Prímulas Para Ophelia by Sacrificial_Doe at Inkitt
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Prímulas para Ophelia

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Summary

El nuevo siglo no le estaba trayendo nada bueno a Dorian Summerbell. Un año después de allanar la casa de su profesora de biología, se ve obligado a viajar a Alabama para poder seguir estudiando. Esta vez, debe vivir en un aislado internado rodeado de campos de algodón que parece congelado en el tiempo. Después de cuatro horas de caminata constante, Dorian solo quiere dormir, pero por mala (o buena) suerte, algo se lo impide. En medio de la oscuridad escucha un suave tarareo que lo guía hasta un río lleno de prímulas. La figura que se sumerge en las profundidades de la corriente durante quince minutos parece sacada de una hermosa pesadilla. Además, es absurdamente interesante. —Esta es tu última oportunidad, nada de problemas —le había advertido su mamá. Perder todo no esta en sus planes, pero en Edelwood, todo parece írsele de las manos. Encontrar a Ambrose solo lo empeora. El hijo del director Edelwood es un enigma igual que su familia. Intentar averiguar qué esconden en plena celebración de la Reina Ophelia no es buena idea. Adentrarse en la leyenda de la mismísima Ophelia tampoco.

Status
5h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Quince minutos bajo la corriente

—California, amada desde mis huesos. Me viste correr, vivir y soñar. Oh, mi California, me viste caer, sangrar y llorar. Ya de mí no hay nada que entregar, me has dejado hueco de amor, sufriendo tu pérdida. Oh, California, pues a ti...

—Ya cállate, Dorian. Ayer estabas feliz de largarte de aquí. ¿Por qué estás tan sentimental ahora?

Bajé la ventana del auto, intentando ahogarme con el aire caliente para no escucharla. Era la última persona con la que quería hablar. Estaba intentando llevar la fiesta en paz, pero mamá no colaboraba; cada una de las palabras que salían de su boca me provocaban náuseas. Decidí ignorarla por completo y seguir con mi monólogo, esta vez solo para molestarla. Si yo tenía que estar incómodo, pues ella también.

—Pues a ti pertenezco de nacimiento, hijo de nadie, arrastrado por las olas. La salmuera llena mis ojos y lloro por tu indiferencia. Dime que me amas, California, porque sé que incluso tú tienes corazón.

—Juro que, si no te callas en este instante, te dejaré en la autopista más cercana.

—Sería un favor. En serio, ¿Alabama? ¿Qué hay en Alabama?

—El único lugar donde te recibieron después de leer tus antecedentes.

Eso sí me molestó. Con mi promedio actual podría entrar tranquilamente a Yale o Harvard, incluso sin haber cursado mi último año. Invertía más tiempo en mi currículum que en cualquier otra cosa.

—No te atrevas a hacer esa cara. Nada en lo que hemos trabajado toda tu vida sirve ahora después de lo que hiciste.

—Tenía mis razones.

—No, Dorian, no las tenías. Aún no me cabe en la cabeza cómo permití que hicieras eso.

Allanamiento de morada. Contra mi profesora de biología, la señora Martin.

—Si me dejaras explicarlo, lo entenderías.

Ella no me respondió. Lo único que me indicó que sí me escuchó fue la forma en que frunció las cejas. Si había alguien en este planeta que la conociera era yo, y sabía que esa expresión en particular salía cuando ya había decidido algo y absolutamente nada podía hacerla cambiar de opinión.

Como yo sabía que no estaba equivocado, también me callé. Alargar la discusión no estaba en mis planes. Hablar de eso no estaba en mis planes.

Había hecho mis cálculos a la perfección, ya había memorizado todas sus rutinas y horarios. Mi plan no tenía ni un solo error.

Excepto la vecina del frente, que llamó a la policía en cuanto vio la luz encendida media hora antes de lo normal. Al parecer ella también conocía sus horarios.

Y luego dicen que yo soy el inestable.

La policía, así como mamá, tampoco me dio la oportunidad de explicar por qué estaba ahí. De eso hace ya un año, el peor que he tenido.

Alabama sonaba como un paraíso. Uno caliente, húmedo y lleno de mosquitos, pero que me alejaría de todo de una vez por todas.

Me deslicé por el asiento de cuero del carro, intentando poner distancia entre ambos. Saqué la cabeza por la ventana, sabiendo que éramos los únicos en la carretera y no había peligro de ser decapitado.

