El Laboratorio
La tormenta había empezado hace solo unos minutos. Los árboles se balanceaban con violencia debido al fuerte viento, las ramas chocaban entre sí, produciendo un sonido seco y constante. La lluvia caía cada vez con más fuerza, aunque algo extraño ocurría: no había ruido alguno, ni de los animales, ni tampoco de los insectos. Un rayo cayó, iluminando el bosque por una fracción de segundo, dejando ver una barrera en lo profundo. La barrera ocupaba una parte del bosque, aunque desapareció al irse la iluminación. ¿Podría ser una ilusión? El rayo había impactado sobre un árbol. El pájaro que se encontraba sobre una de sus ramas salió volando rápidamente y avanzó entre los demás árboles, pero de repente chocó con la pared invisible. El golpe lo hizo caer al suelo. Después de unos segundos, volvió a levantarse y siguió su vuelo. ¿Pero por qué estaba eso en medio del bosque?
Al atravesar la barrera, había un gran edificio, una puerta de metal, no tenía ventanas, además de una gran antena con una luz roja que parecía mantener encendida la barrera. Al entrar al edificio, se podía observar una habitación central, con una mesa, una máquina expendedora, dos sillas y un sillón. También había varios pasillos que llevaban a otras habitaciones. En una tenía un baño, nada en particular; en la siguiente, dos camas y una televisión, pero en la tercera, algo que no concuerda con lo que se vio anteriormente. Esta era más grande que las demás y contenía varias jaulas, muchas, de hecho. Cada una tenía un perro adentro... Y no solo muchas jaulas con una cantidad extravagante de estos animales, sino también todos poseían algo en común: estaban enfermos. Iban desde problemas como falta de extremidades hasta problemas internos.
Repentinamente, se escucharon pasos y una persona abrió la puerta de la habitación. Era un hombre, con pelo castaño, un poco gordito y de estatura baja. Tenía lentes y, además, una bata de laboratorio.
—Bueno, amiguitos, me tocará elegir a uno de ustedes nuevamente, pero no se sientan tristes, ustedes van a ser el pilar de una evolución de la humanidad o eso aparenta ser...
El hombre pasó por distintas jaulas, mientras los perros se echaban para atrás, asustados y gimoteando.
Este se detuvo enfrente de uno de ellos, al que le faltaba una pata y parecía tener problemas respiratorios, pues tenía muchas dificultades al respirar. El hombre lo observó durante unos segundos.
—Creo que tú serás el elegido, ya pareces bastante enfermo.
Abrió la jaula y tomó al perro, que ni siquiera trató de defenderse debido a lo cansado y débil que estaba. El hombre salió de la habitación junto con él y recorrió uno de los pasillos. Mientras caminaban, se logró escuchar a otra persona, tarareando una canción al mismo tiempo que parecía mover cosas de vidrio.
—Ya traje al paciente.
Dijo el hombre con el perro entre sus brazos.
La persona dejó sus instrumentos de trabajo sobre la mesa y lo miró.
—Excelente. Mientras menos tardemos, mejor. Ya quiero probar esta nueva versión del suero, de seguro esta vez sí funcionará. Traté de unir todas las piezas tomando como base a los que fallaron anteriormente. Según los cálculos, esta vez no debería de dar ningún tipo de problema.
El hombre lanzó un suspiro y respondió.
—De esa misma forma juraste que no fallaría el suero número 226. Ya estamos por la versión 347 y aún no logramos nada de lo propuesto. Prometiste una invención, te apoyo, pero ¿realmente vale la pena todo esto?
La persona lo miró desconcertado.
—Cálmate, James. No me digas que empiezas a dudar del Proyecto Perpetua. ¿Recuerdas de lo que hablamos? Esto es un paso para la humanidad. ¡Qué digo un paso! ¡Un pasote! ¿En serio quieres dejar tantos años de inversión ahora?
James habló con un tono de voz serio.
—No, claro que no, pero tengo el presentimiento de que tiramos por la borda nuestra vida entera por esto. Sí, el suero puede ser revolucionario, pero ¿de qué sirve si solo parece que vamos en círculos? Un suero peor que el otro. En vez de funcionar como lo planeamos, los pacientes salen con mutaciones o simplemente mueren.
La persona suspiró mientras se rascaba la nuca.
—Sí, puede ser que el suero haya fallado algunas veces.
James lo miró con incredulidad.
—¿Algunas veces? Robert, fueron 346 veces que, a mi parecer, eso no es fallar solo algunas veces.
—Bueno... sí, fueron muchísimas veces. Pero recuerda por qué hacemos esto. Incluso abandonamos nuestra carrera universitaria para poder dedicarnos al proyecto. No puedes decidir abandonarlo justo ahora, cuando estamos tan cerca. Estoy seguro de que este último suero podrá lograr lo prometido.
James mostró una expresión de duda, pero estaba dispuesto a apoyar a su compañero de bata blanca.
—Está bien. Vamos de nuevo. Un intento más. Pero sigo creyendo que los perros son una mala elección.
