Capítulo I
Patel
Adrián Patel había dedicado veinte años de su vida a aprender a leer a las personas.
Había aprendido a desconfiar de las manos antes que de las palabras. Las palabras podían prepararse, ensayarse y repetirse hasta adquirir una apariencia convincente. Las manos, en cambio, tenían una tendencia casi irritante a decir la verdad. Un dedo que golpeaba una mesa con demasiada frecuencia, una uña que buscaba la otra, una palma que desaparecía súbitamente en un bolsillo.
También había aprendido a leer los silencios. En Scotland Yard, los silencios habían sido, en ocasiones, más útiles que las confesiones.
Los peces, sin embargo, no parecían dispuestos a colaborar.
Adrián llevaba cuarenta y siete minutos sentado sobre una roca, con la caña apoyada entre las manos y los ojos fijos en la tranquila superficie del océano Índico. El cielo todavía no decidía si era de noche o de día. Sobre el horizonte comenzaba a insinuarse una claridad pálida, apenas suficiente para separar el mar del cielo.
Frente a él, el mundo parecía inmóvil.
Detrás, a unos pocos metros, su cabaña permanecía silenciosa entre los árboles.
Patel observó el agua.
—Demasiado tranquilo —murmuró.
Había llegado a esa conclusión después de considerar cuidadosamente las circunstancias.
Durante veinte años había interrogado a asesinos, ladrones, estafadores, funcionarios corruptos y, en una ocasión particularmente desagradable, a un hombre que había envenenado a su esposa, a su amante y al perro de ambos. Ninguno había resultado tan difícil de comprender como los peces de Lemuria.
Un hombre mentía porque tenía un motivo. Un pez, aparentemente, mentía por diversión.
Adrián entrecerró los ojos. Había desarrollado una teoría.
Los peces grandes no mordían inmediatamente porque sospechaban. Los pequeños, en cambio, eran impulsivos. Había llegado incluso a clasificar mentalmente ciertas especies según lo que consideraba su temperamento. Algunas eran cautelosas. Otras, arrogantes. Una particularmente escurridiza que había conseguido escaparle tres mañanas consecutivas le parecía, sin ninguna duda, profundamente malintencionada.
El problema era que ninguna de sus teorías producía resultados.
El corcho permanecía inmóvil.
Patel suspiró. Aquella era, precisamente, la clase de problema que había regresado a Lemuria para tener. Veinte años en Scotland Yard eran suficientes para cualquier hombre razonable.
Había llegado a Londres siendo joven, con más entusiasmo que experiencia y una curiosidad que, con el tiempo, había terminado convirtiéndose en una profesión. Había trabajado durante dos décadas entre calles grises, oficinas interminables y escenas que prefería no recordar con demasiada precisión.
Había sido bueno. Demasiado bueno, según algunas personas.
Aquello le había permitido ascender, recibir reconocimientos y hacerse de una reputación que, para su desgracia, parecía haber sobrevivido mucho mejor que su deseo de conservarla.
Pero un día había decidido que era suficiente.
No hubo un discurso de despedida particularmente memorable. Ni lágrimas. Ni grandes promesas de regresar. Simplemente había mirado por la ventana de su oficina, observando una mañana londinense tan gris como todas las anteriores, y comprendido que ya no quería pasar el resto de su vida persiguiendo a personas que hacían cosas terribles a otras personas. Con la misma tranquilidad con que investigaba sus casos, comunicó a sus superiores su renuncia con efecto inmediato. Antes de que terminara la semana, había cerrado su piso en la ciudad, arreglado sus asuntos y tomado un avión hacia Lemuria.
Tenía menos de cincuenta años. Todavía le quedaba tiempo y Lemuria era una isla demasiado hermosa como para seguir viviendo al otro lado del mundo.
Así que regresó, compró una pequeña propiedad cerca del mar, construyó, o más exactamente mandó construir, una cabaña lo suficientemente cómoda para vivir y lo suficientemente alejada como para que nadie apareciera inesperadamente.
Eso último era importante.
Adrián Patel apreciaba la compañía. Simplemente no quería tenerla demasiado cerca.
Era soltero. No tenía hijos. Su familia, escasa o abundante, según quién hiciera la pregunta, había aceptado hacía años que Adrián era una criatura de hábitos particulares y que visitarlo requería una invitación expresa.
Nadie llegaba a su casa antes del amanecer. Absolutamente nadie. Por eso, cuando escuchó el sonido de un motor aproximándose por el camino de tierra, Patel abrió los ojos.
No se movió inmediatamente. Escuchó hasta que el sonido se acercó.
Un automóvil.
Patel dejó lentamente la caña sobre la roca, porque estaba ocurriendo algo fuera de lo común. Aquello era extraño. Muy extraño.
Su primera reacción fue levantar una ceja. No porque estuviera asustado. Adrián Patel había pasado veinte años en Scotland Yard y había aprendido que el miedo era una emoción perfectamente inútil hasta disponer de información suficiente.
Pero sí estaba sorprendido.
El automóvil avanzó por el pequeño camino que conducía a la cabaña y finalmente apareció entre los árboles.
Patel reconoció el vehículo antes de que terminara de detenerse. La segunda ceja estuvo a punto de seguir a la primera.
Era un Fiat 124 Spider de 1966.
Un automóvil magnífico. Clásico, elegante y absolutamente fuera de lugar en aquel camino costero. Pero Patel conocía el coche. Lo había visto antes. Todo Lemuria sabía quién era su propietario.
El motor se apagó. Durante unos segundos, el silencio regresó al amanecer.
Entonces se abrió la puerta.
Adrián Patel contempló, con expresión perfectamente inmóvil, cómo descendía del automóvil Su Majestad Leonardo I, Rey de Lemuria.
Esta vez, las dos cejas subieron, no mucho, pero lo suficiente.
El Rey cerró la puerta del Fiat, miró hacia el mar y luego dirigió la vista hacia su amigo.
—Espero no haber llegado demasiado temprano.
Patel miró el cielo, luego el mar y después el reloj. Finalmente volvió a mirar al Rey.
—Majestad —dijo—, técnicamente todavía no ha llegado el día.
Leonardo I sonrió.
—Entonces he sido puntual.
Patel se quedó observándolo unos segundos. Había aprendido hacía mucho tiempo que cuando un hombre aparecía antes del amanecer en la puerta de otro hombre, algo estaba mal. Y cuando ese hombre era el Rey de Lemuria y conducía personalmente uno de los automóviles de su colección privada, la situación adquiría dimensiones que aconsejaban abandonar cualquier esperanza de continuar pescando.
Adrián miró su caña.
El corcho seguía inmóvil.
—Los peces tendrán que esperar —dijo.
El Rey caminó hasta la roca donde estaba sentado su amigo.
Por primera vez desde que había llegado, Patel advirtió algo en su expresión. No era miedo, porque Leonardo I no era un hombre al que se le podía intimidar fácilmente.
Era preocupación. Y aquello hizo desaparecer por completo la sonrisa de Adrián.
—¿Qué ha ocurrido?
El Rey miró hacia el horizonte.
La primera línea del sol comenzaba a aparecer sobre el océano Índico.
Cuando volvió a hablar, su voz había perdido toda ligereza.
—Necesito tu ayuda, Adrián.
Patel no respondió.
Leonardo I respiró lentamente.
—Anoche desapareció la Luna de Lemuria.
Y por primera vez en cuarenta y siete minutos, Adrián Patel dejó de pensar en los esquivos peces.








