Capítulo 1
Asterios recordaba con claridad por qué había emprendido aquel viaje.
O, al menos, eso creía.
Desde que había abandonado las suaves colinas del norte, sus recuerdos parecían haberse vuelto extraños. No desaparecían; se deshilachaban. Algunos permanecían tan nítidos que podía cerrar los ojos y volver a sentir el sol sobre las parras o el olor de la tierra húmeda después de la lluvia. Otros se alejaban cuanto más intentaba alcanzarlos, como si pertenecieran a un sueño que había olvidado al despertar.
Recordaba su hogar.
Recordaba a su padre, Leontis, señor de un extenso viñedo que bordeaba el río menor de la región. De él había heredado los ojos azules y la mirada amable que inspiraba confianza incluso en los más hoscos campesinos. De su madre, el cabello largo y rubio como el trigo maduro. De su tierra, la salud robusta y el corazón sencillo.
Recordaba las manos ásperas de los trabajadores, las voces de las ancianas junto a los telares, las tardes en que arreaba las cabras por las colinas y las fiestas en las que todo el pueblo parecía reunirse alrededor de las mismas mesas.
Recordaba quién había sido.
Lo que no conseguía recordar con la misma claridad era por qué había tenido que marcharse.
Sabía que existía una promesa.
Una promesa que había hecho muchos años atrás a una mujer.
Pero cuando intentaba recordarla, solo encontraba unos ojos grises.
El rostro se le escapaba.
También el sonido de su voz parecía pertenecer a un sueño febril.
Recordaba que la había conocido cuando tenía fiebre, cuando su pequeño cuerpo agonizaba como si ardiera sobre brasas y todos en la aldea pensaban que el destino mismo se había equivocado de alma.
La enfermedad no respondía a hierbas, oraciones ni sangrías. Los curanderos apenas conseguían mantenerlo estable, incapaces de explicar cómo un joven tan fuerte podía marchitarse sin razón.
La mujer llegó a las tierras de Leontis cuando ya no quedaba remedio por probar, como si los dioses mismos hubieran escuchado sus plegarias.
Era una mujer de aspecto sombrío, envuelta en una capa cubierta de una escarcha que no pertenecía al invierno ni al polvo de los caminos. Sus ojos, de un gris antinatural, parecían desprender un brillo frío que ni siquiera el sol parecía capaz de calentar.
Entró sin pedir permiso.
Y al posar la mano sobre la frente de Asterios, la fiebre descendió.
—No está curado —sentenció.
Su tono particular era difícil de olvidar. Había algo en aquella voz que todavía conseguía llenarlo de escalofríos.
—Lo que arde en su interior es una llama que no pertenece a este mundo. Si no regresa a mí después de volverse hombre, la llama volverá a consumirlo hasta su muerte.
Aquellas palabras eran lo único que Asterios no había olvidado.
Sus padres habían intentado explicárselo cuando fue lo bastante mayor para comprenderlo. Era una profecía, decían. Una que marcaría su vida por completo.
No esperó a cumplir los dieciocho para comenzar a prepararse. Nadie sabía dónde estaría aquella mujer para entonces, ni qué caminos tendría que recorrer para encontrarla. Y aunque durante años había vivido como cualquier otro joven de la aldea, siempre había sabido que algún día tendría que marcharse.
No era la clase de persona que se deprimía ante las adversidades.
Había pasado los últimos años vendimiando, negociando con comerciantes, vigilando los depósitos de aceite y aprendiendo el cuidado del vino, ayudando felizmente a su padre aunque existiera la posibilidad de que nunca llegara a heredarlo.
Tampoco podía prepararse del todo para un mundo que apenas conocía. Era una de las pocas personas de su aldea que contemplaba con curiosidad lo que existía más allá de sus fronteras. Para los demás, las tierras lejanas no eran una opción, sino un castigo.
Por eso tampoco se permitió demasiadas promesas de otra clase.
No buscó enamorarse ni dejó que una mirada prolongada se transformara en algo más. No por desinterés, sino por prudencia.
¿Qué derecho tenía a invitar a alguien a compartir su vida cuando sabía que, tarde o temprano, su incierto destino solo podía traerle zozobra?
Aun así, nunca se sintió solo o excluido en su hogar.
Leontis, su padre, lo instruyó en todo lo que un hombre libre debía saber: el cultivo y la diplomacia. Su madre le enseñó a observar el mundo, a comprender los presagios de la tierra y a no temer lo que no entendía. Los trabajadores del viñedo, hombres y mujeres que lo habían visto crecer, siempre ofrecieron oraciones y tributo para que los dioses lo protegieran.
