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Aprendiendo a vivir

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Summary

Victoria sabía que algún día tendría que aprender a vivir sin él. Lo que no sabía era que, dos años después de su muerte, conocería a alguien capaz de hacerla sentir viva otra vez. Lucas no llegó para reemplazar a Gabriel. Y Victoria tampoco estaba buscando enamorarse. Pero mientras él le enseñaba a mirar hacia adelante, ella tendría que enfrentarse al miedo que llevaba años evitando: ¿Es posible volver a amar sin sentir que estás dejando atrás al amor de tu vida? Quizás amar de nuevo no significa olvidar. Quizás significa aprender a vivir.

Genre
Romance
Author
Jk any
Status
13h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

El día que te perdi

Nunca entendí por qué la gente decía que los funerales eran silenciosos. El tuyo no lo fue. Había demasiados sonidos: el llanto de tu familia, los murmullos de personas que apenas conocía, las pisadas sobre el suelo mojado y la lluvia golpeando los paraguas negros. También había flores por todas partes, demasiadas para mi gusto. Nunca me habían agradado las flores blancas; siempre me parecieron demasiado delicadas para algo tan definitivo. Ese día rodeaban tu ataúd, cubrían las sillas y descansaban entre las manos de quienes habían venido a despedirse de ti.

También había fotografías. En una aparecías riéndote con la boca llena de comida porque, como siempre, nunca esperabas a que terminaran de tomar la foto antes de empezar a comer. La miré durante unos segundos, pero tuve que apartar la vista. Eras tú y, al mismo tiempo, ya no lo eras. Allí estaban tu rostro, tu sonrisa y tus ojos, pero una fotografía no podía contener todo lo que habías sido. No podía aceptar que aquel pedazo de papel fuera lo más cerca que volvería a estar de escucharte reír.

Eso era lo que más dolía: saber que no volvería a escuchar tu voz.

La última vez que te escuché no sabía que sería la última. No hubo una despedida especial ni una conversación en la que pudiera memorizar cada palabra. No te abracé más fuerte porque supiera que iba a perderte; simplemente vivimos aquel momento como cualquier otro. Y luego dejaste de estar.

Lo peor era que yo había creído que ya habíamos pasado por lo peor. Durante meses vimos cómo tu cuerpo se cansaba, escuchamos palabras que ninguno quería oír y aprendimos a vivir con el miedo de que tu enfermedad pudiera ganarnos. Pero entonces mejoraste. Los médicos dijeron que estabas respondiendo al tratamiento y, poco a poco, volviste a comer con ganas, a salir de casa y a sonreír sin que pareciera que hacerlo te costaba. Dejamos de hablar tanto de hospitales y volvimos a hablar de nosotros.

Recuerdo una mañana en la que te encontré en la cocina intentando preparar café. Lo hiciste horrible: demasiado fuerte y demasiado amargo. Probé un sorbo y tuve que esforzarme para no hacer una mueca.

—Está bueno —mentí, tratando de mantener una expresión seria.

Me miraste durante unos segundos y levantaste una ceja, como si acabara de insultar tu inteligencia.

—Eres pésima mintiendo, Vivi —señalaste con una sonrisa burlona.

Solté una risa y dejé la taza sobre la mesa.

—Y tú eres pésimo haciendo café —respondí, señalando la cafetera como si fuera la prueba definitiva de mi acusación.

Te llevaste una mano al pecho, fingiendo estar profundamente ofendido.

—¿Después de todo lo que hago por ti? Dijiste, con una expresión un poco exagerada.

—¿Todo lo que haces por mí? ¿Como preparar café que sabe a gasolina?

Te reíste y yo también. Durante unos minutos no existieron los hospitales, los tratamientos ni el miedo. Solo estábamos tú y yo, discutiendo por un café horrible como si aquel fuera el problema más importante del mundo. En ese momento no sabía que algún día recordaría aquella mañana con el corazón roto.

Volvimos a creer en el futuro. Ya no hablábamos de lo que haríamos si algún día todo salía bien, sino de lo que haríamos cuando saliéramos de aquello: viajar, conocer Italia, mudarnos a una casa más grande y despertar un domingo sin tener que correr a ninguna parte. Tú querías conocer el mar en invierno y yo te prometí que algún día te llevaría. También discutíamos por cosas absurdamente pequeñas, como qué perro tendríamos o quién se levantaría primero los domingos.

Eran planes sencillos, pero significaban que todavía existía un mañana. Yo había vuelto a acostumbrarme a imaginarte dentro de él. Tal vez por eso perderte fue tan cruel: no solo perdí al hombre que amaba, sino también todos esos días que ya había empezado a vivir en mi cabeza.

La recaída llegó justo cuando había empezado a bajar la guardia. Todavía recuerdo cómo sonó aquella palabra.

—Recaída.

Fue una sola palabra, pero sentí que acababa de caerme al vacío. Te miré, esperando encontrar en tu rostro alguna señal de que no era tan grave como parecía. Tú intentaste tranquilizarme, como siempre.

—Va a estar bien —me aseguraste, aunque evitaste mirarme y supe que también tenías miedo.

Dios, cuánto quería creerte.

Pero esta vez fue diferente. Todo ocurrió demasiado rápido. No tuvimos meses para prepararnos ni tiempo suficiente para aceptar que quizá el final se acercaba. Solo tuvimos hospitales, conversaciones a medias y esa horrible sensación de que el tiempo se nos escapaba entre los dedos.

Y después te fuiste, así de fácil, como si la vida pudiera cambiar de dirección sin pedir permiso.

