Capítulo 1: La Geometría de las Estrellas
El perfume a mirra y jazmín quemado en los pebeteros de plata resultaba asfixiante, pero la princesa Amina mantenía el cuello erguido, sin permitir que un solo rasgo de pesadumbre cruzara su rostro. Acomodada en la mesa elevada del Gran Salón de Mármol, lucía una túnica de seda carmesí recamada en finos hilos de oro y pedrería pesada que le oprimía los hombros con la firmeza de una armadura. Ante la mirada atenta de docenas de visires, embajadores y cortesanos, ella encarnaba la perfección del protocolo imperial: distante, serena e inalcanzable.
—Amina, querida, procura sonreír un poco más —murmuró la vizcondesa Zahra desde el cojín contiguo, ajustándose las perlas de su tocado—. El embajador de las provincias del sur no ha dejado de observarte en toda la velada. Sería prudente que le mostrases algo de calidez.
—El embajador observa mis joyas, Zahra, no a mí —respondió Amina en un susurro penas perceptible, sin perder la mirada fija en el centro del salón, donde un grupo de músicos ejecutaba una lenta melodía de laúd—. Además, si sonrío demasiado, pensará que apruebo el tratado comercial que intenta imponer a mi padre. Las concesiones en los aranceles de la seda son ridículas.
Zahra dejó escapar un leve chasquido de lengua, disimulándolo tras su abanico de plumas.
—Por los cielos, niña... Ninguna dama de tu rango debería preocuparse por los aranceles mientras los sirvientes le sirven cordero especiado en vajilla de plata. Tu única tarea esta noche es lucir majestuosa.
—Y ser la estatua más bella del palacio, supongo —añadió la princesa, apenas entreabriendo los labios.
—Exactamente. Es el deber de una heredera.
Amina mantuvo la compostura durante dos horas más, respondiendo con inclinaciones de cabeza calculadas a los brindis y ofreciendo frases breves y ensayadas a los nobles que se acercaban a presentar sus respetos. Por dentro, sin embargo, su mente estaba muy lejos de los manteles de lino y los discursos vacíos de la corte. Contaba en silencio los minutos observando la inclinación de la luz de las antorchas en las paredes, calculando con precisión la hora exacta a través del ángulo de las sombras.
Cuando la medianoche finalmente cayó y el Sultán dio por concluida la recepción, Amina se retiró a sus aposentos escoltada por la guardia de honor. Tan pronto como las pesadas puertas de madera de cedro de sus habitaciones se cerraron, el ambiente cambió por completo.
—Por fin —suspiró, llevándose las manos a la nuca para soltar el pesado broche de rubíes que sujetaba su velo.
—Permítame ayudarla, mi princesa —dijo Layla, su doncella de confianza, acercándose rápidamente para desatar los ajustados cordones del corsé de seda.
—Gracias, Layla. Quítame todo esto, por favor. Siento que he llevado una montaña de piedras sobre la espalda durante toda la noche.
—Ha lucido imponente en el gran salón, señora. Todos los diplomáticos hablaban de su elegancia.
—Hablaban de un adorno, Layla —corrigió Amina, descalzándose y dejando que sus pies descansaran sobre las frías baldosas de mármol—. Querían ver si la hija del Sultán es tan dócil como parece.
—¿Y lo es? —preguntó la joven sirvienta con una sonrisa complaciente, mientras doblaba los pesados bordados sobre un baúl de roble.
Amina no respondió de inmediato. Caminó hacia un rincón del aposento que permanecía oculto tras un pesado tapiz de motivos florales. Desplazó la tela con familiaridad para revelar una pequeña puerta de madera reforzada. Tras abrirla con una llave de bronce que guardaba bajo su almohada, se adentró en una pequeña cámara secreta iluminada únicamente por la luz plateada de la luna que entraba por un ventanal arqueado sin cortinas.
Allí no había seda ni joyas. Sobre una amplia mesa de madera oscura descansaban compases de latón, tinteros, pergaminos arrugados cubiertos de anotaciones geométricas y un gran astrolabio de bronce grabado con precisión milimétrica.
—Ahí está tu verdadero banquete —comentó Layla desde el marco de la puerta, observando a la princesa con afecto—. Si el gran visir supiera que la delicada princesa Amina pasa las madrugadas calculando las trayectorias de los astros en lugar de dormir...
