Capítulo I. Una velada interrumpida.
Es mejor cuando las cosas se olvidan, ya que no siempre las heridas pueden sanar —es como quitarse una bandita de la rodilla, la herida se va, pero deja una cicatriz.
Todo comenzó como cualquier otra noche, la casa estaba llena de ruido, gritos y risas. Los gritos de emoción se podían oír por toda la cuadra, pero era algo normal; la voz del comentarista se podía escuchar con la misma intensidad. Así es, se estaba por jugar un partido importante que cualquier aficionado entendía bien; se trataba de la semifinal.
Los invitados seguían llegando. Josh, Jerry y Ester fueron los últimos. La emoción se podía sentir en el aire. Javier estaba feliz de recibirlos a todos.
—¡Josh, chicos!, bienvenidos... pasen.
—¡Javiii! Amigo, gracias por la invitación —Jerry fue de los primeros en saludar.
—No te preocupes, es bueno que lograras llegar... por poco pensé que te ibas a quedar vendiendo otro condominio —Javier soltó una risa.
—Jaja, sí podría —dijo Jerry de forma irónica y un poco juguetona. Agregó—, pero no podía ignorar tu invitación, mi Javi.
Jerry tomó del hombro a Javier con singular entusiasmo y entró a la tan animada reunión. Ester entró detrás de Jerry, dirigiendo una sonrisa nerviosa a Javier, como si esperara el momento adecuado para acercarse a él. Josh notó la escena y no desaprovechó la oportunidad.
—No te andas con rodeos, ¿o sí, vaquero?
Una sonrisa burlona se esbozó en la cara de Josh. Javier solo pudo reír junto a su amigo.
Los amigos de Javier ocupaban toda la sala. Algunos tirados en la alfombra y otros sujetos al sillón, aferrándose con fuerza a sus asientos, brincaban, gritaban y señalaban (cualquier persona que viera esa escena pensaría que eran 7 directores técnicos gritando indicaciones a sus jugadores). El olor a cerveza y frituras inundaba el ambiente. Afuera, unas cuantas gotas comenzaron a caer; esas leves gotas rápidamente se tornaron en un aguacero.
Pero nadie le prestaba atención.
Su equipo estaba dominando el partido.
Como siempre que acontecía algo importante, Javier ofrecía su casa como punto de reunión. Le encantaba recibir a sus amigos y tratarlos con hospitalidad; era algo único que solo él tenía.
Los amigos de Javier parecían disfrutar el momento: las bebidas frías, los snacks sobre la mesita de centro; todo parecía ir bien, incluso esa extraña felicidad que sientes justo antes de que algo malo pase.
Los primeros minutos del partido empezaron agresivos, su equipo aplastaba al rival; era el primer cuarto de semifinal más intenso. La sala se llenaba de gritos y victoreos cada vez que el balón se acercaba al arco del equipo rival.
—¡Vamos, delantero... Vamooos!— Los gritos llenaban la casa, pero una voz interrumpió la atmósfera.
—Javi, necesito pasar a tu baño...
Jerry parecía inquieto; puede que la cerveza y las frituras le cayeran pesado, a lo que Javier no le dio importancia, ya que no era la primera vez que se cargaba el estómago.
—Claro, amigo, la puerta que está entre la cocina y la sala... mira —señaló diciendo—, por el lado derecho y es la puerta intermedia.
Jerry se apartó del bullicio de la reunión, cuando un sonido captó la atención de Javier.
Era un sonido conocido y muy familiar, de esos que guardas en lo profundo de la memoria. Entonces Javier notó algo raro: Jerry no estaba. Llevaba varios minutos en el baño, pero todavía no regresaba.
Al principio no le dio importancia.
Javier pensó que se estaba distrayendo con el celular o quizás había atendido una llamada para dar información sobre alguna propiedad en venta.
Otra vez. Aquel sonido volvió a captar la atención de Javier.
Riiing... Riiing...
«¿Qué es eso?...»
Riiing... Riiing...
«Ese sonido...»
Riiing... Riiing...
«Lo conozco...»
Javier miró por la sala, pero nadie parecía oírlo.
O eso creyó.