El día en que emprendió su viaje, el aire olía a uvas maduras y a tierra recién regada. Su madre, de pie junto al granero, lloró en silencio, sin pedirle promesas imposibles. Su padre lo abrazó con fuerza, como si así pudiera protegerlo incluso más allá de los límites del campo. No hubo largos discursos, solo un deseo compartido: volver a encontrarse.
Con el corazón encogido y la mirada fija en el horizonte, Asterios dejó atrás su hogar. Cruzó las colinas que lo habían visto crecer, descendió hasta la costa y, finalmente, embarcó rumbo a Atenas, la cuna de los pensadores, donde esperaba hallar alguna pista de la mujer que lo había salvado... y de la llama que aún dormía en su interior.
Sin embargo, cuando intentaba reconstruir en su mente el momento en que había abandonado su aldea, algo no terminaba de encajar.
No recordaba haber pensado demasiado en el caballo que una amiga cercana le había proporcionado para el viaje. De hecho, estaba bastante seguro de que no había sido tan grande cuando se lo entregó.
Aun así, agradecía tener a Ícaro con él.
El caballo blanco era amigable y paciente. Siempre que Asterios se sentaba a descansar, se acercaba en busca de una caricia y apoyaba el hocico contra su hombro, como si quisiera influirle ánimos.
Asterios había terminado acostumbrándose al animal.
Después de todo, un viaje tan largo resultaba más ameno en compañía.
Solo había un barco en el muelle y era la primera vez que Asterios pisaba uno. En cuanto sus pies dejaron la tierra firme, el mundo pareció tambalearse para siempre. Se sintió desorientado, como si su cuerpo se negara a aceptar que ya no tenía raíces.
Extrañó de inmediato la dulzura del hogar: el pan caliente, las voces familiares al caer la tarde, el rumor constante de las hojas entre los viñedos.
El barco se veía bien cuidado y estaba dirigido por una capitana de aspecto severo. Que no solo no le cobró el viaje, sino que lo saludó por su nombre y también reconoció a Ícaro sin que ninguno de los dos hubiera tenido que presentarse.
—Escucha bien —dijo ella, antes de que pudiera abrir la boca—. Pregunta a mis marineros todo lo que necesites saber. Cómo funcionan las cosas, cuánto cuestan, dónde puedes ir y dónde no. Lo que sea.
Asterios asintió.
—Pero no hagas preguntas tontas cuando desembarques.
—¿Qué clase de preguntas...?
—Las que hagan evidente que no tienes idea de cómo funciona el mundo.
La respuesta fue tan directa que Asterios cerró la boca.
La capitana lo observó durante unos segundos antes de continuar.
—Si alguien descubre que no sabes nada, se aprovechará de ti.
Asterios tragó saliva y volvió a asentir.
—Entendido.
La mujer se dio media vuelta y desapareció en su cabina, dejándolo con la sensación de haber recibido una reprimenda sin haber hecho nada malo.
Después de aquello, apenas volvió a verla durante el resto del viaje.
Al paso de los días, los labios de Asterios se agrietaron con la sal y el olor a pescado se volvió parte de su piel. El sol golpeaba sin tregua, y ni siquiera el vaivén de las olas lograba arrullarlo.
Los marineros, hombres rudos de rostros curtidos, bebían casi todo el día para calmar los achaques del viaje. Cuando terminaban sus labores, se sentaban en corro y hablaban de las tierras que quedaban más allá del horizonte.
Asterios los escuchaba con atención.
Preguntaba por las polis, por sus costumbres, por las monedas que utilizaban, por los caminos que debía evitar y por las cosas que un viajero debía conocer antes de poner un pie en ellas.
Los marineros respondían entre tragos de vino aguado y discusiones sobre sus propias experiencias.
Asterios memorizaba cada palabra porque no tenía otra forma de aprender.
Fue en una de esas noches húmedas que escuchó por primera vez las historias del joven rey de Esparta.
—Dicen que decapitó a su propio padre para tomar el trono —murmuró uno, entre trago y trago—. Que no tenía más de veinte cuando lo hizo.
—Y que ahora va por Atenas —añadió otro, riendo con la boca manchada de vino—. Está ganando terreno, pedazo a pedazo, como una bestia hambrienta.
—Bah —intervino un viejo, moviendo la cabeza con pesar fingido—. Ese no está hecho de carne, les digo. A mí me contaron que le cayó una flecha directo al pecho y ni sangró.
—Lo bendijo el dios de la guerra —dijo el primero, muy convencido—. Su furia no es la de un hombre.
Asterios los escuchaba en silencio, con la espalda apoyada en un poste del barco y la vista perdida en el vaivén del mar. No intervenía en sus relatos, pero tampoco podía ignorarlos.
Nunca antes había oído hablar con tanta ligereza de la muerte, de ciudades saqueadas, cuerpos atravesados por lanzas como si fueran espigas rotas.
