Capítulo 1
El chico que no quería recordar
Hay sueños que uno olvida apenas abre los ojos. Se evaporan antes de que puedas siquiera entender qué mierda estabas soñando, como si tu cabeza se arrepintiera de haberte mostrado algo y decidiera borrarlo antes de que pudieras reclamarle explicaciones.
El mío no funcionaba así. El mío tenía la desagradable costumbre de quedarse en mí. Siempre empezaba de la misma manera: un camino que no reconocía, árboles a ambos lados, flores creciendo entre la hierba y un cielo naranja que parecía arder detrás de las copas. Nunca sabía cómo había llegado allí, ni cuánto tiempo llevaba caminando, pero siempre terminaba viendo la misma maldita espalda a unos metros delante de mí.
Un chico.
A veces llevaba una camiseta clara, otras una chaqueta oscura; a veces parecía estar a punto de desaparecer entre los árboles y otras caminaba tan cerca que podía distinguir la forma de sus hombros. Nunca conseguía verle la cara. Nunca. Y eso era lo que más me jodía, porque despertaba con la certeza absurda de que lo conocía. No sabía su nombre, no sabía de dónde venía, ni siquiera podía recordar el color exacto de sus ojos, pero mi cuerpo reaccionaba como si hubiera pasado años buscándolo.
Abrí los ojos de golpe y me quedé mirando el techo de mi habitación mientras intentaba recuperar el aire. Tenía el corazón acelerado, la garganta seca y una sensación desagradable en el pecho que no desaparecía por mucho que respirara. Durante unos segundos no me moví. Solo escuché el ventilador girando encima de mí y el ruido lejano de algún auto pasando por la calle. Luego giré la cabeza hacia el reloj que estaba sobre la mesa de noche.
6:41. Perfecto.
La universidad empezaba a las ocho y yo tenía una entrega que, siendo completamente sincero, no existía todavía. Había pensado hacerla la noche anterior, pero después del turno en el bar terminé sentado con un par de amigos, luego apareció una botella, después otra, y en algún momento de la madrugada decidí que el problema de mañana era responsabilidad del Elías del mañana. El muy cabrón ahora era yo.
Me incorporé despacio y me llevé una mano a la cara. Tenía el cabello hecho un desastre, la espalda me dolía y había una botella de cerveza vacía en el suelo junto a mi cama. También había un cenicero lleno sobre el escritorio y una camisa tirada encima de una maqueta que, por la forma en que estaba aplastada, probablemente acababa de perder cualquier posibilidad de sobrevivir.
Miré todo aquello durante unos segundos y suspiré. Mi habitación parecía el resultado de una pelea entre un estudiante de Arquitectura y una tienda de bebidas alcohólicas. Y lo peor era que ninguno de los dos había ganado.
Me levanté y caminé hasta el baño. Al pasar frente al espejo me detuve. Tenía los ojos ligeramente rojos, una pequeña marca en la mejilla y una expresión que decía claramente que prefería estar muerto antes que enfrentar el día. Abrí el grifo y dejé que el agua fría me golpeara la cara. Funcionó durante unos tres segundos. Después volví a sentirlo.
El sueño. Esa maldita sensación de estar a punto de recordar algo que nunca conseguía recordar.
Cerré los ojos y la imagen volvió inmediatamente: el camino, el cielo naranja, el chico alejándose. Esta vez había estado más cerca. Podía jurarlo. Había visto algo de su rostro antes de despertarme, aunque ahora solo tenía una especie de impresión borrosa que se escapaba cada vez que intentaba atraparla. Golpeé suavemente la frente contra el espejo.
—Ya, carajo.
Abrí los ojos.
No había nadie detrás de mí.
Me reí por lo bajo, más por fastidio que por gracia. Últimamente estaba empezando a parecerme a esos tipos que encuentran significados profundos en cualquier estupidez. Un sueño no era un mensaje del universo. No era una señal. No era el destino tratando de decirme algo. Era mi cerebro haciendo lo que mejor sabía hacer cuando yo dormía: inventarse mierda sin preguntarme si tenía ganas de verla. Eso era todo. Me lo había repetido tantas veces que casi conseguía creérmelo.
