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LA FOSA DEL SACRIFICIO

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Summary

Un grupo de jóvenes marginados se adentra en una zona abandonada para comprobar la veracidad de antiguas leyendas de brujería y ocultismo ligadas al Necronomicón y el Libro Negro de Von Juntz.

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3
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n/a
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18+

Capítulo 1

Sépase que entre las sombras de los recovecos del mundo, más allá de donde el ojo del hombre puede ver, aún se retuercen aquellos que antes gobernaron el planeta. Rugen, chillan y esperan con impaciencia el infernal tiempo de su retorno. Entonces la Tierra será devastada y quienes ahora me han condenado, serán los primeros en hervir al interior de sus vientres negros.

—Ludvig Prinn


Lena nos apostó diez a uno a que tenía la razón y dado que era costumbre llevarle la contraria, todos apostamos contra ella. Antes ya nos había acicateado con desafíos más o menos anodinos, hasta que de pronto nos vimos convertidos en delincuentes comunes. No, mejor dicho, bandidos extraordinarios. Con tres asaltos nos llenamos los bolsillos de dinero, compramos armas nuevas y empezamos a jugarnos el cuello con objeto de ganar aún más y más. Salir vivos de semejantes atracos era todo un logro en la adusta Texas.

A menudo se piensa que este país es tan feroz como una película del viejo oeste, un enorme desierto donde los forajidos campan a sus anchas hasta que se topan con un ranger más brutal que ellos, experto en enviar al infierno a los maleantes dedicados a violar la ley.

Sin embargo, aquí abundan las estepas y los bosques, así como el agua. Ríos, arroyos y demás cursos acuíferos nos inundan de norte a sur, en especial en la zona circundante a San Severino. La ciudad, amplia de por sí, está rodeada por densas forestas, que en las noches se convierten en los ominosos baluartes de lo abominable y protervo. Allí se presentan las luces que encandilan a los viajeros; allí se pierden los turistas para nunca más ser vistos; allí se escuchan voces que de ninguna forma surgen de gargantas humanas.

En las afueras, donde la naturaleza sigue siendo vasta y muchas veces hostil, aún se practica el sacrificio humano, se nombra a los númenes de la tierra y el aire y se invoca a la blasfemia innombrable de muchas patas retorcidas, como de cabra, a la que se entregan frutos recién nacidos de vientres pútridos, concebidos entre bacanales diabólicas celebradas en el nombre de los más pérfidos demonios.

Y ahí radicaba el desafío, en arrostrar las leyendas, dominar nuestros miedos supersticiosos, demostrar que los verdaderos monstruos somos nosotros.

En eso pensaba Lena cuando nos contó la leyenda de aquel maldito pozo.

Nos habíamos reunido entre los restos de la villa Comneno, tristes ruinas de lo que alguna vez fue una serie de bloques de departamentos de clase media, devenida en cueva de ratas y miseria humana. Era el lugar perfecto para nuestras confidencias, no tan lejos de la carretera, pero esquiva a ojos de la policía y los curiosos.

Solíamos acomodarnos entre los herrumbrosos juegos para los niños, en un terreno invadido por maleza. Aún quedaba un columpio y Lena lo ocupaba siempre, mirándonos con ojos coquetos, en ocasiones lascivos, cada vez que nos revelaba lo que había leído en las cartas o vivido en sus sueños de opio. En esa ocasión degustaba una pequeña paleta de zarzamora, a la que solía hacer girar en su boca mientras nos sonreía. Le había teñido la lengua y los labios de un color azul oscuro, casi negro.

—Aquí quemaban brujas, todos lo sabemos —dijo mientras se quitaba el dulce de la boca, en un gesto que le hacía ganarse un aire pueril, casi etéreo—. En esta maldita ciudad mataron a mucha gente. Pero no siempre en la hoguera.

Los demás guardamos silencio. Éramos cinco en total, un manojo de veinteañeros cansados de todo, ávidos de leyendas macabras y destinos absurdos en los que emplear el escaso tiempo de vida con el que contábamos.