En su hogar, la sangre solo manchaba las manos durante la cosecha o al sacrificar corderos en los festivales.
Y ahora, a través de las voces roncas de los marineros, el rey Nikandros tomaba la forma de un monstruo. Un hombre capaz de caminar entre llamas, arrancar cabezas con una sola mano y mirar a otros hombres morir sin siquiera pestañear.
Asterios bajó la mirada hacia sus propias manos.
Para alguien criado entre las voces cálidas de los trabajadores, acostumbrado a medir los días por las cosechas y las estaciones, aquel rey era la encarnación misma del mal.
El viaje duró cerca de dos lunas, aunque para Asterios el tiempo parecía haberse disuelto entre el salitre y el vaivén de las olas. Tantos días sobre la cubierta tambaleante, comiendo pan rancio y durmiendo con el mar rugiendo bajo sus sueños, que cuando por fin pisó tierra firme, sintió el peso del mundo hundirse en sus talones.
Cuando se volvió para agradecer a la tripulación, solo alcanzó a ver el barco alejándose a toda velocidad hasta desaparecer entre una neblina espesa, mientras los marineros se despedían enérgicamente desde la cubierta.
Ícaro tuvo que presionar su hocico frío contra su mano para obligarlo a apartar la mirada del horizonte.
Asterios acarició distraídamente su cabeza y, tratando de recomponerse, retomó el camino.
Atenas distaba en todos los sentidos de su hogar.
Lo recibió un puerto de piedra, con muelles elevados que se extendían como dedos grises desde el agua, y caminos enlosados por donde ni siquiera las ruedas de las carretas dejaban huellas. No había polvo, ni barro, ni raíces.
Todo estaba pulido, recto, seco.
Las casas se alzaban en hileras ordenadas, como pensamientos cuidadosamente acomodados, sin espacio para el desorden de la naturaleza.
La gente caminaba erguida, como si temiera mirar al suelo. Llevaban túnicas tejidas con hilos brillantes, collares ajustados al cuello y anillos en los dedos. Incluso quienes vestían con mayor sencillez parecían demasiado arreglados para alguien acostumbrado a trabajar la tierra.
Hablaban rápido, empleando palabras largas que Asterios apenas comprendía, y rara vez se detenían a mirar a los ojos a los desconocidos.
Para Asterios, que había crecido descalzo entre parras y sombra, aquella ciudad parecía un cuerpo sin alma.
Para los habitantes de Atenas, en cambio, él apenas era un campesino perdido.
Su andar firme pero sencillo, su ropa de lino sin bordados y la larga trenza rubia que descansaba sobre su hombro lo delataban como alguien ajeno a aquel lugar.
Asterios no sabía dónde debía ir.
Y comprendió que debía tomar muy enserio la advertencia de la capitana.
Intentó preguntar por ella —la mujer de ojos fríos, la médium sin nombre—, pero no halló respuestas. Solo recibió miradas ladeadas, sutiles muecas de confusión o indiferencia, como si su pregunta no encajara en el orden lógico de la ciudad.
Algunos lo escuchaban con interés cortés, creyendo que recitaba alguna metáfora de un poeta menor; otros simplemente lo ignoraban.
—Si busca almas errantes —le dijo un joven con toga azul, sin despegarse de su pergamino—, vaya a la plaza. Hoy hay declamaciones sobre la visión interior y la forma de lo intangible.
Como si su búsqueda fuera parte de un teatro, una fábula que debía interpretarse con ironía y precisión rítmica.
Pensó que no perdía nada con intentarlo.
La plaza de Atenas era un laberinto de voces, escalinatas y columnatas que resonaban con ecos de discursos tanto políticos como espirituales. Círculos de oyentes rodeaban a cada orador, algunos sentados, otros de pie, todos atentos, como si cada palabra fuera una moneda arrojada al pozo del pensamiento.
Asterios no entendía casi nada. Hablaban de estructuras invisibles, de formas perfectas y equilibrios que no existían en su mundo.
Hasta que una voz lo detuvo.
No por su claridad, sino por lo que decía.
—Y así fue como el héroe, tras cruzar las tierras nevadas de Aidonia, recibió la profecía de Charon, aquella que interpreta la voz del mismísimo Hades. Ella, cuyos ojos contienen las llamas frías del inframundo. Ella, cuyo aliento hiela el destino y revela qué reyes triunfarán y cuáles perecerán...
El corazón de Asterios se detuvo por un instante.
Charon.
El nombre golpeó algo en su memoria.
No era un recuerdo completo. Solo una sensación: frío sobre la piel, una mano sobre su frente y unos ojos grises que lo observaban desde algún lugar que ya no podía alcanzar.
Se abrió paso entre los cuerpos, acercándose al orador, un hombre vestido con telas amplias y voz templada por el arte.
