Prólogo
Cualquiera puede levantar la vista y verla. Yo fui ese cualquiera. Y pensé que era demasiado para mí.
Siempre miré el mundo con distancia, convencido de que el silencio era la única armadura que valía la pena usar.
Ella era todo lo contrario. Luz. Risas. Energía que contagiaba hasta al más apagado. Bailaba desordenada, explotaba en carcajadas y llenaba cualquier espacio vacío. Pensé que no era para mí.
Tardé en entender que detrás de esa luz hay alguien que ha aprendido a desconfiar. Que ha visto cómo otros se acercan, disfrutan de su brillo, y luego se van cuando las nubes tapan su resplandor. Alguien que esconde sus inseguridades detrás de risas que llenan cualquier espacio vacío.
Porque esta luna no se contenta con brillar bonito. También duda. También tiene miedo de no ser suficiente. También es tormenta
Cuando la conocí, algo en mí cambió. No lo supe en ese momento. Fue después, en los silencios, en las ausencias, cuando entendí que estar cerca de ella era como sostener algo cálido entre las manos. Algo tan bonito que daba miedo apretarlo demasiado. Algo que, sin saber cómo, se había vuelto necesario.
Y cuando me marché, creí que toda esa luz se había extinguido. Que la había dejado atrás, junto con todo lo demás. Pero no fue así. Siempre quedó conmigo. En los rincones más pequeños de la memoria. En las canciones que no podía escuchar sin pensar en ella. En los silencios que ya no eran los mismos porque ahora tenían su nombre.
Ahora sé que no necesita ser perfecta. Que incluso sus silencios, esos que pesan más que sus risas, tienen su propia belleza. Y no pienso huir cuando sus días se vuelvan grises.
Nunca más volvería a alejarme de ella. Porque lo difícil no fue entenderla. Fue llegar hasta donde se esconde. Y ahora que lo he logrado, no hay lugar al que quiera pertenecer más que a este.
No existe noche más perfecta que tenerla a ella, incluso en las más oscuras.
No lo supe entonces. No podía saberlo. Pero ella se convertiría en mi calma, mi luz y mi razón favorita.








