La mujer de los domingos
Daniel tardó cinco domingos en preguntarse quién era aquella mujer.
No porque tuviera nada especial. Al principio fue solo alguien cruzando la calle: un coche gris, una bolsa en la mano, una llave que encontraba antes de llegar a la puerta.
Después empezó a reconocerla.
Llegaba alrededor de las nueve y se marchaba por la tarde. Nunca la veía entre semana. Tampoco veía a las personas que, suponía, vivían en aquella casa.
Pensó en un matrimonio mayor. Tal vez sus padres. Era una explicación razonable y no necesitaba otra.
Desde que se había separado, Daniel había descubierto cuánto tiempo podía ocupar la vida de los demás cuando la propia se quedaba en silencio.
Tenía treinta y ocho años, una hija de once y una casa alquilada que todavía parecía pertenecer al hombre que había vivido allí antes. Había muebles suficientes para habitarla, pero no para sentirla suya. Algunas cajas seguían cerradas desde la mudanza. No porque contuvieran recuerdos insoportables. Simplemente no necesitaba lo que había dentro.
Eso le parecía peor.
Con Paula llevaba tres meses separado y casi un año hablando de separarse. La parte más difícil no había sido marcharse. Había sido descubrir que, después de hacerlo, el mundo seguía funcionando con una normalidad casi ofensiva.
Había que trabajar.
Había que pagar cuentas.
Había que recordar qué viernes recogía a Sofía.
Y llegaban los domingos.
Aquel domingo la mujer de enfrente apareció con flores.
Daniel la vio cruzar desde la cocina. Eran flores blancas envueltas en plástico. Ella llevaba el cabello recogido y caminaba deprisa porque empezaba a llover.
Abrió la puerta y desapareció dentro.
Daniel continuó con lo suyo.
Dos horas después volvió a verla.
Esta vez en una cafetería.
La reconoció en cuanto entró.
Ella no lo vio.
Daniel estaba sentado al fondo, terminando un desayuno tardío, cuando la mujer pidió un café y buscó sitio. El local estaba lleno. Esperó unos segundos y finalmente se acercó a su mesa.
—¿Está libre?
Daniel retiró la chaqueta de la otra silla.
—Sí.
Eso fue todo.
Ella se sentó.
Durante un rato no hablaron.
Daniel terminó de comer mientras ella revisaba el teléfono. De cerca parecía distinta a como la había imaginado desde la ventana. Tendría alrededor de cuarenta años. No iba especialmente arreglada y parecía cansada.
Fue ella quien terminó reconociéndolo.
—Yo te he visto antes.
Daniel levantó la mirada.
—Probablemente.
Ella tardó unos segundos más.
Entonces cayó.
—La casa de enfrente.
Daniel sonrió.
—La de la puerta azul.
Ella asintió.
Y así conoció su nombre.
Elena.
Hablaron durante casi una hora.
Después Daniel recordaría muy poco de aquella primera conversación. No porque hubiera sido aburrida, sino porque no tuvo nada extraordinario.
Supieron que ambos habían estado casados. Elena llevaba varios años divorciada. Daniel apenas empezaba. Ella trabajaba administrando una pequeña clínica y odiaba conducir de noche. Él tenía una hija que estaba convencida de que a los treinta y ocho uno ya era prácticamente viejo.
En algún momento hablaron de separaciones.
No de las razones. Todavía no.
Elena le preguntó si extrañaba estar casado.
Daniel tardó en responder.
—Extraño algunas cosas.
Ella no preguntó cuáles.
Aquello le gustó.
También hablaron de asuntos que no importaban: un restaurante que había cerrado, el tráfico, una película que ninguno terminó de ver. Hubo momentos de silencio que ninguno sintió la necesidad de llenar.
Daniel se encontró cómodo.
Eso sí lo recordaría.
Desde la separación había salido un par de veces con mujeres que había conocido por internet. En ambas ocasiones había sentido que participaba en una entrevista para un puesto que no estaba seguro de querer.
Con Elena no ocurrió.
Quizá porque ninguno había ido allí buscando al otro.
Cuando ella miró la hora, cambió de expresión.
Tenía que regresar.
Daniel supo a dónde antes de que ella se levantara.
—Así que tú eres la que va los domingos.
Elena lo miró.
No pareció sorprendida.
—Y tú eres el que mira por la ventana.
Daniel sintió un poco de vergüenza.
—No tanto como acaba de sonar.
Elena sonrió.
—Espero que no.
Se puso el abrigo.
Daniel pudo haberle preguntado a quién visitaba.
No lo hizo.
Ella tampoco se lo explicó.
Antes de marcharse escribió su número en una servilleta.
No hubo una razón especialmente elegante.
Daniel había mencionado un lugar donde arreglaban zapatos y Elena dijo que quería la dirección. Él buscó el teléfono para enviársela y ella terminó dictándole el número.
Cuando salió, Daniel se quedó con el contacto abierto en la pantalla.
Elena.
Sin apellido.
Guardó el teléfono.
No le dio demasiada importancia.
Todavía.
Aquella tarde Elena salió de la casa poco antes de las cinco.
Daniel estaba afuera cuando ocurrió.
No la esperaba. Había bajado a buscar algo al coche.
Ella cerró la puerta, bajó los escalones y lo vio.
Por un instante ambos parecieron sorprendidos de encontrarse otra vez.
Elena levantó una mano.
Daniel hizo lo mismo.
Nada más.
Ella entró en su coche y se marchó.
Daniel abrió el suyo.
Entonces vio las flores.
Las mismas que Elena había llevado por la mañana estaban ahora en una de las ventanas de la planta baja.
Había quitado el plástico y las había puesto en un jarrón.
Daniel se quedó mirándolas unos segundos.
Alguien vivía allí, pensó.
Una amiga, una madre, una tía.
No importaba.
Sacó lo que necesitaba del coche y regresó a su casa.
Esa noche Elena le escribió primero.
No fue nada importante.
¿Cuál era el lugar de los zapatos?
Daniel le envió la dirección.
Ella respondió:
Gracias.
Él dejó el teléfono sobre la mesa.
Un minuto después volvió a cogerlo.
Escribió algo.
Lo borró.
Escribió otra cosa.
También la borró.
Finalmente no mandó nada.
En la casa de enfrente, las flores blancas permanecieron visibles detrás del cristal.
El resto estaba oscuro.