—¿Dónde está? —preguntó Asterios.
El hombre interrumpió su relato.
—¿Quién?
—Charon.
Algunos espectadores soltaron una risa.
—Yo... —dijo Asterios, sin amedrentarse por las miradas burlonas—. Yo recibí una profecía de ella. Hace años. Me dijo que, si no la encontraba después de los dieciocho, moriría. Estoy buscándola. ¿Sabe dónde puedo encontrarla?
El silencio fue inmediato.
Algunos continuaron riendo, como si aquello formara parte del espectáculo. Otros fruncieron el ceño, intentando decidir si hablaba en serio.
El poeta, en cambio, no perdió el hilo. Abrió los brazos como quien acoge a una aparición del destino.
—Y aquí lo tienen —dijo, girándose hacia el público—: un forastero desesperado, de mirada limpia y cuerpo fatigado, que ha cruzado tierras, ríos y mares para escapar de las llamas del inframundo.
Las risas aumentaron.
—¿Es él el héroe de una profecía?
Las miradas se clavaron en Asterios como cuchillas suaves, logrando que extrañara la indiferencia de antes.
—¡Basta ya de farsas!
La voz cortó el aire como un cincel sobre piedra.
El círculo de oyentes se abrió y un hombre alto y delgado, de rostro anguloso y expresión severa, se abrió paso entre la multitud. Su cabello oscuro caía en ondas hasta la mandíbula, y sus ojos, de un verde profundo y cautivador, contrastaban con la dureza de su semblante. Había algo marcial en él, como si incluso su cuerpo hubiera sido tallado para destacar.
—Es Melíades —susurró alguien cerca de Asterios, con una mezcla de fastidio y respeto—. No le basta con disciplinar a sus discípulos. Ahora también corrige a todos los demás maestros.
—Dice que el conocimiento muere cuando se lo contamina con teatro —añadió otro, como quien repite una frase mil veces escuchada.
El propio orador guardó silencio cuando Melíades se detuvo a pocos pasos del centro. Con las manos cruzadas a la espalda y el mentón levemente alzado, parecía más una estatua viva que un hombre.
—Este foro es para el pensamiento, no para las supersticiones dramatizadas —dijo, con un tono medido pero lacerante—. Charon no es una enviada de ningún dios. No es más que una mujer astuta, hábil para observar patrones y leer los rostros de quienes desean escuchar lo que ya creen. ¿Acaso se necesita visión divina para saber que un gobernante envejecido va a morir o que su heredero vigoroso cosechará victorias?
Hizo una pausa.
—Eso no es profecía. Es estadística.
El murmullo fue instantáneo. Algunos asintieron; otros fruncieron el ceño.
Asterios dio un paso adelante, sin apartar la mirada.
—Usted habla como quien la ha visto. ¿Sabe dónde está?
Melíades entrecerró los ojos, como si decidiera si aquella pregunta merecía una respuesta. Al final, el deseo de poner orden a la ignorancia ganó.
—Durante la última contienda contra Esparta, Charon fue invitada a Atenas. La gobernante, debilitada por la presión política, permitió que la médium la tranquilizara con palabras amables.
Melíades imitó entonces una voz solemne, casi burlona.
—«Nikandros no se hará con esta ciudad, pues morirá joven».
Hizo una pausa, inevitablemente generando dramatismo.
—Una frase atractiva. Útil, incluso. Ganó el favor de la nobleza.
Sus ojos verdes se clavaron en Asterios.
—Pero las palabras viajan más rápido que las tropas.
Se acercó apenas un paso, como para que sus siguientes palabras alcanzaran solo a Asterios.
—Se dice que Nikandros lo escuchó. Y que envió una pequeña escuadra para emboscarla durante una de sus peregrinaciones. La interceptaron en Thera, al sur, mientras viajaba en solitario.
La expresión de Melíades se endureció.
—No se ha sabido nada de ella en más de medio año.
Asterios sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas.
—¿Cree entonces que está en Esparta?
Melíades lo miró casi con lástima, como quien contempla a un niño hablar de cosas que apenas comprende.
—No. Creo que ya habrá encontrado el final que merece una habladora.
Se giró apenas, como si la conversación ya no le perteneciera, pero su voz aún cargaba cierto peso.
—Deberías volver a donde perteneces. Es de necios arriesgarse por cuentos y mujeres que sobreviven fingiendo ver lo que no existe.
Asterios frunció ligeramente el ceño.
—¿Y dónde cree que pertenezco?
—No aquí.
La respuesta fue tan sencilla que Asterios no encontró qué decir.
Melíades continuó su camino. Después de unos pasos, se detuvo para lanzar la última estocada sin siquiera girarse.
