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Relatos de las sombras

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Summary

Mil quinientos años de condena. Un libro que se llena con las miserias del mundo. Y un espectro sin nombre que mueve los hilos de la historia en busca de su libertad. Desde pactos imposibles y criaturas antiguas hasta tragedias nacidas de los deseos más humanos, estas historias recorren distintas épocas para revelar que ningún deseo es gratuito y que toda elección tiene un precio. Bienvenido a Relatos de las Sombras, donde el final de cada historia puede ser apenas el comienzo de algo mucho más oscuro.

Genre
Fantasy
Author
J.L.A.
Status
2h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Tinta, hueso y sombra

El viento en la cara norte de la montaña no soplaba; aullaba como una bestia herida que intentaba arrancar a Marcus de la pared de roca. Sus dedos, protegidos por guantes de fibra técnica ya deshilachados, buscaban desesperadamente una grieta, un saliente, cualquier irregularidad en el granito congelado que le permitiera ganar unos centímetros más. A esa altitud, el oxígeno era un lujo que sus pulmones apenas podían costear.


-Solo un poco más, Marcus -se decía a sí mismo, pero su voz no era más que un eco sordo dentro de su propia mente.


Hacía horas que había dejado de sentir los pies. El frío era una quemadura constante que se había transformado en un entumecimiento extraño. Sin embargo, algo lo impulsaba. No era la gloria de la cima, ni el deseo de aventura. Era una atracción magnética hacia la cumbre de ese cerro que no figuraba en los registros oficiales de la región. Una mole de piedra oscura que parecía absorber la luz del sol en lugar de reflejarla.


Dio un tirón seco con el brazo derecho. Sus músculos respondieron con una eficiencia aterradora. No hubo el habitual ácido láctico quemando sus fibras, ni el temblor de agotamiento en los tendones. En ese momento, Marcus lo atribuyó a la adrenalina, a ese "segundo aire" que los escaladores experimentan antes de la victoria o el desastre. Pero había un silencio inquietante en su pecho.


Al alcanzar la meseta de la cima, el mundo cambió. El vendaval que lo había castigado durante todo el ascenso se detuvo en seco, como si hubiera cruzado una frontera invisible. Frente a él, bajo un cielo de un color violeta hematoma, se abría la entrada a una cueva. No era una formación natural; los bordes eran demasiado rectos, demasiado perfectos, como una herida quirúrgica en la montaña.


Marcus caminó hacia la oscuridad. Sus botas no hacían ruido sobre la piedra.

Dentro, el aire olía a ozono y a biblioteca vieja, una mezcla imposible en un pico desolado. A medida que sus ojos se ajustaban a la penumbra, una figura comenzó a recortarse contra el fondo de la cueva.


Era alto, mucho más alto que un hombre común. Vestía túnicas de un negro tan profundo que parecían hechas de sombra sólida, cayendo en pliegues pesados hasta el suelo. Pero lo que hizo que Marcus retrocediera un paso fue el rostro... o la falta de él. Donde debería haber facciones, solo había una superficie lisa y oscura, una máscara de carne o tela que no reflejaba la luz.


-Has tardado más de lo previsto, Marcus -dijo el ser. Su voz no salía de una boca; vibraba directamente en los huesos del escalador, como el zumbido de una colmena.


Marcus intentó hablar, pero su garganta estaba seca como el polvo. El ser levantó una mano larga y pálida, señalando un altar de piedra donde descansaba un libro de lomos de cuero negro y páginas de un blanco cegador.


-Tu nombre ya no te pertenece -continuó el ser sin rostro-. Ahora eres el prisionero de estas páginas. Eres el escribano de lo que fue y de lo que será. Viajarás por los siglos, oculto entre las sombras, para registrar las miserias de mujeres y hombres. Tu alma solo conocerá el descanso cuando logres guiar a otro hacia esta cima. Cuando logres que un nuevo humano reclame esta pluma... tú serás libre.


-No... -logró articular Marcus, retrocediendo hacia la salida-. Yo no acepto nada. Solo vine a escalar. Me voy de aquí.


El ser sin rostro se movió con una velocidad que el ojo humano no podía seguir. Antes de que Marcus pudiera girarse, sintió unos dedos fríos como el hielo absoluto cerrarse alrededor de su brazo.


-No tienes opción, pequeño escalador. El contrato se firmó en la roca hace mucho tiempo. ¿Crees que todavía perteneces al mundo de los vivos? Ven. Mira tu obra.


El ser lo arrastró con una fuerza irresistible hacia el borde del precipicio por el que Marcus acababa de subir. Lo obligó a mirar hacia abajo, hacia la grieta traicionera que había superado hace apenas unos minutos.


