LA FLOR DE LOTO EN JOSEON

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Summary

Min Hwa-yeon solo quería terminar su novela favorita. En lugar de eso, despertó dentro de ella. Ahora ocupa el cuerpo de la villana: una dama de la corte en la dinastía Joseon, condenada en la historia original a morir ejecutada, sola y olvidada, solo por haberse interpuesto en el camino de la heroína. Pero Hwa-yeon conoce la trama de principio a fin. Sabe que la dulce Park Eun-bi no es quien aparenta ser. Sabe que el príncipe Yi Jin-ho está ciego ante la verdad. Y sobre todo, sabe que la muerte de la reina anterior—y la conspiración que la rodea—es el secreto que todos quieren enterrar. Atrapada en un cuerpo que no es el suyo, con el pánico todavía en la garganta y el deseo de volver a casa latiéndole en el pecho, Hwa-yeon toma una decisión: no va a repetir el destino de la villana. Primero, sobrevivirá. Después, entenderá. Y al final, con paciencia, elegancia y un conocimiento absoluto de las debilidades de todos, desmontará a sus enemigos uno a uno, tomará el poder suficiente para reescribir su propio final... y quizá, solo quizá, encuentre la paz que su vida real nunca le dio. Una historia de venganza calculada, secretos de palacio y una villana que decide ser la dueña de su propio destino.

Genre
Fantasy
Author
marielita
Status
2d ago
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Flor de loto en joseon


Capítulo 1 — La flor despierta

El primer pensamiento de Min Hwa-yeon fue que su colchón se había vuelto incómodamente duro.

El segundo, que el aire olía a incienso y a madera vieja, y que algo pesado y frío le rozaba la muñeca.

Abrió los ojos de golpe.

El techo que vio no era el de su departamento. No era el de ningún lugar que conociera. Era un artesonado de madera oscura, tallado con unos patrones que le resultaban vagamente familiares, como si los hubiera visto en algún libro, en alguna serie, en alguna novela que había leído cientos de veces.

*No. No, no, no.*

Se incorporó de un tirón, y el mundo le dio vueltas. Un dolor sordo le latía en la sien, y cuando bajó la mirada vio sus manos. No eran sus manos. Eran más pequeñas, más delicadas, con uñas largas y cuidadas, y un anillo de jade que no reconocía le ceñía el dedo anular.

El pánico le subió por la garganta como un vómito.

—¿Qué...? —susurró, y su propia voz le sonó ajena. Más suave. Más joven. Más... *coreana*.

Se llevó las manos al rostro, y sus dedos temblaban. Palpó sus pómulos, su mandíbula, sus labios. Nada era suyo. Todo era de otra persona. Y sin embargo, estaba ella ahí, atrapada dentro de aquel cuerpo, respirando con sus pulmones, sintiendo con su piel.

*Quiero volver. Quiero volver a mi cama, a mi teléfono, a mi vida. Quiero volver.*

Cerró los ojos con fuerza, como si al apretarlos pudiera despertar de aquella pesadilla. Contó hasta diez. Hasta veinte. Cuando los abrió, seguía ahí. El techo tallado, el olor a incienso, el peso del hanbok sobre sus hombros.

Un sollozo se le escapó, y se lo mordió en el puño para silenciarlo. No sabía dónde estaba. No sabía quién era. No sabía cómo había llegado ahí. Pero algo en el fondo de su mente, algo frío y claro, empezaba a susurrarle, y no podía ignorarlo.

*Lo sé. Lo sé perfectamente.*

Porque aquel techo, aquel olor, aquel cuerpo... los conocía. Los había leído. Los había imaginado cientos de veces, acurrucada en su sofá, devorando capítulo tras capítulo de aquella novela que la había obsesionado durante meses.

*"La dama Min Hwa-yeon, condenada por celos, ejecutada a los veintitrés años, sola y olvidada."*

El aire se le heló en los pulmones.

No. No podía ser.

