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Escape fallido OS

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Summary

Charles y Carlos salen para festejar a escondidas la victoria de Azerbaiyán pero son interrumpidos por una serie de sucesos inesperados, one shot basado en los vídeos de Charles después del premio

Genre
Lgbtq
Author
Sonogirlf1
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Caos de noche

La puerta de la driver room de Williams se cerró con un golpe sordo, aislando a Carlos Sainz del bullicio del paddock. El eco de los motores aún resonaba en sus oídos, una sinfonía embriagadora que ahora llevaba su nombre.

Había ganado. En Williams. Un milagro gracias a una pegatina de unicornio

Sudoroso, con el mono aún desceñido y la adrenalina latiéndole en las venas, se apoyó contra la pared, tratando de asimilarlo. Un temblor leve le recorría las manos. Había sido una carrera de locos, una estrategia perfecta, un golpe de suerte... y un talento brutal que hoy, por fin, el mundo entero volvía a ver.

No había nadie en la habitación. O eso creía.

Un leve crujido le hizo girar la cabeza. De la zona más oscura, detrás de un rack de uniformes, surgió una silueta. Charles...

No llevaba la ropa de Ferrari, sino una sudadera negra con la capucha puesta y una gorra baja. Parecía un fantasma, o un espía. Pero sus ojos, intensos y brillantes, lo delataban.

—Calos - dijo su nombre en un susurro cargado de una emoción que no podía contener.

Antes de que Carlos pudiera articular palabra, Charles cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas rápidas. No hubo un apretón de manos, ni una palmada en la espalda. Las manos de Charles se aferraron a su rostro, tirando de él con una urgencia desesperada, y sus labios se encontraron con los de Carlos en un beso furtivo, apasionado y mezclado por el sudor y el champán.

Era un beso que sabía a gloria, a revancha y a un secreto a voces que solo existía entre estas cuatro paredes. Carlos respondió de inmediato, sus propias manos rodeando la cintura de Charles para atraerlo más cerca, enterrando los dedos en la tela de su sudadera. El casco que aún sostenía con torpeza cayó al suelo con un ruido sordo, pero ni siquiera lo notaron.

Se separaron jadeantes, la frente apoyada una contra la otra. Los ojos de Charles recorrían el rostro de Carlos con una mezcla de orgullo y algo más profundo, más vulnerable.

—Lo has hecho... Amor, lo has hecho- murmuró Charles. —Esa última vuelta... he gritado tanto que me han mirado raro.

Una risa ronca y liberadora escapó de los labios de Carlos.

—No me lo creo, Charlie. No me lo creo, es el poder de la fé, amor es increíble...

—Tienes que creértelo. Es tuyo.- Charles le enmarcó el rostro de nuevo, más suave esta vez. —Y no pienso dejar que lo celebres con nadie más antes que conmigo.-

Carlos sonrió, una sonrisa amplia y genuina que le iluminaba la cara cansada.

—¿Y tu equipo? ¿No van a buscarte?

Charles negó con la cabeza, un gesto rápido y decidido.

—Les dije que tenía un dolor de cabeza y que me iba al hotel. Tienen los datos, tienen el coche. Esta noche...-

Hizo una pausa, y su mirada fue tan intensa que Carlos sintió un vuelco en el estómago.

—Esta noche eres solo mío. Nos vamos. Lejos de aquí. Solo nosotros.-

El plan era una locura. Pero en ese momento, con el sabor de la victoria en la boca y el de Charles aún en sus labios, era la única cosa en el mundo que tenía sentido.

—Me muero por llegar a casa y recibir mi recompensa.... Sonrió Carlos de manera coqueta mientras bajo sus manos a los glúteos del monegasco.

La fuga fue sencilla, la euforia del podio era un escudo perfecto. Mientras el equipo Williams aún se embriagaba de champagne y datos de telemetría, Carlos se deslizó por una puerta trasera, con una mochila al hombro y una gorra calada hasta los ojos. Charles lo esperaba dentro de un auto discreto, el motor en marcha, lejos de las miradas ávidas del paddock.

