Una mala espina
NOTA DE LA AUTORA
🗣️ Esta historia es ficticia. Incluye lenguaje explícito y violencia para dar realismo a la trama, sin intención de promover el mal 🕊️.
¡Gracias por leer! ✨
CAPITULO 1
UNIVERSIDAD -- USA - BOSTON
Imperial University of North Valtheris
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Las raspaduras de sus zapatillas contra la vereda sonaban al compás de la música. De vez en cuando se impulsaba contra alguna pared para no perder el ritmo mientras caminaba.
Llevaba unos audífonos color crema que combinaban con su ropa. Se pasó el cabello oscuro hacia atrás con la mano libre, pues con la otra sostenía una mochila deportiva. El buzo azul y blanco se balanceaba sobre su cuerpo; una buena combinación.
La caminata se hacía cada vez más corta. A la distancia ya podía distinguir el nombre de la universidad. En cuanto lo vio, apresuró el paso. Mientras avanzaba, murmuraba algunas palabras de la canción que escuchaba. Al adentrarse en los pasillos, la mayoría de los estudiantes se hacía a un lado. Sabían que no les convenía atravesarse en su camino ni provocar algún problema.
Espalda recta, cabeza en alto y una sonrisa ladeada mientras observaba a todos por encima del hombro. Cada vez estaba más cerca de su destino, hasta que su paso se vio interrumpido. Mientras cruzaba uno de los pasillos a toda prisa, distinguió una figura frente a él. No alcanzó a frenar y terminó chocando contra el sujeto. La otra persona apenas giró la cabeza para mirarlo, pero Marcos ni siquiera se dignó a dirigirle la vista.
—Ah… quítate, pedazo de imbécil.
Su voz sonó calmada, aunque cargada de desprecio. Continuó caminando, golpeando el hombro del otro al pasar. Se alejó con el ceño fruncido, claramente fastidiado por el retraso.
Al llegar a la cafetería, abrió la puerta de una patada. Mantenía las manos dentro de los bolsillos y una expresión tan desinteresada que parecía una escena cotidiana.
Una vez dentro, buscó a William con la mirada. Al principio arqueó una ceja al no encontrarlo, pero enseguida distinguió al mestizo entre la multitud. Este tenía un brazo levantado, haciéndole señas para que se acercara.
Marcos caminó hasta la mesa. William no estaba solo; lo acompañaban varios estudiantes, entre ellos licántropos y vampiros.
—Hasta que te dignas a venir. —William rompió el silencio con tono burlón—. Ayer te fuiste muy temprano. ¿Acaso te cansaste?
El pelinegro soltó una risa nasal antes de dibujar una sonrisa de lado mientras tomaba asiento.
—Ay, por favor. En el momento en que uno empieza a decir tonterías, es cuando debe irse.—Añadió Zannia, un kitsune de pelaje blanco, ojos afilados de un negro intenso y largas pestañas blancas que suavizaban su mirada. —Sin el la fiesta se hubiera vuelto aburrida.
—En serio, hasta ahora no puedo creer que te hayas subido al mostrador. —Intervino Yanix con una sonrisa burlona—. La próxima vez, si quieres declararte a alguien, hazlo… pero no a Gala, pedazo de mierda.
William levantó una ceja y fijó la mirada en Marcos. Este seguía recostado en la silla con absoluta tranquilidad, una sonrisa ladeada dibujada en los labios y las piernas estiradas, una sobre la otra.
—O, mejor dicho, cuando no empiece a vomitar.
Marcos rodó los ojos con evidente fastidio.
—Qué exagerados son.
William apoyó ambas manos sobre la mesa. Su cabello marrón resaltaba a su piel pálida y su ojos celestes. Extendió un brazo para sacar una caja de jugo que habia en el centro de la mesa. —¿Exagerados? Ayer te acabaste toda la botella de champán. —
—¿Qué podía hacer? Estaba buena.
William empezó a reñirlo con la mirada, el ceño fruncido.
—¿Qué?
—¡Terminaste bailando encima del mostrador!
—Y no me caí.
—¡Porque tres personas te bajaron antes!
Yanix soltó una carcajada. Junto con Zianna quien revisaba su celular.
—Todavía tengo el video. Parecías un gato intentando mantener el equilibrio.
