Sin Guión by Ahris-Sequera at Inkitt
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Sin Guión

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Summary

Obligados a compartir techo por un favor, Kiara y Adrián no tardan en descubrir que convivir es mucho más difícil de lo que esperaban. Ella lo considera un arrogante insufrible, demasiado acostumbrado a tener el control de todo. Él la ve como una molestia impredecible que ha irrumpido en una vida que ya tenía suficientes problemas. Entre discusiones, diferencias y una convivencia que ninguno eligió, la tensión comienza a transformarse en una atracción que ambos se empeñan en ignorar. Pero mientras Kiara intenta encontrar su propio lugar en una ciudad que todavía no siente como suya y Adrián enfrenta problemas que amenazan con desestabilizar el mundo que siempre creyó tener bajo control, ambos empiezan a descubrir que sus vidas están más conectadas de lo que imaginaban. Y cuando los límites entre la convivencia, la confianza y el deseo comiencen a desaparecer, tendrán que decidir si siguen interpretando el papel que les fue asignado o si se atreven a vivir una historia que nadie escribió por ellos. Porque algunas historias comienzan con una elección. La de ellos comenzó con un favor.

Status
few sec ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El aeropuerto El Dorado de Bogotá seguía lleno de movimiento cuando Kiara aterrizó. El cielo gris de la capital era distinto al calor húmedo de Cartagena, al cual ya estaba acostumbrada.

Kiara estiró los brazos y soltó un pequeño bostezo, dirigió la mirada a la sala de espera y lo vio allí.

Adrián estaba esperándola.

La sorpresa cruzó su rostro. No esperaba que hubiera ido personalmente a recogerla. Sin embargo, lejos de alegrarla, aquello solo despertó un desagradable sentimiento de incomodidad.

—¿Tú?, no tenías que venir.

Adrián la observó con una sonrisa burlona.

—Si princesa, soy yo, tu querido compañero de cuarto. —dijo mientras hacía un gesto hacia la salida del aeropuerto.

Kiara puso los ojos en blanco.

—Tu mamá me rogó que viniera a recogerte. Al parecer no confía en que puedas llegar sola a mi apartamento.

Sin esperar respuesta, Adrián tomó el equipaje de Kiara con facilidad, a ella le molestó todavía más verlo actuar con tanta naturalidad.

—Vamos, no tengo todo el día para que te recuperes del shock de verme.

Kiara lo siguió, tratando de ignorar aquella actitud insufrible.

—Soy bastante capaz de llegar sola a tu apartamento, mi mamá es sobreprotectora, es todo.

Mientras hablaba, observó cómo Adrián levantaba el equipaje y lo guardaba en el maletero del carro antes de cerrar la puerta de un golpe seco. Luego simplemente rodeó el vehículo y entró al asiento del conductor sin molestarse siquiera en mirarla.

Bajó el vidrio del lado del copiloto, Adrián arqueó una ceja y una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

—Claro princesa, siempre tan independiente, ¿piensas quedarte ahí de pie o vas a entrar al carro?

Kiara entrecerró los ojos antes de subir al carro.

El carro comenzó a avanzar por las calles de la ciudad mientras el silencio incómodo llenaba el interior del carro.

—¿Sabes? Tu mamá me contó que vas a estudiar arte o algo así.

Kiara lo observó durante unos segundos. Había algo extraño en volver a verlo después de tanto tiempo. Adrián había cambiado bastante, más de lo que ella estaba preparada para admitir.

—Ah sí, artes escénicas, por eso estoy aquí, aunque tenga que pagar el alto

precio de vivir contigo. —dijo mientras ponía los ojos en

blanco.

La sonrisa de Adrián se ensanchó apenas un poco más. Sus ojos brillaron con diversión mientras volvía la vista a la carretera.

—Artes escénicas, que interesante. ¿vas a poner en práctica todo ese arte conmigo? Espero que seas buena lavando platos, princesa.

Kiara soltó una carcajada inmediata.

—Eso no será necesario, es verdad que viviremos juntos, pero cada uno hará lo suyo. No seré tu sirvienta.

La risa profunda de Adrián resonó dentro del carro. La observó durante unos segundos con diversión antes de volver a mirar la carretera.

—Claro, claro, cada uno hará lo suyo.

Aunque intentaba sonar despreocupado, había un brillo juguetón en su mirada.