—Pero estuve averiguando, viendo videos en la red… leyendo algunas cosas en la biblioteca —declaró risueña, volviendo a llevarse la paleta a la boca.

Le pedí que fuera al grano y los demás me amonestaron, querían escucharla hablar. Ella me miró entrecerrando los ojos, sonriendo mientras mordía el palito del caramelo. Entonces se lo quitó de la boca para comenzar su narración:

—En la zona sur, en Heraclia, no quemaban a las brujas. Se las daban de comer a los gules. Sí, a los gules, esos demonios que comen cadáveres.

Nos miramos entre nosotros; unos fruncimos las cejas, otros las arquearon.

—Vivían en un pozo, una alcantarilla, donde los curas invocaban a estos monstruos para que devorasen a los herejes. Así mismo lo leí. Han escrito historias sobre eso.

Quise objetar, pero otra vez me hicieron guardar silencio.

—Y eso no es todo. Aquí los católicos se cargaron a mucha gente, siempre en nombre de la Iglesia. Y muchos de los muertos habían sido curas también. Y los ortodoxos hicieron lo suyo, pero en la bizantina. Esa iglesia es incluso peor que el pozo del que les hablo, pero no viene al cuento.

»En fin, que luego eso de andar quemando gente pasó de moda y las aguas se calmaron. Pero en 1881 se perdieron algunos niños y la policía buscó hasta dar con lo que buscaban. Atraparon a una bruja, Ashleen Morris, que había entregado a los niños perdidos a la Cabra Negra en los bosques del norte. Incluso mató a su propio hijo. Dicen que la bruja Morris se había acostado con el hijo de un juez y que tuvieron un niño. Pero este tipo la había dejado por la hija de un empresario rico. Entonces mató al hijo que había tenido con él por puro despecho. Puro despecho diabólico. La policía la torturó y reveló los nombres de otras cinco brujas y todas fueron condenadas a muerte. La gente estaba furiosa y le exigió al alcalde que no las colgase, sino que entregara el aquelarre a los gules. Y como el alcalde tenía miedo del pueblo, tuvo que hacerlo así, porque la gente estaba dispuesta a quemar toda la maldita ciudad hasta convertirla en el mismísimo infierno.

»Así que ataron a las brujas en cruces y las acomodaron en carretas abiertas. Y así las llevaron en procesión hasta llegar a Heraclia, que ya entonces estaba abandonada y maldita. En el camino la gente les lanzó de todo a las brujas y se dice que casi mataron a una.

Estábamos helados por el pasmo, jamás habíamos escuchado esa leyenda.

—Hubo que salir de los muros de la ciudad para encontrar la fosa. Esa fosa que es pretérita y anterior a los colonos, anterior incluso al hombre, según leí, tan antigua y tan maldita que hasta los indios y los demonios le temen.

»Al final de la marcha, a las cinco cómplices de Ashleen Morris las ataron de manos y pies, cada extremo a dos mulas. Y una a una las fueron desmembrando para que murieran de la forma más horrible. Los gritos que dieron fueron tan espantosos y las blasfemias que entonaron fueron tan diabólicas, que hubo gente que se desmayó, otros vomitaron y el hijo del juez fue poseído por un demonio que lo hizo hablar en lenguas arcaicas que ningún ser humano podría pronunciar estando cuerdo.

»Mataron a las brujas y las sombras se apoderaron del cielo. Todo el pueblo se persignó y se pusieron a entonar salmos, pero algo los hizo callar.

»El hijo del juez se desplomó de pronto y pareció que había muerto. Pero abrió la boca por última vez para liberar al demonio que había entrado en su cuerpo y que dicen era uno de los familiares de la bruja Morris, que acudió a ella para darle una última venganza, pese a que su ama tenía la boca atada.