Marcos se limitó a encogerse de hombros, estaba claro que no le importaba lo que le dijesen. ¿Entonces por qué se daban la molestia para regañarlo en orden?
—Al menos no rompí nada.
William se llevó una mano a la frente.
—Y como sabes eso, ni siquiera te acuerda pedazo de imbécil. —Cerró los ojos con el ceño fruncido y bebió la caja de jugo que tenía en la mano.
—Entonces, Zannia hubiera estado tirando indirectas. —Marcos volteo sutilmente la cabeza hacia su dirección y soltó otra risa nasal
Zannia hizo una mueca y se encontró de hombros. —Puede ser. —En eso William rodó los ojos
—Como sea, tienes suerte de que sea yo quien se encargue de tu asistencia. De lo contrario, aún estarías tirando en el suelo de ese departamento. —Se pasó una mano sobre su pelo, tocando apenas sus orejas oscuras.
Marcos arqueó una ceja. —Entonces… ¿Gracias?—. El vampiro empezó a balancearse sobre su silla.
William tenía razón, aunque era demasiado irritante, irresponsable y claro imprudente. No dejaba de ser su amigo. Marcos tenía una mala costumbre de siempre tomar en cada fiesta hasta desmayarse. Lo curioso es que casi nunca recordaba una vez que quedaba borracho.
Así que normalmente William se encargaba de cuidarlo, ya que sabía que Marcos era capaz de quedarse dormido en el baño de una casa ajena o hasta meterse en problemas con alguna persona que no le agradaba.
Que decir sobre su actitud, Marcos dejaba muy claro cual era lo que quiera y si algo no le gustaba, entonces no habría problema y se desprecia de eso. De hecho tuvo muchos problemas debido a que decía con franqueza lo que no le agradaba y claro esto no solo llevó entre compañeros, también con profesores. Sin embargo, no llegaba a peores, no era que William lo defendía, sino que sus calificaciones lo ayudaban a tener una simple llamada de atención más que una suspensión inmediata.
Marcos apoyó el codo sobre la mesa y sostuvo el rostro con la mano.
—La verdad…
Todos lo miraron esperando alguna señal de arrepentimiento.
—…lo único que me dio pena fue no alcanzar a probar el vino que trajeron después.
Hubo un silencio en la mesa, Zannia se quedó con la boca abierta, por otro lado William cerró los ojos lentamente. En eso Yanix comenzó a reír sin poder contenerse. La carcajada del vampiro hizo que los demás recién se movieran.
Zannia negó con la cabeza mientras mantenía una sonrisa.
—No aprendiste absolutamente nada.
Marcos sonrió con descaro, cerró los ojos y se apoyó con los brazos extendidos atrás de su cabeza.
—Claro que aprendí.
William lo miró con asombro, al parecer era la primera vez que Marcos decía algo con madurez.
—¿Ah, sí?
No solo William se asombró, Yanix se puso serio y dejó de reírse, ¿esto era verdad?
—La próxima vez empiezo por el vino.
Toda la mesa estalló entre quejas y risas.
—¡ERES UN IMBÉCIL!
En ese momento, un vampiro de cabello grisáceo llegó hasta la mesa con una bandeja llena de cajas de leche. La dejó frente al grupo, provocando miradas de confusión. Sin decir una palabra, tomó una de las cajas y la lanzó directamente hacia Marcos.
El pelinegro apenas alcanzó a atraparla antes de que le golpeara el pecho.
—Para la resaca, imbécil. —Se acercó con actitud desafiante.
Marcos observó la caja unos segundos antes de alzar la vista.
—Tómala.
—Mmm… bueno, no sabia que te gustaba.
Algunos soltaron una risa. Lo aleatorio que era Marcos al expresarse era increíble. La mayoría no sabía qué movimiento podría dar. Entonces chasqueó la lengua.
El vampiro grisáceo hizo una expresión «¿Qué mierda estás hablando ahora?». Levantó una ceja.
—No te hagas el gracioso.
Empezó a rodear la mesa hacia un asiento libre.
—Qué mal gusto tendría que desarrollar para siquiera pensarlo.
Marcos lo miró por un breve momento y luego bajó la mirada hacia la caja de leche, después sonrió de lado.
—Entonces, ¿Gala? ¿Qué hay de ella?
Yanix volteo y lo vio, sus ojos brillaban de color amarillo.
