CAPÍTULO UNO - VEINTIOCHO MILLONES
ALEKSANDAR
El dormitorio olía a sexo, perfume de mujer y al puro que había dejado consumirse en el cenicero antes de acostarme.
Abrí los ojos unos minutos antes de las seis. Una de las mujeres dormía a mi derecha, con la espalda desnuda fuera de las sábanas; la otra ocupaba buena parte del lado izquierdo y tenía una pierna enredada entre las mías. Las conocía de antes. No era la primera vez que alguna acababa en mi cama y probablemente tampoco sería la última, aunque habría necesitado pensarlo unos segundos para decidir cuál de los dos nombres que recordaba correspondía a cada una.
Aparté la pierna, me levanté y abrí la puerta de la terraza. El cielo empezaba a aclararse sobre el Adriático y, desde la planta superior de la casa, se distinguía una franja de mar entre los jardines. Las luces del perímetro continuaban encendidas. Dos hombres cambiaban el turno junto al acceso este y Vuk caminaba cerca de la verja, enorme y oscuro entre los árboles.
La noche había estado bien. No necesitaba encontrarle ningún otro significado.
A mis treinta y nueve años hacía mucho que había aprendido a no confundir follar con algo que no fuera follar. Me gustaban las mujeres, tenía un apetito considerable y nunca había entendido por qué debía fingir lo contrario. Algunas repetían durante meses; otras pasaban una sola noche conmigo. Jamás había prometido una relación para llevarme a una mujer a la cama y tampoco fingía intimidad después para hacer más aceptable lo que todos habíamos querido.
Una de ellas se despertó cuando regresé al dormitorio. Se incorporó contra el cabecero y apartó el cabello de su cara mientras me veía recoger el reloj.
—¿Ya se levanta, señor?
—Sí.
Consultó la hora en su teléfono.
—Ni siquiera son las seis.
—Lo serán dentro de dos minutos.
La sábana había resbalado hasta su cintura. Su mirada descendió por mi cuerpo antes de regresar a mi cara.
—Podría volver a la cama esos dos minutos.
—No te servirían de mucho.
Se rio en voz baja para no despertar a la otra. No parecía ofendida y no tenía motivos para estarlo. Habíamos cenado, bebido y acabado los tres allí porque los tres habíamos querido. Cuando se marcharan, un coche las llevaría donde pidieran. Quizá volvería a llamarlas. Quizá no.
Fui al baño, me duché y, cuando regresé vestido, ambas estaban despiertas. Una buscaba un pendiente debajo de la cama mientras la otra intentaba localizar su vestido. Llamé a seguridad para que prepararan un coche, les dije que podían quedarse el tiempo que necesitaran para arreglarse y bajé a la cocina sin prolongar una despedida que no lo requería.
Me había servido café cuando sonó el teléfono.
Marko.
A las seis y veintidós de la mañana, aquello nunca significaba nada bueno.
—Dime.
—Han desaparecido veintiocho millones.
Dejé la taza sobre la encimera.
—¿De dónde?
—De las estructuras de Harcourt. Nikola lleva veinte minutos revisando los movimientos.
Crucé la planta baja hacia el despacho mientras Marko explicaba que el dinero había empezado a desplazarse durante la madrugada a través de varias cuentas y sociedades. No era un pago duplicado ni una transferencia retenida. Alguien había sabido exactamente qué hacer para que veintiocho millones dejaran de estar donde debían sin activar las alertas hasta que ya era demasiado tarde.
—¿Has localizado a Charles?
—Todavía no. Nikola lo está intentando.
Había llegado al despacho cuando advertí que Marko no había terminado. Cerré la puerta y apoyé una mano sobre el escritorio.
—¿Qué más?
El silencio duró apenas un segundo.
—Han matado a tres de los nuestros en Bar. Petar, Miloš y Andrija.
El primer nombre me hizo apretar la mandíbula. Petar había trabajado para mi padre y se había quedado cuando yo asumí su lugar. Tenía mujer, dos hijos y suficiente confianza conmigo para robarme puros del despacho y negarlo mientras se fumaba uno delante de mí.
—¿Cómo?
—Los estaban esperando. La ruta se cambió ayer por la tarde y aun así conocían el acceso y la hora.
Aquello convertía tres asesinatos en algo peor.
—¿Quién sabía el cambio?
—Siete personas.
—Tráelas.
Una hora después, Nikola ocupaba una silla frente a mi escritorio con dos ordenadores abiertos mientras Marko extendía sobre la mesa la información llegada desde Bar. No sabíamos si los veintiocho millones y la emboscada estaban relacionados, pero que ambas cosas hubieran ocurrido durante la misma noche era una coincidencia que ninguno estaba dispuesto a conceder.