»Ahora bien, en ese entonces, en las afueras de la zona sur, crecían unos inmensos robles y la rama mayor de uno de ellos se extendía justo sobre la boca del foso, como una viga. Ahí, según cuentan los registros que leí, se colgaba a las brujas para que los gules las arrancasen de su mortaja y las devoraran en lo profundo del pozo, entre las tinieblas insondables en las que viven royendo como perros los huesos de los muertos.

»Ése era el destino de Ashleen Morris. Le cubrieron la cabeza con un saco negro, le ataron el nudo al cuello y lanzaron la cuerda sobre la rama del roble. Al otro lado, el más fuerte de los verdugos asió la cuerda y tiró para colgar a la bruja sobre el agujero del infierno.

»Entonces hizo aparición el obispo Atanasius Karalis, de los ortodoxos, que levantó con sus propias manos el cuerpo inerte del hijo del juez y lo arrojó al foso. Nadie hizo nada para detenerlo, ni siquiera el alcalde, ¡ni siquiera el padre del desgraciado ése movió un solo pelo! El obispo tenía una mirada como el hielo y se dice que hasta los demonios de la tierra y el aire le tenían miedo. Miró a la bruja Morris y entonó una plegaria por su alma. Pero no estaba dispuesto a contradecir la ley y la voluntad del pueblo. No tuvo ni un ápice de compasión por la bruja. De hecho, fue él el que la condenó a la horrible muerte que tuvo.

»El obispo extendió las manos al cielo y comenzó a entonar un canto gutural, como de los indios, según leí. Y de pronto su voz empezó a formar palabras que nadie nunca antes había escuchado desde hacía siglos en este país. Y su canto fue tan poderoso que la tierra tembló y los cielos se estremecieron y la luz roja del sol se filtró entre las nubes para teñir a todo el mundo con el color de la sangre.

Lena hizo una pausa para dejarnos más helados de lo que ya estábamos. Disfrutó vernos en suspenso, cada segundo fue un placer para ella. Se llevó la paleta a la boca para saborearla un momento antes de proseguir:

—Entonces, la fosa rugió.

»La gente tembló y gritó de miedo, pero el obispo no dejó que nadie se fuera.

»“Ustedes condenaron a la hechicera a esta impía muerte. Ustedes eligieron este suplicio. Ahora quédense quietos como estatuas de sal y vean a la muerte surgir de entre las entrañas de la Tierra” les dijo.

»Y mientras el obispo hablaba, la cosa que habitaba el foso surgió y se llevó a la bruja Morris de regreso al infierno de donde había salido.

—¡El gul! —exclamé yo, saltando como un resorte.

—¡No! No era un gul.

—Pero dijiste que era un gul.

Esta vez los demás estuvieron de acuerdo conmigo y regañaron a Lena. York alegó que al inicio ella había asegurado que eran los necrófagos los que habitaban el foso. Bruce secundó sus palabras. Pero Dorian, que estaba sentado junto a mí, añadió que quizás era una especie diferente de gul.

—¡Les mentí! —exclamó Lena—. No eran gules, ni vampiros, ni cocodrilos de alcantarilla —afirmó mientras bajaba del columpio—. Lo que habitaba el foso era mucho peor, algo blasfemo, algo contranatural. Algo que los ojos de los mortales nunca jamás deberían ver.

Acompañó sus palabras con ademanes vívidos, moviendo el caramelo como si fuera una especie de batuta corta.

—Esa cosa era una masa, una masa negra, asquerosa, una inmundicia horripilante que lo abarcaba todo. Era el foso y la alcantarilla. Era la masa y los desperdicios. ¡Era lo que devoraba a los muertos, lo que roía las entrañas mismas del mundo!

»Era una columna de negrura viscosa, cubierta por miles de ojos demoniacos que iban surgiendo de ella y se reventaban como burbujas, uno detrás de otro. ¡Uno detrás de otro!

—¡Un shoggoth! —gritó Bruce, saltando de su asiento.

