Capítulo sin título 1
EL HUÉSPED DE LA SEGUNDA PLANTA
1
El ardor en mi uretra me irritaba. Aceleré el paso casi cruzando las calles sin ver en ambas
direcciones. Necesitaba un baño urgentemente o mi vejiga reventaría.
El olor a caldo me atrajo la atención hasta un pequeño restaurante con mucho movimiento. Las mesas estaban llenas y varios meseros iban de un lado a otro. Por un momento pensé que los baños estarían ocupados, sin embargo, me animé un poco y preparé unas monedas esperando cuánto cobraría el dueño por dejarme usar el retrete.
La sorpresa fue un alivio para mí. El mesero únicamente me indicó que el baño estaba en la segunda planta. No necesité pagar ni que alguien me siguiera para vigilarme. Primero asumí que arriba también tendría comensales, pero fue todo lo contrario.
El olor a sopa desapareció casi de inmediato. Arriba el olor a cartón húmedo y tela vieja era sofocante. Ese polvo espeso que se pega al fondo de la garganta cuando un lugar permanece cerrado demasiado tiempo flotaba en el aire.
No era extraño. El sitio estaba ocupado por decenas de cajas de suministros; bebidas, enlatados, cajas de cerveza y más botellas vacías. El suelo no parecía haber sido limpiado en varias semanas, pues una espesa capa de polvo oscurecía el mármol y varias pisadas de agua mezcladas con la tierra llevaban tiempo secas.
Avancé unos pasos mirando en todas direcciones en busca del baño. No estaba seguro de la ubicación. El lugar no mostraba flechas de señalización ni una puerta con el clásico letrero de baño.
Por otra parte, la arquitectura tenía un aspecto confuso. Era una mezcla entre una vivienda normal, un bar e incluso un salón de clases. Quizás en algún momento había sido todas esas cosas. Ahora solo servía como almacén de provisiones para el restaurante. Aun así, había elementos que hacían que mis suposiciones no parecieran tan descabelladas. Sofás viejos ocupaban una esquina. Un tubo de striptease seguía clavado del suelo al techo cerca de una esquina y varios pupitres apilados en otra.
Quizás nunca fue una escuela. Solo era gente con fetiches extraños.
Con la mirada busqué la primera puerta que encontrase y probé suerte. En principio se me hizo extraña pues parecía una puerta de oficina para un ejecutivo. Aluminio y cristal empañado. A medida que me acercaba fui oyendo el rumor de un pequeño motor, pero no le di importancia, quizás era un refrigerador en otro cuarto o de la primera planta en el restaurante.
Al abrir la puerta, esta se frenó un poco al deslizarse sobre el suelo sucio y un aire frío me dio en la mano. Luego fue directo a mis mejillas. En efecto, era una puerta débil que antaño ocupó la entrada de una oficina. Incluso el vidrio tenía arrancadas las letras en donde alguna vez decía: Despacho número 13.
Destrabé la puerta, pero al abrirla casi de par en par, me frené al ver el cuarto a oscuras. No era un baño. Era la habitación de una persona. Frente a mí, observé una cama y a la persona dormida en posición fetal, arropada por encima de la cabeza. Ni un pie sobresalía. Solo el cabello escapaba como si la cabeza hubiera estallado sobre la almohada, con mechones negros yendo en todas direcciones. El rumor que escuché antes era el de un viejo ventilador de pata corta encima de una silla plástica, para que el viento diera directamente sobre la persona dormida.
Fue un poco extraño, pues eran cerca de las diez de la mañana y el sol no estaba en modo pasivo precisamente. El calor era notorio, aunque la mujer parecía dormir completamente inmóvil, como congelada en su posición. La sábana era de lana gruesa y tejida, de aspecto indígena.
Me asusté. Quise cerrar la puerta de inmediato, solo que hubo algo más. Una presencia entre la oscuridad bajo la cama... La sentí. Podría escuchar el ventilador, la respiración de la mujer... ¿o no era ella? Era un gruñido. Como una fiera lista para atacar.
—Es un gato —pensé—. Uno muy grande, quizás.
No lo medité más. Cerré la puerta, pero esta se atrancó de nuevo a medio camino por la suciedad del suelo.
Lo oí de nuevo. Esta vez no sonó como el ventilador. Mis ojos se desviaron hacia el cuerpo de la mujer. Me asustaba la idea de despertarla y que gritase del espanto. Era normal asustarse al ver a un desconocido espiándote mientras duermes.
La chica no se movió. Respiré aliviado. Jalé con más fuerza la puerta mientras, con la otra mano, intentaba levantarla un poco del suelo. Eso ayudó a suavizar el arrastre.
Cuando la puerta estuvo a punto de cerrarse, la luz del balcón alcanzó la cama. Vi un ojo. No supe si estaba abierto desde antes. Mi corazón se aceleró, mas no me detuve; continué jalando la puerta. Se oyó el clic del pestillo en la cerradura.
¿Debería disculparme? Solo busco el baño. Eso seguramente empeoraría la situación.
Rápidamente fui en busca del baño, en otras circunstancias me habría marchado, pero mi vejiga se lo impedía. La última opción era continuar por un pequeño pasillo más allá de la
puerta. Lo seguí.
Al llegar al baño, este definitivamente gritaba “burdel” en cada detalle. Los espejos tenían luces y diseños excéntricos. Los excusados estaban cubiertos con puertas al estilo taberna del salvaje oeste. Admití que aquello sí se me hizo cómico.
¿Y si la mujer huye gritando? ¿O si viene a confrontarme? A la mierda, no hice nada.
El sonido de mi orina contra el charco del excusado resonó por toda la segunda planta. Sentí un alivio absoluto.
Al terminar, bajé la palanca. El agua comenzó a correr y fue entonces que lo escuché otra vez. Ese gruñido. Esta vez no hubo forma de confundirlo con otra cosa. Se me erizó la nuca.
Salí a toda prisa. Solo que no me resistí a echar un último vistazo a la puerta mientras bajaba
las escaleras. Estaba abierta, apenas un poco. Lo suficiente para notar una figura, una silueta negra, pequeña, encorvada, mirándome con detenimiento. Casi tropecé.
Bajé las escaleras convencido de que alguien iba a agarrarme del hombro. Al llegar al primer piso, el ruido de los platos volvió de golpe. La gente se reía y hablaba con naturalidad. El ruido de la cocina, el humo, el olor a comida; todo era normal.
Me quedé quieto un instante. El llanto de un bebé en una de las mesas me sonó lejano. Respiré un segundo y dirigí la mirada a las escaleras esperando ver una mierda horripilante, sin embargo, nadie bajó.
Entonces, me largué de ahí, sin preocuparme por dar las gracias al mesero que me dio el permiso de usar el baño.
—Que se joda, pensé.
—Por favor, no exageres. Seguro fue un perro o un gato —comentó Camila cuando Alan terminó de relatar su anécdota.
—Quizás, pero no tenía el aspecto de un animal, era como esos gnomos de jardín que ponen en las entradas de las casas gringas. Las he visto en películas.
—Tú mismo dijiste que estaba oscuro; además, solo una mascota gruñiría al ver que había un intruso mientras su dueño estaba vulnerable.
—Como sea, fue aterrador. Casi me cago del susto.
—Tontito, ven aquí. —Camila lo acercó a ella y lo besó.
—¿Y si vuelves? —preguntó Camila.
Alan tardó demasiado en responder.
—No pienso volver a pasar por esa calle.