Casi.
Regresé a la habitación y abrí el armario. Elegí unos jeans negros y una camiseta que encontré doblada al fondo. Mientras me la ponía, mi mirada volvió a caer sobre el escritorio. Allí estaba el cuaderno. Negro, viejo, con las esquinas gastadas y varias páginas dobladas. Me quedé quieto mirándolo porque, por alguna razón, sabía exactamente qué había dentro. Lo había abierto demasiadas veces durante las últimas semanas, siempre después de uno de aquellos sueños, siempre con la misma promesa de que sería la última. Caminé hasta él y lo abrí.
La primera página tenía un dibujo antiguo de una casa.
Pasé otra.
Un rostro.
Otra.
Un árbol.
Otra.
Una mano.
Seguí pasando páginas hasta encontrarlo.
El chico.
No era exactamente su rostro porque nunca había conseguido dibujarlo completo. Había hecho diferentes versiones, diferentes perfiles, diferentes ojos, distintas formas de cabello. Ninguna me convencía. Todas terminaban pareciendo alguien diferente. Cerré el cuaderno de golpe y lo dejé sobre la mesa como si me hubiera quemado.
No me gustaba dibujar.
O eso decía.
La verdad era más complicada y, como casi todas las cosas complicadas de mi vida, prefería no tocarla.
Hubo un tiempo en que dibujar era lo único que podía hacer durante horas sin aburrirme. Podía llenar páginas enteras sin darme cuenta del tiempo. Me gustaban los edificios, las personas, las calles, cualquier cosa que pudiera convertir en líneas sobre un papel. Por eso terminé estudiando Arquitectura. Supongo que fue la manera más fácil de convencerme de que todavía quedaba algo de aquel chico que fui. Pero hacía mucho que no me sentía así. Ahora las entregas eran entregas, los planos eran planos y las maquetas eran objetos que necesitaba terminar para no reprobar. No había magia en eso. No había pasión. Había noches sin dormir, café, trabajos acumulados y profesores preguntando por qué una línea estaba tres milímetros fuera de lugar.
Y estaba bien. O eso me decía cada vez que aparecía esa sensación incómoda de que estaba desperdiciando algo que alguna vez me había importado. Era más fácil pensar que simplemente había cambiado, que crecer significaba dejar atrás algunas cosas y aprender a vivir con lo que quedaba. Mucho más fácil que preguntarme por qué había dejado de dibujar, por qué todavía conservaba aquel maldito cuaderno o por qué, después de tanto tiempo, seguía abriéndolo cada vez que soñaba con él.
Pasé los dedos por la tapa negra antes de meterlo en la mochila y, durante un instante, pensé en dejarlo sobre el escritorio. Quizá esa era la decisión sensata. Cerrarlo, guardarlo en algún cajón y olvidarme de una vez de aquellas páginas llenas de dibujos que ya no significaban nada para mí.
Pero no lo hice.
Lo metí en la mochila junto con el resto de mis cosas y cerré el cierre con más fuerza de la necesaria, como si así pudiera encerrar también todo lo que no quería pensar. Me quedé mirando la mochila unos segundos y solté una risa seca.
Qué estupidez.
Ni siquiera sabía por qué seguía haciendo aquello. No era como si el chico fuera a aparecer de repente frente a mí y decirme:«Hola, Elías, llevo meses metiéndome en tus sueños». Aunque, siendo honesto, después de las últimas semanas ya no estaba dispuesto a sorprenderme demasiado.
Agarré el encendedor que había dejado junto a la cama, me puse la mochila al hombro y salí de la habitación. Mientras bajaba las escaleras saqué un cigarro del bolsillo de mi casaca y me lo coloqué entre los labios. Lo encendí apenas crucé la puerta de casa y aspiré profundamente, dejando que el humo me llenara los pulmones antes de soltarlo lentamente hacia el aire frío de la mañana.
