Chapter 1
Me siento vacia,
No me reconozco
Ya no se quien soy y eso me mata
Siento un hueco, un vacío en el interior de mi pecho. Tengo ataques de ansiedad, hambre… Algo necesito, una necesidad profunda que no he podido descifrar. Es grande, confuso. Hoy lloré tanto por el ataque de ansiedad que me dio que ya no me salían las lágrimas, pero seguía sollozando como una niña pequeña y débil. Tengo un nudo en la garganta, ganas de vomitar y náuseas, como si el vómito se estuviera preparando para salir.
Siento todos mis sentimientos acumulados, con ganas de gritar y de reventar, pero no puedo. No hay nadie. Estoy sola en esta cárcel: mi propia vida. Mi casa es mi celda.
Mi único y mejor amigo, mi única compañía, es la soledad. Estoy destinada a estar sola. El silencio es mi mejor amigo; el silencio es mi fiel compañía.
De alguna manera, el aire me cargaba, matando cualquier ruido que hiciera y convirtiéndome en una sombra. Me movía con sigilo, como un fantasma: nunca un bip, nunca un sonido.
Me pican y me arden los ojos de tratar de no pestañear, para que la oleada de lágrimas no se derrumbe.
Trato de aguantarme. Quiero vomitar; ya perdí el hambre, el apetito.
Cada día se repite el mismo infierno, la misma farsa. Trato de aguantar, pero no se detiene. Las lágrimas se deslizan por mi mejilla, bajan hasta la mandíbula y caen. Así continúa la secuencia, hasta que puedo sentir la cálida tela de mi camisa mojada.
Estoy sola en el rincón, tapándome la boca con la mano, tan fuerte que logro sacarme sangre. Este sabor, este aroma metálico… Ya los reconozco. Las lágrimas siguen cayendo. Me sigo tapando la boca con la mano para no emitir ningún sonido, pero aun así se escapa un pequeño gemido.
El cuarto de mis papás estaba lejos. Ellos ya dormían, con la televisión encendida, y mi hermano también dormía. Me quedé paralizada, esperando cualquier movimiento, cualquier rastro de que se estuvieran acercando. Permanecí inmóvil, atenta a ver si las tablas de la casa crujían. He vivido en esta casa durante doce años; ya casi van a ser trece.
En ese momento lo noté: logré salir de mis pensamientos y me di cuenta de que mi respiración estaba entrecortada, agitada, pero suave, como un suspiro.
Solo me pregunto: ¿por qué? ¿Por qué el mismo maldito infierno se tiene que repetir todos los días? ¿Por qué es la misma rutina, las mismas reglas y los mismos hábitos? Ya me siento atrapada, encarcelada, sin escapatoria de mi propia vida. Lo único que me queda es la muerte, pero para eso soy demasiado débil.
Me pregunto qué pasará cuando muera, qué pensaré, cómo será y en qué pensaré. ¿Me recordarán o pasarán la página al día siguiente, como si se quitaran un dolor de espalda? Porque eso soy: una carga.
Una historia me afecta más de lo que pensaba. Me hace sentir ordinaria, sin propósito. Y el problema es que me siento sola. Siempre me sigo preguntando: ¿soy dramática? Tal vez simplemente estoy exagerando. Tengo una buena vida: casa, techo y comida, pero no tengo hambre para tragarla.
Estoy destinada a estar sola. La ladrona es la presa y el cazador es su refugio, pero eso me lleva a una conclusión: ¿cuál es el mío? ¿Cuál es mi refugio? ¿O tal vez no tengo ninguno?
Siento solamente hambre de algo… Hambre de que alguien me comprenda, de tener a alguien con quien pueda dejar de fingir. Eso es lo que hago siempre: pasar desapercibida, como si no existiera.
Ya decidí que era suficiente. No quiero seguir siendo así. Tengo hambre de algo grande, de una aventura, de un sentimiento nuevo que creo no poder conseguir. Soy un pájaro en una jaula de oro. Siento el peso que tengo sobre mis hombros.
¿Otra vez estoy siendo dramática? Pero ya lo comprendí y no sé cómo lograrlo. Ya entendí que, si quiero algo, tengo que conseguirlo yo misma. Tengo que ir por ello; tengo que hacerlo sola. Y me di cuenta de que sobreviviré en soledad.
Dramático, totalmente. Pero el peso de los estándares sobre mis hombros no me deja avanzar. Es un charco de arena movediza y, a veces, me pregunto: ¿pertenezco aquí?
Sigo jugueteando con el reloj de mi abuelo. En mi opinión, es el mejor. Me daba miedo la oscuridad. A decir verdad, sí: cuando era más pequeña solía tenerle miedo, pero ahora comprendí que es un manto, una cuna. Su negrura es hermosa, como la luz de la luna.
La oscuridad es mi mejor amiga, y junto a ella están las sombras.







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