LA CHICA PERFECTA
Hola.
Mi nombre es Isabela y tengo diecisiete años.
Estoy en mi último año de secundaria y, si le preguntaras a cualquiera de mis compañeros cómo soy, probablemente escucharías las mismas palabras una y otra vez:
Inteligente.
Bonita.
Amable.
Popular.
Perfecta.
Aunque, sinceramente, nunca he entendido por qué todos dicen lo mismo.
No creo ser perfecta.
Solo intento hacer las cosas bien.
Vivo con mis padres y mi hermano mayor, Mateo. Mi papá trabaja casi todo el día y mi mamá también tiene una agenda bastante ocupada, así que no somos precisamente la familia que cena junta todas las noches.
Pero nos queremos.
Eso es lo importante.
—¡Isabela! —escuché a mi mamá desde abajo—. ¡Vas a llegar tarde!
Miré el reloj.
7:18.
—¡Ya voy!
Tomé mi mochila, bajé las escaleras casi corriendo y encontré a mi mamá en la cocina.
—Otra vez vas a desayunar poco —dijo mientras me miraba.
—No tengo hambre.
—Eso dices todos los días.
Sonreí.
—Prometo comer en la escuela.
Ella negó con la cabeza, pero terminó sonriendo.
—Hoy tienes entrenamiento, ¿verdad?
—Sí. Después de clases.
—Entonces no llegues demasiado tarde.
—Lo intentaré.
Tomé una manzana de la mesa y salí.
El aire de la mañana estaba frío.
Me acomodé el cabello mientras caminaba hacia el auto que me esperaba afuera.
Mi vida era bastante normal.
Escuela.
Amigas.
Entrenamientos.
Tareas.
Exámenes.
Y, por supuesto, voleibol.
Desde pequeña me había encantado.
Ahora era la capitana del equipo.
Y aunque me gustaba ganar, lo que más disfrutaba era estar en la cancha.
Ahí no importaba quién era yo fuera de ella.
Solo importaba la pelota.
El equipo.
Y el siguiente punto.
Cuando llegué a la secundaria, apenas crucé la entrada cuando escuché:
—¡Isa!
Me giré.
Era Sofía, mi mejor amiga, corriendo hacia mí.
—Pensé que hoy no venías.
—¿Y perderme tu cara de sueño? Jamás.
Me dio un pequeño golpe en el brazo.
—Qué mala eres.
—Pero me quieres.
—Desgraciadamente.
Las dos comenzamos a reír.
Mientras caminábamos por el pasillo, varias personas me saludaron.
—Buenos días, Isa.
—¡Hola!
—¿Entrenas hoy?
—Sí.
—¡Suerte en el partido del viernes!
Sonreí y respondí a cada uno.
Nunca me había gustado ignorar a las personas.
No costaba nada ser amable.
—Por cierto —dijo Sofía acercándose a mí—, hay alguien que quiere hablar contigo.
—¿Quién?
Señaló discretamente hacia el otro lado del pasillo.
Un chico estaba parado junto a los casilleros.
Cuando me vio, sonrió nerviosamente.
—Ah...
Sofía me miró.
—Otra vez.
Suspiré.
—¿Otra vez qué?
—Otro enamorado.
—No exageres.
—Isabela, eres incapaz de darte cuenta de cuántos chicos están detrás de ti.
—No me interesa.
—Lo sé.
Seguimos caminando.
El chico se acercó.
—Hola, Isabela.
—Hola.
Parecía nervioso.
—Quería preguntarte algo.
—Claro.
Se quedó unos segundos en silencio.
—¿Te gustaría salir conmigo algún día?
Sofía me miró de reojo.
Yo sonreí.
No quería hacerlo sentir mal.
—Gracias por decírmelo.
Él pareció sorprenderse.
—¿Eso significa que sí?
Negué suavemente con la cabeza.
—Significa que me parece muy lindo que hayas sido sincero conmigo, pero no siento lo mismo.
Su sonrisa desapareció un poco.
—Ah.
—Espero que no te moleste.
—No... está bien.
—Y no quiero que esto cambie nuestra relación. Podemos seguir hablando normalmente.
Él sonrió.
—Sí. Claro.
—Entonces, ¿amigos?
—Amigos.
Nos despedimos y continué caminando.
Sofía esperó hasta que estuvimos lejos.
—Eres demasiado buena rechazando gente.
—¿Qué querías que hiciera?
—No sé. Algo más dramático.
—No.
—¿Ni siquiera un poquito?
—No.
Se rio.
—Por eso todos te quieren.
No respondí.
Simplemente seguí caminando.
Todavía faltaban unos minutos para que comenzaran las clases.
Entramos al salón.
Y entonces escuché una voz detrás de mí.
—Muévete.
Me detuve.
No necesitaba girarme para saber quién era.
Damián.
Respiré profundamente y me aparté lentamente.
Él pasó junto a mí.
Ni siquiera me miró.
—Buenos días para ti también —dije.
Se detuvo.
Giró ligeramente la cabeza.
—No te estaba saludando.
—Qué pena. Pensé que por fin estabas aprendiendo modales.
Sus amigos soltaron una risa.
Damián finalmente me miró.
Serio.
Como siempre.
—Y yo pensé que hoy tendría suerte y no tendría que escucharte.
Sonreí.
—Pues tendrás que seguir soñando.
Él negó con la cabeza y continuó caminando.
Lo miré alejarse.
Damián.
El chico más insoportable de toda la secundaria.
Y, por alguna razón que todavía no entendía...
la única persona capaz de arruinarme el humor en menos de diez segundos.
Y eso apenas era el comienzo.








