Prólogo
Cuentan las crónicas más viejas que en la Tierra de Freiheit, mucho antes de que existiera reino alguno, los hombres vivían apiñados tras murallas de piedra, mirando siempre por encima del hombro. Al otro lado de esos muros correteaban criaturas que su entendimiento no alcanzaba a explicar: brujas que domaban el fuego con un simple ademán, demonios de alas rotas que dormían colgados de los árboles como murciélagos, hadas que os robaban un mechón de pelo por capricho y trasgos que asaltaban los caminos al caer la noche. El miedo, ya se sabe, es mal consejero, y aquellos hombres decidieron que todo cuanto se saliera de lo corriente había de ser, por fuerza, obra del demonio.
Nadie sabe a ciencia cierta quién prendió la mecha. Unos dicen que fue una aldea quemada sin motivo; otros, que una bruja se vengó de un cura que había mandado ahogar a su hermana en el río. Lo cierto es que, de un día para otro, humanos y brujas se enzarzaron en una guerra tan cruenta que ni las piedras de las murallas, otrora refugio, se libraron de la sangre.
Los hombres, desesperados y conscientes de que solos no habrían de resistir, alzaron los ojos al cielo y sellaron un pacto con los ángeles: estos bajarían a pelear a su lado, mas exigieron a cambio un juramento de obediencia que, según cuentan, ningún rey se ha atrevido jamás a leer en voz alta por entero. Las brujas, lejos de amilanarse, hicieron otro tanto con las fuerzas de la sombra, e invocaron a los demonios para que engrosaran sus filas.
Así prendió lo que los libros llamarían después la Victoriosa Guerra. Aldeas enteras ardieron en una sola noche; los ríos bajaron teñidos durante semanas; hubo madres que escondieron a sus hijos en pozos secos con tal de que no vieran lo que caía del cielo.
Vencieron, al cabo, los hombres y sus aliados alados. Las brujas que sobrevivieron fueron encadenadas o repartidas como botín de guerra; a los demonios les aguardó idéntica suerte. De aquella victoria nacieron, años más tarde, los Cinco Reinos, repartidos entre los linajes de quienes habían sostenido la espada hasta el final: Gurinfirudo, Kojima, Miwaku, Kodokuwa y, el más hermético de todos, Kotta.
La paz que siguió fue larga, mas nunca honesta del todo. Se enseñó a los niños que los hombres habían liberado al mundo del yugo de brujas y demonios; se calló, en cambio, que la libertad de unos se había edificado sobre las cadenas de otros. Y aunque los muros de piedra acabaron por derrumbarse, sustituidos por fronteras y tronos, el miedo que los levantó jamás se derrumbó del todo: simplemente cambió de forma, y se sentó a gobernar.
Porque no hay paz, por firmemente jurada que esté, capaz de enterrar del todo aquello que la hizo posible. Y lo que se entierra a medias, tarde o temprano, siempre encuentra el modo de volver a la superficie.