Maíz, interminable, como un mar dorado. Reflejaba los últimos rayos del ocaso, que moría lentamente con el inevitable paso del tiempo.

Cerré los ojos y sentí el viento pasar por mi cabello. Olía dulce, como todo lo que se queda demasiado tiempo bajo el sol, pudriéndose mientras aún respira.

¿Mi nueva morada también estaría rodeada por maíz?

—Mete la cabeza, Dorian, no eres un perro.

La ignoré, de nuevo. Mi cerebro ya estaba acostumbrado a filtrar sus palabras como sonido de fondo. No quería mirarla, sabía qué iba a encontrar en sus ojos.

Desde el incidente con la señora Martin, la decepción era lo único que había que descifrar.

Pero lo que realmente me enojaba no era eso, ya estaba acostumbrado a decepcionarla. Lo que hacía arder mi sangre era que no me mirara como a su hijo.

Para ella ahora yo solo era uno de sus tantos proyectos fallidos.

Y como ya no le servía, se estaba deshaciendo de mí. Mandándome a otro estado, a un internado alejado de todo y de todos.

Edelwood Academy, así se llamaba el lugar en el que iba a estudiar y vivir de ahora en adelante.

Intenté investigarlo antes de llegar, para estar preparado, pero no había mucha información disponible. Dos panfletos de los años ochenta y un número telefónico que mamá escondió de mí apenas me vio interesado.

—¿Y si es un culto? Se sabe por estadísticas que el sureste tiene los índices más altos de religiosidad. Podemos inferir que los cultos tienen más probabilidades de surgir en ambientes como este. El aislamiento, la poca información, la disposición a recibir nuevos miembros incluso a mitad del año... No es imposible pensar que podría ser uno. ¿Lo entiendes, mamá? Podrías estar llevándome a la boca del lobo. La próxima vez que nos veamos quizás esté hablando del fin del mundo y cómo voy a ser uno de los pocos elegidos si deposito suficiente dinero en una tarjeta del extranjero.

Lo siguiente que supe fue que mi cabeza se había golpeado con el marco de la ventanilla y que mamá estaba abriendo la puerta del carro para salir. Había frenado en seco.

—¿Mamá?

—No, cállate.

Salió y azotó la puerta sin mirarme.

La vi cruzar al otro lado de la carretera, abrir su celular y responder una llamada. Era eso... vaya, creí que había enloquecido por fin.

Aproveché que me daba la espalda para buscar en su bolso el folio de papeles que había traído desde casa. Ya había intentado leerlo una vez y me lo arrancó de las manos.

Algo importante debía estar escondido ahí.

Abrí la carpeta de plástico barato, leyendo solo los títulos y las palabras subrayadas.

Mi información personal, un certificado de mi antiguo colegio, una carta de mi psicóloga. Aquí no había nada especial.

—¡Dorian! ¡Podrías dejar de meterte donde no te llaman por al menos un minuto!

Mamá ya estaba en la puerta, con las mejillas rojas y el cabello despeinado. Algo la preocupó.

—¿Qué pasó? ¿Quién te llamó?

Ella me arrebató la carpeta y se sentó. Miró la carretera que se extendía infinitamente sin parpadear.

—De aquí hasta Edelwood queda como media hora.

—¿Me estás preguntando? Porque no tengo ni idea, mamá —era obvio que estaba hablando sola, pero mis ganas de molestarla no habían terminado—. No conozco el camino y creo que eso es obvio.

Ella abrió la guantera, donde había un viejo mapa de papel arrugado. Lo desplegó y comenzó a seguir una línea con la punta de su dedo.

—Llamaron del alquiler de carros. Dicen que nuestro tiempo ya se venció y que si no queremos pagar una multa debemos entregar el carro antes de las ocho.

—¿Entonces? Paguémosla.

Cerró el mapa y me lanzó la carpeta que no pude terminar de revisar.

—Última hoja. Eso fue lo que me costó tu matrícula al culto, pequeño impertinente. Ya me salí del presupuesto y no puedo tener otro gasto extra si quiero llegar a fin de año. Así que tomarás tus maletas, caminarás hasta Edelwood y yo regresaré este maldito auto antes de las ocho. ¿Entiendes?

No pude despegar la mirada de la cifra escrita en el papel, en negrilla, como si quisiera grabarse en la retina de mis ojos.