Tu madre dio un hermoso discurso durante el funeral. Habló de cuando eras pequeño, de tus travesuras y de esa personalidad tuya que conseguía que cualquiera se sintiera cómodo a tu lado. Algunas personas lloraban; otras sonreían al recordar tus historias. Yo también quería sonreír, pero no podía.

Todos esperaban que dijera unas palabras. Podía verlo en sus miradas: querían que hablara de ti, de nosotros, que contara alguna historia capaz de explicar cuánto habías significado para mí. Pero ¿cómo se supone que una persona resume toda una vida en unas cuantas palabras? No estaba perdiendo solamente a alguien. Estaba perdiendo nuestra vida: la casa que imaginábamos, los viajes que nunca hicimos, las fotografías que nunca tomamos, las mañanas juntos, tus mensajes cuando llegabas tarde, las películas que veíamos sin prestar atención y la forma en que buscabas mi mano cuando caminábamos.

Todo aquello que parecía normal mientras lo vivíamos ahora se sentía imposible de recuperar.

Poco a poco, las personas comenzaron a marcharse. Los paraguas desaparecieron entre los árboles, los murmullos se hicieron cada vez más lejanos y el cementerio terminó quedándose vacío. Hasta que estuvimos solos: tú y yo.

Me quedé frente a tu tumba sin saber cuánto tiempo había pasado. La lluvia mojaba mi cabello y mi ropa, pero ya no me importaba. Durante horas había escuchado que eras un ángel, que siempre vivirías en nuestros corazones y que algún día aprendería a aceptar tu partida. Pero yo no quería que vivieras solamente en mi corazón. Quería que estuvieras en mi casa, escuchar tu voz desde otra habitación, encontrar tus zapatos donde no debías dejarlos y discutir contigo por cualquier tontería. Quería que volvieras a quejarte porque nunca sabía dónde dejaba las llaves.

Quería que estuvieras vivo. Eso era todo.

Cerré los ojos y los recuerdos aparecieron sin que pudiera detenerlos: tu sonrisa, tus abrazos, aquella tarde en la que salimos a comprar comida y terminamos caminando durante horas porque ninguno quería regresar a casa, y la vez que intentaste cocinar para mí y casi quemaste la cocina. También recordé tu risa, esa que siempre terminaba contagiándome.

No pude evitarlo. Comencé a reír entre lágrimas. Probablemente cualquiera que me hubiera visto habría pensado que estaba perdiendo la razón, pero esa era nuestra forma de amarnos. Nos reíamos de todo y, incluso en medio de aquel dolor, podía encontrar un pequeño pedazo de felicidad al recordarte, aunque después doliera el doble.

Abrí los ojos y miré tu nombre grabado en la piedra.

Gabriel Bellini Ferrer.

Durante años, ese nombre había significado buenos días, besos, discusiones, viajes y planes. Ahora estaba escrito sobre una lápida. Parecía un error, como si en cualquier momento fueras a aparecer detrás de mí para decirme que dejara de llorar, que estaba haciendo demasiado drama y que nos fuéramos a casa.

Pero no ocurrió. El cementerio siguió vacío y tú no volviste.

—¿Por qué me dejaste sola? —susurré, sintiendo cómo se me quebraba la voz.

Mi pregunta se perdió entre la lluvia. Me habías prometido que nunca me dejarías sola y ahora tenía que aprender a vivir sin ti. No sabía cómo. Durante tanto tiempo había imaginado mi vida contigo que ya no podía imaginarla de otra manera. El mundo, en cambio, parecía esperar que simplemente continuara: que volviera a casa, comiera, durmiera, regresara al trabajo y, algún día, volviera a sonreír.

Pero nadie me había explicado cómo seguir adelante cuando la vida que había querido dejaba de existir.

Miré alrededor. Los árboles seguían ahí, la lluvia continuaba cayendo y algunas personas caminaban a lo lejos. El mundo seguía funcionando, y eso me parecía injusto. ¿Cómo podía todo continuar cuando para mí acababa de terminar?

Me quedé unos minutos más frente a tu tumba. Después apoyé una mano sobre la piedra fría y cerré los ojos. Por un instante imaginé que todavía teníamos tiempo, que podía abrazarte y volver atrás para hacer las cosas de otra manera. Sin embargo, cuando abrí los ojos, solo encontré lluvia.

—Te amo, Gabriel —dije en voz baja, aunque sabía que ya no estabas allí para escucharme.

Decirlo me rompió. Por primera vez, no estabas ahí para responderme. Respiré profundamente, intentando controlar el temblor de mi voz.

—No sé cómo voy a vivir sin ti —murmuré, mirando tu nombre—, pero voy a intentarlo.

No porque estuviera lista ni porque quisiera hacerlo, sino porque alguna vez me enseñaste que, incluso cuando la vida se pone difícil, uno tiene que seguir caminando. Quizá algún día podría volver a reír sin sentir culpa. Quizá podría mirar hacia el futuro sin sentir que te estaba dejando atrás. Pero ese día no era hoy.

Hoy solo podía despedirme.

Miré tu nombre una última vez.

—Hasta pronto, Gabriel —susurré, dejando que una lágrima recorriera mi mejilla.

No dije adiós. No podía. Decirte adiós habría significado aceptar que realmente te habías ido, así que preferí creer que, de alguna manera y en algún lugar, volveríamos a encontrarnos.

Mientras me alejaba de tu tumba bajo aquella lluvia interminable, entendí que no estaba dejando atrás solamente un cementerio. Estaba dejando atrás la vida que había imaginado contigo y, aunque todavía no lo sabía, algún día tendría que aprender a vivir una diferente.

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