—El gran visir cree que las estrellas solo sirven para decorar el cielo nocturno —dijo Amina, tomando el astrolabio entre sus manos con delicadeza maternal—. No entiende que son un mapa. Un camino que no respeta ni murallas ni guardias de palacio.
Amina se acercó al gran ventanal. Sostuvo el instrumento a la altura de sus ojos, ajustando la red giratoria para alinear la regla con la posición de Sirio en el firmamento.
—¿Qué buscas esta noche en los cielos, Amina? —preguntó Layla, acercándole una pequeña lámpara de aceite para iluminar las escalas numéricas del instrumento.
—Busco respuestas que la corte no puede darme —respondió la princesa, concentrada en las marcas del bronce—. La posición de la Luna respecto a la constelación de Escorpio indica que el monzón del sur se retrasará este año al menos tres semanas.
Layla la miró con asombro y una pizca de incredulidad.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que las caravanas que vienen del desierto por la ruta de Oriente se quedarán sin pozos de agua a mitad del trayecto si siguen la programación habitual —explicó Amina, tomando una pluma de ganso para anotar una cifra en su pergamino—. Mañana le enviaré una nota anónima al capitán de los mercaderes. Si ajustan su salida cinco días antes, evitarán las tormentas de arena y llegarán a salvo a los oasis.
—Sigues salvando vidas desde esta habitación sin que nadie sepa jamás quién eres —murmuró la doncella con admiración.
—No necesito que lo sepan —dijo Amina, apoyando los codos en el alféizar de piedra y contemplando las distantes dunas que se vislumbraban más allá de las murallas iluminadas de la ciudad—. No busco gloria, Layla. Solo quiero entender cómo funciona el mundo fuera de este encierro dorado.
—Algún día el Sultán os casará con un buen señor y tal vez entonces podáis viajar y ver esas tierras con vuestros propios ojos.
Amina dejó escapar una risa amarga y se giró para mirar a su sirvienta.
—¿Casarme? ¿Crees que un matrimonio arreglado me dará libertad? Me cambiarán de un palacio a otro, de una jaula de seda a una de oro. Si me entregan a un príncipe lejano, solo seré la esposa del gobernante, obligada a sentarme a su lado en banquetes aún más largos y aburridos que el de esta noche.
—Tenéis sangre real, Amina. Ese es el destino de las princesas.
—El destino no está escrito en la sangre, Layla. Está escrito aquí —dijo Amina, señalando los mapas celestes desplegados sobre la mesa—. Las estrellas cambian de posición cada noche, se mueven, cruzan horizontes enteros sin pedir permiso a nadie. ¿Por qué tendría que conformarme yo con quedarme inmóvil?
Layla suspiró, sabiendo que no podía rebatir la determinación de su señora.
—Es tarde, mi princesa. Deberíais descansar un poco. Mañana al amanecer tenéis la audiencia pública con los sabios de la gran biblioteca y no podéis mostrar signos de cansancio.
—Ve a dormir tú, Layla. Yo me quedaré un momento más. Necesito terminar de trazar la carta náutica del Golfo de las Sombras.
—Como deseéis. Pero no prolonguéis la velada hasta el alba; sabéis cómo se pone la vizcondesa si ve ojeras en vuestro rostro.
—Descuida, estaré lista antes de que cante el primer gallo.
Cuando Layla se retiró cerrando la puerta con sigilo, la estancia quedó en completo silencio, solo interrumpido por el leve rasgar de la pluma de Amina sobre el pergamino seco. La princesa mojó la punta en la tinta negra y continuó trazando arcos y ángulos con una precisión matemática asombrosa.
Cada línea dibujada era para ella un acto silencioso de rebeldía. Mientras la ciudad dormía bajo la protección de los soldados e impuestos del imperio, ella recorría las costas lejanas, los desiertos inexplorados y los mares del sur con la sola ayuda de su intelecto. Al alzar la vista nuevamente hacia la inmensidad de la noche, apretó con fuerza el astrolabio de bronce contra su pecho. La brisa fresca del desierto le acarició el rostro traído desde las dunas, oliendo a libertad y la princesa supo en lo profundo de su ser que, tarde o temprano, su destino la llevaría mucho más allá de los muros de su palacio.







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