—Pero no esperes que te deje hacer lo que quieras princesa, es mi apartamento y hay reglas, y para tu desgracia yo soy quien las hace.

Kiara lo observó durante unos segundos sin responder de inmediato. Luego aclaró su garganta antes de hablar.

—¿Cuáles se suponen que son esas reglas? Solo espero que sean realistas y no digas cosas absurdas.

Adrián mantuvo la vista fija en la carretera mientras respondía con tranquilidad.

—Mis reglas son muy simples, princesa. Número uno: nada de traer amigas a mi

apartamento sin mi consentimiento, número dos: nada de dejar tus cosas por

todos lados como si fuera tu reinado personal, y número tres, y es lo más

importante. —Adrián hizo una breve pausa y posó su mirada en Kiara —Nada

de traer amantes a mi apartamento.

Kiara lo miró con evidente incredulidad.

—Primero, no pienso tener amantes, yo vine a estudiar, segundo, soy muy organizada, mis cosas nunca estarán fuera de su lugar, así que no te preocupes por nada.

Soltó un suspiro y apoyó la cabeza contra el asiento.

—Yo quiero añadir una regla.

La carcajada de Adrián no tardó en aparecer.

—¿Es que acaso no oíste lo que dije? Es mi apartamento, yo soy quien hace las

reglas.

Kiara rodó los ojos antes de responder.

—No te preocupes, es una regla muy simple, me llamo Kiara ¿ok?, no “princesa”, así que puedes llamarme por mi nombre.

Los ojos de Adrián brillaron con diversión mientras la miraba de reojo. Casi parecía disfrutar especialmente el hecho de que aquel apodo la molestara tanto.

—Kiara, sí, siempre he pensado que ese nombre no te queda, es tan delicado y tú eres... tan terca.

Ella giró la cabeza inmediatamente hacia él.

—Me quede o no, es mi nombre, así que debes llamarme por él. Y por favor,

presta atención a la carretera, quiero llegar viva.


—Ay princesa, si quieres que te deje manejar, solo dímelo, no te dejaré igual, pero puedes expresarme tus deseos.

Kiara soltó una pequeña risa incrédula.

—Que absurdo, no quiero manejar tu carro, solo quiero que te concentres, aunque debo decir que eres patético como conductor.

Adrián apretó el volante y tensó ligeramente la mandíbula.

—Patético ¿eh? Ya veremos quién es patético, cuando tengas que lavar mi ropa sucia porque te quedaste sin dinero.

Kiara volteó a verlo inmediatamente.

—No te confundas mi amigo, nunca lavaré tu ropa sucia, como te dije, no seré tu sirvienta.

Giró la mirada a la ventana intentando terminar la conversación.

Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el vidrio mientras el silencio volvía a instalarse entre ambos.

—¿Cuándo vamos a llegar? Siento que llevo una eternidad en este carro, y con este mal conductor, podría morir.

—Pero que dramática eres. No te preocupes, no te dejaré morir, no en mi carro, que horror. Falta poco, solo disfruta del viaje todo lo que puedas.

Apenas terminó de hablar, un carro se atravesó inesperadamente frente a ellos.

Adrián frenó en seco.

Kiara se sobresaltó inmediatamente y se aferró con fuerza al cinturón de seguridad.

—¡Dios!, si dije que eras mal conductor, pero tampoco pensé que tanto.

—¿Mal conductor? ¿yo? ¿es que no viste que se atravesó? —En ese momento Adrián volteo a verla, Kiara estaba temblando ligeramente mientras mantenía las manos aferradas al cinturón —Relájate Kiara, no paso nada, no tienes que estar tan asustada.

—¡¿Qué me relaje?! ¡Casi chocamos!, Dios, no puedo creer que viviré con este hombre.

La expresión de Adrián cambió inmediatamente.

—Si tanto te disgusta estar conmigo, tal vez deberías considerar buscar otro lugar en dónde vivir.

Kiara suspiró profundo antes de responder.

—Por ahora me toca, además, tú lo aceptaste sin poner ni un pero.

La realidad era que Adrián jamás había sabido decirle que no a la mamá de Kiara, ni cuando era solo un niño y ella cuidaba de él, ni ahora.

—Claro que lo acepté sin reprochar, no puedo negarle nada a tu mamá, además, ella me habría matado si me hubiese negado. Aun así, no significa que seré amable contigo.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

Minutos después, el carro finalmente se detuvo frente a un enorme edificio residencial que destacaba por lo elegante y lujoso que se veía.