Caminé media cuadra antes de sacar el teléfono para revisar la hora. 7:52. Me detuve en seco.
—Mierda.
Miré hacia la universidad, después miré nuevamente la pantalla, como si los números fueran a cambiar por lástima. No cambiaron. Guardé el teléfono y tiré el cigarro al suelo antes de terminarlo. Lo aplasté con la zapatilla y empecé a caminar más rápido. Después de unos veinte metros ya estaba prácticamente corriendo.
La mochila rebotaba contra mi espalda, el café que había comprado hacía unos minutos amenazaba con derramarse sobre mis apuntes y yo intentaba convencerme de que todavía tenía tiempo, aunque los números del reloj me decían exactamente lo contrario. Lo peor era que tenía una entrega ese día. Una entrega que, por supuesto, no había terminado. Había pasado la noche anterior diciéndome que todavía tenía tiempo, como si las tres de la mañana fuera una hora razonable para comenzar un proyecto de Arquitectura.
Luego había decidido que necesitaba descansar cinco minutos. Después apareció una cerveza. Después otra. Después alguien puso música. Y, cuando quise darme cuenta, eran casi las cuatro y mi maqueta seguía exactamente en el mismo estado en que la había dejado la tarde anterior. Excelente organización, Elías. Realmente digno de un futuro arquitecto.
Aceleré todavía más cuando vi el edificio de la facultad al fondo de la calle. Ya podía imaginarme la cara del arquitecto, la mirada de Anna y, peor todavía, la cantidad de preguntas que tendría que responder si me pedían la entrega. Sentía el pecho apretado por la carrera y una pequeña punzada detrás de los ojos que probablemente era el resultado de dormir poco, fumar demasiado y tomar decisiones cuestionables durante demasiado tiempo. Aun así, sonreí. No porque la situación tuviera algo de gracioso, sino porque había llegado a un punto en el que reírme de mis propias desgracias era bastante más sencillo que intentar solucionarlas.
Miré nuevamente la hora mientras subía las escaleras de la universidad.
8:19.
—La puta madre.
Subí los últimos escalones de dos en dos y llegué frente al salón intentando recuperar el aire. Apoyé una mano en la pared, cerré los ojos durante unos segundos y respiré profundamente. Tenía el cabello húmedo, la camiseta pegada a la espalda y el corazón golpeándome el pecho como si también estuviera arrepentido de haber elegido esta carrera. Desde el otro lado de la puerta podía escuchar la voz del arquitecto.
Ya había empezado.
Obviamente.
Me acomodé la mochila sobre el hombro, pasé una mano por mi cabello intentando hacer algo que probablemente no sirvió para nada y miré la puerta.
—Bueno, Elías —murmuré para mí—. Hazlo parecer intencional.
Y abrí.
***
Cuando entré al salón, el ruido de la puerta hizo que todas las miradas se clavaran en mí. No sé por qué en esos momentos uno siente que acaba de cometer un crimen cuando, en realidad, lo único que hizo fue llegar diecinueve minutos tarde a una entrega. Quizá era la forma en que todos te miraban, como si estuvieran esperando que dieras una explicación capaz de justificar tu existencia a esas horas de la mañana. Yo no tenía ninguna. Bueno, sí tenía varias, pero ninguna que quisiera compartir con un arquitecto que probablemente ya había perdido la paciencia conmigo desde el semestre pasado.
Me quedé junto a la puerta con el café todavía en la mano y la mochila colgándome de un hombro, intentando recuperar el aire sin parecer el imbécil que acababa de subir las escaleras corriendo. William dejó de hablar y me miró por encima de sus lentes. Yo levanté ligeramente el vaso.
—Buenos días.
Hubo un silencio incómodo antes de que William mirara el reloj que llevaba en la muñeca y después volviera a mirarme a mí.
—¿Buenos días?
—Bueno... —bajé la mirada hacia mi teléfono, aunque ya sabía perfectamente la hora—. Técnicamente sigue siendo de mañana.