—Seguramente esa mujer te olvidó en cuanto encontró crédulos más acaudalados. Y si alguna vez te nombró en una de sus farsas, solo fue para pintar una historia más conmovedora que justificara su precio.
Dicho eso, Melíades se alejó con su séquito de discípulos, dejando tras de sí una mezcla de silencio, indignación y duda, mientras Asterios seguía de pie, solo entre extraños.
Esa noche, buscó una posada en una de las zonas alejadas del centro. Era un lugar modesto, con paredes encaladas y vigas oscuras que crujían al paso del viento.
Durante la cena, entre el humo del cordero asado y el aroma de vino agrio, preguntó con cuidado por Esparta.
Nadie respondió de inmediato.
Solo se escuchó el arrastrar de una silla y el golpe seco de un vaso contra la mesa.
—¿Ese lugar de bestias? —repitió un viejo con las manos hinchadas por la sal y los años de trabajo—. Nadie entra allí. Y si lo hace, no vuelve.
Otro hombre, más joven, negó con la cabeza.
—Ni los comerciantes se atreven a cruzar sus fronteras sin escolta. Son desconfiados. Miran a los forasteros como a bestias portadoras de peste.
—Y si te ven solo, sin estandarte —añadió una mujer de voz ronca desde una esquina—, pensarán que eres espía. Responderán con lanzas antes que con palabras.
Asterios bajó la mirada hacia su cuenco vacío.
—¿Nadie ha cruzado?
—Solo los portadores de tratados —respondió el anciano—. Y los prisioneros.
Asterios guardó silencio unos instantes.
—Si de verdad vas a acercarte, muchacho —dijo por fin el posadero mientras barría las migas—, mantente lejos de cualquier guerrero que vista de rojo y dorado. Esos no piensan. No dudan. Pelean como si compartieran una sola voluntad.
Nadie volvió a mirarlo después de aquello.
Pero todos supieron, por el silencio que siguió, que aquel joven no pensaba hacerles caso.
Esa noche, Asterios no durmió del todo. El murmullo de las voces en la posada, el crujido del techo y el recuerdo de las palabras de Melíades giraban en su mente como hojas arrastradas por el viento.
Podía comprender el miedo de los demás. Hablar de Esparta era como hablar de un muro sin puertas.
Pero él no era soldado, ni espía, ni orador de intrigas. Solo era un hombre que debía cumplir una promesa.
No buscaba desestabilizar reinos ni profanar fronteras. Solo necesitaba encontrar a Charon, la única que había puesto un nombre al fuego que ardía en su interior. La única que, quizá, todavía podía decirle si estaba a tiempo.
No era una locura arriesgarse por aquello.
Era una necesidad tan clara como respirar.
Y aunque Esparta fuera tierra de lanzas y sospechas, ¿por qué habrían de atacarlo si iba con las manos vacías y las palabras limpias? Si se presentaba con respeto, si elegía bien su camino, si encontraba el modo adecuado de hablar... quizá no lo verían como una amenaza.
Al amanecer, Asterios se dirigió al mercado exterior de la ciudad, donde los comerciantes aún bostezaban entre jaulas, sillas plegables y sacos de grano. Con el dinero que había guardado desde su salida, pagó el cuidado que habían prestado a Ícaro y compró un mapa rudimentario, marcado con las principales rutas hacia el sur.
No preguntó más.
Tomó la senda que lo conduciría lejos de Atenas, hacia los bordes del mundo civilizado. Allí donde los nombres eran temidos y las palabras, escasas.
Ya lejos de las columnas y el mármol, en un tramo del camino flanqueado por árboles bajos y piedra seca, se encontró con una silueta solitaria detenida junto al borde del sendero.
Era Melíades.
El filósofo estaba solo, con la capa recogida y las manos a la espalda, observando el polvo levantarse bajo las patas del caballo. Sus penetrantes ojos verdes lo examinaban con la misma severidad con la que un maestro observa a un alumno que acaba de cometer un error que ya había advertido.
—Este no es el camino de regreso —dijo sin levantar la voz.
Asterios sintió una punzada de vergüenza. No era buen mentiroso y no lo intentó.
—No... —respondió, bajando la mirada—. Debo verla. A Charon.
Luego, con un suspiro leve, añadió:
—Y le pido disculpas, maestro, por menospreciar su consejo. Sé que habla con razón... pero yo tengo mi urgencia.
Melíades lo observó en silencio.
No replicó de inmediato. Solo negó con la cabeza, con una decepción tan profunda que por un instante Asterios volvió a sentirse como un niño, sentado frente a su estricto profesor en sus primeras lecciones.
—Tantos siglos escribiendo, enseñando, advirtiendo... —murmuró Melíades—. Y aún no comprendemos cuánto daño pueden hacer las historias inventadas.
—Sé lo que viví. No fue una ilusión.