Allí, encajado entre dos bloques de piedra afilados, estaba el cuerpo. Marcus reconoció la chaqueta azul, la mochila con el mosquetón de la suerte, las botas que tanto le habían costado comprar. El cuello estaba torcido en un ángulo imposible, y la nieve alrededor del cadáver estaba teñida de un rojo oscuro y brillante que se negaba a congelarse.


Marcus sintió un grito desgarrador naciendo en su alma, pero sus pulmones fantasmales no emitieron sonido alguno. Estaba viendo su propio cadáver, destrozado y solo en la inmensidad de la montaña.


-Ese es tu lastre -susurró el ser al oído de Marcus-. Ahora, toma la pluma. Tenemos mil quinientos años de historias que contar antes de que el sol decida apagarse.


Marcus se soltó del agarre del ser con un grito de pura negación. No podía ser. Aquel cuerpo allá abajo, con los ojos vidriosos mirando hacia la nada y la sangre deteniendo su flujo en el frío, tenía que ser una alucinación, un truco de la altitud para jugar con su mente.


-¡No es real! -gritó Marcus, aunque el sonido de su voz se sentía como papel rasgado-. ¡Esto es una pesadilla! ¡Me voy de aquí!


Sin mirar atrás, se lanzó hacia la ladera. No usó cuerdas ni piolet; corrió con la agilidad de quien ya no teme a la gravedad. Sus pies apenas tocaban la nieve. Saltó grietas que antes le habrían parecido mortales y se deslizó por pendientes de hielo que deberían haber destrozado su piel. Bajó a una velocidad inhumana, dejando atrás la cima, dejando atrás la cueva y a ese ser que lo observaba con un silencio que pesaba más que la propia montaña.


Descendió durante lo que parecieron horas. El aire se volvió más denso, el cielo cambió de un violeta oscuro a un gris plomizo. Marcus vio a lo lejos las luces de un pueblo, el brillo de la civilización que le prometía seguridad. Corrió hacia ellas con el corazón inexistente dándole vueltas en el pecho.

Pero, de repente, la niebla se cerró sobre él. Al dar un paso más, el frío seco de la cumbre lo golpeó de nuevo.


Se detuvo en seco. Frente a él, a escasos cinco metros, estaba la entrada de la cueva. Y allí, sentado en la misma piedra, estaba el ser sin rostro, con las manos entrelazadas sobre su regazo de sombra.


Marcus no dijo nada. Dio media vuelta y volvió a correr. Esta vez eligió la cara sur, la más escarpada. Se arrojó al vacío, esperando que el impacto contra las rocas lo despertara de aquel sueño febril. Cayó durante cientos de metros, sintiendo el viento silbar en sus oídos... pero no hubo impacto. Simplemente, sus botas aterrizaron con suavidad sobre la meseta de la cima una vez más.


El intento número diez fue una lucha frenética. El número veinte fue una carrera bañada en lágrimas fantasmales. Para el intento número veintinueve, Marcus estaba exhausto, no de cuerpo, sino de espíritu.

Cada vez que intentaba alejarse, la montaña lo "escupía" de regreso a su punto de inicio. Era como si el universo hubiera decidido que el resto del mundo ya no existía para él; solo existía la cueva, el libro y su captor.


En el intento treinta, Marcus ya no corrió. Caminó hacia el borde del precipicio, miró su cuerpo allá abajo -que ya empezaba a ser cubierto por una fina capa de escarcha- y luego se giró lentamente hacia la oscuridad de la gruta. Sus hombros cayeron, derrotados.


El ser sin rostro no se había movido ni un milímetro. La paciencia de las piedras era nada comparada con la suya.


-¿Has terminado de medir los límites de tu celda? -preguntó la voz vibrante.


Marcus entró en la cueva. Sus pasos eran pesados, como si cada uno de sus recuerdos se hubiera convertido en plomo. Se detuvo frente al altar, a una distancia prudente del ser.


-Dime... -susurró Marcus con la cabeza baja-. Dime qué es lo que quieres.


El ser se puso de pie, su figura estirándose hasta casi tocar el techo de la cueva.


-No es lo que yo quiero, Marcus. Es lo que el orden de las cosas exige. Las historias no pueden quedar en el aire; si nadie las registra, el mundo se deshace en el olvido. Ahora, tú eres el conducto.


El ser extendió un dedo largo hacia el libro de páginas blancas.


-Tu labor tiene dos filos. El primero es la observación: viajarás a través de los siglos.

Verás imperios caer y niños llorar en el barro. No puedes intervenir directamente. Si un cuchillo está a punto de cortar una garganta, tu mano pasará a través del acero como si fueras humo. Tu castigo es ver y escribir, hasta que la última letra del último hombre sea plasmada.


Marcus apretó los puños. -¿Y el segundo filo? Dijiste que podía ser libre.