El ruido atravesaba la sala, como una aguja pinchando un dedo. Agudo. Nadie parecía escucharlo. Todos prestaban atención a la gran pantalla de sesenta pulgadas y a los movimientos de cada jugador.
«¿Lo estaré imaginando?...», pensó Javier.
Se incorporó con calma del sofá.
—¡Jerry! —gritó sin apartar la vista de la gran pantalla—. ¡Deja de perder el tiempo y trae tu trasero para acá!
No hubo respuesta.
Javier se sintió intrigado y pensó:
«Jerry es un gran aficionado, no se perdería un momento como este...»
Tampoco quería dejar de ver el partido, pero la falta de respuesta de su amigo encendió una alarma en su cabeza.
«¿Qué está pasando? ¿Por qué no responde? ¿Le pasó algo?...»
Y un sinfín más de preguntas comenzaron a rondar en su cabeza.
Javier se dirigió al baño esperando encontrar a su amigo. La puerta estaba abierta. Jerry había pasado de largo el baño, pero se podía ver de pie una silueta en la cocina.
—¿Jerry?... Amigo, no importa si rompiste un vaso o dos, te estás perdiendo el juego...
Lo que encontró no era nada de lo que esperaba. Se había imaginado que habría roto unos vasos o derramado algo en la cocina y se demoraba por tratar de limpiarlo, pero fue algo muy distinto.
—Amigo, ¿estás bien? —solo podía preguntar.
Jerry se encontraba con el teléfono de la cocina, atendiendo la llamada que minutos antes nadie había escuchado y que pensó Javier que había imaginado. La expresión de Jerry dejaba claro que no eran buenas noticias.
«¿Qué fue lo que le dijeron para ponerlo en ese estado?» Javier pensó.
La cara de Jerry estaba pálida, como si de un muñeco de cuerda se tratase.
Se acercó hacia su amigo y preguntó:
—¿Estás bien?
Jerry levantó la vista con cierta dificultad, los viejos engranajes de aquel muñeco parecían estar rotos. Apenas había movido un poco la vista cuando extendió el teléfono con un leve temblor en la mano y balbuceó:
—¡E-E-Es... p-p-para t-ti!...
Miró el teléfono en su mano antes de dejarlo sobre el pecho de su amigo. Solo se pudo oír el sonido de la puerta rechinando.
Javier observó el teléfono en su mano por un segundo, dudando si contestar o no; después de todo, ¿qué es lo que le espera del otro lado de la llamada?
Pudo sentir un vacío creciendo en la boca del estómago antes de tomar la llamada.
—¿Hola?...
Un silencio sepulcral llenó la habitación, como si todo el ruido se apartara a la distancia. Solo estaban él y el teléfono.
—Sí... entiendo.
El color desapareció de su cara.
—Gracias por llamar.
Solo podía apretar los puños.
Al terminar, se quedó con la mano sobre el teléfono por un momento, su mente estaba en blanco, pero aún podía ver temblar su mano. Tratando de entender lo que había pasado, la noticia le había caído de golpe.
—... J...
—... J..i...
—¡Javi!, ¿me estás escuchando?...— Josh había llegado a la cocina en busca de más cerveza, pero Javier parecía no entender lo que le decían. Las palabras parecían perder todo sentido cuando llegaban hasta sus oídos.
—¡Amigo!, ¿estás bien?...— Josh preguntó nuevamente con preocupación.
Javier parpadeó, como si intentara hacer arrancar su mente con cada parpadeo.
—Sí amigo, estoy bien... las cosas...— se aclaró la garganta— las cosas están en el refri y en la alacena de arriba...
Javier salió de la cocina con Josh mirándolo con preocupación.
«Ahora sé por qué Jerry reaccionó así», pensó.
Regresó a la sala buscando a su amigo Jerry.
—Jerry...— miró por la sala esperando verlo en el sillón.
Pero no se veía por ningún lado, no dudó en preguntar a sus amigos.
—No, Javi, no lo hemos visto, oye, ¿ya no hay cervezas?...
—Todavía hay en el refrigerador, tómalas con confianza... ¡Jerry!
—¡Javi!...— sonó en seco.
Era Josh tratando de averiguar qué pasaba.
—Me pareció que fue al baño, ¿todo bien, amigo?— preguntó curioso.