—Eres un imbécil…
El vampiro no movió la mirada, burlando la tensión que había.
—Por favor, el hecho que haya roto contigo no significa que pueda conocer a Zev.
El licántropo apretó fuerte su caja de jugo hasta dejarla sin líquido, tenía los ojos directo hacia al vampiro.
—¿…Qué acaba de decir hijo de puta? —De forma automática Yanix se levantó, estaba decidido a darle un golpe. Pero justo ahí Zianna se levantó y le agarró el brazo.
—Esperen, no hay que llegar a extremos. —Miro a Yanix y luego frunció el ceño con Marcos.
—Si Yanix, no hay que llegar a extremos. —Estaba claro que Marcos lo que quería era provocar. De hecho era algo que él mismo disfrutaba, por eso alguna veces llegaba a extremos como quedar golpeado.
—Ya basta.
Trató de apaciguar la tensión William.
Yanix empezó a forcejear para soltarse del agarre de Zannia. Aquella rivalidad llevaba años. Más que odiar a Yanix, Marcos disfrutaba provocando. Era una costumbre que variaba según su estado de ánimo.
Si estaba aburrido, soltaba comentarios cada vez más hirientes solo para verlo perder la paciencia. Si estaba de buen humor, se limitaba a sonreír y lanzar indirectas. Y cuando realmente tenía un mal día… como mencioné antes no le importaría terminar en golpes.
Es posible que se pregunten, ¿por qué llegar hasta golpes? A nadie le gustaba tener que pelear, porque era molesto tener que lidiar con llamadas de atención tanto de compañeros, profesores y padres, y pronto llegar a suspensiones
La respuesta era extraña. Marcos nunca retrocedía. No le importaba terminar con un labio partido, un ojo morado o los nudillos ensangrentados. Del mismo modo que no le preocupaba beber hasta perder el conocimiento, tampoco parecía importarle salir lastimado de una pelea.
¿Era orgullo? ¿Terquedad? ¿Simple inmadurez? Tal vez. O tal vez había algo más. Nadie lo sabía con certeza. Ni siquiera quienes lo conocían desde hacía años podían explicar por qué parecía buscar situaciones que terminaran haciéndole daño. Como si las consecuencias dejarán de tener importancia una vez que tomaba una decisión.
Lo único evidente era que, cuando Marcos sonreía antes de provocar a alguien, esa sonrisa nunca prometía algo bueno.
—¡Suéltame un segundo!
—Ni loca. —respondió el kitsune sin aflojar la presión.
Marcos observó la escena con una calma que solo consiguió irritar más al licántropo. Soltó una risa nasal y dejó la caja de leche sobre la mesa.
—¿Eso es todo?
Aquellas tres palabras bastaron para que Yanix volviera a intentar lanzarse sobre él, pero Marcos no retrocedió. Al contrario, se acerco hasta quedar a escasos centímetros de él. Cuando se trataba de intimidar nunca se hacía hacia atrás.
—Pensé que ibas a hacer algo más que ladrar.
Yanix apretó los dientes y volvió a intentar avanzar. Antes de que pudiera hacerlo, Zev apareció a un lado y le dio un ligero golpe en el pecho con la caja de leche que aún llevaba en la mano.
—A ver si la leche hace el milagro y te devuelve las neuronas.
Marcos giró apenas la cabeza hacia al sujeto y sonrió de lado.
—Gracias por la preocupación.
—No es por ti, idiota. Es para que no tenga que separar otra pelea antes de las ocho de la mañana.
Como si fuera una forma de proteger a Marcos el timbre sonó “Riiiing…”, el ruido del teléfono resonó por toda la cafetería de la universidad. Era cambio de hora en el celular de William.
El licántropo aun lo miraba como si fuera a matarlo. Entonces William hizo una señal para que se fueran. Marcos suspiró algo molesto, como si la diversión se hubiera acabado. Alzó la mochila que había dejado lanzada en una de las sillas, la lanzó contra su espalda.
—Valla, que mierda de halago.
—No es un halago imbécil. Tenemos clase de teatro.
Le dio una patada por detrás empujándolo.
—Ahora muévete.
Marcos salió de la cafetería esbozando un sonrisa.
Los estudiantes salieron por la puerta principal, mientras que los demás se quedaron un poco más. Debían calmar a Yanix, quien aun seguía ofendido. Tal vez era su personalidad de lobo la que era más fácil de provocar.
