Amor Y Sangre by CPN at Inkitt
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Amor y sangre

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Summary

Alekséi y Anastásia Petrov habían construido el mayor de los imperios de la mafia rusa. Su poder parecía inquebrantable, al igual que su amor. Sin embargo, los Markov, el clan rival, guardaban un as bajo la manga para destruirlos. Traición por traición, venganza por venganza... ¿Pondrán fin las balas a su legado? ¿Sobrevivirá el amor al peso de la traición y la muerte, o estaba condenado desde el principio?

Genre
Thriller,Romance
Author
CPN
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

El precio de la venganza

Petrov no solo era el apellido de una de las familias más temidas entre la mafia rusa. El imperio que Alekséi, el único heredero de tan ostentosa saga, había construido al contraer matrimonio con Anastásia, parecía no conocer límites. La ambición de su esposa, aunada a su sed de venganza, los había convertido en los reyes del inframundo. Pero el miedo y la lealtad de sus súbditos no bastaba para que su poder fuese inquebrantable. Solo unos pocos contaban con el valor suficiente para tratar de derrocarlos, y dentro de tan reducido grupo se encontraba el clan Markov.

Los Markov habían demostrado su gran rivalidad hacia los Petrov tendiéndoles alguna que otra emboscada con anterioridad, de las que habían salido airosos y victoriosos hasta el momento. Sin embargo, el poder no solo se medía en la cantidad de sangre derramada, o en el número de rivales caídos... Había un motivo oculto. Mientras tanto, las amenazas persistían y los rumores de un gran ataque cada vez cobraban más fuerza. Mas esa no era una excusa que sirviese para detener a la pareja Petrov, cuyos movimientos eran tan calculados que aún mantenían la certeza de que juntos serían invencibles. O eso querían hacer creer a los demás.

—Alekséi, ¿crees que deberíamos empezar a preocuparnos por los Markov? —le preguntó Anastásia a su marido, mientras continuaba con la mirada perdida a través del vidrio blindado del auto. Veía sus recuerdos pasar al mismo tiempo que los edificios se desdibujaban conforme aumentaba la velocidad del vehículo.

Ambos se dirigían a un viejo almacén ubicado en los suburbios de la ciudad. Aquel era el lugar acordado para cerrar el trato con los proveedores que les suministrarían armas ilegales. Ese encuentro podía significar un paso clave para consolidar su imperio criminal. No obstante, el continuo acecho entre las sombras de los Markov los había puesto sobre aviso. Aunque el hombre se negara a mostrarse vulnerable.

—¿Preocuparnos? ¿Cuántas veces han intentado sabotear nuestros negocios? —repuso Alekséi, sin obtener una respuesta por parte de su esposa—. Muchas, pero los Markov no han podido, ni podrán, contra nosotros —Anastásia se quedó pensativa, con un atisbo de duda en su mirada—. Cariño, recuerda que ahora eres una Petrov.

El apellido de Anastásia no siempre había sido ese. Antes de contraer matrimonio, la conocían como la señorita Ivanov. Dentro del círculo de la mafia rusa, el clan Ivanov, lejos de lo imaginado, era uno de los pocos que creía en las alianzas para afianzar su legado. De modo que desde tiempos inmemoriales, habían aunado sus fuerzas con los Petrov actuando como uno solo. Ambos contaban con un enemigo común, y su apellido no era otro que Markov.

Aquellos indeseables habían sido los encargados de acabar con la vida de sus padres y de su hermano. La escena aún seguía grabada en su memoria tan viva como el día que la contempló. Los cuerpos de sus progenitores, ensangrentados y perforados por las balas, yacían sobre el salón. Los gritos ahogados de una joven Anastásia resonaban entre el eco de las paredes. No hubo tiempo de lamentos ni lágrimas, sus pies le advertían que su hermano aún podía seguir escondido en alguna parte. A pesar de recorrer cada palmo de aquella mansión, no había ni rastro del pequeño...

