La habitación cerrada
Elías sintió que las piernas le flaqueaban.
La voz había sonado exactamente igual a la de Adrián. El mismo tono tranquilo, la misma cadencia. Durante un instante, tuvo la absurda impresión de estar viendo doble.
Frente a él, Adrián había empalidecido.
—No te acerques a esa puerta —dijo en voz baja.
Pero era demasiado tarde.
La figura al final del pasillo avanzó un paso, saliendo lentamente de las sombras. La tenue luz de los relámpagos iluminó su rostro, y el corazón de Elías se detuvo.
Era Adrián.
O, al menos, alguien idéntico a él.
Llevaba la misma ropa que había usado la noche de su desaparición: una camisa negra y un abrigo oscuro empapado por una lluvia que parecía no tocar el suelo. Su cabello caía sobre sus ojos grises, pero había algo profundamente perturbador en su expresión.
Sonreía.
No era una sonrisa cálida ni nostálgica.
Era la sonrisa de alguien que conoce un secreto terrible.
—Te advertí que no volvieras —dijo aquella copia mientras inclinaba ligeramente la cabeza.
Elías retrocedió hasta chocar contra el piano.
—¿Quién eres?
La criatura no respondió. En cambio, dirigió la mirada hacia el Adrián que permanecía junto a la ventana.
—Has roto las reglas otra vez.
El verdadero Adrián apretó los puños.
—Déjalo fuera de esto.
—No puedes protegerlo para siempre.
Elías observó a uno y a otro, incapaz de comprender qué estaba ocurriendo.
—¡Alguien tiene que explicarme qué está pasando!
El otro Adrián soltó una carcajada suave.
—¿Todavía no se lo has dicho?
Adrián bajó la mirada.
—Cállate.
La copia dio un paso adelante.
—La noche en que desapareciste, no encontraste un secreto en la torre del este.
Elías contuvo la respiración.
—¿Qué quieres decir?
La sonrisa del desconocido se ensanchó.
—No encontraste algo.
Nos encontraste.
Un trueno sacudió la mansión.
De repente, todas las velas del salón se apagaron al mismo tiempo. La oscuridad los envolvió durante unos segundos interminables hasta que la luz de un relámpago atravesó los ventanales.
Y entonces, la figura ya no estaba.
Elías miró frenéticamente a su alrededor.
—¿Adónde fue?
—No lo sé —respondió Adrián, acercándose a la puerta—. Pero tenemos que irnos. Ahora.
Sin esperar una respuesta, tomó una lámpara de aceite y salió al pasillo. Elías dudó apenas un instante antes de seguirlo.
Avanzaron por los corredores de la mansión mientras el viento hacía temblar las paredes. Cuadros cubiertos por sábanas blancas aparecían y desaparecían bajo la luz vacilante de la lámpara.
—¿Adónde vamos?
—A la torre del este.
Elías lo miró con incredulidad.
—Pensé que querías que me marchara.
—Yo también lo pensaba.
Bajaron una estrecha escalera de piedra y atravesaron una galería que Elías no recordaba haber visto jamás. El ambiente se volvía más frío a cada paso.
Finalmente, llegaron frente a una enorme puerta de madera cubierta de símbolos grabados.
La torre del este.
Elías reconoció el lugar de inmediato.
Cuando eran niños, los sirvientes les prohibían acercarse. Decían que la habitación estaba maldita, que nadie debía entrar después de la puesta del sol.
Adrián apoyó la mano sobre la cerradura.
—Aquí empezó todo.
—¿Qué hay dentro?
El muchacho tardó varios segundos en responder.
—La razón por la que sigo aquí.
Empujó la puerta.
Un olor a papel antiguo y humedad escapó de la habitación.
En el centro, iluminado por la tormenta que entraba por los ventanales rotos, había un escritorio cubierto de diarios, fotografías y documentos amarillentos.
Pero no fue eso lo que llamó la atención de Elías.
En la pared principal colgaba un enorme retrato familiar.
La familia Blackwood observaba al frente con expresiones solemnes.
Elías reconoció a los padres de Adrián.
Reconoció a sus abuelos.
Y reconoció a Adrián.
Sin embargo, algo estaba mal.
Muy mal.
El retrato estaba fechado en 1898.
Y Adrián aparecía en él exactamente igual que ahora.
Con el mismo rostro.
La misma edad.
La misma cicatriz sobre la ceja.
Elías sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Eso... eso no es posible.
Adrián permaneció en silencio.
Con manos temblorosas, Elías se acercó al cuadro y descubrió una inscripción grabada en la parte inferior:
“Mientras la casa permanezca en pie, el heredero jamás abandonará sus muros.”
—¿Qué significa esto? —preguntó, apenas en un susurro.
Adrián apartó la vista.
—Significa que llevo mucho más tiempo aquí del que imaginas.
Antes de que Elías pudiera responder, un golpe seco resonó en el otro extremo de la habitación.
Los dos se giraron al mismo tiempo.
La puerta acababa de cerrarse sola.
Y, sobre el escritorio, un diario que hasta hacía unos segundos estaba cerrado comenzó a abrirse página por página, como si una mano invisible lo estuviera hojeando.
Hasta detenerse en una única frase escrita con tinta fresca:
“No debiste traerlo aquí.”