—¿Nadie te ha visto?- preguntó Charles, arrancando el coche con una fluidez que delataba lo planeado de la huida.

—Nadie-, confirmó Carlos, dejando escapar un suspiro que era mitad alivio, mitad incredulidad. —Creo que aún no se creen que haya pasado.-

—Pues ya es hora de que empiecen, ellos han visto lo increíble que eres, tan perfecto- murmuró Charles, lanzándole una mirada rápida que hizo que el aire en el coche se volviera eléctrico.

El trayecto hasta el aeródromo privado fue un silencio cargado. No el silencio incómodo de dos personas sin nada que decir, sino el de dos que tienen demasiado, y que prefieren guardarlo para un espacio donde las palabras no sean necesarias.

El avión era pequeño y lujoso, una burbuja privada que los separaba del mundo. En cuanto la puerta se cerró y el rumor del motor se convirtió en un zumbido constante, Charles continuo con su plan.

Mientras el avión ascendía sobre las luces de Bakú, Charles, que se había sentado frente a él en un sofá de cuero, desabrochó su cinturón. Sin una palabra, se deslizó de su asiento y se arrodilló entre las piernas de Carlos, con una sonrisa pícara y desafiante.

—Ahora-, susurró, deslizando las manos por los muslos de Carlos, —es cuando celebramos de verdad.-

Sus manos subieron, presionando con firmeza, y su boca encontró la de Carlos en un beso que no tenía nada del apuro furtivo de la driver room. Este era lento, profundo, deliberado. Un beso que sabía a victoria y a promesas largamente esperadas. Carlos hundió los dedos en el cabello de Charles, respondiendo con la misma intensidad.

Charles se separó solo un centímetro, su aliento caliente en los labios de Carlos.

—Te vi mantener el ritmo-, murmuró, deslizando los labios por su mandíbula hacia su cuello. —Tan agresivo, tan perfecto... me alegra que volviera mi Calos-. Mordisqueó suavemente el lóbulo de la oreja de Carlos, quien contuvo un gemido. —Mi piloto... Mi campeón. ahora te toca el premio.-

Cada palabra era una caricia, cada susurro un acto deliberado de provocación. Carlos, mareado por la victoria, la fuga y la sensación de las manos de Charles recorriéndole el torso, estaba perdiendo rápidamente el control. Su respiración se volvió más pesada, sus propias manos comenzaron a recorrer la espalda de Charles con intención, buscando la piel bajo la sudadera.

Justo cuando el mundo fuera de la cabina había dejado de existir, un tono de llamada discreto pero insistente sonó en el interfón. Se ignoró. Charles ahogó una risa contra el cuello de Carlos. —Ignóralos, no debe ser nada.- mientras seguía en lo suyo.

Pero el tono sonó de nuevo, más urgente.

La voz del piloto, profesional pero con un deje de tensión, cortó el aire como un cuchillo. —Caballeros, lamento las molestias. Tenemos una situación. Una tormenta severa sobre el Mediterráneo ha cerrado el espacio aéreo de todo el sur de Francia. Mónaco es inaccesible. Por protocolo y seguridad, estamos siendo desviados. Aterrizaremos de emergencia en Niza.-

El silencio que siguió fue absoluto. La burbuja estalló.

Charles se separó de un salto, como si le hubieran echado un cubo de agua fría. Su rostro, antes relajado y lleno de deseo, estaba ahora pálido, marcado por la frustración y la incredulidad.

—¿En Niza?- repitió Carlos, la voz ronca. La euforia se había esfumado, reemplazada por la cruda realidad. No estaban escapando hacia un refugio, sino hacia otro problema.

Charles se dejó caer pesadamente en el sofá opuesto, pasándose una mano por el rostro. La mirada de fuego que le había lanzado a Carlos minutos antes ahora se clavaba en la ventana, en la oscuridad absoluta que empezaba a rasgarse con los primeros y amenazantes relámpagos.

—Me lleva el carajo-, maldijo, en un susurro cargado de toda la frustración del mundo.