—Las credenciales utilizadas pertenecen al entorno de Harcourt —explicó Nikola, ampliando una cadena de movimientos—. No puedo asegurarte que las empleara Charles personalmente. Sí puedo asegurarte que quien lo hizo conoce su arquitectura desde dentro.
Charles llevaba casi quince años trabajando con nosotros. Antes de mí había trabajado con mi padre. Había movido cantidades mucho mayores sin perder un euro y conocía perfectamente las consecuencias de robar a los Vuković. Eso no lo hacía inocente, pero convertía una traición tan evidente en una estupidez impropia de él.
—Sigue buscando —ordené.
Marko deslizó un papel hacia mí.
—De las siete personas que conocían la modificación de Bar, seis tienen comunicaciones normales. Milan Kostić hizo una llamada desde un terminal no registrado cuarenta minutos después de recibir el cambio.
Leí el nombre.
—¿Dónde está?
—Abajo. Lo recogimos hace media hora.
No fui inmediatamente. Dejé que Milan esperara mientras revisábamos accesos, horarios y los primeros movimientos del dinero. El miedo era más útil cuando uno no lo interrumpía demasiado pronto. A las ocho, Charles seguía sin responder y Milan llevaba suficiente tiempo encerrado para haber imaginado varias veces cómo podía terminar aquella mañana.
Bajé con Marko.
Milan estaba sentado ante una mesa con un vaso de agua. No llevaba esposas. Después de doce años trabajando para mi organización sabía perfectamente que no necesitábamos atarlo para impedirle marcharse.
—Aleksandar —saludó al verme.
Me senté frente a él. Marko permaneció cerca de la puerta.
—Anoche recibiste el cambio de ruta de Petar.
—Sí. Ya se lo he explicado a Marko.
—Entonces será rápido. ¿A quién se lo dijiste?
Milan frunció el ceño.
—A nadie.
—Cuarenta minutos después utilizaste un segundo teléfono.
El cambio fue mínimo, apenas una tensión en la boca, pero estaba esperando precisamente eso. Marko dejó delante de él una copia del registro.
—Era una llamada personal.
—Perfecto. Dame un nombre y seguimos.
La historia que construyó después incluía una amante, un marido celoso y un teléfono secreto. Lo dejé hablar sin interrumpirlo. Las mentiras tenían la desventaja de exigir detalles, y los detalles acababan convirtiéndose en problemas cuando quien los inventaba no sabía cuánto conocía el hombre que estaba escuchando.
Cuando terminó, Milan cogió el vaso.
—¿Ya está? —pregunté.
—Te estoy diciendo la verdad.
—No. Estás intentando averiguar cuánto sabemos.
Me incliné y señalé el registro con un dedo.
—El número pertenece a un terminal activado en Serbia hace tres semanas. Dejó de emitir poco después de que mataran a Petar. Puedes seguir contándome con quién te acuestas si te hace ilusión, pero no va a cambiar esa parte.
Milan miró a Marko y después volvió hacia mí. La respiración se le había acelerado.
—Solo querían la hora.
No sentí satisfacción por tener razón.
—¿Cuánto te pagaron?
—Veinte mil.
Petar y los otros dos habían muerto por una cantidad que no habría merecido ni una conversación en cualquiera de nuestras reuniones de negocios.
—¿Quién te contactó?
—No lo sé. Nunca lo vi. Hablábamos por teléfono y me pagaron en criptomoneda. Dijeron que querían interceptar la mercancía. No sabía que iban a matar a nadie.
—¿Qué les diste?
—La hora y el acceso.
Esperé.
—Nada más —añadió.
Sostuvo mis ojos durante dos segundos antes de apartarlos hacia el vaso. No necesité más para reconocer la segunda mentira.
Me levanté y cerré la carpeta que había llevado Marko.
—Averigua qué más les dio.
Milan empujó la silla hacia atrás, pero Marko ya se había apartado de la puerta.
—Te he dicho todo lo que sé. Aleksandar, tengo mujer y un hijo. Llevo doce años trabajando para vosotros.
Petar llevaba diecinueve.
No se lo dije. Ya no había nada que pudiera explicarle que modificara lo ocurrido.
Salí y esperé a que Marko cerrara la puerta.
—Cuando termine de hablar, mátalo.
Charles Harcourt llegó aquella tarde.