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En este mundo no existía una sola especie. Vampiros, licántropos, kitsunes, sirenas y muchas otras compartían las mismas ciudades desde hacía siglos. No era raro encontrar a un vampiro sentado junto a un licántropo en un salón de clases, ni a una sirena atendiendo una cafetería o a un kitsune trabajando como profesor. Todos asistían a las mismas escuelas y universidades, trabajaban en hospitales, empresas, restaurantes o cualquier otro oficio. Así había funcionado la sociedad durante generaciones.
La convivencia era algo completamente cotidiano. Las diferencias nunca estuvieron en la posibilidad de estudiar o trabajar, sino en los prejuicios que algunas especies aún conservaban hacia las demás. Compartían los mismos espacios, las mismas leyes y, en teoría, los mismos derechos.
Lo complicado nunca fue convivir.
Lo complicado era dejar atrás los prejuicios.
William, un mestizo. Mitad lobo, mitad vampiro. Tenía el cabello castaño, piel pálida perteneciente al ser vampiro, con los colmillos correspondientes al de un lobo sobresalía. Su orejas castañas con un poco negro resaltaban, al igual que sus ojos azules.
No solo existía un nombre para definir a cada especie, sino también distintos linajes. Entre los vampiros podían encontrarse los Grisáceos, Carmesí, Níveos, de Cezna o de Sombra; mientras que entre los licántropos destacaban los Boreales, Plateados, Monteses o de Ceniza, por mencionar solo algunos. Cada linaje conservaba rasgos físicos, costumbres e incluso habilidades propias, transmitidas de generación en generación.
William caminaba unos pasos por delante mientras revisaba el horario en su celular. Mientras que Marcos tenía los brazos levantados hacia atrás, apoyando en su nunca en ellas.
—No puedo creer que estamos llegando tarde.
El vampiro apenas levantó un párpado y lo vio de reojo. —¿Tanto de interesa esa clase? ¿Será que tienes un amorío escondido?—. Sonrío de nuevo.
—No hables tonterías. Agh—. Paro de forma brusca —Es que enserio, ¿Acaso no piensas cuando hablas?
—¿Es necesario?—. Cerró otra vez los ojos. Marcos sabía el camino como si fuera la palma de su mano. —No me sorprendería si tuvieras un amor secreto—.
William levantó la cejas, con la boca entreabierta. Entonces le dio un golpe en la cabeza, chocándole en la nuca. Marcos perdió un poco el equilibrio, pero luego se restauró.
—Soy el encargado de esa clase. El presidente del curso. Tu presidente, por si ya lo olvidaste.
Se volvió hacia él y le dio un toque en el pecho con el dedo índice.
—Por eso no me puedo dar el lujo de llegar tarde o faltar a clase como cierta persona.
Unos segundos después volvió a caminar a un ritmo acelerado. William no era alguien que disfrutara hacerse cargo de los problemas ajenos. Sin embargo, cuando se trataba de Marcos, terminaba involucrándose más de la cuenta. No porque fuera su obligación, sino porque, después de tantos años de amistad, le resultaba imposible ignorarlo por completo.
Claro, aquello tenía un límite. Podía aclarar un malentendido con algún profesor, ayudarlo a levantarse después de una fiesta o cubrirlo en alguna ocasión. Más allá de eso, Marcos debía arreglárselas solo.
Marcos soltó un bostezo. Eso irrito un poco al lobo, quien levanto un ceja, a esperar qué tontería diría esta vez.
—Al menos es la única clase donde puedo dormir con excusa.
—Inténtalo y la profesora vuelve a sacarte al escenario.
—Eso también fue culpa de ustedes
—¿Nuestra?
—Si me hubieran dejado dormir, jamás habría actuado.
El licántropo rodó los ojos. Con una mano en la frente
—Agh… si quieres vienes total no es mi responsabilidad.
Entonces, el lobo empezó a correr para alcanzar la clase. El vampiro puso sus manos en sus bolsillos, mientras veía como cada vez se desvanecía por el pasillo.
Entonces giró los ojos hacia otro lugar, observó el patio que se apreciaba desde afuera. Al parecer estaban poniendo un nuevo árbol. ¿Qué seria? ¿Un cerezo esta vez? No sería gran cosa, ya que estuvieron plantando varios.
