Joker Jones
El olor a refrigerante y aceite quemado era una constante en el taller. A sus quince años, Joker Jones ya conocía de memoria el sonido de las llaves inglesas y el zumbido de los compresores. Aquella tarde, mientras ajustaba las mangueras del sistema de aire acondicionado de un sedán antiguo, el calor de la jornada parecía más denso que de costumbre.
A su lado, Marlon Murdock limpiaba una pieza con un trapo impregnado de grasa. Marlon miró de reojo la entrada del taller, cerciorándose de que Johnny Jones, el padre de Joker, estuviera ocupado en la oficina del fondo antes de hablar.
-¿Viste las noticias de esta mañana, Joker? -preguntó Marlon, bajando la voz.
Joker ni siquiera levantó la vista del motor.
-No he tenido tiempo. ¿Pasó algo?
-Encontraron otro cuerpo en la calle Oaks, cerca del deshuesadero -dijo Marlon, apoyándose en el guardabarros-. Es el tercero este mes. Todo el mundo en las calles habla de lo mismo. Es Killer Daddy; ha vuelto a las andadas.
El nombre hizo que Joker detuviera la llave por un segundo. Un frío incómodo recorrió su espalda a pesar del calor del taller. Las historias sobre el asesino en serie de niños se habían convertido en una sombra que azotaba al país de Tahou.
-La policía sigue sin tener pistas, ¿verdad? -respondió Joker, retomando el trabajo con un ritmo más acelerado.
-Nada. El tipo opera como un fantasma. Dicen que no deja huellas ni rastros de ADN, nada que sirva para identificarlo. Los periódicos locales empezaron a publicar su historial completo desde el primer caso de hace seis años en la ciudad de Venezziola. Da escalofríos leer lo que hace con esos niños. Solo espero que lo atrapen pronto antes de que decida acercarse por este sector.
-¡Muchachos, ya es hora de cerrar! -la voz firme de Johnny Jones resonó desde la oficina, interrumpiendo la conversación.
Johnny salió limpiándose las manos con una toalla. Su rostro reflejaba el cansancio de una larga jornada de trabajo, pero le dedicó una sonrisa a su hijo al ver el avance en el vehículo. Tras despedirse de Marlon y asegurar las cortinas de metal del taller, padre e hijo subieron a la camioneta de la familia para emprender el regreso a casa.
El viaje de vuelta se desarrolló bajo el silencio habitual de la autopista periférica. Johnny conducía con la vista fija en el asfalto mientras la radio emitía la canción Get Back de The Beatles a un volumen bajo. Joker miraba por la ventana, observando cómo los postes de luz pasaban de largo, con la mente todavía divagando en la conversación con Marlon.
La tranquilidad se rompió sin previo aviso.
El cielo nocturno se tiñó de un rojo violento. Un estruendo ensordecedor, similar al desgarro de una lámina de metal gigante, llenó el aire. Joker apenas tuvo tiempo de girar la cabeza hacia el parabrisas cuando vio una masa incandescente descender a una velocidad impresionante directamente hacia la carretera.
-¡Papá, cuidado! -gritó, pero el aviso fue inútil.
El meteorito embistió el vehículo. La onda expansiva y la fuerza del choque levantaron la camioneta como si fuera de papel, lo que hizo que diera varias vueltas en el aire antes de estrellarse de costado contra el muro de contención. El sonido del metal retorciéndose y el estallido de los cristales sepultaron cualquier otro ruido.
El silencio regresó, espeso y contaminado por el olor a azufre y gasolina.
En el interior de la cabina destrozada, los cuerpos de Johnny y Joker permanecían inmóviles. El impacto había sido certero y letal; un trozo de metal se había incrustado en el torso de Johnny, desgarrando su carne por completo en la zona abdominal. La hemorragia provocó poco a poco su inevitable muerte, mientras que el pulso de Joker se había extinguido casi al instante entre los restos del vehículo.
A pocos metros, en el centro del asfalto agrietado, la roca espacial comenzó a emitir un crujido interno. La superficie porosa se fracturó, abriéndose lentamente bajo el efecto de su propia temperatura. De su núcleo emergió una gema de un rojo vivo y brillante, que flotó levemente sobre los escombros como si respondiera a una atracción magnética.
El cristal se desplazó por el aire en línea recta hacia la camioneta volcada. Atravesó el parabrisas roto y se detuvo justo encima de Joker.
Sin perder su brillo, la gema descendió hasta adherirse con firmeza en el centro de la frente del adolescente. En ese segundo, una descarga de energía térmica recorrió el cuerpo inerte del chico. El calor forzó a su corazón a latir de nuevo, expandiendo el aire en sus pulmones con una inhalación violenta y desesperada.
Joker abrió los ojos, desorientado, mientras una intensa calidez sanaba sus heridas internas. El dolor físico desapareció, reemplazado por una extraña vibración que emanaba desde su frente hacia todo su cuerpo.
Al recuperar la consciencia, notó cómo su temperatura corporal se había elevado de golpe y sintió cómo su cuerpo se había transformado por completo. Al verse reflejado en el vidrio del auto, detalló que su característica más notable eran sus cejas, ahora alargadas, prominentes y de un tono rojo carmesí.
Lo primero que vio a través del humo fue el asiento del conductor, desgarrado y hecho añicos. El cuerpo de su padre yacía inmóvil, frío y sin rastro de vida. El cristal lo había salvado de la muerte, pero el precio del milagro ya estaba cobrado, llevándose el alma de la persona más importante de su vida.