El despertar
—¡Despierta!
Fue con la frase que desperté de un golpe, vi a mi madre salir corriendo y yo ni siquiera sabía dónde estaba, ni por qué estaba allí.
Entraron un montón de médicos y me di cuenta de que había despertado en una sala de hospital, me examinaban y hablaban de cosas que no entendía, mi mente no lograba concentrarse en. Inguna de las palabras que escuchaba en ese momento, había mucho ruido a mi alrededor.
Después de un rato llegó la calma, me resultaba incómodo seguir conectada al ventilador para poder respirar, al parecer voy a seguir así unos días más, según los doctores.
—¡¡¡Estás de vuelta mi pequeña avecilla!!!—Ingresa nuevamente mi madre a la habitación corriendo y enganchándose a mí, desprendiendo euforia en cada gesto.
Odio que mi madre me llame así. ¡Por favor mamá tengo veinte años, ufff! Si pudiese hablar le montaría un pollo sin duda alguna, pero esta molesta traqueotomía me lo impide, siento como si fuese parte de mí, ¿cuánto tiempo he estado aquí?
De igual manera, aunque la quiera reprender tengo que abrazarla y me resulta extraño sentir el calor de alguien contra mi piel, ella solo sonríe entre sollozos y me aprieta como si me quisiese sacar las entrañas por la boca, sonrío yo también pues me resulta gracioso y muy cálido.
Mi madre, la gran señora Paulet Wake, siempre ha sido así desde que tengo memoria, una exagerada, me retracto, una hermosa exagerada, su pelo es de un color vino obviamente teñido, que le cae a los hombros, tiene los ojos color miel como los míos, y mantiene una figura que yo quisiera tener a su edad. Su sueño frustrado era ser modelo, pero no la admitieron en ninguna agencia por su baja estatura, y por supuesto que desde entonces los tiempos han cambiado, con la diversidad y la inclusión.
— ¿Como no voy a ñoñar a mi pequeña bella durmiente, que acaba de despertar con el beso de verdadero amor de mamá?— dice pellizcando y sacudiendo mis mejillas, a su vez suelta una leve carcajada de burla.
Uff que molesta. Intento articular una mueca en mi rostro.
—Ebony, ya he llamado a tu padre y a tu hermano, se pondrán felices de saber que estás de vuelta, toda una sorpresa ¡Quiero ver sus caras ya!.
Pasada una hora, entra un mensaje al móvil de mi madre.
—Es papá y Allan, están fuera.
Ahora sí estamos todos en esta sala de mierda, hubiese querido que mi reencuentro…un momento, ¿reencuentro? me resulta raro pensar en reencuentro con las personas que he pasado cada segundo de mi vida y que pareciese que no nos vemos en mucho tiempo, pero, ¿cuánto tiempo?, es muy raro.
Mi padre aprieta fuerte mi mano derecha y me besa la frente repetidamente, siento levemente cómo sus manos tiemblan y sudan frio.
Stew Wake, mi padre, una persona más bien fría y rígida al momento de demostrar afecto. En eso nos parecemos mucho, de tal palo tal astilla dicen ¿no?, aunque reconozco que tratandose de mí, su fría y rígida personalidad desaparece, es un hombre elegante, alto, reservado y extremadamente inteligente, de ojos verdes, su cabello rubio siempre está perfectamente peinado hacia atrás.
—Te hemos extrañado mucho hija mía. Bienvenida de vuelta.— pasando suavemente su mano por mi cabello.
—¡Siii que sea bienvenida de vuelta al mundo de los vivos! ¿Cuéntame que tal el Pandemónium hermanita?— Allan remolinea mi cabello y se carcajea, sentándose descuidadamente en uno de los bordes de la cama.
Rodeo los ojos, pero sonrío, ¡por favor deja de hacer el imbécil! Aunque es imposible negar que me siento feliz de verlos a los tres, rara vez nos vemos así en casa.
Allan, Allan, Allan, mi hermanito, es dos años menor que yo, un completo imbécil, pero tiene la ventaja de que es muy atractivo, todo un Adonis para las chicas, sin necesidad de exprimir mucho su bajo coeficiente, es alto y delgado como papá, sacó sus ojos verdes, aunque el cabello natural negro y ondulado de mamá, me encanta como sus ondas caen sobre su frente descuidadamente.
Pasaron unos días antes de que me retiraran la ventilación artificial y pudiese respirar por mí misma, era como mi primera vez, excitante sentir como el oxígeno llegaba a mis pulmones, ¡ufff que placer!, gracias a las fisioterapias que recibia una o dos veces por semana, pude comenzar a articular palabras y a mover levemente mis extremidades, aunque aún tenía que usar la silla de ruedas para trasladarme al baño o a tramos largos.
Mi familia y doctores hablaban de lo rápida y satisfactoria que estaba siendo mi recuperación, que era una chica fuerte, aunque realmente eso nunca lo he pensado sobre mí misma, bastaba mirarme al espejo para recordarme lo enferma que estoy, y no solo físicamente, desde muy pequeña tengo una condición mental llamada esquizofrenia paranoide, y claro que tenía que venir sujeta con la puta depresión.
Era un miércoles en la mañana y aún estaba recostada leyendo mi libro favorito,
El retrato de Dorian Gray, de Óscar Wilde.
Leer para mí siempre ha sido un escape de la realidad, algo terapéutico.
—Arréglate. El Dr. Sullivan dice que puedes ir hoy mismo a casa cariño. Allí hablaremos sobre lo que te has estado preguntando.—irrumpe mi madre en la habitación.
—¿En serio?, ya era hora, me estaba cansando de estar en estas cuatro paredes, me estaba volviendo loca.— sonreí con ironía.
De un salto fui al baño a asearme y ponerme ropa para recuperar mi libertad añorada de este hospital, después de tres meses desde que desperté, creo que estaba lista para afrontar mi supuesta nueva vida.
Me acabo de bañar y limpio el espejo con mi mano, que estaba empañado por el vapor. Vuelvo a observar la cicatriz del lado izquierdo de mi cabeza, y ese pequeño tatuaje justo debajo de la clavícula que me llama tanto la atención, y no logro recordar en qué momento me lo hice, paso mis dedos sobre él, tiene la forma de una pequeña luna, vaya!, sí que tengo curiosidad de saber que pasó.
Mientras aún estaba meditabunda sobre ello, escuché voces que provenían de mi cabeza.
Voz 1:
—Recuerda quién eres y por qué estás aquí.
Voz 2:
—No va a poder, no quiere.
Apoyo mis manos en la meseta flotante y me miro fijamente en el espejo, en tanto que esbozo una mueca en forma de sonrisa.
—Están de vuelta, habían tardado.