Robert, que estaba colocando el suero en una ranura, donde la misma se encontraba al lado de la cámara de pruebas, respondió:
—Es que no hay otro animal con el que podamos intentarlo. Los perros son bastante comunes en la ciudad. Las ratas son incluso más abundantes, pero no pienso trabajar con ellas. Así que vamos con la prueba número 347: ¡el suero que permitirá curar cualquier enfermedad, regenerar cualquier parte del cuerpo y permitirnos vivir de forma casi infinita!
James lo miró fijamente.
—¿Tienes que decir eso cada vez que hacemos otra prueba?
Robert dijo:
—Es súper necesario.
Entonces, luego de decir eso, señaló una sala hecha completamente de un vidrio resistente.
—Sin tanta charla, mete al paciente a la cámara de pruebas.
James metió al perro dentro de la cámara de pruebas. En el interior había un brazo robótico que sostenía una jeringa.
Robert se colocó frente a un panel de control.
—Solo queda apretar el botón y observar.
Luego de realizar aquella acción, el brazo robótico se acercó lentamente hacia el perro, que estaba acostado en una esquina, sin posibilidad de defenderse o escapar, y poco a poco fue acercando la jeringa a su pata izquierda.
Robert estaba observando atentamente a través del cristal.
—Bien, vamos, inyéctale el suero.
El brazo clavó la jeringa en el animal.
Durante unos segundos, no ocurrió nada. James miró el cronómetro.
—10 segundos, aún no hay reacción.
Robert frunció el ceño y dijo:
—Espera, necesita un poco más de tiempo, debe funcionar.
Pasaron otros 5 segundos y James habló.
—15 segundos.
Robert, que observaba a través del cristal, empezó a apretar sus puños con fuerza.
—Vamos, levántate, haz algo.
James habló nuevamente.
—25 segundos.
Robert le dio un puñetazo al cristal.
—¡Levántate YA, esto tiene que funcionar!
Pasaron otros 5 segundos y el perro lentamente abrió los ojos.
Con una sonrisa en el rostro, Robert miró a James.
—¿Lo ves, James? Abrió los ojos. ¡Los abrió!
Pero el perro repentinamente comenzó a mover sus patas de manera brusca.
James, preocupado, se acercó a los monitores.
—Esto no es bueno...
Robert, ansioso, dijo:
—¿Qué cosa no es buena? Abrió los ojos, mostró una reacción.
Los monitores enloquecían; unos fuertes pitidos provenían de ellos.
—Robert, sus signos vitales están muy altos.
A lo que él respondió:
—Seguro es solo un efecto secundario, ya se calmará. El suero va a cumplir su función, de eso estoy seguro.
Pero James, que estuvo anotando los cambios del paciente, recriminó:
—Robert, ¿no ves su boca? Tiene espuma, no va a sobrevivir. Muestra los mismos síntomas que los anteriores.
Robert se quedó callado mientras se acercaba más al vidrio, observando atentamente una de sus patas.
—No... su pata está deteniéndose. Otra vez no...
Los monitores se calmaron y solo se escuchó un último pitido largo.
A lo que James encendió su grabadora, haciendo una nota de voz.
—Hora de la muerte: diez y veintidós de la noche. Paciente número 356. Suero número 347.
Robert, con un susurro, dijo:
—Cinco años...
James, que no lo había escuchado, le preguntó:
—¿Qué dijiste?
Robert golpeó una vez más el vidrio.
—¿Cinco años para esto? Tantas pruebas, tanto tiempo, tantos pacientes. Se supone que esta versión debía ser la definitiva, esta debía funcionar.
James se acercó y colocó su mano sobre su hombro.
—Creo que ya es tiempo de dejar todo esto.
Robert solo se quedó callado.
—Aún tenemos tiempo para tener una vida normal, Robert.
Los dos solo se quedaron en silencio durante unos segundos. Todo aparentaba que solamente dejarían su proyecto atrás. Pero, de un momento a otro, el monitor otra vez emitió pitidos, esta vez lentamente.
James se giró hacia los monitores.
—¿Oíste eso?
Los pitidos de la máquina eran estables.
Robert, emocionado, volvió a mirar al perro.
El perro lentamente abrió los ojos. Robert no pudo evitar gritar.
—Sí, sí, sí, levántate, vamos... ¡LEVÁNTATE!
El pelaje comenzó a crecer, sus dientes mejoraron y su pata, que había perdido, estaba regenerándose.
James no podía creerlo. El suero por el que tanto trabajaron con su compañero al fin funcionaba.
—Su pata está regenerándose... ¡El suero es funcional!
Robert, completamente eufórico, soltó un grito.
—¡NUESTRO SUERO FUNCIONA!
El perro, completamente sano, caminó hasta la pared de vidrio. Del otro lado estaban James y Robert. Los miró y comenzó a ladrar feliz.
Robert agarró la grabadora que estaba sobre la mesa y, con una sonrisa, dijo:
—Por primera vez en cinco años, podré decir esto.
Encendió la grabadora.
—Suero número 347: ¡EXITOSO!
Fin del capítulo 1








