Chapter 1: Zhenya
La lluvia llevaba varias horas cayendo sobre Woodinville, cubriendo los árboles que rodeaban la propiedad con una fina capa de humedad y convirtiendo el largo camino privado que conducía hasta la casa en una superficie oscura y brillante bajo la tenue iluminación exterior. Era casi medianoche y, a diferencia de las zonas más cercanas a Seattle, aquella parte de Cottage Lake permanecía prácticamente en silencio durante esas horas, con las propiedades separadas por grandes extensiones de bosque y la carretera principal lo suficientemente lejos como para que el ruido de los vehículos apenas llegara hasta allí. La casa se encontraba al final del camino, rodeada de árboles y completamente aislada de las viviendas vecinas, una residencia grande de dos plantas, moderna y elegante, pero deliberadamente discreta, que la Directorate of Strategic Intelligence había puesto a disposición de una de sus especialistas. Para cualquiera que pasara por la zona habría parecido simplemente la vivienda de alguien que prefería la privacidad, pero para Evgeniya Volkova aquella tranquilidad tenía un propósito mucho más importante. Había sido enviada a Seattle hacía apenas un par de semanas y necesitaba un lugar desde el que pudiera trabajar sin llamar demasiado la atención, lejos de las miradas curiosas y de cualquier persona que pudiera interesarse por sus horarios, sus visitas o su verdadera razón para encontrarse en Washington. La mayoría de las habitaciones estaban completamente a oscuras aquella noche, pero una ventana del segundo piso permanecía iluminada, dejando escapar una pequeña franja de luz entre las ramas de los árboles. Dentro de aquella habitación, Evgeniya seguía trabajando.
Sentada frente a un escritorio cubierto por varias pantallas, Zhenya mantenía la mirada fija en la información que tenía delante, sin mostrar señales de querer terminar pronto. Vestía completamente de negro, como era habitual en ella, con una camisa sencilla y pantalones oscuros, mientras su largo cabello negro caía liso sobre su espalda hasta llegar a la cintura. Entre aquella oscuridad había un detalle imposible de ignorar: una pequeña franja de cabello blanco que nacía naturalmente en la parte delantera derecha de su cabeza y se mezclaba con el resto de su cabello, extendiéndose ligeramente hacia la zona de la sien. Una parte de su ceja derecha también presentaba aquella misma coloración, algo que había tenido desde nacimiento y que hacía todavía más particular su apariencia. Sus ojos, enormes y extremadamente oscuros, permanecían atentos a cada línea que aparecía en la pantalla, aunque el cansancio comenzaba a acumularse después de una jornada demasiado larga. Sobre la mesa había una taza de café que había dejado de beber hacía más de una hora y varios documentos que ya había revisado tantas veces que prácticamente podía recordar su contenido de memoria. Frente a ella aparecía nuevamente el nombre de Richard Hawthorne, el hombre que había llevado a la DSI hasta Seattle y cuya investigación se había convertido en una de las prioridades de Evgeniya desde su llegada.
Richard Hawthorne era exactamente el tipo de hombre que podía engañar a cualquiera que no supiera dónde mirar. Empresario exitoso, dueño de diferentes compañías y conocido por sus apariciones en eventos importantes, Hawthorne había construido durante años una imagen pública impecable. Donaba dinero a organizaciones benéficas, aparecía junto a otras personas influyentes y sabía perfectamente cómo comportarse frente a las cámaras, siempre vestido de manera elegante y acompañado por una sonrisa que transmitía seguridad. No parecía un hombre que tuviera algo que ocultar, y precisamente por eso la investigación había resultado tan complicada. Detrás de aquella fachada, sin embargo, existían demasiadas inconsistencias como para considerarlas simples coincidencias. La DSI sospechaba que Hawthorne estaba involucrado en una red mucho más grande de actividades criminales que incluía trata de personas, secuestro, extorsión, coacción, lavado de dinero y fraude empresarial, además de otras operaciones ilegales que todavía no habían conseguido demostrar. Las sospechas no eran suficientes. Evgeniya lo sabía mejor que nadie. Una organización como la DSI no podía basar una operación internacional únicamente en rumores o acusaciones; necesitaban conexiones, pruebas, documentos, testimonios y suficiente información para comprender cómo funcionaba la estructura que Hawthorne había construido a su alrededor. Su misión consistía precisamente en encontrar esas piezas y determinar cuáles eran realmente importantes.