—Bienvenida a tu nuevo hogar temporal Kiara, espérame en la recepción, iré a guardar el carro en el aparcamiento, yo llevaré tu maleta.

Kiara bajó del carro y observó el edificio con más atención. Era enorme, moderno y absurdamente elegante.

Cuando ingresó a la recepción, quedó todavía más impresionada. Todo estaba decorado con mármol brillante, muebles de cuero blanco y una iluminación sofisticada que hacía que el lugar pareciera un hotel de lujo.

La recepcionista le preguntó a quién visitaba y Kiara explicó que venía con uno de los propietarios del edificio. La mujer le indicó amablemente que podía esperar sentada.

Poco después, Adrián apareció saliendo del ascensor y le hizo una seña para que se acercara al mostrador.

La recepcionista entregó algunos documentos para autorizar el ingreso de Kiara y luego habló con evidente nerviosismo.

—Lo siento mucho señor Theus, pero en estos momentos no tenemos llaves magnéticas disponibles, espero pueda disculparnos, la tendremos lista dentro de una semana aproximadamente.

La mano derecha de Adrián se apoyó con fuerza sobre el mostrador mientras soltaba una risa seca.

—¿Una semana? ¿En serio una semana? Por dios —Su voz resonaba en toda la recepción —No voy a tener a mi invitada viviendo en el pasillo solo porque no tienen una tarjeta.

Luego se volvió hacia Kiara, como si toda aquella situación hubiese terminado por colmarle la paciencia.

La recepcionista tragó saliva antes de responder apresurada.

—Disculpe señor, pero puede usted compartir su llave con su invitada, después de todo es su invitada ¿no?, siempre que ella necesite entrar y salir, usted puede prestarle su llave, esto será solo por una semana, luego tendremos la llave de la señorita lista.

Antes de que Adrián pudiera responder algo más, Kiara intervino.

—Muchas gracias, señorita, ha sido muy amable, no se preocupe, mi anfitrión compartirá su llave conmigo durante esta semana.

Luego giró el rostro para ver a Adrián.

—¿Qué esperas?, ¿Piensas quedarte ahí? Vamos a subir, estoy cansada del viaje, quiero llegar ya.

Adrián observó a Kiara durante unos segundos, todavía procesando la manera en que había intervenido frente a la recepcionista. La cortesía exagerada con la que lo llamó “anfitrión” frente a la mujer le había resultado innecesariamente irritante.

La tensión en su mandíbula apenas se relajó cuando sacó la llave magnética de su bolsillo.

—Claro princesa, lo que sea para que mi invitada este cómoda —dijo mientras le tendía la llave en un gesto dramático, luego se inclinó apenas hacia ella para susurrarle cerca del oído —Pero que quede claro, esto es solo por una semana, y ni sueñes que tendrás acceso a todo el edificio.

Sin darle tiempo para responder, comenzó a caminar hacia el ascensor con pasos largos.

Kiara lo siguió en silencio.

Cuando las puertas metálicas se cerraron frente a ellos, el silencio del elevador hizo mucho más evidente la tensión entre ambos. Adrián la miró de reojo por un instante.

Había cambiado.

Ya no era la niña insoportable con la que discutía cuando eran pequeños. Ahora había algo distinto en ella. Esa seguridad desafiante con la que lo enfrentaba hacían difícil relacionarla con la imagen que guardaba de años atrás.

—¿En serio vives en el pent-house? Tendré que subir hasta el último piso siempre que quiera venir a casa a dormir.

Vivir allí era muy distinto a cualquier cosa que hubiese imaginado. El edificio entero parecía sacado de una revista de lujo.

El dinero de Adrián nunca la había sorprendido realmente. Desde niños habían vivido en mundos completamente diferentes, y probablemente esa había sido una de las razones por las que jamás lograron llevarse bien.

—Será una semana nada más, relájate un poco, asustaste a la pobre recepcionista, ni siquiera es culpa de ella que no haya llaves.

Adrián apoyo una mano en el panel del ascensor.

—Claro que vivo en el pent-house, ¿Qué esperabas princesa? Solo lo mejor para mí, y no deberías preocuparte por la recepcionista, probablemente esté más acostumbrada a lidiar con gente como yo que con una invitada tan... delicada.