—Espero que dures más que el otro.
Miraba como los trabajadores encargaban la tierra. El vampiro giro de lado para buscar el árbol. Entonces lo encontró, estaba en una bolsa azulada… aún joven. Aprenda algunas ramas.
Algo llamó su atención, subió un poco la mirada y vio el reloj que se apreciaba en uno de los edificios de la universidad. Ocho de la mañana con trece minutos. Ya era tarde. Pero el pelinegro no dio ningún signo de preocupación; ni siquiera cambio su expresión.
Seguía caminando con la misma tranquilidad de siempre, como si el tiempo tuviera la obligación de esperarlo. Con las manos en los bolsillos, la mochila colgada en su hombro derecho de un lado.
El salón de teatro era distinto al resto de las aulas de la universidad. No había filas de carpetas ni una pizarra ocupando toda la pared. En su lugar, un amplio escenario de madera dominaba el ambiente, rodeado de cortinas negras y reflectores apagados.

A un costado descansaban estantes repletos de máscaras, vestuarios y utilería utilizada durante los ensayos del semestre.
—Antes de comenzar, quiero darles la bienvenida a los nuevos estudiantes.
¿Nuevos estudiantes? William se sorprendió, aunque una parte de él se sintió entusiasmada. Siempre era agradable conocer compañeros nuevos. Cuando la profesora lo llamó, caminó hasta el frente del salón. Sólo entonces pudo observar con detenimiento a los recién llegados. Había más vampiros que licántropos y mestizos.
—William, tú te encargarás de asesorar a nuestros nuevos compañeros.
La profesora abrió la palma de la mano hacia los nueve estudiantes, invitándolos a acercarse.
—Entendido, profesora.
Asintió el mestizo, dedicándoles una sonrisa amable mientras avanzaba unos pasos.
William llevaba varios semestres siendo uno de los mejores alumnos de teatro. Era disciplinado, sabía trabajar en equipo y rara vez perdía la calma durante un ensayo. Incluso estudiantes de cursos superiores reconocían su talento sobre el escenario. Si alguien podía ayudar a los recién llegados a adaptarse, era él.
Aunque apenas comenzaba un nuevo semestre, la profesora prefería iniciar desde el primer día con el proyecto principal del curso. De esa forma los alumnos disponían de varios meses para ensayar, corregir errores y perfeccionar cada escena antes de la presentación final.
No le gustaba que el teatro terminara relegado por los exámenes de otras asignaturas.
La docente apoyó ambas manos sobre el escritorio y recorrió el salón con la mirada.
—Muchos creen que actuar consiste únicamente en memorizar un guión. No es así. Un actor debe comprender las emociones de su personaje, incluso aquellas que nunca ha experimentado.
Debe aprender a escuchar, observar y ponerse en el lugar de alguien completamente distinto a él. Solo así una interpretación resulta convincente.
Se acercó al escritorio y tomó un pequeño grupo de hojas.
—Por eso, nuestro primer proyecto será una obra de romance con elementos trágicos. Además de evaluar su capacidad interpretativa, servirá para que aprendan a trabajar con personas que quizá nunca antes habían conocido.
Levantó las hojas y sonrió.
—Así que formaremos equipos de seis. Cada grupo preparará una adaptación distinta de la obra que les entregaré hoy. Tendrán todo el semestre para trabajarla y la presentación final representará gran parte de su calificación.
Fue entregando a cada uno unas hojas de los temas que podían escoger, mientras iba hablando muchos estudiantes murmuraban, otros se miraban. Había algunos rostros emocionados y otros tímidos.
—Cada equipo deberá contar, como mínimo, con uno de los estudiantes nuevos. No quiero que se queden aislados durante el semestre. Quiero que trabajen con ustedes, conozcan la dinámica del curso y puedan adaptarse cuanto antes.
Varios comenzaron a intercambiar miradas. Algunos ya hacían cuentas de cuántos equipos podrían formarse.
—Tendrán diez minutos para organizarse. Si al terminar el tiempo aún queda alguien sin grupo, yo misma decidiré dónde irá.
La profesora dio una palmada.
—Pueden comenzar.
Apenas terminó de hablar la profesora, William comenzó a recorrer el salón con la mirada. Además de buscar quién quisiera unirse a su equipo, también intentaba localizar a Marcos. No estaba.