Alguien soltó una risa al fondo del salón. Yo tuve que morderme el interior de la mejilla para no sonreír porque, sinceramente, si iba a llegar tarde, por lo menos quería divertirme un poco con mi propia desgracia. William negó lentamente con la cabeza y señaló mi asiento con una mano.
—Siéntese, Elías.
—Sí, señor.
—Y guarde el café.
Miré el vaso.
—Él también está tomando apuntes.
Esta vez fueron varias las risas. William cerró los ojos durante un segundo, como si estuviera haciendo un esfuerzo bastante grande por recordar por qué había elegido enseñar. Yo aproveché para caminar hasta mi carpeta antes de que cambiara de opinión y decidiera echarme.
Sentía todavía el corazón golpeándome el pecho por la carrera y la espalda húmeda debajo de la camiseta, pero intenté actuar como si todo estuviera perfectamente bajo control. No lo estaba. Nada estaba bajo control. Ni la entrega que no había terminado, ni las pocas horas que había dormido, ni el hecho de que llevaba semanas teniendo el mismo maldito sueño, ni mucho menos esa sensación extraña que había vuelto a despertarme esa mañana. Pero fingir que sí era mucho más sencillo.
Anna estaba sentada dos filas adelante y, apenas pasé junto a ella, levantó la mirada. No dijo nada. Solo me observó durante unos segundos con esa expresión suya que parecía mezclar diversión, cansancio y una especie de resignación que probablemente había desarrollado después de años de conocerme. Me senté a su lado y dejé la mochila en el suelo. El café terminó sobre la mesa y solté el aire lentamente, sintiendo por fin que podía respirar con normalidad. Anna se inclinó un poco hacia mí.
—Llegas tarde.
La voz de Anna me llegó apenas me dejé caer en la silla. Ni siquiera levanté la mirada; seguía intentando recuperar el aire y, al mismo tiempo, fingir que no estaba respirando como un idiota después de haber subido las escaleras corriendo. Me pasé una mano por el cabello húmedo, tratando de acomodarlo aunque sabía perfectamente que no había mucho que hacer por él.
—Buenos días para ti también.
Anna giró un poco hacia mí y miró el reloj que llevaba en la muñeca.
—Son las ocho y veinte.
—Ocho y diecinueve. —Replique.
—Eso no mejora absolutamente nada.
—Para mí sí.
Sonreí apenas, más por fastidiarla que porque realmente me pareciera gracioso. Anna me sostuvo la mirada durante unos segundos con esa expresión que ya conocía demasiado bien. No necesitaba decirme que estaba hecho mierda; su cara lo estaba diciendo por ella. Bajó la mirada hacia mi camiseta, luego hacia mis manos y finalmente hacia la mochila medio abierta que había dejado junto a la carpeta. Sentí que estaba haciendo un inventario silencioso de todos mis malos hábitos antes de decidir por cuál empezar.
Sonreí de lado y abrí el cuaderno frente a mí, fingiendo que de repente tenía un interés enorme por la clase. No quería seguir hablando del tema porque sabía perfectamente hacia dónde iba a llevarme. Anna siempre empezaba preguntando cuánto había dormido y terminaba preguntándome por qué seguía llegando a casa de madrugada, por qué fumaba tanto o por qué tenía esa costumbre de tratar mi cuerpo como si fuera una cosa que podía dejar de cuidar sin consecuencias. No tenía ganas de escuchar un sermón a las ocho de la mañana, y mucho menos después de una noche como la anterior.
Por unos segundos pensé que había conseguido librarme, pero Anna volvió a inclinarse ligeramente hacia mí.
—Hueles a cigarro —dijo Anna, acercándose un poco mientras hacía una mueca.
Bajé la mirada hacia mi camiseta, como si fuera posible descubrir el olor observándola.—¿Sera porque fumo?
—Ya lo sé.
—Entonces, no entiendo la sorpresa.
—También hueles a cerveza, elias.
Me quedé callado un segundo. Había intentado que el cigarro fuera lo suficientemente fuerte como para ocultar el resto, pero aparentemente había fracasado. Miré de reojo a Anna y solté una pequeña risa, negando con la cabeza.
