Capítulo 1: El hijo de los Jones
Nueva York.
1920.
La lluvia golpeaba los adoquines de las calles mientras la ciudad seguía despierta.
A aquellas horas, la mayoría de las personas ya estaban en sus casas.
Pero Nueva York era diferente.
Siempre había alguien caminando.
Siempre había algún automóvil recorriendo las avenidas.
Siempre había algún bar abierto.
Y siempre había alguien buscando problemas.
Diferente a Bath, la ciudad natal de Calderius Jones. El observaba todo desde la ventana de un automóvil negro.
Tenía veintidós años.
Cabello oscuro.
Ojos grises.
Y una expresión que muchas personas confundían con arrogancia.
Quizás porque realmente lo era un poco.
Su padre, Arthur Jones, conducía en silencio.
No era un hombre de muchas palabras.
Nunca lo había sido.
El viaje transcurrió entre el sonido de la lluvia y el motor.
Hasta que finalmente Arthur habló.
-Llegamos.
El automóvil se detuvo frente a una calle bloqueada por policías.
Varias personas observaban desde detrás de las cintas de seguridad.
Periodistas.
Vecinos.
Curiosos.
Todos intentando averiguar qué había ocurrido.
Calderius bajó del vehículo.
El frío golpeó su rostro.
-¿Qué sabemos?
preguntó.
Arthur acomodó su sombrero.
-Tres muertos.
-¿Humanos?
-Sí.
-¿Y por qué Janus nos llamó?
Arthur señaló hacia adelante.
-Míralos.
Eso hizo.
Y en cuanto vio los cuerpos comprendió que algo estaba mal.
Muy mal.
Los cadáveres estaban tendidos sobre el suelo.
Sin heridas visibles.
Sin sangre.
Sin señales de lucha.
Parecían personas dormidas.
Pero sus rostros estaban congelados en expresiones de terror.
Como si hubieran visto algo imposible antes de morir.
Calderius avanzó.
Ignoró a los policías.
Ignoró a los periodistas.
Ignoró a todos.
Se arrodilló junto al primer cuerpo.
Observó el cuello.
Después los brazos.
Después las manos.
Y finalmente encontró lo que buscaba.
Una pequeña marca.
Una espiral.
Casi invisible.
Tallada en la piel.
Su expresión cambió.
Aquello era interesante.
Muy interesante.
-¿Qué encontraste?
preguntó Arthur.
Calderius señaló la marca.
-Esto.
Arthur la observó.
Y por primera vez pareció preocupado.
-Hace años que no veo una de esas.
-Yo nunca vi una personalmente.
Arthur guardó silencio.
Eso ya era una respuesta.
Porque si algo había aprendido Calderius durante su vida era que los silencios de su padre eran mucho más importantes que sus palabras.
-¿Qué significa?
preguntó.
Arthur tardó varios segundos en responder.
-Significa problemas.
Calderius sonrió.
-Entonces tenemos algo interesante entre manos.
Arthur negó con la cabeza.
-Algún día tu curiosidad te va a matar.
-Y algún día tu prudencia va a impedirte encontrar respuestas.
Aquello provocó una mirada de advertencia.
Pero Calderius ya estaba acostumbrado.
Llevaban años discutiendo sobre exactamente lo mismo.
Horas después regresaron a la residencia familiar.
La casa ocupaba una esquina entera de Brooklyn.
Era antigua.
Elegante.
Y estaba repleta de libros.
Miles de libros.
Quizás decenas de miles.
Los Jones llevaban generaciones acumulando conocimiento.
Algunas familias heredaban dinero.
Otras heredaban tierras.
Los Jones heredaban secretos.
Calderius atravesó los pasillos hasta llegar a la biblioteca principal.
Era su lugar favorito.
Estanterías gigantes.
Mapas antiguos.
Objetos traídos de distintos continentes.
Y libros tan viejos que parecían deshacerse al tocarlos.
Tomó una escalera.
Subió varios metros.
Y extrajo un volumen cubierto de polvo.
Lo abrió sobre una mesa.
Comenzó a pasar páginas.
Una tras otra.
Hasta encontrar lo que buscaba.
La espiral.
La misma marca.
Exactamente igual.
Sintió una pequeña emoción.
La sensación de estar cerca de descubrir algo.
Siempre había amado eso.
Más que la magia.
Más que los rituales.
Más que las criaturas sobrenaturales.
Amaba los misterios.
Porque cada misterio era una puerta.
Y detrás de cada puerta había algo nuevo.
Algo desconocido.
Algo esperando ser encontrado.
-Sigues buscando respuestas donde no deberías.
La voz de Arthur resonó desde la entrada.
Calderius ni siquiera levantó la vista.
-Sigo buscando respuestas donde nadie más se atreve.
Arthur avanzó lentamente.
-Hay una diferencia.
-No para mí.
-Ahí está el problema.
Finalmente Calderius levantó la cabeza.
-¿Por qué Janus teme tanto al conocimiento?
Arthur suspiró.
-Porque hemos visto lo que ocurre cuando las personas buscan demasiado.
-Eso suena a excusa.
-Suena a experiencia.
Calderius cerró el libro.
Molesto.
Porque aquella conversación también la habían tenido muchas veces.
Janus protegía secretos.
Janus escondía información.
Janus decidía qué debía saberse y qué debía permanecer oculto.
Y él odiaba eso.
Lo odiaba profundamente.
Porque para Calderius el conocimiento no era peligroso.
La ignorancia sí.
Aquella noche casi no durmió.
Permaneció despierto leyendo.
Investigando.
Buscando referencias.
Hasta que encontró algo.
Una anotación perdida entre cientos de páginas.
Una referencia escrita siglos atrás.
Una simple frase.
Pero suficiente para captar toda su atención.
"La Puerta."
Nada más.
Sólo esas palabras.
Frunció el ceño.
Comenzó a buscar más.
Encontró otra referencia.
Y otra.
Y otra.
Siempre aparecía el mismo concepto.
La Puerta.
En libros franceses.
En manuscritos alemanes.
En textos latinos.
En documentos árabes.
Como si civilizaciones enteras hubieran intentado advertir algo.
Y entonces encontró una página arrancada de un manuscrito.
El texto estaba incompleto.
Pero todavía podía leerse una parte.
"Toda puerta tiene un guardián."
El corazón de Calderius comenzó a acelerarse.
"Toda prisión tiene algo encerrado."
Se inclinó más cerca.
La última línea estaba dañada.
Apenas visible.
Pero todavía podía leerse.
"Y toda cerradura puede romperse."
El silencio llenó la habitación.
La lluvia seguía golpeando las ventanas.
Nueva York seguía despierta.
Pero Calderius ya no escuchaba nada de eso.
Porque por primera vez sentía que estaba frente a algo enorme.
Algo antiguo.
Algo que ni siquiera Janus quería mencionar.
Y si Janus lo ocultaba...
Entonces valía la pena encontrarlo.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Peligrosa.
La clase de sonrisa que aparece cuando alguien encuentra una obsesión.



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