Prólogo
Zall observaba la calle principal desde el tejado de la mansión Durrn. Agazapado, con la espalda apoyada contra la chimenea, escrutaba a los pocos transeúntes que recorrían la avenida en esa gélida noche. Hacía tiempo hasta la siguiente rotación de los guardias. La insistente nieve caía sobre él, por mucho que la sacudiera volvía a posarse encima suyo, cubriendo capucha, hombros y brazos. De vez en cuando, palpaba el bolsillo interior de su capa, donde guardaba los informes que minutos antes había sustraído de la mansión.
Una amplia bocanada de vaho asomó a través del negruzco pañuelo que cubría su rostro. «Dos hombres. Uno vestido del morado Verlunm, el otro...» Tardó cuatro largos segundos en vislumbrar quién se escondía en esa ancha silueta. El andar lento, siempre acompañado de un bufido asincopado. Un bastón que rechinaba al soportar las quién sabe cuántas arrobas que pesara el hombre. «¿Qué hace Tresmanos con uno de los hombres de Verlunm?»
Buscó con la mirada a alguno de los amigos de Tresmanos. No solía salir sin escolta y aún menos a un encuentro de esa índole. Passh Verlunm era un hombre peligroso, con aliados igualmente peligrosos. La ausencia de ojos acechantes por ambas partes hizo intuir a Zall que no era su primer encuentro. La insólita relación debía llevar tiempo gestándose; Aguardiente le pagaría bien si conseguía enterarse de qué se traían entre manos. Por suerte Zall no era nadie, al menos nadie a quien ellos pudieran reconocer. Los dos hombres entraron a la cantina El Paso. Bajó de los tejados descendiendo por el ala este de la mansión. Siempre le había sorprendido lo fácil que era evitar a los guardias si estudiaba sus rutas. Los nobles confiaban demasiado en ellos y su profesionalidad, justo eso le permitía leer sus movimientos. Salió a hurtadillas a un estrecho callejón baldío y enfiló la calle principal.
Al abrir la puerta de El Paso el calor se aposentó de nuevo en su cuerpo; las mesas llenaban el angosto local y costaba avanzar dos metros sin tropezarse con algo o alguien. Se sentó en la barra, a tres mesas de la conversación que tanto ansiaba oír. Para su fortuna había sido bendecido con un agudo sentido del oído, aunque no podía decirse lo mismo de su vista. Zall opinaba que para sus... negocios, le era mucho más útil oír que ver.
El bullicioso local contrastaba con el invierno que acechaba en las calles; las voces se alzaban sobre el masticar de los comensales mientras el tabernero esquivaba con movimientos metódicos mesas, sillas y beodos. Pidió una jarra de vino al tabernero e intentó aislar las voces que, a tres mesas, se ocultaban bajo los graznidos que llenaban la estancia.
—Dudo que pueda seguir manteniéndolos a raya —dijo Tresmanos—. Las cosas se están complicando desde lo de Ratón.
—Fue un contratiempo, uno grande, lo reconozco. Pero el señor Verlunm sigue manteniendo su posición respecto a Ratón.
—Eso no les gustará a mis hombres, Tarus. Lo sabes bien.
—A tus hombres les gustará lo que les digas que tiene que gustarles. No sabía que existiera algo como el honor entre gente como vosotros.
—Existe, no sé si será honor, pero se lo noto en los ojos: están enfadados. Además, también está el tema del dinero.
—No tienes de qué preocuparte, Tresmanos, el señor Verlunm te tiene presente y se hará el pago a su debido momento —dijo justo antes de llevarse la jarra a la boca. Bebió y dedicó una mirada desafiante a Tresmanos—. ¿Acaso dudas de su palabra?
—No me jodas, Tarus, ¿crees que me achantarás con esa actitud? Tanto tú como Passh sabéis muy bien de lo que soy capaz, quiero mi dinero.
—¿Es una amenaza? —preguntó Tarus, deslizando su mano debajo de la mesa hasta alcanzar la daga que llevaba escondida bajo su capa.
—Solo si quieres que lo sea, Tarus —dijo Tresmanos, alzándose.
—Por favor, caballeros, mantengamos la compostura —el tabernero soltó otras dos jarras de vino en la mesa y les sonrió—. Si no, me temo que tendré que pedir que se marchen. A estas invita la casa, Dios sabe que no quiero problemas con la casa Verlunm, ni tampoco con... su acompañante. Considérenlas una disculpa por mi intromisión.
El tabernero se dirigió, como quien no quiere la cosa, a atender a unos recién llegados clientes. Zall notó cómo una mirada se clavaba en su nuca. ¿Le habían descubierto? «Soy hombre muerto», pensó. Giró levemente la cabeza para encontrarse con un tabernero sonriente; volvió a mirar hacia adelante con inmediatez. «Lo sabe». Apuró la jarra de vino y dejó tres monedas de bronce encima de la barra, dispuesto a salir del habitáculo.
—No tan rápido, amigo, aún me debes dos jarras más —susurró el tabernero a su oído y le empujó haciéndole sentarse otra vez—. Dos jarras y un buen extra por conseguirte tiempo.
—No sé de...
—Ni lo intentes —dijo mientras se situaba al otro lado de la barra y cogía algunas jarras para secarlas con un trapo—, llevo demasiados años en esto como para no reconocer a un fisgón. Parece que se ha relajado el ambiente. Sería una pena desperdiciarlo, ¿no crees? —Zall aún no había respondido cuando el sonriente tabernero ya le había puesto otra jarra de vino—. Ahora serán tres.
—¿Quién eres?
—Me dicen Baruk, y como puedes apreciar soy tabernero —dijo llevando su mirada a la mesa de la esquina derecha—. Me llaman, debo dejarte. Por las jarras no te preocupes, solo dile a Aguardiente que se pase algún día por aquí. Hace demasiado que no veo a ese bastardo suertudo.
Así partió hacia la recientemente llenada mesa. Zall no podía quitarle la vista de encima a Baruk, pero intentó concentrarse en Tarus y Tresmanos. ¿Cómo conocía el tabernero a Aguardiente? Ese pensamiento le hizo sonreír por un instante: claro que se conocían, le llamaban Aguardiente. Volvió a ceñir su atención en la mesa.
—Los barcos ya han sido descargados y hemos repartido el cargamento, los rastreadores no lo encontrarán. De todas formas he puesto a buenos hombres vigilando —aseguró Tresmanos.
—Todos son buenos hombres hasta que alguien les paga más.
—Confío en los míos.
—Y eso, viejo amigo, es lo que traerá tu perdición —dijo Tarus mientras se levantaba—. Por cierto, el capitán Vellvent vuelve a la ciudad. Siete años... Se han hecho una eternidad.
—Vellvent el tuerto ya no es nuestro capitán, Tarus —masculló, postrando la mirada en sus manos—. Hace muchos años que dejó de serlo.
—Vienen tiempos convulsos, Sonn Tresmanos. Cuando llegue el momento, más vale que recuerdes a quien le debes lealtad.
Tarus salió de la taberna dejando tras de sí a un Tresmanos cabizbajo.