Se presentó en Montenegro con una carpeta bajo el brazo y el aspecto de un banquero de la City que se hubiera equivocado de reunión. A sus cincuenta y nueve años seguía siendo exactamente el tipo de hombre capaz de mover millones procedentes de media docena de actividades criminales y sentarse después a cenar junto a alguien que jamás sospecharía de dónde había salido su fortuna.
No nos dimos la mano.
Charles estudió durante varios minutos los documentos que Nikola había preparado. No mostró prisa ni intentó apartarse de los movimientos que llevaban sus credenciales. Cuando terminó, cerró la carpeta.
—No he sido yo.
—Eso espero.
—Si creyera que puedo robarte veintiocho millones y presentarme después en tu casa, no habría sobrevivido tantos años haciendo lo que hago.
Me recosté en la silla.
—También podrías haber venido porque sabes que huir sería una confesión.
Una ligera inclinación de cabeza aceptó el argumento.
—También.
Al menos seguía siendo inteligente.
Durante la siguiente media hora explicó que llevaba meses detectando pequeñas irregularidades dentro de algunas estructuras. Había empezado a investigarlas sin informarnos porque todavía no sabía si estaba ante errores internos o ante alguien utilizando su sistema. La decisión me pareció una puta temeridad y se lo dije. Charles no intentó defenderla más de lo necesario.
Cuando le conté que tres hombres habían muerto en Bar, su expresión cambió por primera vez.
—No sabía lo de la emboscada.
—Ahora lo sabes.
Permaneció pensativo antes de juntar las manos sobre la mesa.
—Dame treinta días. Si alguien está utilizando mis estructuras, puedo seguir el dinero. Pero si empezamos a cerrar cuentas y cambiar intermediarios ahora, sabrá que lo hemos detectado.
No me gustaban los treinta días. Tampoco me gustaba destruir una pista antes de saber adónde conducía.
—Tienes treinta. Si al final descubro que me has traicionado, no habrá un día treinta y uno para ti.
Charles sostuvo mi mirada y asintió.
Debería haber terminado allí, pero llevaba toda la reunión pendiente del teléfono de una forma que no tenía nada que ver con el dinero. Esperé hasta que volvió a comprobar la pantalla.
—¿Qué más?
Sus dedos se detuvieron sobre la carpeta.
—Alguien ha empezado a investigar a mi hija.
Tardé un instante en procesarlo por una razón bastante sencilla.
—No sabía que tuvieras una hija.
—Ese era el propósito.
Aquello explicaba más de Charles que muchas conversaciones mantenidas durante quince años.
—¿Qué edad tiene?
—Veinticinco. Se llama Elizabeth.
—¿Qué sabe de tus negocios?
—Prácticamente nada.
Charles explicó que alguien había preguntado por ella a un antiguo empleado y tratado de localizar una dirección vinculada a su nombre. No sabía quién ni hasta dónde habían llegado. Mientras hablaba, comprendí que acababa de poner sobre mi mesa algo mucho más valioso que las garantías financieras guardadas en la carpeta.
—¿Dónde está?
Me miró con cautela.
—Eso no es relevante para tu investigación.
—Acabas de decirme que alguien la está buscando. Se ha vuelto bastante relevante.
—Te lo he contado porque demuestra que quien está detrás de esto intenta presionarme.
—Y funciona.
La expresión de Charles se endureció.
—Elizabeth no tiene nada que ver.
—Petar tampoco tenía nada que ver con tus putas cuentas y está muerto.
Se hizo un silencio distinto. Charles comprendió adónde estaba llegando antes de que necesitara decírselo.
—No.
—Todavía no he dicho nada.
—No vas a utilizar a mi hija como garantía.
Apagué el puro.
—Me has pedido treinta días para demostrar que no me robaste y encontrar al hombre que mató a tres de los míos. Los tendrás. Elizabeth pasará esos treinta días bajo mi control.
Charles se puso en pie.
—Ni hablar.
—Entonces no hay treinta días.
No levanté la voz ni me moví de la silla. No necesitaba hacer ninguna de las dos cosas.
—He mantenido a mi hija apartada de este mundo toda su vida.
—Y alguien ha empezado a buscarla.
—Todavía no la han encontrado.
—No lo sabes.
—Sí sé que llevártela a Montenegro la coloca en el centro de todo aquello de lo que he intentado protegerla.
—Ya está en el centro. La diferencia es que tú acabas de enterarte.
Charles apoyó ambas manos sobre el escritorio. Su miedo no se parecía al de Milan. Era silencioso, contenido y bastante más difícil de utilizar, pero estaba allí.
—Puedo ponerla a salvo sin entregártela.
