Prólogo
Me siento tan perdida.
Esto no es un grito de ayuda aunque así lo parezca, ni tampoco una solicitud abierta de compasión; esta es solo la voz de mi alma pidiendo ser puesta en papel. Palabras que harán oraciones, quizás algunas más perdidas que otras y algunas sin ningún sentido. Así que, si mi sentir resuena contigo, no me castigues con un juicio frío. Mis líneas aún son jóvenes y algo inmaduras para florecer en un campo donde ya viven muchas flores de buen color; por ahora, mis raíces solo están por debajo de la tierra, en la sombra y oscuridad, como está mi alma. Quizás al final florezca o quizás solo me marchite sin llegar a ser flor.
Me ha costado muchas perlas saladas escribir, pues mis cristales siempre están empañados y a menudo entorpecen mis palabras: mi voz ronca de pasar saliva y mi nariz tan pelada de tantos pañuelos. No quiero hacerte pensar que he perdido a alguien, no ha sido así. Creo que eso lo hace parecer aún más absurdo; siempre dicen que debe haber motivos para llorar, pero simplemente no los tengo. Solo de repente siento esa sensación, ese nudo en la garganta que llega a la cabeza y después a los ojos, como si mi saliva recorriera mi garganta en un torbellino de palabras atascadas buscando salida, pero mis labios parecen sellados con pegamento, resistiendo a toda costa y evitando dejar salir hasta el mínimo aliento. Así que a mi saliva no le queda más que subir a mis bellos cristales e invadirlos con agua salada. Sin importar el motivo o el lugar, están ahí; salen como si hubiera perdido a mi ser más amado, salen como si fueran perseguidas por un atroz monstruo, salen como si estuvieran reclusas en una cárcel y les hubieran dado su libertad. Casi nadie comprende con real valor cómo es sentirte tan vacío por dentro a pesar de tener una vida llena de todo.
Quizás este no sea el principio que esperabas; siento haber salpicado mis lágrimas a tu escritorio. No logro dejar de equivocarme y ensuciar lo que toco con mis manos, ahora también de sal. Lo siento, me disculpo demasiado, tantas veces como si siempre fuera culpable de todo, aunque sé que no es así; de nuevo, otro hábito plantado en mí como un mandamiento.
Pero no voy a abrumarte con mis lágrimas y disculpas, de eso tengo mucho en mis siguientes líneas. Por ahora no te diré mi nombre, no tiene caso ni sentido; quizás si algún día te veo en la calle me reconozcas y sientas pena por mí, y de eso ya he tenido mucho. Mi familia todo el tiempo quiere que me sienta bien de la noche a la mañana, como si se quitara de un día para otro, como si yo pudiera decirle a mi alma que deje de sentir. Hay días donde no sé qué ha provocado mis lágrimas, solo están ahí; hasta las canciones alegres me hacen llorar y, por ende, despierto con la cara pegada a los pañuelos, toda mojada y roja. A veces dejo de sentir, mis ojos son tan pesados que ni abrirlos puedo. Mis cobijas arman un búnker perfecto como los antibombas en la guerra; me siento tan protegida, tan calmada. El silencio parece apaciguar mi ruido interior. Asomarme a la ventana se siente como un suicidio para mis ojos. Todo el día uso gafas negras, disimulan muy bien, aunque se vuelve obvio tu llanto cuando las usas en casa o en lo que yo he denominado "mi cueva". Llevo días sin salir de aquí; mi único andar es del cuarto al baño y a veces a la cocina para prepararme cualquier cosa que me calme el hambre impaciente que a veces acumulo por días... A veces solo una barra de algo al día, agua y una fruta. Cuando hay días buenos, que son muy pocos, me levanto, pongo música de esa movida que me inyecta dopamina ligera mientras cocino un par de huevos y me creo toda una chef, y hasta le sonrío al sartén. Sin embargo, al sentarme a comer y apagar la música, me vuelvo a sentir inútil, sin propósito, sin nada... Solo perdida.