Las autoridades llegaron unos minutos más tarde, alertados por otra casona vecina. Si bien, lo único que lograron, además de levantar el acta de fallecimiento de sus padres, fue abrir una investigación que años más tarde darían por cerrada. En un principio, la policía sospechó de un posible secuestro, pero la ropa ensangrentada de niño que encontraron arrojada entre la maleza, les llevó a concluir que su cadáver estaría en algún punto remoto del mar. A la deriva, así era como había terminado con tan solo cinco años el pequeño de los Ivanov.

—Siento haber traído malos recuerdos a tu memoria —mencionó Alekséi que, más allá del semblante frío y calculador, demostraba ser afectuoso con quienes quería—. Si aquella tragedia no hubiese sucedido, tal vez tú y yo no estaríamos aquí —se acercó y con delicadeza cogió su mano, a fin de reconfortarla.

Así era, si tal desenlace no se hubiese producido, probablemente Alekséi y Anastásia no se habrían enamorado. Y ese era el verdadero motivo de su poder, el amor que sentían el uno por el otro. Tras la muerte de su familia, la pequeña de diez años se crió bajo la tutela de la familia Petrov. Aunque al principio Alekséi vio la llegada de la nueva “intrusa” como una posible amenaza que intentaría arrebatarle lo que por ley era suyo, pronto la irrefrenable atracción que sintió por ella deshizo ese pensamiento. Aunque su padre pasó a ser el tutor legal de la chica, Anastásia nunca fue adoptada como una hija. Aquello favoreció los planes de Alekséi, que acabó jurándole amor eterno con una alianza de compromiso de por medio. La relación entre ambos no siempre fue vista con buenos ojos por la familia. La ambición desmedida por el afán de poder y el deseo de agrandar su imperio con otra alianza, llevó a su padre a romper el pacto que había firmado con los Markov. El enlace entre Alekséi y la mayor de las hijas de Markov ya no se produciría, rompiendo así la paz que se habían declarado.

—Y tal vez el clan Markov no tendría a sus sicarios detrás de nosotros, o al menos detrás de su yerno —comentó ella algo risueña. Esa sonrisa era lo que acabó cautivándolo, aquel era más que un simple gesto... Esa sonrisa le devolvía la vida.

—Jamás me arrepentiría de haberme casado contigo —masculló robándole un beso a su amada.

El Alekséi y la Anastásia que se habían estado dedicando miradas anhelantes y palabras dulces desaparecieron al bajarse del vehículo. Habían llegado a su destino. Aunque generalmente enviaban a sus subordinados para cerrar sus tratos, esta ocasión era diferente. El control fronterizo cada vez era más limitado y eso dificultaba la importación de armas ilegales. De forma que esta podía ser la única oportunidad de llegar a un acuerdo con el único proveedor que podía suministrarle la mercancía necesaria en menos de veinticuatro horas.

La pareja avanzó hacia lo que parecía ser una puerta corredera que daba al interior de un almacén abandonado. Alekséi se abotonó la chaqueta de su traje a la vez que inspeccionaba el lugar. Anastásia, a su lado, permanecía en alerta ante la inminente llegada del proveedor. Los minutos pasaron, y el comercial seguía sin aparecer. Anastásia, que llevaba días preguntándose si no les estarían preparando una encerrona, trató de calmar ese atisbo de nerviosismo que comenzaba a crecer en su estómago. Como si su esposo pudiese leerle la mente, se apresuró a calmar los ánimos de la chica.

—Nuestros hombres hicieron todas las comprobaciones pertinentes para cerciorarse que el proveedor es de fiar. Tranquila, cariño —trató de sosegar sus inquietudes.

Quince minutos del reloj transcurrieron hasta que un hombre de dudoso aspecto y con el rostro cubierto entró en la habitación. La conversación con el proveedor no dejaba de asemejarse a los escuetos y directos diálogos a los que estaban acostumbrados, por lo que no había motivos que levantaran sospecha alguna. El hombre abrió un maletín con algunos ejemplares de muestra de los revólveres más cotizados del mercado negro. Cargó el arma, apuntó contra un pequeño desconchado de la pared y disparó. Con ello no solo demostró su habilidad, sino que el sonido de la bala impactando contra su objetivo sirvió como reclamo.