Eran al menos cuatro de sus sueldos mensuales.

—¿Cómo conseguiste este dinero? Es mucho, mamá.

Mamá era pragmática; si algo no daba resultados, lo desechaba para buscar una mejor opción. Esta no era una decisión lógica; gastar tanto para nada no era algo que ella hiciera en sus cabales.

¿Realmente enloqueció? Además de la matrícula, también invirtió en el viaje. Gasolina, alquiler de carros, comida.

¿Qué tenía en la cabeza? ¿Tanto le estorbaba? Estaba yendo muy lejos solo para abandonarme.

Debió de haber pedido un préstamo. El único dinero disponible era el de mi fondo universitario y sabía que ella prefería que nos muriéramos de hambre antes que gastar un solo centavo de ahí.

—No vamos a hablar de eso, estamos perdiendo tiempo. Lleva tus maletas más livianas y yo intentaré enviarte las otras esta semana o la próxima. Solo debes seguir recto por la carretera, no hay pérdida. Llamaré al internado para avisar que llegarás solo.

Me empujó contra la puerta, apresurándome. Cuando vio que abría la puerta, salió corriendo hasta el maletero, sacando mis cosas.

No logré poner ni un pie afuera cuando ella ya estaba volviendo a entrar. Se miró el reloj, suspiró y tomó mis mejillas. Sus uñas se clavaron en mi piel suavemente. No me preocupé; ella jamás usa demasiada fuerza.

Sus ojos castaños, como un reflejo de los míos, se volvieron serios.

—Esta es tu última oportunidad, nada de problemas. MIT, Dorian, MIT. Recuérdalo.

Massachusetts Institute of Technology. La meta de mamá para mí desde que nací. Si hubiera algo imposible de olvidar, era eso.

—Yo también te voy a extrañar, mamá.

Inclinó su cabeza hacia la izquierda, moviendo su largo cabello por su hombro. Pasó una mano por mi cabello y, por primera vez en meses, sonrió.

—Lo sé. Ahora a caminar, debes llegar con tiempo para acomodar tus cosas.

Salí del carro, respirando por última vez en meses su perfume floral.

El carro retrocedió y dio la vuelta, quedando al otro lado del carril. Pude ver su perfil preocupado mirando el reloj antes de arrancar.

—¡MIT, recuerda!

El motor emitió el único sonido en kilómetros a la redonda, alejándose de mí.

Bien, estoy solo. A la mitad de la carretera. Pronto va a anochecer.

Gran guion para una película de terror.

Colgué el bolso más pesado a mi espalda y tomé las otras dos maletas con mis manos. Si me hubieran avisado que esto sucedería, habría empacado ligero.

Basta de quejas, Dorian. Tienes media hora que caminar.


Llevo cuatro horas caminando.

Cuatro.

El sudor de mi espalda comenzaba a enfriarse, igual que la noche.

Había dejado atrás los campos de maíz hace dos horas. Cuando vi que los campos se acababan creí que ya estaba cerca del internado, solo para que mis esperanzas fueran aplastadas por toneladas de algodón.

Tal vez así era Alabama: campos de maíz y algodón sin fin, y yo había caído en la trampa de mi mamá. Tal vez Edelwood no existía y solo era un invento hecho por su malvada mente. Deja al niño a la mitad del campo con una meta inexistente para que piense que está a punto de llegar y déjalo morir por fatiga, deshidratación o exposición. La que llegase más rápido y fuese más cruel.

Su estrategia funcionó a la perfección. Lo único que no me había permitido parar era la esperanza de llegar. Pero esa comenzaba a fallar, igual que mis piernas.

Me senté en el asfalto, tiré las maletas sin cuidado y me permití descansar.

¿Qué se supone que haga? Me dolían los músculos, ardían bajo mi piel como hierro fundido. No tenía cómo contactar con el internado o con mamá.

¿Podía quedarme aquí por esta noche? Era verano, las noches eran más cálidas de lo normal, podía adentrarme al campo de algodón y buscar algún sitio libre.

Debían de buscarme después. Cuando no me vieran en la mañana y llamaran a mamá para preguntar.