Se levantó de la cama con las piernas temblorosas, y el cuarto giró a su alrededor. Había un espejo de bronce en un rincón, y se arrastró hacia él, aferrándose a la pared para no caer. Cuando se miró, el rostro que le devolvió la mirada era hermoso y completamente ajeno: piel clara, cejas finas, labios de un rosa pálido. Y unos ojos oscuros que la miraban con el mismo pánico que ella sentía.

—No... —se oyó decir, y su voz se quebró. —No, no, no, esto no puede estar pasando...

Se dejó caer de rodillas, y el frío del suelo de piedra le subió por las piernas. El pánico la aplastaba, pesado como una losa. Quería gritar. Quería llorar. Quería, con toda su alma, despertar.

Pero no despertaba.

Y mientras el miedo la ahogaba, algo más empezó a abrirse paso entre el caos de su mente. Un pensamiento pequeño al principio, luego más claro, más insistente, hasta volverse imposible de ignorar.

*Sé cómo muere esta mujer. Sé exactamente qué la condena, quién la traiciona y en qué momento. Sé los nombres de todos los que la rodean, sus secretos, sus debilidades. Sé la trama completa de esta historia, de principio a fin.*

Y si sabía todo eso... entonces quizá, solo quizá, no estaba condenada a repetir el mismo final.

Se quedó allí, de rodillas en el suelo frío, respirando entrecortadamente, mientras el pánico y el cálculo libraban una batalla en su pecho. El pánico quería que gritara, que corriera, que buscara una salida. El cálculo, más lento pero más firme, le susurraba que gritar y correr no serviría de nada: estaba atrapada en aquel cuerpo, en aquel palacio, en aquella época. Y los muertos no regresan a su vida por llorar.

—Está bien —se dijo a sí misma, con una voz que no sonaba nada convencida. —Está bien. Solo... solo respira. Piensa. Sobrevive.

Pero antes de que pudiera siquiera ordenar sus pensamientos, un golpe seco sonó en la puerta.

Hwa-yeon se sobresaltó, el corazón disparado. Se incorporó de un salto, alisándose el hanbok con manos que no dejaban de temblar. La voz que llegó desde el otro lado era la de una criada, joven y sumisa.

—Dama Min, el joven maestro la espera en el jardín de los ciruelos. Dice que tiene algo importante que hablar con usted.

El mundo se detuvo.

El jardín de los ciruelos. El joven maestro. *Algo importante.*

Hwa-yeon conocía esa escena. La había leído. Era la escena exacta en la que la villana, ciega de celos, cometía el error que la condenaba para siempre.

Y ahora estaba a punto de vivirla.

Se quedó inmóvil, la mano apoyada en la puerta, el corazón latiéndole tan fuerte que creía que la criada podía oírlo. El pánico volvió a apretarle la garganta. Pero esta vez, algo más se abrió paso entre el miedo: una chispa fría, afilada, que le susurraba que aún tenía tiempo. Que aún podía elegir. Que aún podía hacer algo distinto.

Tomó aire. Lo soltó lentamente.

—Dile —dijo, y su voz sonó sorprendentemente firme— que iré en un momento.

La criada se retiró con una reverencia. Y Hwa-yeon se quedó sola, de pie en medio de la habitación, el espejo de bronce devolviéndole la imagen de una mujer hermosa y aterrada que no era ella.

*No voy a cometer tu error* —pensó, mirando fijamente a la mujer del espejo. *No voy a morir como tú. No aquí. No así.*

Y aunque sus manos seguían temblando, dio el primer paso hacia la puerta con una firmeza que no sentía por dentro.

Porque sabía exactamente cómo empezaba aquella historia.

Y estaba decidida a reescribir su final.

.

.

.

Pero lo que Hwa-yeon no sabía, mientras caminaba hacia el jardín de los ciruelos, era que aquella escena no iba a desarrollarse como la recordaba. Porque en la novela original, la criada que la llamaba era leal a ella. Y la voz que acababa de oír... no lo era.