La extraña sensación que llevaba invadiendo el cuerpo de Anastásia toda la mañana, cual presagio de malos augurios, se tradujo en un ensordecedor grito. El ruido de los pasos resonó en el exterior. De repente, la puerta se abrió de golpe y varios hombres armados invadieron la estancia. Se colocaron escudando al verdadero líder de la banda, aquel que con una sonrisa burlona en el rostro se regocijaba de la efectividad de su plan. El mismo que disfrutaba poniendo contra las cuerdas a sus enemigos, y no era otro que el señor Markov, Luka Markov.

—Siento interrumpir, señor y señora Petrov —bromeó con un ademán exagerado, abriéndose paso entre sus secuaces y apuntando su arma hacia Anastásia—. Dicen que los imperios construidos sobre la violencia acaban cayendo, y el vuestro no será la excepción.

La pareja compartió una mirada cómplice cargada de incertidumbre. Apenas y se habían percatado de la trampa que les habían tendido, cuando las armas apuntaban hacia ellos. Aquel impacto activó en Alekséi un sentimiento protector que lo llevó a rendir honor a su nombre, empujando a su esposa para colocarla detrás de él.

—No sabes con quién te estás metiendo, Markov —lo confrontó Alekséi, elevando las manos en son de paz.

—No, tú eres el que no sabe con quién se está metiendo... ¿En serio creías que podrías anular el compromiso con mi querida hija sin sufrir las consecuencias? —lo amenazó Luka. La calma no duró mucho tiempo, más bien ese fue el detonante para abrir fuego contra ellos.

Las balas comenzaron a volar por la sala desatando el caos. La pareja Petrov se hizo con dos de los ejemplares que aún seguían sobre la mesa, transformándose la reunión en un tiroteo violento. Eran dos contra cinco, Markov y sus cuatro discípulos, quitando el comercial que había huido a la primera de cambio. En medio del fuego cruzado y tras la caída de dos de sus rivales, Alekséi sintió un dolor agudo en su abdomen. Inconscientemente dejó caer su arma al suelo y con su mano presionó la mancha roja que comenzaba a asomar sobre la tela. Una bala lo había alcanzado.

—¡Alekséi! —gritó Anastásia, reflejándose el pánico en su mirada. La chica se acercó a su esposo que, aun luchando con todas sus fuerzas, cayó debatido.

Las lágrimas inundaron sus mejillas con presteza, emanando con la misma intensidad con la que se iba extendiendo la sombra carmín sobre su ropa. La emboscada que les habían tendido iba más allá que un ataque físico. La muerte era una consecuencia inexorable de lo que suponía la destrucción del gran imperio que habían forjado. El día que entrelazaron sus vidas prometieron que el amor y la lealtad prevalecería sobre cualquier cosa, y esa era una promesa que solo juntos podrían cumplir.

Ese efímero instante de autorevelación fueron segundos que el bando opuesto no desaprovechó. Querían asegurarse que Alekséi no tuviera la oportunidad de levantarse, por lo que dos balas más impactaron en su pierna y su hombro. El estruendo resonó en los oídos de Anastásia, despertándola del trance en el que estaba sumida. La rabia y la desesperación la llevó a ensañarse, apretando el gatillo sin vacilar contra los atacantes. Uno de ellos cayó fulminado, y además consiguió herir a Markov.

Su objetivo principal estaba a un solo disparo, herido ya no opondría resistencia. Pero entonces, el último vasallo que aún quedaba en pie, se antepuso en su afán de proteger a su señor. Anastásia no dudó en accionar el arma, nadie se interpondría en su venganza. Lo que desconocía la mujer era que de esa forma estaría acabando con la vida de la persona a la que más había amado, alguien que jamás pensó que seguiría pisando el mismo mundo que ella. Su hermano.

—¡Vamos! ¡Dispárale a tu querido hermano! —bromeó Luka Markov con una sonrisa socarrona. Ni la bala que lo había perforado bastaba para erradicar su burdo sentido del humor—. ¡No me has oído, Petrov! ¡Solo derramando tu propia sangre conseguirás matarme!

Una mezcla de asombro y nostalgia demarcó el rostro de Anastásia. No podía creerlo, la mirada de aquel joven asaltante era la de su hermano perdido. En el fondo de su corazón siempre albergó la idea de que no podía estar muerto, pero las investigaciones inconclusas acabaron por hacerla creer que así era. El infame de Markov se lo había llevado, después de acabar con la vida de sus padres y de hacerles creer que no estaba vivo.