La Directorate of Strategic Intelligence no era una fuerza policial convencional. Su trabajo se encontraba en un punto mucho más complejo entre inteligencia, seguridad y contrainteligencia, y sus miembros podían pasar meses investigando una sola organización antes de que alguien fuera siquiera consciente de que estaban observándola. Dentro de la DSI trabajaban especialistas de diferentes áreas, desde analistas financieros y expertos en inteligencia digital hasta investigadores, lingüistas, especialistas en seguridad y personal dedicado a operaciones de campo. Evgeniya pertenecía a uno de los grupos más versátiles, pues su preparación combinaba contrainteligencia, análisis de información, inteligencia digital y operaciones especiales. Era capaz de pasar horas frente a una computadora buscando conexiones que otros habían pasado por alto, pero también tenía la preparación necesaria para trabajar directamente en el terreno cuando una investigación lo requería. Hablaba ruso, inglés, francés y alemán, y tenía una memoria especialmente precisa para los rostros, nombres y detalles que encontraba durante sus investigaciones. Sin embargo, lo que más destacaba en ella no era ninguna habilidad física ni su capacidad para desenvolverse en situaciones difíciles, sino su manera de pensar. Evgeniya no acostumbraba a aceptar una explicación simplemente porque pareciera lógica; necesitaba comprobarla, buscar aquello que no encajaba y volver sobre la información hasta encontrar una respuesta que pudiera sostenerse por sí misma. Era paciente, metódica y extremadamente observadora, y pocas cosas conseguían hacerla perder la concentración.
Aquella noche había recibido un conjunto de archivos relacionados con las personas que trabajaban para las compañías de Hawthorne o que, de alguna manera, habían colaborado con él durante los últimos años. No todos eran sospechosos y tampoco significaba que todos estuvieran involucrados en sus actividades ilegales. Algunos podían ser simples empleados que desconocían por completo lo que ocurría detrás de las puertas de las oficinas donde trabajaban, y esa era precisamente la razón por la que Evgeniya debía revisar cada perfil con cuidado. Una persona aparentemente irrelevante podía estar conectada con otra que, a su vez, tuviera una relación importante con Hawthorne. Era un trabajo lento y, para alguien menos paciente, probablemente agotador, pero Evgeniya estaba acostumbrada. Desplazó lentamente la lista en la pantalla, leyendo nombres, cargos y diferentes datos mientras comparaba la información con otros registros que tenía abiertos. Un hombre de treinta y tantos años apareció primero, seguido por una mujer que trabajaba en administración, después un diseñador, un asesor financiero y varios empleados más. Ninguno llamó especialmente su atención. Continuó bajando por la lista con la misma expresión seria hasta que una fotografía apareció en la pantalla y, sin saber exactamente por qué, su movimiento se detuvo.
La mujer de la fotografía parecía completamente fuera de lugar dentro de aquella investigación. No había nada amenazante en su expresión, nada particularmente serio ni una mirada que pudiera hacer pensar que escondía algo. Era simplemente una joven sentada frente a la cámara, con el rostro ligeramente inclinado y una expresión tranquila. Su cabello pelirrojo, extremadamente rizado y abundante, caía alrededor de sus hombros y continuaba hasta aproximadamente la mitad de su espalda, formando una masa de rizos que parecía imposible de controlar. Tenía pecas por todo el rostro, especialmente sobre la nariz y las mejillas, y sus ojos eran de un verde claro que destacaba incluso en la fotografía profesional. Evgeniya observó el retrato durante varios segundos antes de bajar la mirada hacia el nombre que aparecía. Katherine Bennett. Lo leyó una vez y después volvió a hacerlo, aunque no había ninguna razón para que aquel nombre requiriera una segunda lectura. No lo reconocía. No lo había visto anteriormente y tampoco formaba parte de ninguna de las personas que la DSI había señalado como importantes dentro de la investigación. Aun así, abrió su perfil.