-La manipulación sutil -respondió el ser, y Marcus juró detectar una nota de ironía en la vibración-. Para salir de aquí, debes traer a tu sucesor. A lo largo de tus viajes, podrás mover pequeñas piezas en el tablero del mundo. Una carta que llega tarde, un susurro en el oído de un viajero, una luz que parpadea en la cima de esta montaña en una noche de tormenta. Debes guiar a un humano específico, uno con la voluntad suficiente para escalar este horror, hacia esta cueva. Solo cuando él tome la pluma por su propia voluntad, tú podrás cruzar la puerta que ahora está cerrada para ti.


Marcus miró el libro. La blancura de las páginas parecía burlarse de él.


-¿Cómo sabré quién es? -preguntó Marcus.


-Lo sabrás -dijo el ser, acercándose a él-. Porque verás en él la misma chispa de arrogancia que te trajo a ti aquí. Pero ten cuidado, Escribano: cada vez que manipules el mundo para traerlo, la historia que estás escribiendo podría volverse más oscura. El precio de tu libertad es el sufrimiento que decidas ignorar o causar.


El ser tomó el brazo de Marcus una última vez. El frío fue tan intenso que Marcus sintió que su alma se fragmentaba.


-Empecemos -sentenció el ser, y su voz no fue un susurro, sino un decreto que hizo vibrar los cimientos de la montaña maldita.


El ser extendió la mano y le entregó la pluma. Era un objeto extraño, hecho de un material que parecía hueso pulido, pero que vibraba con un calor oscuro. En el momento en que los dedos traslúcidos de Marcus rozaron el instrumento, un grito silencioso desgarró la cueva. No fue un grito de dolor físico, sino el sonido del alma siendo despojada de todo lo que la hacía humana.


Marcus sintió cómo sus recuerdos se licuaban. El nombre "Marcus" se deshizo en su mente como ceniza soplada por el viento.

Los rostros de sus amigos, el sabor del café por la mañana, el color de su propia habitación en la ciudad... todo fue succionado hacia el vacío del libro. Su rostro, que un segundo antes reflejaba terror y súplica, comenzó a borrarse. La nariz, los ojos, la boca; todo se fundió en una superficie lisa, oscura y carente de expresión. Sus manos dejaron de ser piel y se convirtieron en jirones de sombra estirada.


Ya no era un hombre. Era un concepto. Era el Escribano.


El nuevo ser de sombras bajó la vista hacia la pluma. Ya no sentía curiosidad ni miedo; solo sentía una compulsión absoluta, un hambre de palabras que solo el libro podía saciar. Sin dudarlo, apoyó la punta de hueso sobre la primera página blanca.


En el instante en que la pluma tocó el papel, una gota de tinta negra se expandió como una mancha de aceite. El mundo alrededor de la cueva se colapsó. Las paredes de piedra se estiraron hasta convertirse en líneas de luz y sombra que giraban a una velocidad de vértigo. Marcus -o lo que quedaba de él- sintió que caía a través de los siglos, atravesando capas de tiempo que olían a hierro, a pólvora, a incienso y a podredumbre.


De repente, el movimiento cesó. El silencio fue absoluto, pero era un silencio diferente al de la montaña. Era un silencio cargado de humedad y de un frío que calaba más allá de lo espiritual.


El Escribano abrió los ojos que ya no tenía y vio su nuevo entorno. No estaba en la cima de una montaña, sino en el interior de una estructura precaria. Sus pies de sombra no tocaban el suelo, flotaban a unos centímetros de un lodo espeso que se filtraba por las grietas de una pared de madera podrida.


Frente a él, en un rincón de la choza, dos figuras pequeñas se abrazaban bajo una manta de lana tan delgada que parecía transparente. El Escribano inclinó la cabeza. No sabía qué año era, ni en qué parte del mapa se encontraba, pero el libro en su mano izquierda comenzó a vibrar. Las páginas se pasaron solas hasta detenerse en una hoja nueva.


En el rincón, el hermano mayor, un muchacho con la cara manchada de hollín y ojos hundidos por el hambre, apretó a su hermano pequeño contra su pecho. El aire que salía de sus bocas formaba nubes de vapor en el aire gélido de la habitación.


El Escribano sintió la primera frase formándose en su mente, una frase que no le pertenecía, pero que estaba obligado a plasmar. Levantó la mano y, con un trazo elegante y firme, comenzó a escribir sobre el vacío del aire, mientras las letras aparecían por arte de magia en las páginas del libro:


"Año desconocido. El invierno no ha llegado con nieve, sino con la muerte vestida de escarcha. Dos cachorros humanos aguardan un final que no entienden, mientras el mayor sopesa el precio de su propia alma para salvar un cuerpo que ya pertenece al frío..."


El Escribano no sintió lástima. Solo sintió el peso de la tinta. La primera historia de su condena de mil quinientos años acababa de comenzar.



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