Capítulo 1: El que no tiene nombre de insecto
KAIROSSI: MÁS ALLÁ DEL LÍMITE
Capítulo 1: El que no tiene nombre de insecto
La aldea de los Montículos Grises se aferraba a la ladera de una colina seca como un puñado de termitas a un tronco viejo.
Las casas, construidas con barro endurecido, madera agrietada y fibras entrelazadas, se amontonaban unas sobre otras siguiendo las irregularidades del terreno. Algunas parecían pequeñas madrigueras excavadas directamente en la tierra; otras se levantaban sobre pilares de madera para protegerse de las lluvias.
No era una aldea grande.
Tampoco era importante.
Los comerciantes que atravesaban aquella región rara vez se detenían allí. Las caravanas preferían los caminos del valle, donde encontraban mercados más grandes y comunidades con mejores recursos.
Para quienes vivían en los Montículos Grises, el mundo exterior era poco más que un rumor.
Un nombre.
Una dirección señalada por los viajeros.
Un lugar del que otros hablaban.
Y para la mayoría, eso era suficiente.
Kai nació en ese olvido.
O, más exactamente, fue dejado en él.
Una mañana de hacía dieciséis años, cuando el sol apenas comenzaba a levantarse sobre las colinas, una anciana llamada Yuna encontró un pequeño bulto envuelto en una tela áspera junto al poste de madera que marcaba el límite de la aldea.
Dentro había un bebé.
Un niño de ojos oscuros y piel demasiado pálida para las características que normalmente presentaban los habitantes de los Montículos.
No lloraba.
No gritaba.
Solo miraba.
Como si, incluso entonces, estuviera esperando algo.
Yuna y su esposo, Haru, llevaban muchos años sin poder tener hijos. Así que recogieron al niño.
Lo llevaron a casa.
Lo alimentaron.
Lo cuidaron.
Y le dieron un nombre que no pertenecía a ningún linaje conocido.
Kai.
Para ellos, no importaba de dónde hubiera venido.
Era su hijo.
Pero la aldea no olvidaba.
A los pocos años, los niños comenzaban a sentir las primeras señales de su Kairossi.
Algunos sentían un calor extraño bajo la piel.
Otros desarrollaban mayor fuerza, velocidad o resistencia.
Y, con el tiempo, comenzaban a aparecer pequeñas características relacionadas con la naturaleza de cada individuo.
En los Montículos Grises aquello era completamente normal.
Excepto para Kai.
Kai también había intentado despertar su Kairossi.
Una y otra vez.
Había cerrado los ojos.
Había respirado.
Había tensado cada músculo.
Había seguido las instrucciones de los adultos.
Pero nada ocurría.
O, al menos, nada que pudiera comprender.
A veces sentía un ligero hormigueo recorriendo sus brazos.
Otras veces, una sensación de calor aparecía en su pecho.
Pero desaparecía antes de que pudiera hacer algo con ella.
A los ocho años seguía igual.
A los doce, las burlas comenzaron a hacerse más frecuentes.
Y a los dieciséis, ya se habían convertido en parte de su vida.
Aquella tarde, el sol descendía lentamente sobre los Montículos Grises.
Kai regresaba del arroyo cargando dos cubos de agua.
El camino estaba seco.
El polvo se levantaba con cada paso.
Sus hombros comenzaban a dolerle.
Pero no se quejaba.
Ya estaba acostumbrado.
Al doblar una curva, los vio.
Tres muchachos bloqueaban el camino.
El más alto era Toren.
Kai lo reconoció inmediatamente.
También sabía lo que quería.
—Mira quién llega —dijo Toren.
Kai continuó caminando.
—Buenas tardes.
Uno de los muchachos soltó una carcajada.
Toren se colocó frente a él.
—¿Buenas tardes?
Kai se detuvo.
—¿Qué quieres?
Toren sonrió.
—Solo quería preguntarte algo.
Kai esperó.
—¿Todavía sigues intentando despertar tu Kairossi?
Kai no respondió.
Toren se acercó un poco más.
—¿Para qué?
Uno de los otros jóvenes habló:
—Quizá no tiene nada dentro.
Las risas comenzaron.
Kai apretó ligeramente los dedos alrededor del cubo.
—Déjenme pasar.
Toren tomó el otro cubo.
—¿Sabes qué es lo gracioso?
Lo levantó.
—Todos nosotros tenemos algo.
Y soltó el cubo.
El agua cayó sobre la tierra seca.
Se extendió entre las grietas del suelo y desapareció rápidamente.
Kai miró el recipiente vacío.
No dijo nada.
Toren se acercó.
—Ni siquiera sabes qué eres.
Kai levantó lentamente la mirada.
—¿Y tú sí?
Toren sonrió.
—Claro.
Señaló su propio cuerpo.
—Yo sé perfectamente qué soy.
Después señaló a Kai.
—Tú no tienes nada.
Uno de los muchachos empujó a Kai en el hombro.
Kai dio un paso hacia atrás.
Pero no cayó.
—Ya basta —dijo una voz.
Los tres se giraron.
Mira estaba unos metros detrás.
Sus pequeñas antenas se movían ligeramente.
A su lado estaba Den, un muchacho de hombros anchos que casi nunca hablaba.
Toren chasqueó la lengua.
—Siempre apareces cuando él necesita que alguien lo defienda.
Mira se cruzó de brazos.
—Y tú siempre apareces cuando alguien no quiere verte.