Unos pasos ligeros llamaron la atención de sus orejas. Estas se alzaron casi por reflejo antes de que girara la cabeza. Un zorro áureo caminaba directamente hacia él. Los ojos azules del mestizo se abrieron apenas. Hacía muchísimo tiempo que no la veía.
—¡William!
Alicia se abalanzó sobre él sin darle oportunidad de reaccionar. El abrazo lo tomó por sorpresa, pero una sonrisa apareció casi de inmediato en su rostro. Sus orejas castañas, con las puntas oscuras, se irguieron por completo y su cola dio un ligero movimiento detrás de él, tan breve que apenas alcanzó a notarlo.
—Vaya… cuánto tiempo.
Se conocían desde Francia. Alicia era dos años menor y habían compartido varios años en el mismo colegio. Desde entonces no habían vuelto a verse.
—Pensé que seguirías estudiando Manhattan. ¿Qué haces aquí?
—Eso no importa. ¡Estoy aquí!—rió ella.
William parpadeó un par de veces. Le costaba asociar aquella joven con la niña que recordaba. Era la misma sonrisa, los mismos ojos… pero todo lo demás parecía distinto. Sin darse cuenta, siguió observándola unos segundos más de lo que habría sido normal.
—¿Qué pasa? —preguntó Alicia entre risas.
William salió de sus pensamientos y desvió la mirada.
—Nada… eh…—Miro hacia otro lado, la cola se movió un poco nerviosa, luego respondió. —Qué gusto verte otra vez.
Alicia sonrió y se apartó apenas del abrazo. Luego levantó un brazo, haciendo una seña hacia alguien que estaba detrás de ella. William arqueó ligeramente las cejas, intentando descubrir a quién llamaba.
—No solo vine yo, sino que tambi…
Un estruendo la interrumpió. Varios de los estudiantes que estaban cerca giraron la cabeza casi al mismo tiempo. La puerta trasera del salón acababa de abrirse de una patada. Con unos lentes oscuros, las manos hundidas en los bolsillos y la mochila colgada despreocupadamente de un hombro, el vampiro pelinegro entró como si nada hubiera ocurrido. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta tras él.
Algunos soltaron un suspiro de resignación. Otros simplemente rodaron los ojos. Los únicos sorprendido fueron los nuevos quienes no conocían la actitud de Marcos.
La profesora, demasiado ocupada explicando la actividad desde el frente del escenario, ni siquiera llegó a percatarse de su llegada.
Marcos caminó hasta una de las mesas libres y se dejó caer sobre la silla con la misma despreocupación de siempre.
Estiró las piernas debajo de la mesa y levantó los lentes oscuros hasta dejarlos sobre su cabeza. Con una mano sostenía el celular mientras revisaba la pantalla, completamente ajeno a lo que ocurría alrededor.
William suspiró al verlo.
A veces Marcos podía llegar a ser desesperante. No importaba si entraba primero, último o si simplemente decidía no aparecer; nunca parecía tomarse nada con la seriedad suficiente. Pero, al final, siempre terminaba estando ahí.
Y eso era lo que importaba. Se acercó hasta la mesa con tranquilidad.
—Se unirán dos nuevos estudiantes a nuestro equipo.
Marcos levantó apenas la mirada del celular. Antes de que pudiera responder, Alicia apareció detrás de William con una sonrisa.
—Entonces supongo que trabajaremos juntos.
Por unos segundos, Marcos se quedó observándola. No fue una mirada de sorpresa, sino de reconocimiento. Como si necesitara confirmar que realmente era ella. Alicia… El vampiro arqueó una ceja. Su expresión cambió apenas, una mezcla entre molestia y resignación. No era enojo; era más bien esa expresión de alguien que no esperaba encontrarse con una persona en particular. Parpadeó y apartó la mirada.
—Hola…
Su tono fue neutral, casi por compromiso. Después volvió la vista a su celular como si aquel encuentro no tuviera mayor importancia.
William empezó a acercarse a algunos estudiantes, Alicia fue junto a el. Marcos, por otro lado, dejó de prestar atención.
La simple presencia de Alicia ya había sido suficiente para incomodarlo más de lo que quería admitir. No tenía interés en conversar ni recordar viejas cosas. Mucho menos en fingir una cercanía que ya no existía. Tomó su mochila y se la colocó sobre el hombro.