—¿Con quién? —pregunté—. ¿Con los mismos empleados entre los que alguien está utilizando tus credenciales? ¿Con una estructura que no controlas lo suficiente para impedir que desaparezcan veintiocho millones?
No respondió.
—Dime dónde está.
—No.
—Entonces búscala tú, sácala de donde esté y tráela aquí.
—No voy a hacer eso.
—Puedes elegir cómo llega, Charles. No si va a hacerlo.
Su mirada se volvió más fría.
—¿Me estás amenazando con ir a por ella?
—Te estoy diciendo que quiero una garantía y que tu hija necesita protección. No confundas que las dos cosas me resulten útiles con que alguna deje de ser cierta.
—No sabes nada de Elizabeth.
—No necesito saberlo para mantenerla viva.
—Ni ella necesita estar viva bajo tus condiciones.
—Entonces renuncia a los treinta días.
Charles se quedó inmóvil.
Allí estaba la elección. Podía levantarse, salir de mi casa y perder la oportunidad de demostrar que no me había traicionado. También podía entregarme la única persona que había conseguido mantener fuera de mi alcance durante quince años. No fingí que fueran opciones equivalentes. Las amenazas no funcionaban porque resultaran justas.
—Si rechazo —dijo al fin—, ¿qué harás?
—Seguir el rastro de mi dinero. Si conduce hasta ti, te mataré. Y mientras lo hago, la gente que ya pregunta por Elizabeth seguirá buscándola.
—¿Y si acepto?
—Tendrás treinta días. Ella permanecerá en mi propiedad hasta que terminen.
—No la tocarás.
Lo miré.
—No voy a hacerle daño.
—No es lo mismo.
—Es lo que tienes.
Charles cerró los ojos durante un instante. Cuando volvió a abrirlos, ya había tomado una decisión que probablemente llevaba toda la conversación intentando no tomar.
—Vive en una comunidad en Inglaterra —dijo—. Hay otras personas allí. Mujeres mayores. Personal que entra y sale durante el día.
La mención de los civiles terminó de eliminar cualquier alternativa razonable. Si alguien había matado a tres hombres por una ruta, no pensaba confiar en que desarrollara escrúpulos al llegar a un edificio lleno de personas sin relación con aquello.
Me levanté y cogí la chaqueta.
—Vamos a buscarla.
Charles no se movió.
—Aleksandar.
—Puedes venir conmigo o darme la dirección. Me da igual.
—No puedes entrar allí y llevártela por la fuerza.
—Entonces será mejor que vengas y consigas que suba al coche sin que tenga que hacerlo.
Su expresión se endureció porque acababa de comprender cuál sería su papel. No solo había revelado dónde estaba Elizabeth. Tendría que mirarla a la cara y convencerla de que se marchara con nosotros.
—Le diré que existe una amenaza —dijo.
—Existe.
—No le hablaré del dinero.
—Eso lo decides tú.
—Ni de que pretendes retenerla.
—También.
Charles tomó su abrigo. No dijo que aceptaba. Ya no hacía falta. Acababa de elegir los treinta días y, con ellos, había elegido entregarme a su hija.
Horas después estábamos en Inglaterra.
Llovía cuando aterrizamos y continuaba lloviendo cuando dejamos atrás Londres. Durante el trayecto, Marko me confirmó que Milan había dado dos nombres más antes de morir. Nikola también había localizado movimientos sospechosos anteriores a aquella madrugada, lo que respaldaba una parte de la historia de Charles sin demostrar todavía su inocencia.
Guardé el teléfono y miré por la ventanilla. El coche acababa de abandonar la carretera principal para internarse por un camino estrecho entre árboles y muros de piedra. Charles llevaba varios minutos sin hablar. No parecía arrepentido; parecía un hombre que sabía que todavía no había llegado la peor parte de su decisión.
Los primeros edificios aparecieron detrás de un jardín húmedo. Eran antiguos, agrupados alrededor de una construcción mayor. Vi a dos mujeres cruzar bajo un paraguas y después distinguí una pequeña iglesia.
Y una cruz.
Me incorporé ligeramente mientras el coche reducía la velocidad.
—¿Dónde coño estamos?
Charles se quitó el cinturón y miró hacia los edificios.
—Mi hija vive aquí.
Contemplé la iglesia, las galerías de piedra y las mujeres que desaparecían tras una de las puertas. Después volví la cabeza hacia el hombre que llevaba quince años haciendo negocios conmigo y que había conseguido ocultarme todo aquello.
—¿Qué coño hace tu hija en un convento?