La celebración había terminado. La aventura, apenas comenzaba.

El aterrizaje en Niza fue brusco, sacudiendo los últimos restos de su burbuja de pasión. La tormenta golpeaba con furia, y la pista estaba encharcada. Bajaron del avión como dos fugitivos, encogidos bajo la lluvia torrencial, la urgencia del momento habiendo reemplazado por completo el calor de unos minutos antes.

El aeropuerto era un caos de viajeros varados y anuncios de cancelaciones. Sin equipaje, corrieron hacia la única oficina de alquiler de coches que aún tenía una luz encendida. Era un local pequeño, con carteles descoloridos y el olor a polvo y tabaco antiguo.

Una señora de cabello cano y movimientos meticulosos los atendió desde detrás de un mostrador lleno de papeles.

—Buenas noches, jóvenes. Con esta tempestad, están de suerte. Me queda el último vehículo.-

Carlos, con la gorra goteando, forcejó una sonrisa. —Perfecto. Lo que sea, con tal de salir.-

La señora, que se presentó como Madame Claudette, comenzó el proceso con la velocidad de un caracol. Mientras tecleaba datos en un ordenador, Carlos sintió la vibración de su móvil. Una, dos, tres veces. Con un suspiro, lo sacó. Eran mensajes de Lando Norris.

Lando:Oye,, ¿estás bien? ¿Dónde te metiste después de la fiesta?Lando;Todo el mundo pregunta por el héroe. Williams dice que te fuiste “indispuesto” jajaja ¿Tan fuerte celebraste?Lando:Contesta, Sainz, que me aburro.

Charles, que observaba desde al lado, no pudo evitar echar un vistazo a la pantalla. Sus ojos, antes llenos de frustración, se oscurecieron con un destello de posesividad. Una idea, mezcla de celos y una necesidad desesperada de marcar territorio, comenzó a gestarse en su mente.

—Jóvenes —interrumpió Madame Claudette—, por ser mi último cliente y por esta desgracia de tiempo... ¡les haré un descuento especial! Un diez por ciento. Pero necesito sus pasaportes otra vez, creo que anoté mal la fecha.

Carlos contuvo un gruñido de desesperación. —Señora, disculpe pero, por favor, es urgente.

Mientras la mujer revisaba cada sello con lupa, Charles, con una sonrisa demasiado inocente, sacó su propio teléfono.

—Tranquilo, Carlos. Mientras... documentamos la aventura —dijo, y antes de que Carlos pudiera protestar, levantó el móvil y tomó una foto.

La imagen capturó a Carlos de perfil, con el ceño fruncido y la gorra empapada, mirando con impaciencia a la anciana, con el mostrador de la rentadora de fondo. Era una foto robada, íntima, que contaba una historia que nadie más entendería.

Después de lo que pareció una eternidad, Madame Claudette les entregó las llaves.

—Es la furgoneta blanca, al fondo. Es un poco... rústica, pero fiable. Y les mando a dos de mis chicos en otro coche para que me la traigan de vuelta desde Mónaco.

La furgoneta no era demasiado moderna, con más abolladuras que pintura y un interior que olía a humedad. Pero era su balsa de salvación.

Una vez en camino, con Carlos al volante luchando contra el aquaplaning y los dos empleados de Claudette dentro, la absurda situación los envolvió. La tensión se rompió en carcajadas. Se reían de la locura, de la furgoneta que crujía con cada bache, de la tormenta, de ellos mismos, dos pilotos de F1, huyendo en el vehículo menos glamuroso imaginable.

Hasta que el móvil de Carlos volvió a iluminarse con otro mensaje de Lando.

La sonrisa de Charles se congeló. Sin decir una palabra, abrió Instagram y comenzó a crear una historia. En un movimiento audaz, grabó un video corto a modo de vlog donde se podía ver a Carlos conduciendo, sujetando con firmeza el volante de la furgoneta, mientras la lluvia azotaba el parabrisas y la carretera mojada brillaba bajo los faros.

