El último amigo
Mucho antes de que los humanos llenaran los bosques de caminos, construyeran grandes ciudades y olvidaran las antiguas leyendas, existía un pequeño pueblo rodeado por montañas.
Sus habitantes vivían de la agricultura, la caza y el comercio. Las casas eran sencillas, construidas con madera y piedra, y en lo alto de la colina se levantaba un antiguo castillo que protegía al pueblo de cualquier amenaza.
Pero había algo que los habitantes temían mucho más que cualquier ejército.
Un dragón.
No era una criatura de cuentos.
Existía.
Y vivía en las montañas.
Su nombre era Darian.
Durante generaciones, los habitantes habían contado historias sobre él. Decían que era una bestia cruel, capaz de incendiar bosques enteros y derribar murallas con un solo golpe de sus enormes alas.
Sin embargo, nadie conocía realmente al dragón.
Nadie, excepto un muchacho.
—¡Darian!
La voz llegó desde el sendero que conducía hacia las montañas.
El enorme dragón abrió lentamente uno de sus ojos.
Estaba recostado sobre una formación rocosa, con las alas extendidas bajo el sol de la tarde. Sus escamas negras reflejaban ligeramente la luz y varias monedas antiguas descansaban entre sus garras.
—¡Darian!
El dragón soltó un gruñido.
—Si vuelves a gritar mi nombre de esa manera, Elián, voy a comerte.
El muchacho apareció entre los árboles.
Tenía unos diecisiete años, el cabello castaño revuelto por el viento y una pequeña bolsa colgada del hombro.
Al escuchar la amenaza, sonrió.
—Eso dices cada vez que vengo.
Darian levantó la cabeza.
—Y algún día cumpliré mi promesa.
—Llevas diciendo eso desde que tenía ocho años.
—Entonces todavía estás a tiempo de aprender.
Elián soltó una carcajada.
Se acercó sin miedo y se sentó sobre una piedra frente al dragón.
Aquella escena habría provocado un infarto a cualquier habitante del pueblo.
Un humano sentado frente a un dragón.
Y lo peor de todo...
Parecía completamente normal.
—Te traje algo.
Elián abrió la bolsa.
Sacó un pequeño paquete envuelto en tela.
Darian entrecerró los ojos.
—¿Qué es?
—Comida.
—No necesito comida humana.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me la traes?
—Porque sé que te gusta.
Darian permaneció en silencio.
Elián desenvolvió el paquete.
Dentro había varias piezas de carne asada.
El dragón acercó el hocico.
—¿De dónde la sacaste?
—De la cocina de mi madre.
—¿La robaste?
—La tomé prestada.
—Elián.
—Está bien, la robé.
Darian soltó un resoplido que hizo volar algunas hojas.
—Algún día vas a meterte en problemas por venir aquí.
—Ya estoy metido en problemas.
—¿Qué hiciste?
—Mi madre cree que estoy estudiando.
Darian lo miró fijamente.
—¿Y no lo estás haciendo?
—Estoy estudiando.
—¿Qué?
Elián sonrió.
—Dragones.
Darian negó con la cabeza.
—Eres un caso perdido.
El muchacho se rio nuevamente.
Aquellas visitas se habían convertido en una costumbre.
Elián había conocido a Darian cuando apenas tenía ocho años.
Por aquel entonces, se había perdido en el bosque mientras perseguía una liebre.
Había terminado frente a una cueva.
Y allí lo encontró.
Un enorme dragón herido.
Elián había sentido miedo.
Muchísimo.
Pero también había visto algo que nadie más habría notado.
Los ojos de aquella criatura no reflejaban furia.
Reflejaban dolor.
En lugar de huir, el niño se acercó.
Y desde aquel día, todo cambió.
Darian nunca había comprendido por qué aquel pequeño humano no le tenía miedo.
Los primeros meses apenas hablaban.
Elián se sentaba a cierta distancia y le contaba cosas.
Historias de su pueblo.
Historias sobre su familia.
Historias sobre sus sueños.
Darian simplemente escuchaba.
Con el tiempo, comenzaron a confiar el uno en el otro.
Hasta convertirse en amigos.
Los mejores amigos.
—¿Qué estás mirando? —preguntó Elián.
Darian levantó la mirada hacia el horizonte.
—El pueblo.
—¿Y?
—Nada.
—Estás preocupado.
—No.
—Sí.
Darian volvió a mirarlo.
—Eres demasiado observador.
—Te conozco.
El dragón permaneció en silencio.
Elián siguió su mirada.
A lo lejos podía verse el pequeño pueblo.
Las casas parecían diminutas desde aquella altura.
—¿Alguna vez has pensado en bajar? —preguntó Elián.
—No.
—¿Nunca?
—No tengo ninguna razón para hacerlo.
—Podrías conocer a otras personas.
Darian soltó una risa seca.
—¿Para qué querría conocer a otras personas?
—No todos somos malos.
El dragón clavó sus ojos dorados en él.
—Eso dices porque eres joven.
—¿Y tú qué sabes?