Melíades cerró los ojos durante un instante.
—Siempre tan necio como un burro.
Asterios alzó ligeramente las cejas.
—No es una apreciación muy acertada. Aún no me conoce bien.
—Creo que tu actuación ha sido lo suficientemente demostrativa.
Asterios no supo si aquello era una burla o un último intento de hacerlo cambiar de opinión.
Dicho eso, Melíades se giró y comenzó a alejarse, con el mismo andar sereno con el que había entrado a la plaza días atrás.
Asterios lo siguió con la mirada apenas un instante.
Después retomó el paso.
Ya no había más palabras que pudieran hacerlo dudar.
Al principio, el viaje fue más amable de lo esperado. Las llanuras del Ática, con sus campos abiertos y senderos bien marcados, le recordaban a su hogar: colinas suaves, pastores en la distancia, olivares que se alzaban como estandartes de una tierra en paz. El caballo avanzaba con paso tranquilo, y Asterios pensó, por un momento, que quizás la distancia entre polis no era tan infranqueable como decían.
Pero la ilusión duró poco.
Al acercarse a los viejos puestos fronterizos, donde antes se comerciaba con vino, lana y aceite, encontró rostros tensos, palabras cortantes y miradas desconfiadas. Soldados sin escudos, cubiertos con capas mal remendadas, lo observaban como si cualquier desconocido pudiera ser el heraldo de una traición. No eran hostiles, pero tampoco hospitalarios.
—¿Qué busca un hombre solo en tierras disputadas? —le preguntó uno, sin molestarse en disimular la sospecha.
Asterios no respondió con detalle. Dijo lo justo, pero algo en su voz despertó más preguntas que respuestas. Aquella noche, al acampar, creyó distinguir sombras detrás del camino.
Tuvo que montar antes del amanecer y acelerar el paso, siguiendo un atajo apenas visible entre grandes fresnos.
Así terminó en un tramo boscoso y húmedo, donde los árboles cerraban el cielo y los caminos eran raíces y barro. Tuvo que desmontar varias veces para guiar al caballo por barrancos cubiertos de musgo. El sendero parecía prolongarse sin fin, pero, poco después, los fresnos se abrieron y apareció una vereda estrecha que descendía entre la maleza.
Asterios la siguió sin pensarlo demasiado.
Más adelante, en una curva inesperada, el sendero se cortaba por un río crecido. El agua rugía entre las rocas, pero, para su alivio, encontró un árbol caído lo bastante grueso como para cruzarlo.
Asterios se detuvo.
El caballo resoplaba, nervioso.
—Vamos, amigo... —susurró, acariciándole el cuello—. Solo un paso más.
Cruzaron.
No sin dificultad. En un momento, creyó que la madera crujía bajo sus pies, pero el tronco se mantuvo firme hasta que ambos alcanzaron la otra orilla.
Empapado, con las botas pesadas y la respiración agitada, Asterios siguió adelante sin mirar atrás.
No se detuvo a preguntarse cuánto tiempo le habría ahorrado aquel atajo.
Hasta que el bosque terminó antes de lo que indicaba el mapa.
Las colinas se volvieron secas, áridas, y el silencio comenzó a pesar más que los pasos de Ícaro. Ya no había caminos trazados, ni altares junto al sendero, ni siquiera rastros de humanos.
Ni puestos fronterizos.
Ni vigilancia.
Nada.
Asterios sintió calma y, sin embargo, no se sintió seguro. Su cuerpo ya no respondía con la misma firmeza. Cada músculo dolía como si el viaje lo hubiera estirado más allá de su forma. No pedía mucho. Solo un poco de sombra, un rincón donde el mundo pudiera suspenderse durante unas horas.
Caminó hasta encontrar una porción de vegetación espesa y, entre arbustos y ramas bajas, divisó un tronco ancho, caído pero firme, como si esperara recibirlo. Se aseguró de que el follaje lo cubriera a él y a su caballo y, antes de cerrar los ojos, preparó una trampa rudimentaria con ramas secas y piedras sueltas, colocándola en la dirección por la que pensaba que alguien podría acercarse.
Se apoyó contra la madera húmeda y dejó que el cansancio lo venciera.
Durmió sin sueños, en un tiempo indeterminado.
Fue la inquietud lo que lo despertó.
No un ruido. No un tirón.
Una sensación.
Abrió los ojos con lentitud, todavía confundido, y entonces lo vio.
Un hombre.
Frente a él. De pie. Silencioso como un fantasma.
A una distancia imposible de explicar sin haber activado la trampa.
Y, sin embargo, todo pensamiento de amenaza se disolvió al instante.
Aquellos ojos no podían ser humanos.