Lo acompañó con un texto:El mejor chofer de la ciudad

Era un mensaje para un público de uno, lanzado a las masas.

—¿Qué estás subiendo, Charlie? —preguntó Carlos, concentrado en la carretera.

—Nada —respondió Charles, guardando el teléfono con una sonrisa de satisfacción—. Solo... documentando nuestro pequeño desvío para la posteridad.

El objetivo estaba cumplido. El territorio, marcado. Ahora solo quedaba llegar a casa, a Mónaco, con la complicidad restaurada y un secreto que, gracias a las redes, ya no era tan secreto.

La furgoneta blanca, salpicada de lodo y agotada, chirrió hasta detenerse frente al lujoso edificio de Charles en Mónaco. La lluvia aún persistente mas como llovizna que brillaba bajo las farolas. Eran casi las tres de la madrugada.

—Rápido, rápido,- murmuró Carlos, casi saltando del vehículo. Las llaves de la furgoneta pasaron de su mano a la del empleado de Claudette en un intercambio fugaz. Charles ya estaba en la acera, con la cartera en la mano, sacando un fajo de billetes.

—Por todas las molestias. Guarden el cambio,- dijo Charles, con una urgencia que no dejaba lugar a réplicas. Los dos hombres, entre confundidos y agradecidos, asintieron y se metieron en el auto, desapareciendo en la noche casi tan rápido como habían llegado.

El portón de vidrio del edificio se cerró tras ellos con un clic sordo, aislando el mundo exterior. El silencio del vestíbulo, pulcro y perfumado, fue abrumador después del rugido del motor y la tormenta. Se miraron. La tensión contenida durante horas, el deseo interrumpido en el avión, la desesperación del viaje... todo estalló en ese instante de absoluta privacidad.

Charles no esperó al ascensor. Empujó a Carlos contra la pared de mármol frío, junto a los botones de llamada, y capturó sus labios en un beso feroz, hambriento. No había suavidad, solo necesidad. Carlos respondió con la misma intensidad, sus manos agarrando las caderas de Charles, enterrándose en el abrigo mojado del otro.

Un ding los separó. Las puertas del ascensor se abrieron. Entraron, y en el reducido espacio de espejos y acero pulido, la prisa se convirtió en algo tangible. Mientras el ascensor subía, Charles se giró y volvió a besarlo, pero esta vez sus manos trabajaron en el cinturón de Carlos con dedos ágiles, desabrochándolo con una práctica de encuentros anteriores.

—Todavía no he terminado de felicitarte por ese podio,- susurró Charles contra su boca, su aliento caliente.

Carlos, con los ojos oscuros de deseo, le giró y lo presionó contra la barandilla del ascensor. —Pues date prisa, Leclerc. Llevo esperando desde Bakú.-

La puerta del ático se abrió directamente al salón, con su vista panorámica a la bahía oscura. No encendieron la luz. La tenue iluminación de la ciudad se colaba por los ventanales, bañando todo en tonos azules y plateados. La mochila de Carlos cayó al suelo, seguida por la chaqueta de Charles.

No hubo más preámbulos. La ropa, empapada y pegajosa, formó un reguero desde la entrada hasta el dormitorio. Las manos exploraron, reclamaron, redescubrieron. La urgencia del avión se transformó en una intensidad concentrada, en la certeza de que ya no habría interrupciones.

La habitación olía a lluvia, a mar y a ellos. A la intimidad recuperada. La última prenda de ropa cayó de la cama, y Carlos, con la mirada oscura y posesiva, cubrió el cuerpo de Charles con el suyo. La piel de Charles, pálida y suave a la luz de la luna que se filtraba por la ventana, brillaba contra la tez más morena de Carlos.

—Has sido muy impaciente esta noche,- murmuró Carlos, bajando la boca hasta el cuello de Charles, mordisqueando la línea de la mandíbula, saboreando el latido acelerado que palpitaba bajo su piel.