Katherine Bennett. Veintidós años. Nacida el 7 de agosto de 2004 en Vancouver, Columbia Británica, Canadá. Ilustradora digital. Departamento de arte. La información continuaba con datos profesionales sobre su puesto y los proyectos en los que había participado, indicando que trabajaba para una de las divisiones de entretenimiento de la compañía, dedicada al desarrollo de conceptos visuales para videojuegos, cómics y producciones animadas. Evgeniya leyó todo con atención, esperando encontrar algo que explicara por qué aquella mujer había aparecido en el listado, pero cuanto más revisaba la información, más evidente resultaba que Katherine no tenía una relación directa con el objetivo de su investigación. Era una empleada. Una ilustradora. Una mujer de veintidós años que parecía llevar una vida completamente normal dentro de una compañía que, al menos oficialmente, se dedicaba a proyectos creativos. No había nada sospechoso. Nada que justificara que Evgeniya continuara observando aquel expediente. Y, sin embargo, no lo cerró.
Sus ojos volvieron lentamente a la fotografía. Evgeniya no sabía qué estaba buscando exactamente. Quizá una explicación. Quizá algún detalle que le hubiera pasado por alto. Se dijo que era simplemente una cuestión profesional, que antes de descartar completamente a una persona debía asegurarse de que no existiera ninguna conexión que pudiera resultar relevante, pero aquella explicación comenzó a parecerle poco convincente incluso a ella misma. Había revisado perfiles mucho más complejos sin dedicarles aquella cantidad de tiempo. Había observado fotografías de personas que podían ser piezas importantes dentro de investigaciones internacionales y jamás había sentido la necesidad de regresar una y otra vez a la misma imagen. Katherine, en cambio, había conseguido algo tan sencillo como permanecer en su atención. No era una sensación que Evgeniya pudiera definir. No era confianza, porque no conocía a aquella mujer. Tampoco era admiración, porque una fotografía no podía decirle quién era realmente. Era curiosidad, pero una curiosidad extraña, demasiado personal para alguien que acababa de aparecer en una pantalla. Evgeniya amplió ligeramente la fotografía y volvió a observarla, esta vez con más detenimiento. Se fijó en sus ojos verdes, en las pecas que cubrían su rostro y en los rizos rojizos que rodeaban su cara. Después volvió a leer su nombre.
Katherine Bennett.
Cerró el expediente.
Durante unos segundos permaneció mirando la pantalla vacía antes de volver a abrir los documentos relacionados con Hawthorne. Intentó continuar exactamente donde había dejado el trabajo, pero algo había cambiado. Las cifras seguían siendo las mismas, los nombres continuaban allí y la información no había perdido importancia, pero su concentración ya no era la misma. Leyó una página completa y tuvo que regresar al principio porque no recordaba lo que acababa de leer. Frunció ligeramente el ceño, molesta consigo misma, y volvió a intentarlo. Esta vez consiguió avanzar algunos minutos antes de que el nombre regresara a su mente. Katherine Bennett. Evgeniya apoyó la espalda contra la silla y dejó escapar lentamente el aire de sus pulmones. Aquello no tenía sentido. Ella no permitía que las personas se convirtieran en distracciones, mucho menos cuando estaba trabajando en una investigación de aquella importancia. Había aprendido hacía demasiado tiempo que cualquier vínculo emocional podía convertirse en una debilidad, y por eso mantenía una distancia casi automática con todo aquello que no estuviera relacionado con su objetivo. Sin embargo, aquella noche una desconocida había conseguido atravesar esa barrera sin siquiera saber que existía.
