El verdadero amor
Había una vez un pequeño pueblo habitado por gente amargada. Los pueblerinos odiaban prácticamente todo, pero lo que más aborrecían era a su rey y, en especial, su actitud. Les irritaba su permanente buen humor tanto como su absoluta falta de tacto: el soberano jamás se guardaba lo que pensaba.
-¿Qué es esto?
-Un estofado, majestad.
-¿Y por qué sabe como si hubieran hervido mis zapatos?
-Discúlpeme, le traeré uno nuevo y mejor.
El rey se rio y detuvo al cocinero.
-No, está bien. Ya me llené
Tras decir eso, se retiró con una sonrisa mientras tarareaba un aria de ópera.
-Como diga... su majestad.
El sirviente frunció el ceño, confundido, mientras se rascaba la nuca con sorpresa.
Hablando de estofados, el monarca tenía una debilidad: la comida. Era un glotón insaciable, pero por más que cambiaba de cocinero, ninguno lograba satisfacer su exigente paladar. Había platillos tan desastrosos que terminaban provocándole vómitos o dejándolo postrado en cama durante días, o incluso semanas. A pesar de que contrataba a los chefs más célebres del reino y les pagaba una fortuna, su veredicto siempre era el mismo: a la comida le faltaba algo especial, incluso cuando el sabor no era del todo malo. No hubo una vez en la que no se escuchara una queja salir de su boca.
El rey tomó una cucharada y la saboreó con detenimiento. Durante unos segundos, permaneció en silencio, como si esperara que su paladar le revelara algún secreto.
Finalmente dejó la cuchara sobre la mesa con calma absoluta.
-Está bueno.
El chef suspiró, aliviado.
-¿Entonces es de su agrado, majestad?
El rey frunció el ceño.
-No.
-¿No?
-Está bueno -repitió-. Pero no está bien.
El chef tragó saliva.
-¿Qué le falta?
El monarca volvió a probar el platillo.
-No lo sé.
-¿Algún ingrediente?
-No.
-¿Más sal.
-Tampoco.
El rey dejó escapar un suspiro y apartó el plato con decepción.
-Le falta algo.
Miró la mesa, pensativo. Luego volvió al sirviente.
-¿Qué cosa?
El soberano lo observó con absoluta seriedad.
-Si lo supiera, sería sencillo decírtelo.
Un día, un joven plebeyo y huérfano, al que todos llamaban «el rarito del pueblo», decidió dar un paso al frente. Era un muchacho que solía vivir apartado, como en las sombras y callejones, distanciado de los demás. Un joven alto y delgado que acostumbraba a cubrirse con una capa, incluso en los días más calurosos. Su rostro estaba marcado por una gran cicatriz que le cruzaba el ojo derecho.
Normalmente caminaba de forma sigilosa por las calles, cargando un morral que, según los niños y su desbordante imaginación, contenía objetos embrujados. Sin embargo, no eran más que simples curiosidades recogidas en el bosque cercano.
A nadie le extrañó del todo su audacia, pues ¿quién en su sano juicio querría servir a semejante rey? La gente asumió que estaba loco, principalmente porque casi siempre sonreía, como si en sus venas no existiera ni una sola gota de rencor.
El rey aceptó la propuesta con una gran sonrisa de entusiasmo. El muchacho avanzó hacia el castillo cargando únicamente una mochila con sus propios utensilios. Tras instalarse y dejar pasar un par de horas, el nuevo chef se dirigió a la cocina para preparar el almuerzo real.
Minutos más tarde, el platillo quedó servido en la mesa. Al dar el primer bocado, la habitual cara de regocijo del soberano se transformó en un gesto de pura sorpresa. No podía dar crédito a lo que probaba: era exquisito, perfecto. Con el plato limpio, el rey miró al plebeyo con fascinación y le preguntó cuál era su secreto.
-Un par de ingredientes especiales elaborados por mis propias manos y, por supuesto, una pizca de amor -respondió el joven, sosteniéndole la mirada.
La sonrisa del monarca se ensanchó aún más.
-¡Eso es! -exclamó con júbilo-. Eso era lo que buscaba. ¡Amor! Eso era lo que le faltaba a mi comida -dijo mientras se limpiaba los restos del rostro con una servilleta-. Desde hoy serás mi chef personal y, cuando yo muera, tú serás el próximo rey de este pueblo.
El joven sonrió con discreción y orgullo. De pronto, el rey comenzó a mostrarse mareado, llevó una mano a su garganta y se desplomó inerte sobre el suelo. El plebeyo lo había envenenado con una poción de su propia autoría a la que había bautizado como «Amor».
Todo el pueblo quedó petrificado cuando vio al «rarito» asumir el mando y colocarse la corona sobre la cabeza. Con voz firme, el muchacho les mintió sobre la tragedia:
-El rey llevaba años buscando el platillo perfecto. Hoy, después de probarlo, comprendió que había alcanzado aquello que más deseaba. Me confesó que no necesitaba nada más y, antes de morir, decidió concederme el trono como recompensa.
Los pueblerinos quedaron devastados al ver desvanecida su propia oportunidad de gobernar, pero, al mismo tiempo, sentían un profundo e inquietante desconcierto ante la repentina muerte de su líder.
-¿Crees que sea un mejor rey?
-No lo creo.
-¿Ahora qué haremos?
-Es demasiado joven para gobernar.
-Quizás el rey anterior era molesto... pero no estaba loco como este muchacho.
La gente continuaba murmurando, profundamente insatisfecha, aunque ninguno de ellos podía hacer nada para cambiar su nueva realidad.
El nuevo rey se adentró en sus aposentos y se acomodó en el trono con un suspiro de alivio y una sonrisa relajada. Un sirviente se le acercó despacio, tembloroso y desconfiado.
-¿Cómo... cómo es esto posible? -murmuró con voz entrecortada.
El joven lo miró con serenidad antes de dirigir la vista hacia los grandes ventanales, desde donde se divisaba todo el reino.
-Muchos creen que el amor es el único camino hacia la felicidad -dijo volviendo la mirada hacia el sirviente-. Yo creo que el amor es como la lluvia sobre las plantas: con la dosis justa les da vida, pero en exceso termina por ahogarlas.
El sirviente guardó un silencio sepulcral.
El nuevo rey amplió su sonrisa.
-Y algunos pasan toda su vida pidiendo lluvia... sin darse cuenta de que ya están bajo el agua.