—Sí, hermano, todo bien... gracias.
Se dispuso a buscar en el baño a su desaparecido amigo.
Toc. Toc.
Golpeó la puerta del baño esperando respuesta.
Nada.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
—¡Jerry!... ¿Estás bien?
Acercó la oreja a la puerta para poder escuchar aunque sea un quejido.
Recibió lo mismo.
Silencio.
Solo podía escuchar el agua corriendo por el lavamanos como siseo constante, un «shhh» suave se podía escuchar al otro lado de la puerta.
—Jerry... amigo, ¿estás ahí?
Giró la perilla esperando encontrar a su amigo en el baño. Logró percibir un aroma ácido, agrio, combinado con olor a cerveza y fritura.
Al entrar al baño, Javier encontró el suelo cubierto de un líquido de olor fuerte, el espejo y el retrete estaban cubiertos del mismo oloroso líquido. Era claro lo que había sucedido; a Jerry lo habían inundado las ganas de vomitar demasiado rápido, pero había algo que aún no quedaba claro.
«¿Dónde estás?» pensó.
—Estoy seguro de que estabas aquí...
El líquido formaba un rastro de huellas que se dirigían hacia la ventana. Parecía difícil de creer, pero no sabía Javier cómo podía reaccionar su amigo después de recibir esa llamada.
Caminó con cuidado por el baño buscando algún indicio de dónde pudiera estar su amigo; el continuo ruido de la sala, los gritos, el bullicio y el constante sonido del agua corriendo por el lavamanos no dejaban pensar a Javier con claridad.
Entonces cerró los ojos por un momento, pensando en dónde podía estar su desaparecido amigo.
Los gritos y la emoción seguían en la sala, si alguien sabía a dónde fue Jerry tenían que ser ellos.
—¡Chicos!... no encuentro a Jerry por ningún lado y eso ya me preocupa. ¿Alguien sabe dónde está?
No había pasado mucho cuando del baño se escucharon las quejas de alguien.
—¡Qué asco, hermano! Alguien vomitó y se puso a jugar...
Miró a todos y respondió:
—No te preocupes, Jerry fue a comprar más cervezas y frituras... no debe tardar.
«La calle...», pensó Javier.
Jerry parecía muy afectado por la llamada.
«Algo le puede pasar».
Salió por la puerta con paraguas en mano.
La casa de Javier no era grande ni lujosa, vivía en una calle muy transitada, pero esa noche no había ni un solo carro o persona por la calle.
Excepto uno.
Bajo la lluvia podía verse una figura encogida de hombros golpeándose la cabeza con desesperación, parecía tener la intención de sacar algo de ella.
«¡Ese debe... tiene que ser él!», pensó.
—¡Jerry... espera!— Javier gritó mientras corría tratando de alcanzar a su amigo.
La lluvia golpeaba con gran furia el asfalto, como si la naturaleza quisiera recuperar lo que en un principio era suyo.
—Eso n... no, no pasa— Jerry iba por la calle, completamente empapado, seguía golpeando su cabeza con gran fuerza; como si tuviera un insecto adentro y tratara de sacarlo, el sonido de los golpes se ahogaba por la fuerte lluvia.
Jerry parecía desorientado, solo podía escuchar la lluvia caer y un leve ruido que era sofocado por el agua.
—¡Jerry!—
Jerry permaneció inmóvil por unos momentos, como si los golpes hubieran desconectado algún cable dentro de su cabeza. Las palabras que le llamaban parecían no llegar hasta él. Siguió caminando sin rumbo, hasta quedarse en la esquina de Pedregal e Indios Verdes. El silencio permaneció sobre las calles, solo el fuerte golpe de la lluvia sobre un montón de hojas que habían caído sobre el asfalto.
Jerry dio un paso hacia la avenida.
Luego el otro.
Parecía perdido en sus pensamientos, sin darse cuenta un rugido resonó por la avenida de Indios Verdes, rompiendo el silencio de aquellas calles. Los faros podían verse atravesar la densa cortina de agua, con una luz cegadora para quien la viera.
Jerry se quedó quieto. Apenas levantó la mirada, incapaz de procesar.