—Sí, un shoggoth —remató Lena, mientras golpeaba el puño derecho en su palma izquierda—. Un maldito shoggoth. Ése era el demonio que devoraba a la gente que colgaban sobre el pozo. Nunca fueron gules. O quizás hubo gules alguna vez, pero el shoggoth se los comió.

—Ahora sé por qué nunca había escuchado esa leyenda —dije yo, con aire de arrogancia—. Un shoggoth… ¡te lo acabas de inventar todo!

—¡Claro que no! Es real. Es una leyenda oscura. Todo está escrito en la crónica negra de la ciudad.

—¿Y dónde leíste eso? ¿Otra vez en el Necronomicón que te bajaste de internet?

—¡Declan! —me gritó—. Eso fue sólo una vez, hace muuucho tiempo. Ahora soy una nerd, como tú. Leo los libros de la biblioteca. Todo está ahí para el que quiera investigar.

Eso último se lo había dicho yo, jamás pensé que me haría caso; jamás imaginé que se reiría de mí con mis propias palabras. Pese a todo, tenía algo más que objetar:

—Aun así, los shoggoths son puro cuento. Son literatura pulp y nada más.

—Díselo a los tifonianos.

Los demás quisieron saber de qué estaba hablando. Bruce algo sabía al respecto:

—¿Son esos locos que creen que el Necronomicón es de verdad?

—Sí. Invocan a Cthulhu, a Yog-Sothoth, a Shub-Niggurath… ¿Qué crees que era esa Cabra Negra a la que las brujas le hacían sacrificios?

—¿Te refieres a los niños? —preguntó Dorian.

—Ésa es Shub-Niggurath. Las brujas le ofrendan niños para ganarse su favor.

—Entonces merecen ser devoradas por un shoggoth.

Volví a mi asiento, no podía creer que estuvieran discutiendo tantas tonterías. A Lena no le gustó nada mi gesto:

—Ay, Declan, siempre dando la nota alta.

—Y tú siempre creyéndote todo lo que lees en in… en los libros.

—El habitante del foso sí existe. Pero tal vez no sea un shoggoth, tal vez sea otra cosa. Quizás es un demonio que se mueve como un montón de arcilla.

—Demonio o no ya debe estar muerto —alegó York.

—No, claro que no, viven para siempre —le aseguró Lena, llevándose el dulce a la boca—. Todavía está ahí, esperando otro sacrificio de sangre.

Los demás no le creyeron, Lena añadió que había continuado sus lecturas, en pos de encontrar casos similares a los del siglo diecinueve. En los años veinte, durante la prohibición, la mafia usó el foso para deshacerse de sus enemigos. En la década siguiente, un asesino en serie arrojó allí a sus víctimas mortales; hasta que una noche, la bestia reclamó su cuerpo junto al de la ofrenda. En los cincuenta, una familia que vacacionaba en la ciudad perdió su remolque por haber acampado junto al foso. Y en los setenta, se dice que volvieron los sacrificios humanos, esta vez de manos de una secta; una nota más para la crónica negra de San Severino.

Por último —agregó Lena— hubo otras dos desapariciones: la de María Gerhart en 1985 y la de Michael Duran en 1999. Era posible que muchos otros fueran víctimas de aquella cosa morando en el pozo, puesto que en la ciudad existían cientos de desaparecidos a los que jamás se había encontrado. Pero muy pocos habían estado relacionados con el distrito de Heraclia, al sur, que en ese entonces estaba incluso más abandonado que en siglos pasados. Era un completo yermo.

Y así nació el desafío. Lena apostó diez dólares contra cada uno de nosotros a que el shoggoth de la fosa existía y que aún era posible invocarlo para que devorase algún cadáver.

Aceptamos.

Iniciamos los preparativos esa misma tarde y nos fuimos a un bar a celebrar la apuesta. Todos estábamos locos, todos queríamos divertirnos y ganar dinero fácil.

Y, la verdad sea dicha, a todos nos gustaba Lena.

Yo ansiaba verla perder.

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