomar aire fresco.

Mi rutina no deja margen para el error ni para el descanso. De lunes a viernes, divido mis horas entre las clases de fotografía y mi trabajo en el café de la señora Lulu. Lulu ha sido una mujer increíblemente bondadosa y comprensiva conmigo; me conoce desde que era un niño y me ofreció ese empleo sin dudarlo cuando supo por lo que estaba pasando. Los sábados y domingos, cuando la mayoría de los estudiantes aprovechan para salir o descansar, yo me dedico a dar tutorías académicas a alumnos de tercer año que sufren para aprobar materias teóricas. Ese dinero extra va directo a mi cuenta de ahorros. Tengo una meta fija, casi obsesiva: cuando me gradúe en Blackwood State, seré un fotógrafo reconocido. Quiero ser uno de los mejores en el campo de las artes visuales, alguien capaz de capturar la verdad sin filtros ni artificios a través de una lente. Es por esta meta que trabajo de sol a sol, sacrificando mis horas de sueño y llevando mi cuerpo al límite.

Al llegar finalmente a mi pequeño apartamento en Queens al caer la noche, me recibe ese silencio pesado al que aún no me acostumbro del todo. Arrastro los pies hasta la sala, dejo caer mi pesada mochila escolar sobre el sofá y me desplomo de espaldas contra los cojines cansados. Cierro los ojos unos segundos, sintiendo el latido sordo en mis sienes, antes de incorporarme lentamente. Tomo mi cámara —mi bien más preciado y la herramienta que financia mis sueños— y enciendo la pantalla.

Comienzo a revisar minuciosamente las imágenes capturadas durante la mañana: los encuadres de la arquitectura del campus, los contrastes de luces en las aulas y las composiciones que debo entregar para mis asignaturas. Luego, saco mi libreta para repasar las notas de la jornada y verificar mis horarios para los próximos días. Entre mis anotaciones resalta el recordatorio de mi nuevo compromiso oficial: acabo de conseguir la plaza como fotógrafo becario y asistente de medios para el departamento de deportes de la universidad, asignado específicamente al equipo estelar de hockey sobre hielo, The Blackwood Phantoms.

El Coach del equipo, Viktor Vance, es conocido por su carácter intransigente y su disciplina de hierro. En nuestra primera reunión breve, me dejó claras sus expectativas: quiere una cobertura profunda, realista y constante. Su instrucción explícita fue que debía hablar y fotografiar a cada miembro de la plantilla, tanto en tomas grupales como en retratos individuales para renovar el contenido de las redes sociales del club.

Al principio, la sola idea me provocó una punzada de nerviosismo gástrico. No me gusta estar rodeado de multitudes ni soporto el bullicio de los grupos grandes. Odio con vehemencia el contacto físico no deseado y soy extremadamente reservado. Mi espacio personal es un santuario sagrado e inviolable. No se trata de que sea un chico melindroso o pretencioso; se trata de una aversión genuina hacia la suciedad, el desorden y la invasión de mi privacidad. Detesto la sola idea de dejarme tocar por desconocidos o compartir el aire en entornos sobrepoblados.

Y los integrantes de ese equipo de hockey son, en mi mente, la máxima encarnación de todo lo que evito. Son masas enormes de músculos, sudor acumulado y brutalidad desmedida. Chicos toscos, ruidosos y dominantes que acostumbran imponerse por la fuerza bruta de su presencia. Aunque soy un hombre, no comparto en lo absoluto esa cultura de agresividad masculina ni la necesidad de demostrar poder a gritos. Prefiero los bordes suaves, la sutileza de la observación y el orden. No porque me considere débil o delicado —sé perfectamente la fortaleza que se requiere para salir adelante solo en esta ciudad—, sino porque me considero sustancialmente más civilizado que ese tipo de atletas.

Saco de mi carpeta la hoja oficial con la lista de nombres de los jugadores con los que tendré que tratar mañana en la zona de vestidores. Mi intención es evaluar desde hoy sus rostros y perfiles para determinar qué tipo de encuadres facilitarán el trabajo, permitiéndome ser eficiente y salir de allí lo más rápido posible. No es que la perspectiva de trabajar entre deportistas corpulentos me resulte grata, pero necesito desesperadamente esa beca. La necesito tanto para enriquecer mi portafolio profesional como por la paga económica que me permitirá mantener al día las cuentas del apartamento.

Paso la vista por la primera línea del documento y mi mirada se detiene en las letras en negrita: Maddox Kensington. Capitán. 22 años.

Sostengo el papel entre mis dedos mientras una sensación extraña recorre mi nuca. En el campus de Blackwood State, el nombre de Maddox Kensington no requiere presentación. Es el pilar imponente sobre el que descansa la reputación del equipo. Alto, de facciones marcadas y una mirada helada que parece calcular cada movimiento a su alrededor, Kensington domina la pista con una violencia elegante y una autoridad que nadie se atreve a cuestionar. A sus veintidós años, se mueve por la universidad rodeado de un aura de control absoluto, manteniendo a todos a una distancia prudencial.

Paso al siguiente nombre en la lista: Jason Stuard. 23 años. Jason es atacante en el equipo y, al mismo tiempo, el novio de Leah. Mi amiga me ha hablado de él en incontables ocasiones, describiéndolo como un tipo extrovertido y leal que resulta ser el mejor amigo y mano derecha de Kensington dentro y fuera de la pista. Aunque sé que Jason es cercano a Leah, la idea de adentrarme en su territorio no me resulta más atractiva por ello.

Mañana, inmediatamente después de terminar mi clase de fotografía, tendré que cruzar la puerta de los vestidores por primera vez. Será justo al finalizar el entrenamiento de la plantilla, cuando el ambiente aún esté saturado de vapor, calor y la privacidad de los atletas esté al descubierto. Sé que estar allí con una cámara en la mano pondrá a prueba mi control sobre mi entorno y perturbará la rutina estricta de hombres acostumbrados a no ser molestados.

Guardo la hoja de registro en mi mochila, apago la pantalla de la cámara y me quedo contemplando el techo en blanco de mi habitación. No puedo darme el lujo de dudar ni de permitir que mi aversión al contacto ajeno interfiera con mi trabajo. Cumpliré con las exigencias del Coach Vance, mantendré la cámara como una barrera entre ellos y yo, y aseguraré mi lugar en el departamento de deportes sin desviarme un solo centímetro de mi objetivo.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Strong Dialog

author

Un buen inicio de historia, gracias por compartir...👍🏻

9 hours
author

gracias por compartir esta historia...
espero mucho🔥🔥🔥🔥

9 hours

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