Mientras hablaba, volvió a mirarla.

Demasiado tiempo.

—Que grosero eres, no por ser una empleada tienes derecho a tratarla mal, la asustaste con tu actitud amenazante.

Kiara soltó un suspiró largo y dirigió la vista hacia las puertas del ascensor justo cuando estás se abrieron.

Adrián salió primero y extendió la mano hacia ella.

—La llave, dámela.

Kiara observó la mano extendida durante apenas un segundo. Por un instante creyó que él intentaba ayudarla a salir del ascensor.

—Ah sí, la llave... toma.

El sonido de sus pasos resonó mientras dejaba la maleta en medio de la sala de estar. Había ventanales enormes, muebles minimalistas, superficies impecables y una vista panorámica de la ciudad iluminada.

Pero, aun así, el apartamento se sentía extrañamente vacío.

—Entonces princesa, ¿tengo actitud amenazante? ¿causo temor en ti también?

Adrián se giró hacia ella mientras hablaba. La arrogancia habitual volvió a dibujarse en sus labios, aunque había curiosidad detrás de la pregunta.

—A mí no me causas temor, podrás intimidar a los empleados de este edificio, pero no estás ni cerca de hacerlo conmigo.

Kiara apenas le prestó atención mientras hablaba, soltó su bolso en el mueble y comenzó a recorrer lentamente la sala, observando cada detalle de la decoración.

Sus dedos rozaron distraídamente la superficie del mesón de mármol mientras intentaba memorizar la distribución del lugar donde ahora viviría.

Adrián la observó avanzar por el apartamento sin interrumpirla.

Había algo extrañamente natural en verla caminar por su espacio como si intentara descifrarlo. Como si quisiera entenderlo a través de las paredes, de los muebles, del silencio perfectamente ordenado del lugar.

—Eres muy valiente princesa, a pesar de estar en mi casa, rodeada de mis cosas.

Kiara se giró apenas para verlo.

La luz de la ciudad entraba por los enormes ventanales detrás de ella, envolviendo su silueta en un brillo tenue. Su risa suave rompió por completo la frialdad del apartamento.

Adrián no entendió por qué se quedó mirándola tanto tiempo, tal vez fue la luz entrando por la ventana que enmarcaban su figura, o la manera despreocupada en la que ella sonrió.

Por un instante, ese lugar dejó de sentirse tan gris.

—Estoy cansada del viaje, podría usted oh buen anfitrión decirme ¿Cuál será mi habitación?

La reverencia exagerada que hizo después de hablar consiguió irritarlo.

Adrián negó apenas con la cabeza. Kiara no parecía intimidada por él en lo absoluto. Y eso comenzaba a desesperarlo de una manera absurda.

—Mi habitación es la principal, por supuesto, la mejor vista de la ciudad, pero no te preocupes, te daré la segunda mejor habitación que tengo.

Comenzó a caminar hacia ella lentamente.

Su presencia llenaba el espacio con demasiada facilidad. El aroma de su perfume se mezcló con el olor limpio del apartamento mientras se detenía a pocos pasos.

—Sigue ese pasillo hasta la última puerta a la derecha.

—Muchas gracias, buen señor, ahora me iré a bañar y dormir un rato, así que te agradecería que no hicieras tanto escándalo, haciendo lo que sea que tu hagas, adiós.

Y sin esperar respuesta, tomó su maleta y comenzó a caminar hacia el pasillo.

Adrián se quedó observándola alejarse. Podía ver la sonrisa de Kiara incluso de espaldas y sin darse cuenta estaba disfrutando de aquella situación.

—Claro princesa, que descanses.

Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo.

Luego alzó la voz antes de que desapareciera por completo en el pasillo.

—¡No esperes que sea silencioso solo porque tú me lo pides, esta es mi casa y aquí hago lo que quiera!

Kiara no respondió.

Segundos después, Adrián dejó caer el cuerpo sobre el sofá de cuero negro y estiró los brazos sobre su cabeza mientras miraba el techo.

Cinco años.

Ese era el tiempo que duraba la carrera de Kiara.

Aunque, según lo que su madre le había dicho, probablemente ella solo permanecería allí hasta estabilizarse. Un año, quizás.

Adrián cerró los ojos lentamente. La idea de compartir su espacio con ella durante tanto tiempo ya comenzaba a alterar demasiado la calma a la que estaba acostumbrado.

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