Pero justo en el momento noto una figura cerca de él. Se detuvo y giró unos cuantos grados hacia al sujeto, frunció ligeramente el ceño y entrecerró los ojos
Por un instante, ambos se quedaron mirando. Marcos alzó ligeramente una ceja detrás de sus lentes oscuros.
Había algo extraño en esa persona. No era su apariencia. Era algo más difícil de explicar. La forma en la que permanecía quieto. La manera en que sostenía la mirada sin apartarse.
La mayoría de las personas bajaban la vista cuando Marcos las observaba de esa forma. Él no. Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Hasta que una pregunta escapó de los labios del vampiro.
—…¿Te conozco?
La expresión del desconocido no cambió demasiado, pero por un instante pareció analizarlo de la misma forma. Como si también intentara encontrar una respuesta. Sin embargo, antes de que cualquiera pudiera decir algo, la voz de William interrumpió el momento.
—Bueno, ahora que estamos todos, voy a explicar cómo trabajaremos.
Marcos apartó la mirada. Como si aquella pequeña duda hubiera desaparecido tan rápido como apareció. William continuó hablando sobre los integrantes del grupo y los temas posibles, pero el vampiro ya había perdido completamente el interés.
—Yo paso.
El mestizo se detuvo y lo miró.
—¿Qué?
—Que paso.
Su tono no fue molesto ni agresivo. Simplemente frío. Como si la decisión ya estuviera tomada desde antes. William lo observó unos segundos, confundido más por lo repentino que por la acción en sí.
—¿Pasó algo?
Marcos se colocó los lentes correctamente.
—No. —Fue una respuesta directa y rápida. —Solo iré a un lugar mejor.
Y sin esperar respuesta, salió del salón. William soltó un suspiro, pero no insistió. Conocía demasiado bien a Marcos como para saber que obligarlo solo haría que fuera peor. Así que simplemente volvió con los demás y continuó explicando el trabajo.
Marcos solía abandonar las reuniones, ya que tener que mostrar interés por temas poco importante para él era cansado. Más ahora que estaba Alicia, no era que la odiase, si no que era incómodo tener que tenerla cerca. La última vez fue en Manhattan, en una reunión de universidades. Donde la vio y deseaba no verla más.
***
Marcos se dirigió hacia la cafetería, quería comprar una bebida energética para su próximo entrenamiento. Pero en el camino no dejaba de pensar en el estudiante. ¿Quién era? ¿Lo conocía? Eso era lo peor, que sentía que lo conocía, pero ¿Donde?
¿Ojos negro? ¿Pelo rosado? No había ningún patrón. Lobo, no… más bien mestizo. Lo que era impresionante era su altura. Era más alto que él, incluso un poco más alto que William. Buen porte.
—Agh, hijo de puta.
Se acercó a una máquina expendedora y marcó el código de una bebida energética. La lata cayó con un golpe seco al compartimiento inferior. La tomó con una mano, la abrió de inmediato y dio un largo trago.
Chasqueó la lengua.
—Me da mala espina ese sujeto.
Permaneció unos segundos mirando la lata antes de encogerse de hombros.
—Mientras no se meta en mi camino, me da igual lo que haga.
Dicho eso, terminó de restarle importancia al asunto. Guardó una mano en el bolsillo y continuó caminando por el pasillo como si aquel estudiante no hubiera sido más que otro rostro entre tantos.
Aquel ciclo universitario no sería igual a los anteriores. La llegada de Alicia era suficiente para recordárselo. No le desagradaba ella. Lo que realmente le molestaba era todo lo que su presencia arrastraba consigo. Era una mancha que llevaba años intentando dejar atrás; un recuerdo que aparecía cada vez que creía haberlo enterrado por completo.
La última vez que la vio entendió que había cosas a las que era mejor no volver a acercarse. Había cometido ese error una vez, y no pensaba repetirlo. Soltó un largo suspiro. Aún faltaba conocer al resto de los estudiantes nuevos, tendría que analizarlos uno por uno. Con un poco de suerte, ninguno tendría relación con ese pasado que tanto se empeñaba en evitar. Pensarlo le provocó un leve dolor de cabeza.
Chasqueó la lengua, terminó el último trago de la bebida energética y arrojó la lata al basurero sin siquiera mirar.
—Qué fastidio…