Eran rojos como la sangre, con una luz líquida atrapada en su mirada. Fueron lo primero que vio, y bastaron para que su pecho se tensara sin saber por qué.
El rostro era fuerte, tallado con líneas masculinas y definidas, con un mentón firme y una expresión serena, casi cruel por su calma. Su cabello, largo y suelto, caía en hebras doradas que brillaban como espigas bajo el sol del atardecer.
No era un rostro que perteneciera al campo ni a su pequeño mundo.
Era otra cosa.
Un fenómeno hermoso.
Una belleza peligrosa.
Asterios no supo qué decir. Apenas podía respirar. Supo, sin entenderlo del todo, que acababa de contemplar algo que solo ocurre una vez en la vida.
Entonces bajó la mirada.
El gesto fue casi instintivo. Necesitaba saber quién era aquel hombre. Necesitaba encontrar alguna señal que le permitiera convertirlo en algo comprensible: un cazador, un viajero extraviado, cualquier cosa menos aquello que empezaba a temer.
No encontró túnica ni armadura.
Solo unos pantalones ajustados que parecían de cuero oscuro, firmes sobre las piernas como una segunda piel.
El torso estaba al descubierto, esculpido como una estatua de mármol vivo, de una blancura limpia, sin manchas ni cicatrices visibles, salvo por las gruesas líneas que surcaban su torso y sus brazos.
Líneas rojas.
Marcadas sobre su piel como sangre quieta o tinta encendida.
Asterios no sabía si eran pintura, quemaduras o parte de su cuerpo, pero brillaban apenas bajo la luz que se filtraba entre las ramas.
Entonces comprendió.
El hombre estaba vestido de rojo y oro, aunque no llevara tela ni emblema alguno.
Era algo en su porte.
En la forma en que permanecía inmóvil.
En la manera en que el aire parecía obedecerle.
Y, de pronto, todas las advertencias que había escuchado en Atenas regresaron a su memoria.
—¡No soy un intruso! —se apresuró a decir Asterios, incorporándose como pudo, con las manos alzadas mientras el corazón le golpeaba el pecho—. Ni espía, ni enemigo. Mis intenciones son inofensivas, lo juro.
El desconocido no pareció sorprendido. Ni siquiera parpadeó. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si lo evaluara.
—No deberías responder preguntas que aún no te han hecho —dijo al fin, con una voz grave y pausada, completamente opuesta al estado de pánico del otro.
Asterios parpadeó. Seguía de pie, pero ya no sabía si debía retroceder o quedarse quieto.
—Era... obvio que las harías. ¿No eres un soldado espartano?
Hubo un breve silencio.
Entonces apareció una sonrisa ladeada que no prometía nada bueno.
—No.
La palabra lo golpeó.
Asterios se quedó boquiabierto, atrapado entre el sobresalto y un alivio tan repentino que casi le aflojó las rodillas.
—Ah, menos mal... —soltó, dejando escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Sentía que todavía no estaba preparado para enfrentarme a uno.
El desconocido dejó escapar una breve risa, seca pero cargada de burla.
—Estás muy tranquilo para alguien indefenso, hablando con un hombre que bien podría ser un ladrón. O un asesino.
La tensión regresó al cuerpo de Asterios de inmediato. Abrió los labios y dejó escapar lo primero que se le cruzó por la cabeza.
—Lo dudo. No creo que un hombre tan apuesto pueda ser tan rastrero. Ese porte no podría ostentarlo alguien de poca moral.
El desconocido volvió a reír.
Esta vez fue una risa más baja, casi complacida.
—Boca dulce —dijo con sorna, mientras una curvatura lenta aparecía en sus labios—. Pero por estos lados, las palabras bonitas no funcionan.
Asterios se irguió un poco, azorado.
—Perdón... No trataba de ganarme nada. Solo... no pareces peligroso. Imponente, sí. Pero supuse que eso debía ser bueno por aquí.
El hombre alzó los hombros con desgano, como si no le interesara demasiado responder a definiciones tan pequeñas.
—¿Qué importa eso? —replicó, dando un paso más cerca, todavía con aquella sonrisa torcida—. Lo que importa es qué buscas aquí. Este no es un lugar turístico.
Asterios asintió con resignación.
—Lo sé.
Vaciló apenas.
—Pero... mi vida depende de encontrar a una mujer.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que la sonrisa del otro se transformara en una burla abierta.
—Ah, ya veo. Entonces esto se trata de algún drama del corazón.
—¡No! —exclamó Asterios, sintiendo el calor subirle al rostro—. No es eso. No es... así. Busco a Charon. La médium. Necesito verla. Si no la encuentro... no podré seguir viviendo.
Por primera vez, el desconocido lo observó en silencio con una mirada distinta. No menos intensa, pero sí más atenta. Como si buscara el borde de su verdad.