—He vivido mucho más que tú.
—Eso no significa que tengas razón.
Darian sonrió ligeramente.
—Definitivamente eres demasiado terco.
—Lo aprendí de ti.
El dragón volvió a mirar hacia el pueblo.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
Finalmente, Darian habló.
—Los humanos me temen.
—Porque creen que eres un monstruo.
—¿Y tú qué crees?
Elián no respondió inmediatamente.
Se levantó de la piedra y caminó hasta quedar frente al enorme hocico del dragón.
Extendió una mano.
Darian bajó ligeramente la cabeza.
El muchacho apoyó la palma sobre una de sus escamas.
—Creo que eres Darian.
El dragón lo observó.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí la responde.
Darian permaneció inmóvil.
Aquellas palabras parecían simples.
Pero para él significaban mucho más.
Porque durante cientos de años había escuchado palabras como bestia, demonio y monstruo.
Nunca había escuchado que alguien lo llamara simplemente por su nombre.
—Elián...
—¿Sí?
—Si algún día los humanos descubren que vienes aquí, podrían hacerte daño.
—No lo harán.
—No puedes saberlo.
—Confío en ellos.
Darian frunció el ceño.
—Ese es precisamente tu problema.
Elián sonrió.
—Y el tuyo es que desconfías demasiado.
—Tal vez.
El muchacho retiró la mano.
—Tengo que regresar.
—¿Ya?
—Mi madre comenzará a sospechar.
—Eso sería terrible.
—Muchísimo.
Elián recogió su bolsa vacía y comenzó a caminar hacia el sendero.
—¡Elián!
El muchacho se detuvo.
—¿Qué?
Darian lo observó durante unos segundos.
No sabía por qué, pero aquella tarde tenía una sensación extraña.
Una inquietud que no podía explicar.
—Ten cuidado.
Elián sonrió.
—Siempre.
Y desapareció entre los árboles.
Darian permaneció observando el camino durante varios minutos después de que su amigo se marchara.
Algo dentro de él le decía que aquella tarde había sido diferente.
Como si el destino hubiera comenzado a mover sus piezas.
Esa misma noche, Elián regresó al pueblo.
Las calles estaban más concurridas de lo habitual.
Había hombres reunidos frente a la taberna.
Algunos llevaban espadas.
Otros, arcos.
Elián disminuyó el paso.
Reconoció a varios de ellos.
Eran cazadores.
Y entre ellos estaba el capitán de la guardia.
—¿Qué sucede? —preguntó Elián.
Uno de los hombres lo miró.
—Encontramos huellas en las montañas.
El corazón de Elián se detuvo por un instante.
—¿Huellas?
—Del dragón.
El muchacho intentó mantener la calma.
—Darian no ha hecho nada.
El hombre frunció el ceño.
—¿Cómo sabes su nombre?
Silencio.
Elián comprendió demasiado tarde su error.
—Yo...
—¿Lo conoces?
Varios hombres comenzaron a mirarlo.
—No.
—Estás mintiendo.
—No conozco ningún dragón.
El capitán dio un paso hacia él.
—Hace semanas desaparecen animales. Hemos encontrado árboles quemados y marcas cerca de las montañas.
Elián negó con la cabeza.
—Darian no haría eso.
La expresión del capitán cambió.
—Así que sí lo conoces.
Elián retrocedió.
—No es lo que creen.
—¿Dónde está?
—No voy a decirlo.
—¡Elián!
El muchacho salió corriendo.
Escuchó los gritos detrás de él, pero no se detuvo.
Corrió hasta llegar a su casa.
Cerró la puerta.
Respiró con dificultad.
Su madre apareció desde la otra habitación.
—¿Qué sucede?
—Nada.
—Estás pálido.
—Estoy cansado.
—Elián...
—Estoy bien.
Subió rápidamente las escaleras.
Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella.
Sabía que aquello no terminaría allí.
Si los hombres descubrían la verdad...
Irían por Darian.
Y Elián no estaba dispuesto a permitirlo.
Aquella misma noche, varios hombres se reunieron en secreto.
Sobre una mesa había un mapa de las montañas.
—Mañana iremos por él —dijo el capitán.
Uno de los cazadores colocó varias armas sobre la mesa.
—Esta vez no escapará.
—¿Y si es cierto que puede adoptar forma humana?
El capitán sonrió.
—Entonces será más fácil matarlo.
Ninguno de ellos sabía que alguien estaba escuchando desde fuera.
Elián.
El muchacho había salido de su casa por la ventana y había seguido a los hombres.
Y ahora comprendía que el peligro era mucho mayor de lo que había imaginado.
Darian estaba en peligro.
Y no tenía idea de cómo salvarlo.
Miró hacia las montañas.
La luna iluminaba la silueta de los picos.
—Tengo que advertirle...
Elián echó a correr.
Pero no sabía que aquella sería la última vez que vería a su amigo con vida.
Y tampoco sabía que, antes de que terminara el siguiente día...
el mundo que conocía cambiaría para siempre.