Uno de los jóvenes se rió.
Toren miró a Kai una última vez.
—Algún día vas a descubrir que no tener un lugar también significa no tener a dónde volver.
Después se marchó con los otros dos.
Kai permaneció en silencio.
Mira se acercó y miró el cubo vacío.
—¿Estás bien?
Kai lo recogió.
—Sí.
—Mentiroso.
—Estoy acostumbrado.
Den recogió el otro cubo y se lo entregó.
—Vamos.
Kai los miró.
—No necesito que me defiendan.
Mira comenzó a caminar.
—Nunca dijimos que lo hiciéramos por ti.
Kai sonrió ligeramente.
Y los tres emprendieron el camino de regreso.
---
Cuando Kai llegó a casa, el viejo Haru estaba sentado junto a la entrada.
Tenía una pequeña herramienta entre las manos y trabajaba lentamente sobre una pieza de madera.
Levantó la mirada.
—Llegas tarde.
Kai levantó el cubo.
—Me encontré con Toren.
Haru observó el recipiente vacío.
—¿Otra vez?
—Fue un accidente.
Haru soltó una pequeña risa.
—Claro.
Dentro de la casa, Yuna ya había preparado la cena.
Era un guiso sencillo de raíces, hojas y un poco de carne seca.
Kai se sentó.
Yuna le sirvió una porción ligeramente más grande.
Kai lo notó.
—Madre...
—Come.
—Pero tú...
—Come, Kai.
El muchacho obedeció.
Durante unos minutos solo se escuchó el sonido de los utensilios.
Finalmente, Kai levantó la mirada.
—Madre.
Yuna se detuvo.
—¿Sí?
—¿Por qué me llamaron Kai?
La mujer permaneció en silencio durante un instante.
Haru dejó lentamente la herramienta.
Kai observó a ambos.
—¿Qué?
Yuna sonrió débilmente.
—Porque necesitabas un nombre.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la respuesta que tenemos.
Kai bajó la mirada.
Durante unos segundos no habló.
Después preguntó:
—¿Y mis padres?
La habitación quedó en silencio.
Haru fue quien respondió.
—No los conocimos.
—¿Nada?
—Nada que podamos contarte.
Kai levantó la mirada.
—¿"Podamos"?
Haru permaneció callado.
Yuna bajó los ojos.
Kai entendió que había llegado al límite.
No insistió.
Pero las preguntas siguieron allí.
---
Más tarde, cuando todos dormían, Kai salió de la casa.
Se sentó junto a la ventana de su pequeño cuarto.
Afuera, los Montículos Grises estaban casi completamente a oscuras.
Una pequeña luz seguía encendida en una vivienda lejana.
El viento movía las ramas secas.
Kai levantó una mano.
Cerró los ojos.
Respiró lentamente.
Intentó sentir el Kairossi.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Respiró.
Concentró toda su atención en el interior de su cuerpo.
Entonces...
algo ocurrió.
Una pequeña vibración recorrió su brazo.
Kai abrió los ojos.
Miró su mano.
Por un instante creyó que algo se había movido bajo su piel.
Pero no había nada.
La sensación desapareció.
Kai permaneció inmóvil.
—¿Qué fue eso...?
Volvió a cerrar los ojos.
Esperó.
Nada.
Lo intentó otra vez.
Nada.
Pero ahora estaba seguro de algo.
Aquello no había sido imaginación.
Había sentido algo.
Algo diferente.
Algo que no se parecía al Kairossi que los demás le habían enseñado.
Kai apoyó la espalda contra la pared.
Miró hacia las montañas que se levantaban mucho más allá de los Montículos Grises.
Nunca había cruzado aquellas montañas.
Nunca había visto las grandes ciudades de las que hablaban los comerciantes.
Nunca había conocido otros territorios.
Para él, aquella pequeña aldea había sido todo su mundo.
Pero por primera vez, aquel mundo comenzó a parecerle demasiado pequeño.
Kai bajó la mirada hacia sus manos.
—Voy a descubrirlo.
No sabía qué.
No sabía cómo.
No sabía cuánto tiempo le tomaría.
Pero algún día saldría de los Montículos Grises.
Y descubriría quién era realmente.
Entonces, fuera de la ventana...
crack.
Kai levantó la cabeza.
El sonido había venido de la oscuridad.
Permaneció inmóvil.
Esperó.
Nada.
Solo el viento.
Kai se acercó lentamente a la ventana.
Miró hacia las colinas.
No vio a nadie.
No sabía que, a cierta distancia de la aldea, una figura permanecía completamente inmóvil entre las sombras.
No sabía quién era.
No sabía qué quería.
Y mucho menos sabía que aquella persona llevaba tiempo observando los Montículos Grises.
La figura permaneció allí unos segundos más.
Después comenzó a descender lentamente por la colina.
No se dirigió hacia el mercado.
No tomó el camino de los comerciantes.
Se dirigió hacia la parte más antigua de la aldea.
Hacia las casas que se encontraban cerca del límite.
Hacia una pequeña vivienda de barro.
La casa donde vivía Kai.
Y mientras la figura desaparecía entre las sombras...
Kai seguía mirando las montañas.
Sin saber que, después de dieciséis años, alguien había cruzado nuevamente el límite de los Montículos Grises.
Y que, a partir de aquella noche...
su vida ya no volvería a ser la misma.
Fin del capítulo 1.








