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En un mundo donde las Omega son la casta más pura y la única con derecho a gobernar, la ley es inquebrantable: los Alfas y las Betas existen solo para obedecer y servir. Nadie discute el orden establecido, y nadie puede oponerse al destino de una naturaleza marcada desde el nacimiento.
Freen Sarocha apenas contaba con dieciséis años, y sin embargo ya cargaba sobre sus hombros el peso de mantener a su familia. Pese a las advertencias constantes de su madre -una mujer Alfa enferma del corazón, que temblaba ante la sola idea de perder a su única hija -, Freen salía a trabajar incluso de noche. Sabía muy bien lo que su madre le repetía con voz quebrada todo el tiempo: no salgas cuando caiga el sol hija, es demasiado peligroso; cualquier Omega podría reclamarte y ponerte a su entera disposición, y nadie ni yo ni nada en este mundo podrá tener el poder para evitar eso.
Pero Freen no tenía alternativa: cada moneda extra servía para las medicinas, para el techo, para mantener con vida a la única persona que le quedaba. Su madre lo sabía también: ese era el destino de todo Alfa, y por más que su corazón se partiera en dos, no había nada que pudiera hacer contra la voluntad de la naturaleza.
Esa misma noche al otro lado de la ciudad, Rebecca Armstrong avanzaba hacia las calles más pobres de Bangkok al volante de su lujoso vehículo. Con diecisiete años recién cumplidos, la heredera del prestigioso Instituto Internacional Armstrong -la institución más exclusiva y poderosa, creada por su familia y reservada y exclusiva solo para Omegas-, Rebecca sabía exactamente en dónde buscar. Las calles estaban casi desiertas: solo se veían unas pocas Omega de condición humilde merodeando con total tranquilidad, sin rastro de miedo alguno ante la noche; en cambio, ni un solo Alfa se atrevía a asomar la cabeza.
Rebecca conducía lentamente, escudriñando cada rincón con la seguridad de quien sabe que todo le pertenece. Era la reina indiscutible de su mundo, la Omega de sangre pura más deseada y respetada, y por fin había llegado el día en que podría elegir a su sirviente.
Bangkok se partía en dos mundos que nunca se tocaban: uno de torres de cristal, lujo y poder absoluto, y otro de calles estrechas, noches frías y luchas por sobrevivir. Y en ese mundo dividido por castas, la ley era clara y nadie la cuestionaba: las Omega son la casta más pura, las únicas que mandan. Alfas y Betas existen solo para servirles.
El Instituto Internacional Armstrong no era un colegio cualquiera. Era el imperio de la familia Armstrong, un recinto exclusivo solo para Omega, donde hasta los maestros eran elegidos por ellas y donde las hermandades imponían las reglas. Allí vivía Rebecca Armstrong, con apenas diecisiete años. Sus madres viajaban sin descanso por negocios, dejándola a cargo de su propio destino; y a ella no le faltaba nada. Era la reina indiscutible del lugar: la Omega de sangre pura más deseada, respetada... y temida. Nadie se atrevía a cruzarla, nadie se atrevía a decirle que no. Y esa noche, la emoción le recorría las venas: por fin tenía la edad suficiente para tomar lo que le correspondía.
Una vez al año, las Omega que cumplían diecisiete años salían de “cacería”. Eligían a un Alfa para convertirlo o convertirla en su sirvienta, en su esclavo, para disponer de él o ella durante todo el tiempo que quisieran. Y el Alfa no podía negarse: era su destino, la ley escrita en su propia naturaleza.
Un alfa nació para servir ala Omega
Mientras tanto, Freen caminaba a paso apresurado por el camino de regreso. Sabía que ya era tarde, que su madre debía estar angustiada desde hacía mucho tiempo. Pero se había detenido unos minutos más en el mercado de abastos, cargando cajas y sacos para ganar unas monedas adicionales, y no se había percatado de que la noche ya había caído por completo. Contra su pecho llevaba una pequeña bolsa con unas pocas frutas, el único regalo que podía ofrecerle a su madre al terminar la jornada.
Iba con la mirada fija en el suelo, agotada y ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. No se dio cuenta de que, varias cuadras atrás, un lujoso automóvil la seguía en absoluto silencio, como un depredador que ya ha avistado a su presa y ya no tiene ninguna prisa de segur buscando.