—Eso ya es un poco más preocupante.
Anna soltó una risa corta y se tapó la boca justo cuando el profesor volvió la mirada hacia nosotros. Yo bajé la cabeza, escondiendo una sonrisa mientras fingía buscar algo dentro de mi mochila. Con ella siempre era así. Podía señalar cada una de mis estupideces, burlarse de mí y recordarme lo desordenada que se había vuelto mi vida sin conseguir que realmente me molestara.
Anna me conocía demasiado bien. Sabía cuándo estaba cansado, cuándo estaba de mal humor y, peor todavía, cuándo estaba fingiendo que algo me importaba una mierda. Era una habilidad bastante jodida, porque significaba que con ella casi nunca podía esconderme detrás de una respuesta sarcástica. Quizá por eso seguía siendo mi mejor amiga. Aunque, obviamente, jamás se lo diría. Podría aprovecharse.
—¿Qué? —pregunté al notar que seguía mirándome.
—Nada. Solo estoy pensando que algún día vas a meterte en un problema de verdad.
—Qué fe me tienes.
—Te conozco.
—Ese es precisamente el problema.
Sonrió y volvió a mirar hacia el frente. Yo hice lo mismo, intentando prestar atención a la clase, aunque mi cabeza seguía en cualquier parte menos allí. Tomé el lápiz y empecé a moverlo distraídamente entre los dedos mientras el profesor hablaba sobre algo relacionado con el proyecto que debía entregar. Intenté escuchar. De verdad. Pero después de unos minutos mi atención volvió a escaparse hacia la ventana, casi por costumbre.
El pasillo estaba vacío. No había nadie. Aun así, me quedé mirando durante unos segundos más, sintiendo esa incomodidad que había comenzado desde que desperté. Era una sensación estúpida, difícil de explicar y todavía más difícil de ignorar, como si mi cabeza estuviera intentando llamar mi atención sobre algo que yo no quería recordar.
Volví la mirada hacia mi cuaderno y respiré hondo. El profesor seguía hablando, Anna tomaba apuntes a mi lado y el resto de la clase parecía continuar con absoluta normalidad. Entonces bajé la mirada hacia el margen de la hoja y descubrí que había empezado a dibujar sin darme cuenta. Una línea, luego otra. Me quedé quieto, observando lo que estaba haciendo, hasta que reconocí la forma de unos ojos que había visto demasiadas veces mientras dormía.
Fruncí el ceño y cerré el cuaderno de golpe.
Guardé el lápiz dentro de la mochila y me recosté contra la silla, intentando volver a prestar atención a la clase. En cambio, no podía dejar de pensar en el dibujo que acababa de hacer. Había sido apenas un boceto, unas cuantas líneas rápidas que ni siquiera había terminado, pero había algo en ellas que me molestaba. No porque estuviera mal hecho. Todo lo contrario. Se parecía demasiado a él. A ese chico que llevaba semanas apareciendo en mis sueños y que yo ni siquiera conocía.
Abrí nuevamente el cuaderno debajo de la mesa y miré el dibujo durante unos segundos. Después pasé la yema de los dedos por el papel, siguiendo distraídamente las líneas del rostro. No recordaba haberlo visto nunca. No recordaba su voz, ni su nombre, ni siquiera estaba seguro de haber cruzado alguna vez una palabra con él. Entonces, ¿por qué podía dibujarlo con tanta facilidad? ¿Por qué mi mano parecía reconocer algo que mi cabeza no podía recordar? Cerré el cuaderno de golpe y lo metí dentro de la mochila, sintiendo una incomodidad extraña en el pecho.
No quería pensar en eso.
No quería volver a soñar con él.
Y, sobre todo, no quería descubrir que quizá aquellos sueños no eran sueños después de todo.
Miré una última vez hacia la ventana.
El pasillo seguía vacío.
Pero esta vez tuve la certeza de que alguien me estaba observando.