—Hermano, soy yo, Anastásia... ¿Te acuerdas de mí? —le preguntó ella con un hilillo de voz que denotaba lo frágil que se había vuelto al descubrir dicha información.

El joven no respondió, al contrario, elevó el arma apuntando contra ella. Su propia sangre ahora era parte del enemigo, poco quedaba de la inocencia infantil que Anastásia recordaba. ¿Cómo alguien podía cambiar tanto? ¿Acaso no sentía ni un ápice de dolor tan solo con estar cerca del asesino de sus padres? La chica, con la respiración agitada y presa del miedo, dio un paso al frente y se acercó a su hermano. ¿Y si Markov le había ocultado la verdad?

—¿Cómo puedes defender a ese indeseable cuando él mismo fue quien mandó asesinar a nuestros padres? ¿Cómo puedes siquiera mirarlo a la cara? — reveló ante el inexpresivo semblante de su hermano.

—Yo soy un Markov —repuso con frialdad.

—No, no lo eres. Tu eres un Ivanov. Ese malnacido —señaló al hombre que seguía escondido tras él— te secuestró, nos hizo creer a todos que te habían asesinado y habías sido arrojado al mar.

—Yo soy un Markov —repitió ajeno al discurso de Anastásia, al tiempo que le quitaba el seguro a la pistola para abrir fuego contra su propia hermana.

—¿Qué... Qué te han hecho, pequeño? —agregó entre sollozos, no sin antes dirigirle la mirada a Alekséi, que yacía inconsciente sobre el suelo... o tal vez muerto.

—Yo... soy... un... Markov —pronunció separando cada vocablo, dominado por la ira—. ¡Siempre seré un Ivanov! —añadió girándose ciento ochenta grados y disparando contra Luka.

El estruendo sonó como una música celestial a oídos de Anastásia. Su hermano llevaba años bajo el ala de Markov, siendo su súbdito y jurándole lealtad por encima de su vida... Pero aquello no era más que una fachada, una conspiración que había madurado con los años y que pretendía llevar a cabo en el momento justo. Las miradas de los hermanos se conectaron por unos segundos, una sensación de añoranza y júbilo se instauró en sus rostros.

—Hermana —balbuceó el joven Ivanov aún incrédulo por repetir después de tanto tiempo ese vocablo—, no sabes cómo te he echado de menos.

—Y yo a ti, pequeño. Traté de que no cerraran la investigación... Pero te dieron por muerto —resopló Anastásia, frustrada por no haber luchado más.

—Eso ya no importa —le dedicó una sonrisa fraternal. No obstante, la cálida burbuja explotó al escuchar pasos que provenían del exterior, alertándolos de nuevo—. Anastásia, ¡huye! ¡sal de aquí y escapa! Jamás sospecharán de mí, y Alekséi...

—No puedo dejarlo aquí, aún respira —comprobó su esposa los movimientos rítmicos, casi inapreciables, de su pecho—. Juntos, lo prometimos —concluyó dirigiéndose a su marido, en un susurro.

“El amor y la lealtad siempre prevalecerá sobre cualquier cosa”, se recordó la chica. Aquella batalla no solo era una guerra entre familias, ni siquiera una venganza personal que había estado alimentándose en las sombras durante años. Fue entonces cuando se activó el instinto innato de proteger su amor, de cumplir su promesa.

Anastásia sacó fuerzas de donde no las había y, con ayuda de su hermano, levantaron a Alekséi y lo sostuvieron de los brazos. Como si el mismísimo destino estuviese de su parte, el hombre abrió los ojos y le dedicó una de esas miradas que difícilmente podían explicarse. Anastásia no sabía si al atravesar la puerta de salida de emergencia se encontraría con más hombres armados de Markov, o si Alekséi podría salir con vida de esta... ¿El destino seguiría de su parte? ¿o su amor estaba condenado a la muerte? La respuesta le era indiferente, pues seguían caminando juntos ante la adversidad. Ni la muerte podría separarlos, y ni muchos menos acabaría con su amor.

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