Cuando alguien desaparece, las primeras cuarenta y ocho horas son clave. Estoy seguro de que estoy lo suficientemente cerca del internado como para que me encuentren en las primeras veinticuatro. El cuerpo humano resiste unos tres días sin agua; sin embargo, estuve perdiendo demasiado líquido después de caminar todo ese tiempo, por lo tanto, lo más inteligente es esperar ayuda y retener lo que me queda.

Me quité el bolso y me recosté. La carretera seguía caliente, guardando el calor del día. Los huesos de mi espalda sonaron apenas la apoyé.

Al menos tenía una vista preciosa de las estrellas. Estar lejos de cualquier contaminación lumínica hacía maravillas.

Titilaban como pequeñas luces de navidad, esparcidas por todo el cielo. No podía contar cuántas había ni identificar constelaciones, pero era en definitiva la mejor vista que había presenciado. Casi imaginaba la luz cayendo sobre mí, a miles de años luz.

Una luz amarilla me encegueció. Solo pude ver puntos oscuros por todos lados.

Eso era un carro.

Un carro.

—¡Hey, aquí! —Me levanté tan rápido que casi me caigo para atrás.

El carro venía del otro lado, de donde se supone que yo debería estar hace cuatro horas.

Era un clásico ochentero, cubierto con pintura negra que lo camuflaba con la penumbra de la noche. Lo único visible eran las luces delanteras. Paró justo enfrente, dejándome escuchar el sonido del motor encendido.

Quien manejaba era un hombre de mediana edad, aproximadamente. Usaba un uniforme negro y tenía unas grandes ojeras que casi brillaban en su rostro.

—¿Dorian Summerbell? —Venía por mí. Entonces era del internado. Para ser una institución tan cara no cuidaban muy bien a sus estudiantes; pudieron encontrarme muerto o no encontrarme jamás. Muchas cosas podían pasar en cuatro horas.

—¿Edelwood Academy? —Quise una confirmación antes de subirme a su carro. Después de todo, él seguía siendo un desconocido.

Metió la mano en el bolsillo delantero de su camisa y sacó una tarjetita. Me la pasó por la ventanilla mientras suspiraba.

Era de plástico duro, de buena calidad. Tenía relieves plateados y letras cursivas:

Edelwood Academy. Richard Stevenson, guardia de seguridad.

La foto de identificación era idéntica, incluso con la misma expresión de querer morirse.

—¿Vas a entrar? A este paso vamos a llegar al amanecer.

Personal poco amigable, anoté mentalmente.

Debía disponer de un nuevo bloc de notas para investigar sobre Edelwood. Pero eso sería una tarea para mi futuro yo; el actual yo solo quería dos cosas: beber agua y dormir.

Me giré para buscar mis maletas. Richard no se lucía muy dispuesto a ayudarme, pero lo entendía: es probable que buscar estudiantes a mitad de la noche no fuera una de sus responsabilidades. Debía darle las gracias, era por él que no dormiría en la maldita carretera.

Me apretujé en las sillas traseras con mis tres maletas, intentando no quedarme dormido apenas toqué el asiento. La calefacción estaba encendida y el olor a aromatizante artificial casi me hace llorar. Por fin algo que no era mi propio sudor.

—No le volveré a creer a mi mamá, jamás. Dijo que el internado estaba a media hora y llevo todo este tiempo caminando.

Él me miró por el espejo retrovisor mientras se le salía una sonrisa burlona.

—Nosotros también pensamos que estabas a media hora. La cuestión, niño, es que existe una gran diferencia si hablamos de ir en auto o caminando. Parece que a tu mamá también se le olvidó esa diferencia.

Oh.

¿Cómo olvidé yo eso?

—Es increíble lo lejos que llegaste, casi lo logras. Unos veinte minutos más y yo no habría tenido que sacar este cacharro.

Decidí no responder; no me gustó el tono que utilizó. Como si fuera mi culpa. Estoy seguro de que, de los dos, el que peor la pasó no fue él.

Que se olvide de mi agradecimiento.

No tuve la oportunidad de cerrar los ojos; ya habíamos llegado.

Al fin puedo comprender por qué la creación de la rueda fue un hito en la humanidad.

Saqué mis últimas energías para salir del carro y tomar mis maletas. Si por mí fuera, me acostaría aquí mismo, junto al gran portón antiguo y puntiagudo.

Esas puertas debían tener por lo menos un siglo; el diseño era clásico de la época victoriana. Madera oscura maciza y detalles metálicos plateados. Dignas de una matrícula cara.