Solo podía pensar en la densa luz que cegaba sus ojos y en lo pesado que se había vuelto su ropa por lo mojada que estaba.
Por un instante se sintió el tiempo más lento.
Podía verlo todo con detalle.
Una envoltura de golosinas caía por la alcantarilla en círculos.
Hojas húmedas se pegaban en su pantalón, sin poder moverse.
Incapaz de moverse ante lo inminente.
—¡JERRY!...
Solo podía ver las luces acercarse.
Se escuchó el sonido del claxon y el derrape de llantas.
Javier había llegado justo a tiempo para apartar a Jerry de lo que parecía ser inevitable. Cayeron al suelo empapados, se miraron por un momento sin decir palabra. Jerry aún estaba aturdido por todo lo ocurrido.
—¿Qué estás haciendo?— Javier preguntó.
—Salí... salí a tomar aire...— respondió Jerry.
—Por favor, Jerry, tienes que calmarte— Javier trató de tranquilizar a su amigo, pero esta calma solo generó dudas en Jerry.
—¿Cómo es que puedes estar tan tranquilo después de esa llamada?
Javier no contestó, porque tampoco se encontraba bien. Esbozó una pequeña mueca en su cara y ayudó a levantar a su amigo. Caminaron de regreso sobre la calle del Pedregal hasta la casa. No importaba si se ensuciaban la alfombra o si el agua que escurrían dañaba el piso de madera, lo importante es que ya se encontraban lejos de la fuerte lluvia.
—¿Qué mierda les pasó?— preguntó Josh con curiosidad.
La sala se quedó en silencio al ver a sus dos amigos en tal estado. Lo primero que cruzó por las mentes de todos es que Javier y Jerry se habían peleado, pero no era algo que harían los dos, aún estando ebrios.
—No pasó nada, Josh, Javi me siguió porque no me sentía muy bien y quise salir a tomar aire...— la respuesta de Jerry sonaba absurda.
—Es imposible jugar con este clima, Jerry... Mucho más difícil va a ser "tomar aire", si sigue así... necesitaremos un "arca".
Javier se quedó pensando en las palabras de Josh por un momento cuando replicó:
—¿Qué pasó con el partido?
Las visitas estaban recogiendo sus cosas cuando Josh respondió:
—Van a reprogramar el juego, la maldita lluvia hace imposible que el partido siga.
Josh se subió el cierre de la chamarra antes de agregar:
—Descuida, lo van a reprogramar.
Javier se sintió aliviado, logró evitar un accidente y aún tendría la oportunidad de ver el partido, pero la llamada aún le estaba preocupando.
—Gracias por venir, amigos, hay que estar al pendiente del partido...
—Así es, Javi, gracias por invitarnos y resguardarnos de la lluvia— Josh se despedía mientras se dirigía a su carro.
—¡Gracias a ti, Josh, por acabarte el papel del baño!— Javier exclamó con una sonrisa en los labios.
El grupo de amigos se despidió con risas.
—Fue una invitación bastante entretenida, espero volver pronto— declaró una voz delicada.
—Claro que sí, Ester, eres más que bienvenida.
Ester se acercó a despedirse de Javier, su cabello oscuro, que llegaba a cubrir sus ojos verde claro, hacía recordar a Javier cuando la conoció en el Santa María.
Tras un breve abrazo, el sonido de los motores llenó la calle del Pedregal.
Primero se fue Josh...
Luego Jerry, seguido por Ester.
Poco a poco los demás se fueron a sus casas, cada despedida hacía sentir más vacía y sola la casa.
El fin de la lluvia había anunciado el final de la noche; de un momento a otro la calle había vuelto a quedar vacía. Solo la imagen de un hombre despidiéndose desde la comodidad del pórtico.
La puerta principal se cerró más lento de lo habitual, la noche aguardaba una suave brisa con un confortable olor a tierra y pasto húmedo. Cualquiera se quedaría a ver tan confortable escena. Del otro lado de la puerta se encontraba Javier, tirado y encogido de hombros.
En la cocina ya yacía el teléfono colgando del cable, siendo ignorado por Javier, como si su simple presencia reviviera aquella llamada.
Un leve sollozo acompañaba esa noche tranquila.