—Concéntrate, Zhenya —murmuró en voz baja.
Volvió a mirar los documentos, pero esta vez decidió cambiar de estrategia. Si la curiosidad era el problema, entonces debía resolverla. No porque necesitara saber más sobre Katherine, se dijo, sino porque quería confirmar que realmente no existía ninguna conexión relevante con Hawthorne. Una explicación profesional. Eso era todo. Abrió nuevamente el expediente y recorrió la información disponible con mayor detenimiento, comprobando que Katherine efectivamente trabajaba en el área creativa y que no aparecía relacionada con ninguna de las personas que la DSI consideraba sospechosas. Cuanto más leía, más claro quedaba que no había ninguna razón para continuar. Katherine Bennett no era importante para el caso. No era una pieza escondida dentro de una red criminal. No era una persona que Evgeniya necesitara investigar. Era simplemente una joven canadiense que había terminado trabajando en Seattle como ilustradora digital. Y precisamente esa normalidad fue lo que más llamó la atención de Evgeniya.
Porque su mundo no era normal.
Evgeniya estaba acostumbrada a secretos, identidades falsas, investigaciones que podían prolongarse durante meses y personas que ocultaban partes enteras de sus vidas. Estaba acostumbrada a desconfiar, a analizar y a buscar aquello que los demás intentaban esconder. Katherine, al menos según aquella información, parecía pertenecer a un mundo completamente diferente. Un mundo de dibujos, proyectos creativos, colores, personajes y cosas que podían existir simplemente porque alguien había decidido imaginarlas. No había nada extraordinario en eso, y quizá precisamente por eso Evgeniya no conseguía dejar de pensar en ella. Había algo casi desconcertante en encontrar una persona que parecía tan alejada de todo aquello a lo que ella estaba acostumbrada.
Finalmente cerró el expediente una segunda vez y decidió no volver a abrirlo. Apagó una de las pantallas, recogió algunos documentos y miró el reloj. Había pasado más tiempo del que pensaba. Afuera, la lluvia continuaba golpeando los ventanales con la misma constancia, y el bosque permanecía completamente oscuro. Evgeniya se levantó de la silla y caminó hasta la ventana, quedándose unos segundos frente al cristal mientras observaba las gotas deslizarse lentamente por él. Había llegado a Seattle por Richard Hawthorne. Esa era su misión y no existía ninguna razón para desviarse de ella. Katherine Bennett no tenía importancia. No debía tenerla. Era solamente un nombre dentro de una lista de empleados, una fotografía entre cientos de fotografías y una persona que probablemente nunca tendría ningún motivo para cruzarse con ella.
Sin embargo, antes de abandonar el despacho, Evgeniya miró una última vez la pantalla donde había estado la fotografía.
Ya no estaba allí.
Y aun así podía recordarla perfectamente.
Todavía no sabía por qué aquella mujer había llamado su atención, ni por qué una simple fotografía había conseguido quedarse en su cabeza cuando había pasado años aprendiendo a no permitir que nada interfiriera con su trabajo. Mucho menos podía imaginar hasta dónde llegaría aquella curiosidad. Para Katherine Bennett, aquella noche no significaba absolutamente nada. Probablemente estaba durmiendo, leyendo, dibujando o haciendo cualquier otra cosa sin saber que, a varios kilómetros de distancia, alguien acababa de memorizar su nombre. Katherine todavía no sabía que Evgeniya Volkova existía, y Evgeniya todavía no comprendía por qué quería saber más de ella. Por el momento solo había una fotografía, un nombre y una curiosidad que parecía demasiado pequeña como para convertirse en un problema. Pero algunas cosas no comienzan haciendo ruido. Algunas comienzan de la manera más sencilla posible, casi sin que nadie lo note: con una mirada que dura unos segundos más de lo necesario, con una pregunta que no debería importar y, finalmente, con un nombre que se queda en la mente mucho después de haber apagado la pantalla.






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