EDELWOOD ACADEMY – 1850

Bueno, eso lo explicaba.

—No te quedes ahí parado. Toma —Richard me lanzó una llave y un sobre—. Edificio tres.

Me abrió el portón y se dio la vuelta para entrar de nuevo en el carro.

Apenas di un paso dentro, un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba haciendo tanto frío que parecía principios de invierno. Se te metía por los poros y se adentraba en tu cuerpo sin tregua.

Esto debe ser físicamente imposible.

¿Se me bajó el azúcar? No he comido nada en horas.

Froté mis brazos mientras caminaba por el sendero.

Si el cambio de temperatura no fue suficiente para sorprenderme, entonces el edificio lo fue. Era gigante, distribuido en varios edificios, todos con diseños distintos pero armoniosos: ladrillos, techos altos con torres, arcos apuntados en cada una de las ventanas. Podía vislumbrar vitrales de colores, marcos ornamentales y asimétricos.

Una obra de arte ante la cual debías levantar la vista al cielo para contemplarla.

¿Cómo podía esta estructura siquiera existir aquí? Parecía estar reservada para los libros y las leyendas, donde solo los espectros y los nobles tenían derecho a entrar. ¿Acaso mi alma se quemaría al dar un paso más? Me consideraba de lo más sencillo; «del pueblo», dirían muchos.

Insuficiente, era como me sentía. Y cualquier otro, incluso de la más pura estirpe, también se sentiría así. Este lugar no estaba diseñado para habitar, sino para admirar.

Mirarlo directamente solo empeoraba el frío que ya me recorría.

Había entrado a otro mundo: uno helado, hermoso e intimidante.

No me sentí digno de entrar por la puerta principal, así que tomé mis maletas y caminé por el jardín, intentando buscar el tan aclamado Edificio Tres.

Caminé por todo el jardín, husmeando por las ventanas del primer piso. Intentaba buscar algún cartel o afiche que me diera pistas.

¿No deberían tener un mapa?

Los oscuros y solitarios senderos se empezaron a mezclar; no podía recordar si ya había pasado por ahí. Por muy impactante que fuera la arquitectura, eso no evitaba que pareciera un laberinto. Todo debía dar vueltas sobre sí mismo, porque estaba seguro de que había estado caminando en línea recta todo este tiempo; era improbable que pasara por el mismo lugar.

Estuve a punto de dar la vuelta y esperar a Richard en el portón, pero no sabía si él ya había vuelto o si este lugar tenía otra entrada. Si quería indicaciones, debía buscar a alguien más.

Me senté en el elegante banco del jardín. Era de piedra tallada con patrones florales. No pude reconocer las flores con tan poca luz.

Incluso algo tan sencillo como un banco estaba bellamente decorado. Tan diferente a mi California, toda llena de líneas rectas, sentimientos planos y alegría insulsa.

—Toto, tengo la sensación de que ya no estamos en Kansas —quise reír apenas la frase salió de mis labios. Sí, me sentía como la pequeña Dorothy, lanzada por los aires hasta llegar a este lugar tan poco amable.

Mi metáfora se vio interrumpida por un lejano tarareo y unos pasos rítmicos contra el césped. Me quedé congelado donde estaba. Mi corazón latió tan rápido que dolió. ¿Qué era eso?

Luego recordé dónde estaba. Podía ser otro guardia de seguridad, un estudiante o incluso un profesor. Así era como funcionaban los internados: te quedas incluso en la noche.

El tarareo se alejó lo suficiente para saber que, si quería averiguar dónde estaba el Edificio Tres, debía correr detrás de quienquiera que fuese.

Decidí dejar las maletas, no solo porque me retrasarían, sino porque mis manos ya no soportaban un segundo más cargándolas.

Era increíble lo nítido que se escuchaba. Desde que entré por el portón no había escuchado nada de grillos o cigarras; raro, porque ese era el único sonido que me había acompañado durante cuatro horas.

Mis zapatos se mancharon de barro. Aquí la tierra parecía más húmeda, como si acabara de llover. Tal vez por eso Alabama tenía tantos cultivos.

Me estaba alejando cada vez más de los edificios; la hierba estaba un poco más alta y descuidada. Otro escalofrío, solo que este fue desde la cabeza hasta los pies, me dejó una sensación extraña, como si acabara de sumergirme en agua helada.

¿Me encontrarían aquí si me desmayo?