—No deberías andar diciendo eso en voz alta —dijo al fin. La burla había desaparecido de su voz, sustituida por un tono más seco—. Buscar a esa mujer solo te traerá problemas. Muchos. Y no todos vendrán de Esparta.
Asterios tragó saliva, nervioso.
—Lo que no entiendo —continuó el hombre, con tono distraído, casi como quien piensa en voz alta— es cómo una mujer como esa se cruzó con un humilde granjero.
Asterios sintió un tirón en el pecho.
—La primera vez que te vi —continuó el desconocido— pensé que eras solo un trabajador extraviado. Uno que se había emborrachado y perdido el camino a su tierra.
El calor subió al rostro de Asterios, esta vez no por timidez, sino por vergüenza. Bajó la mirada, viéndose de repente desde afuera: la ropa sucia, el cabello enmarañado, el cuerpo pequeño frente a aquella figura que parecía capaz de comandar ejércitos.
—Charon... me salvó —soltó tímidamente—. Cuando era niño, una fiebre casi me consume. Ningún curandero pudo hacer nada. Solo ella...
Hizo una pausa, sin saber cómo explicarlo sin sonar como un creyente ciego.
—No me curó por completo, pero la contuvo. Dijo que volvería a mí cuando cumpliera los dieciocho. Y... ya sucedió.
Levantó la mirada, esta vez sin ocultar su expresión.
—Sé que creer en sus palabras es peligroso. Pero todos los que estuvieron allí pueden confirmar que hizo algo. Por eso vine. Porque si hay siquiera una mínima posibilidad de que vuelva a ocurrirme... y yo no haya ido a buscarla... prefiero conocer la verdad antes que quedarme quieto, enfermo, sin poder hacer nada.
Por un momento, el silencio entre ambos no pareció incómodo.
Solo inevitable.
Fue entonces cuando el desconocido alzó una ceja, como si le hubiera concedido una excepción.
—¿Cómo te llamas? ¿Y de dónde vienes?
Asterios no dudó en responder.
—Asterios, hijo de Leontis. Vengo del norte, de una tierra de viñedos cerca del río menor.
El otro soltó un bufido, divertido.
—Eso no puede ser cierto.
Asterios frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ningún hombre de esas tierras llega hasta aquí solo.
Asterios abrió la boca.
—Yo...
El desconocido lo observó con atención renovada.
—Entonces dime. ¿Cómo fuiste capaz de atravesar las fronteras?
Asterios iba a responder.
Pero un murmullo distante cortó el momento.
Pasos.
Varios.
Rápidos.
Y entre ellos, voces.
No entendió del todo las palabras, pero las reconoció como llamados. Órdenes, quizás.
El desconocido, en cambio, se puso alerta de inmediato. Todo su cuerpo cambió, como el de un animal que reconoce un peligro mucho antes de que este sea visible.
La sonrisa desapareció.
—No podemos quedarnos aquí —dijo, ahora con un tono más bajo, pero cargado de autoridad.
Asterios apenas alcanzó a asentir cuando una mano fuerte le sujetó el hombro. No fue un gesto brusco, pero sí incuestionable.
—No te conviene cruzarte con los soldados espartanos —añadió sin mirar atrás—. Ellos no conceden indulgencia.
Y sin darle opción, comenzó a empujarlo suavemente para que caminara en dirección contraria a las voces.
—¡Espera! —exclamó Asterios, deteniéndose en seco—. Tenemos que llevar a Icaro.
El rubio lo miró, desconcertado.
—¿A quién?
Asterios señaló entre los árboles, donde su caballo esperaba obediente, amarrado a una rama baja.
—Mi caballo. Se llama Icaro.
El desconocido se quedó inmóvil por un instante, como si no hubiera oído bien. Luego alzó una ceja con una mezcla de incredulidad y burla mal contenida.
—¿Le pusiste un nombre así... a esa bestia gorda?
—Te pediría respeto para la elección de Iris, este es su amado caballo —se defendió Asterios, apurado—. Durante el viaje, fue más rápido que todos los que nos persiguieron, cruzó ríos sin quebrarse. Y míralo, su pelaje blanco como la leche, con una cresta suave, como si hubiera sido bendecido.
Lo dijo con total convicción.
—Puede que no tenga alas, pero yo creo que merece ese nombre legendario.
El rubio lo miró unos segundos más.
—Eres amigo de Iris —dijo, sin rastro de ironía ni burla—. ¿Conoces a Nyx por casualidad?
—Si, me enseñó a leer el tarot.
Parece que su respuesta exaspero al desconocido, porque hizo un ademan con su mano y sin perder el ritmo, le lanzando una orden al animal para que los siguieran.
—Entonces también se viene con nosotros, no querría enfrentar la venganza del arco iris.
CONTINUARA