Charles solo pudo arqueaer la espalda y emitir un sonido ahogado, sus dedos enterrándose en los hombros musculosos de Carlos. —Tú... tú me llevaste al límite en ese maldito avión,- logró decir entre jadeos, mientras las manos de Carlos recorrían su torso, encontrando pezones ya erectos y pellizcándolos con una precisión que hizo gritar a Charles.

Carlos sonrió, una sonrisa de triunfo. Esta era su victoria, y Charles era su trofeo. Se movió hacia abajo, dejando un reguero de besos y mordiscos suaves por el pecho, el estómago, deteniéndose justo en la cintura. Sus manos, fuertes abrieron las piernas de Charles con una firmeza que no admitía discusión.

—Calos...-El nombre de su boca sonó a súplica y a rendición.

—Callado principe,- ordenó Carlos, su voz un susurro ronco y cargado de autoridad. —Esta celebración es mía y yo la voy a dirigir.-

Y dirigió. Con la boca y las manos, exploró y provocó cada centímetro de Charles, llevándolo una y otra vez al borde del delirio, solo para negarle la liberación, retirándose en el último segundo. Charles gemía, retorciéndose, sus dedos enredados desesperadamente en las sábanas, maldiciendo.

—Es una maldita tortura.- susurró entre gemidos.

Pero Carlos firme con una sonrisa ladina volvía a recorrer el miembro de Charles con su boca y preparandolo con sus dedos sin dejarlo llegar al climax.

Cuando Carlos decidió que era suficiente, se incorporó sobre sus rodillas. Miró a Charles, completamente entregado, vulnerable y ardiente bajo él. Tomó su propia erección y la deslizó lentamente, con una presión firme, entre las nalgas de Charles, que ya estaban preparadas y ansiosas por él.

El ingreso fue lento, deliberado, una conquista silenciosa. Carlos se detuvo cuando estuvo completamente dentro, permitiendo que Charles se adaptara, mirando cómo los ojos del monegasco se cerraban y su boca se abría en un gemido mudo de éxtasis y alivio.

—Ahora,- susurró Carlos, inclinándose para capturar sus labios en un beso profundo, —ahora es cuando gano la carrera.-

Y comenzó a moverse. No con la prisa desesperada del principio, sino con una cadencia poderosa y profunda, cada embestida una reafirmación de su control, de su fuerza. Cada empuje hacía que Charles se estremeciera, sus uñas marcando media lunas rojas en la espalda de Carlos. Los sonidos llenaban la habitación entre jadeos entrecortados, el roce de la piel, el crujido de la cama contra la pared, los nombres del otro salpicando el aire como plegarias.

Carlos cambió el ángulo, buscando y encontrando ese punto que hizo que Charles gritara, un sonido desgarrado y crudo que era música para sus oídos. Lo tenía justo donde quería: completamente a su merced, perdido en la sensación, su cuerpo respondiendo a cada movimiento con un arqueamiento involuntario.

—¿Quién te lleva a casa, Charlie?- preguntó Carlos, su voz áspera y ahogada por el esfuerzo, sin disminuir el ritmo.

-Tú... tú, Carlos, por favor...- suplicó Charles, ya sin coherencia.

Esa fue la respuesta que Carlos necesitaba. Envolvió su mano alrededor de la erección de Charles y, sincronizando sus movimientos, lo llevó al clímax con él. El orgasmo los golpeó casi al mismo tiempo, una ola brutal que los dejó temblando, jadeantes y cubiertos de un sudor pegajoso, con Carlos desplomándose sobre Charles, pero sosteniendo su peso con los codos para no aplastarlo.

Permanecieron así por largos minutos, el aire enfriándose sobre sus pieles calientes, el ritmo cardíaco de uno sincronizándose lentamente con el del otro. Carlos finalmente se separó y se recostó a su lado, tirando de las sábanas para cubrirlos a ambos. Charles se acurrucó inmediatamente contra su costado, la cabeza en su hombro, una mano sobre su pecho, sintiendo el poderoso latido que se calmaba.

No había necesidad de palabras. Carlos tenía el festejo que merecía y el trofeo no era metálico, era el hombre que amaba.

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