El eco de agua corriendo fue lo que me espabiló. Agua real. Qué coincidencia tan oportuna.

El tarareo se atenuó con el sonido del agua. Eso no lo iba a librar de mí: lo iba a encontrar y, si tenía que obligar a quien fuera para que me acompañara a mi habitación, lo haría, incluso si era el jodido director.

Aunque no lo creía; la voz sonaba demasiado juvenil, un poco infantil incluso.

Conforme más me acercaba al sonido, más podía empezar a oler ese aroma sutil pero dulce de las flores. Un poco como... ¿miel? Pero con un toque acuoso y fresco. Como un estanque en primavera.

Lo primero que vi fueron las pequeñas flores blancas por todo el borde; lo segundo fue el gran río que corría acelerado.

Fue solo después de ver eso que mi cerebro decidió procesar la figura en medio del río.

Estaba de espaldas, cubierta por una tela blanca húmeda que se pegaba a su piel. El cabello, como la misma agua que la rodeaba, caía despreocupado por sus hombros, rozando su cintura. Oscuro como una noche sin estrellas.

Caminó y caminó. Luego, solo se hundió.

¿Qué fue eso? ¿Era realmente una persona? ¿Se cayó? No, la vi caminar... Entonces, ¿se lanzó? ¿Estoy presenciando un suicidio? Porque no salía; quienquiera que fuese no salía a respirar. ¿Debería ayudar? No, no sé si el río tiene corrientes; lanzarme sería una imprudencia.

—¡¿Estás bien?! —No estoy seguro de que me escuche. Si se está ahogando no me escucharía. Pero si lo estuviera haciendo, ¿no debería haber movimientos bruscos?

Me acerqué más a la orilla, mojando mis zapatos. No podía ver nada desde aquí.

¿Qué hago? Me revolví el cabello intentando pensar. No puedo irme y buscar a alguien, no sabría cómo regresar.

—¡¿Necesitas ayuda?!

Qué inteligente, Dorian, como si pudiera responder.

¿Qué hago?

Van alrededor de cinco minutos.

¿Era eso una persona? El agua seguía corriendo.

Corriendo.

¿Se la llevó la corriente?

—¡¿Hay alguien ahí?! —Era inútil, ni siquiera sé por qué grito.

Es imposible que una persona aguante tanto tiempo bajo el agua; más aún con agua corriendo.

¿Fue mi imaginación? ¿Estoy soñando? ¿Me desmayé en la carretera y no lo sé?

¿O eso era otra cosa? No soy escéptico, pero tampoco creía mucho en lo sobrenatural.

Diez minutos.

¿Era un fantasma? ¿Un alma en pena? ¿Una ninfa? ¿Sirena?

Me dolía la cabeza, ya fuera por forzar los ojos en la oscuridad o por el torbellino de pensamientos y teorías que nacían en mi mente.

Me pellizqué el brazo, tan fuerte que me rompí la piel. No era un sueño.

El río se tragó a alguien. O algo volvió al río.

Y yo, siendo una persona de lógica, me inclinaba por la segunda.

Quince minutos.

Una cabeza rompió la superficie y salió.

Un brazo largo, cubierto por tela, pero tan blanco que reflejó la luz opaca de la luna, pasó por su cabello. Lo escurrió, sacando el agua con un gesto tan íntimo que me detuvo el corazón.

El agua seguía rozando las puntas de su cabello, como los dedos de un niño codicioso. Se movió con una ligereza aprendida. Ese era su estado natural.

Luego me miró. Esa cosa me miró.

Ojos negros, sin fin.

Se adentró en mi alma, evaluándola. Me sentí juzgado bajo una mirada divina que sabía todo sobre mí.

Encaje mojado, pegado a su delicada piel. Mejillas rosas y dientes blancos tarareando una canción.

Quince minutos.

Quince minutos bajo la corriente.

¿Era real?

Movió la cabeza hacia la derecha. Su cabello se deslizó como una cascada de tinta y se le enredó en el cuello y en la curvatura de sus clavículas, delicadas como la cuenca de un río.

Caminó, dejando ondulaciones sobre el agua. Salió del río, justo del otro lado.

No me dio una segunda mirada mientras se adentraba en la arboleda.

Fue cuando desapareció que me di cuenta de que estaba en el suelo, caído entre prímulas y mojado por la orilla del río.

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